Publicado en Universidad, N° 1699

Febrero, 2007

 

Óscar Arias, tal vez afectado por el estrecho gane que le concedió el Tribunal Supremo de Elecciones, no parece caer todavía en cuenta que volvió a ser Presidente de un país y que, como tal, tiene responsabilidades institucionales cuyas exigencias pueden chocar con sus aspiraciones individuales legítimas y con sus caprichos. La seña más notoria de esta patología, aunque no la única, son los alegatos con los que, primero, se atribuyó el liderazgo de un cambio ‘democrático’ en Cuba (que tiene un régimen constitucional, forma parte de Naciones Unidas y está a derecho) aprovechando la enfermedad, quizás terminal, de Fidel Castro, y que ahora lo llevan a señalar, según el periódico oficial de su mandato, “que una vez desaparecido Fidel Castro, Iberoamérica debe intervenir, o hacer algo (sic) para conseguir una transición pacífica en Cuba” (LN:28/12/06). Si fuesen declaraciones del ciudadano Arias, son polémicas. Pero como son las del Presidente Arias, resultan impropias. Tan impropias, por injerencistas, que ningún otro mandatario latinoamericano las hace suyas.

 

No debería sorprender a un político ya maduro como Arias que el gobierno cubano conteste descalificando rudamente sus observaciones y la personalidad de quien las emite. Para Cuba las relaciones internacionales son algo serio.

Declara el presidente Arias, al enterarse de las reacciones, que “nunca había oído tantos epítetos groseros juntos”. Sin embargo, cuando él se refiere a quienes ejercen el derecho a oponerse a su gobierno aquí en Costa Rica utiliza las siguientes expresiones: “Mezquinos, ignorantes, tontitos, mínimos, ruidosos, intolerantes, intransigentes, recalcitrantes, jacobinos” (lo último quiere decir demagogos totalitarios partidarios de la revolución) (LN: Proa: 24/12/06). Suenan como exabruptos descalificadores. Y vienen todos juntos en su periódico oficial. De modo que parece que Arias no se escucha cuando habla.

 

Este último rasgo, no guardar, local ni internacionalmente, la compostura personal e institucional propia de su investidura, puede provenirle a Arias al menos de dos fuentes. La primera es su autoadscripción autoritaria. En la entrevista cortesana antes referida se califica a sí mismo como ‘el capitán del barco’, ‘el que endereza las velas’. Donde manda capitán, ya sabemos, no puede existir discrepancia ni diversidad. Más sintomáticamente, agrega: “Yo respondo por las cosas que tengo que hacer sin pedir permiso, mediante decretos”. Arias olvida que ‘las cosas que tiene que hacer’ en un régimen de democracia formal deben ser legales y, si pueden, alcanzar legitimidad. Un decreto, por consiguiente, se sigue de un proceso político, no de imposiciones unilaterales personales.

 

La otra fuente de desvarío todo el país la conoce. Como Arias no admite críticas se rodea de yes men y secretarias ejecutivas, de cortesanos y clientelas. Habita así en cajita rosada, jura que todo el mundo lo adora, que es sexy, simpático y que el mundo que él administra es el único posible. Debería pagarle a alguien que a diario le recordara la realidad a él y a su hermano Rodrigo: el mundo no termina más allá de sus pestañas. Y tampoco empezó con ellas.