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Martes de MAÍZ,

22 abril, 2008. 

  

 

 

      Agradezco la invitación a los compañeros del Movimiento Alternativa de Izquierdas y la presencia de ustedes aquí. No haré una exposición extensa sino que realizaré indicaciones con referencia a cuatro puntos.

    1.- Es de conocimiento generalizado, aun entre quienes no aprecian demasiado este deporte, que argentinos y brasileños se desempeñan bien jugando al fútbol. Lo han hecho por años. Bueno, los argentinos acuñaron el siguiente dicho, en relación con el juego. Dicen: “Los mirones son de palo”. Remite directamente a las situaciones en que uno de los astros, defensa o delantero, comete un error garrafal, y pierde un gol o lo facilita al adversario, o también cuando el equipo en su conjunto se aprecia lento, sin dinámica y parece conceder todos los segundos balones al adversario. El dicho se puede traducir: “Hay que estar adentro para saber qué es lo que está efectivamente pasando, cómo se cometió ese ‘error’ inadmisible o se entrega, sin más, la iniciativa al adversario”. Y no solo eso: porque se está adentro, jugando, se puede incidir en corregir los errores. Desde fuera todo se ve sencillo porque no se tiene responsabilidad, entre otras cosas. Por eso, “los mirones son de palo”.

    En política también los mirones son de palo. Y esto quiere decir, pueden describir, pueden intentar explicar, pueden alegrarse o enfadarse, simpatizar o adversar, pero no inciden, y por lo tanto deben ser respetuosos en sus juicios, y sobre todo no deben transformarlos en índices acusadores: eso no es revolucionario, eso es antipopular, Chávez es bonapartista y burgués, por ejemplo. La experiencia bolivariana, la venezolana y la regional, además, precipita hoy mucha literatura polarizada; enteramente a favor o enteramente en contra. Mucha de esta literatura es, consciente o inconscientemente, propaganda. En especial la antichavista, cuyos focos centrales están en el Departamento de Estado de Estados Unidos y en los sectores neoligárquicos conservadores o reaccionarios latinoamericanos (terratenientes, empresarios, medios masivos, jerarquías clericales, etc.), tiene las características de una propaganda destinada a deslegitimar la experiencia bolivariana, la nacional y la latinoamericana, a aislarla y a destruirla.

    Mi primera observación, puesto que yo no estoy en Venezuela ni trabajo políticamente ni a favor ni en contra de los procesos bolivarianos (que en Costa Rica no tienen presencia significativa), es que haré algunas indicaciones, desde mi experiencia, sobre algunos aspectos de lo que parece ocurrir en Venezuela desde el resultado del referéndum del 2 de diciembre pasado (2007) y los escenarios que ellos avisan. Las indicaciones no pretenden ser la verdad sobre ese proceso. Y por lo tanto no buscan incidir en él. Más bien aspiran a que ustedes reflexionen sobre su propio trabajo político aquí en Costa Rica.

    2.- Mi segundo punto es recordar que los costarricenses han tenido también recientemente un proceso de referéndum. Tienen por ello fresco el tipo de campaña que hicieron los simpatizantes del , Gobierno incluido, para obtener una muy estrecha victoria electoral que fue señal de un empate político entre las fuerzas enfrentadas. Este empate político, sin embargo, es ambiguo porque la abstención fue muy alta. Pero la campaña del fue ponzoñosa, incluyó la mentira abierta, la descalificación total de las personas y ciudadanos adversarios, la intervención estadounidense, la vociferación de los medios masivos locales e internacionales y la hipócrita “ayudita” de la jerarquía católica (hoy sabemos que, además fue interesada) y la parcialidad de la institucionalidad electoral. Una campaña más que “sucia”, vigorosamente antidemocrática. Bueno, esa campaña más que sucia, de terror, también la realizó en Venezuela la oposición al Gobierno que encabeza Hugo Chávez. Y el resultado del referéndum allá fue semejante al de acá. Un resultado numérico todavía más estrecho, 50.70% contra 49.29%, que dio el triunfo electoral al No y un empate político entre las fuerzas enfrentadas en relación con los temas del referéndum. La derrota cortó el record de invicto que llevaba en justas electorales el presidente Chávez, pero la votación de la oposición solo subió en 100.000 sus votos y el gobierno perdió en cambio casi tres millones de sufragios. La abstención, más del 35%, sin duda perjudicó al Sí.

    Ahora, la movilización electoral dio el triunfo en Venezuela a la oposición y el gobierno aceptó la  derrota. No sé si en Costa Rica se hubiera dado tan fácilmente esa aceptación. No se ve cómodo que los hermanos Arias y los empresarios y Estados Unidos reconozcan una derrota que podría bloquear por completo su carrera hacia los “negocios compartidos” del mercado global, dinámica que, además, borrará a grupos de presión como los sindicatos, los trabajadores de servicios, los jóvenes, los pequeños campesinos y los nacionalistas. Por decir algo. Aquí probablemente se habría montado un alegato con acusaciones falsas y descalificaciones sin posibilidad de réplica, alegato orientado a un fraude abierto mientras hipócritamente se habría alegado ‘la’ democracia perfecta, los curas habrían llamado a ‘la paz’, y esparcido agua bendita y algunos círculos empresariales y ‘periodísticos’ como siempre, habrían caído, ojos en blanco, en diversos tipos de éxtasis.

    Luego, la institucionalidad venezolana soportó bien la experiencia del referéndum. No hubo señales por parte del gobierno para desconocer la derrota electoral. La frase básica fue “Por el momento no hay de piña”. Y ese reconocimiento del triunfo de la oposición da fuerza y legitimidad a una administración en la que Hugo Chávez será presidente (si no lo asesinan) al menos por los próximos cinco años. Y también da fuerza a la actual composición del Estado venezolano. No es poca cosa para una experiencia a la que sus enemigos califican de “totalitaria” y “demencial”.

    Ahora, existen elementos diferenciadores entre el proceso de referéndum venezolano y el que se desarrolló aquí. Allá los Comités Patrióticos, por decirlo así, deben haber tenido financiamiento abundante, directo e indirecto. Y si bien la oposición venezolana, es decir el No, es fuerte en los medios masivos comerciales, quienes buscaban la aprobación de las transformaciones constitucionales propuestas por el Gobierno, tienen también capacidad para organizar y hacer sentir sus mensajes. No es, como fue en Costa Rica, pelea de tigre suelto contra burro amarrado. Visto así, la derrota del bolivarismo contiene algunos desafíos políticos. Se acostumbra decir que el proyecto chavista tiene una línea, que parece dominante, de manejo vertical, populista-autoritario, cesarista o hiperpresidencialista, si se quiere. Pero que también se esfuerza, o por lo menos algunos se esfuerzan, por construirse desde abajo, desde la organización popular autónoma. En cualquiera de los casos, algo falló, no funcionó. Si se adopta el criterio de que el proceso se construye desde arriba, entonces falló la organización, el aparato organizativo que ni captó adecuadamente la sensibilidad de la ciudadanía y un liderazgo que ni supo, o quiso, convocar ni organizar para el día electoral. Si el criterio que se elige es el de desde abajo, lo que falla es una cultura política (sensibilidad, espiritualidad) que hace que muchos de los “de abajo”, más de un 35% del padrón, no sientan la necesidad de movilizarse electoralmente, aunque se les informe y existan los medios para esta movilización. Esto es algo que tienen que considerar, analizar y discutir los actores de la política venezolana. Entonces sí puede decirse que existieron fallas, seguramente potenciadas por factores del mismo proceso y del entorno específico, en el bando del , deficiencias en organización y comunicación. No se dio ni el mensaje adecuado ni en los espacios correctos. Y faltó organización. Ahora, ¿por qué ocurrió esto? Desde aquí no podemos saberlo, aunque sin duda se vincula con las relaciones de clase en la Venezuela actual.

 

    3.- Hace ya algún tiempo una gente me pidió que bosquejara algunas ideas sobre el proceso boliviano que encabeza el presidente Evo Morales. Aproveché el pedido para hacer una comparación inicial entre los procesos cubano, venezolano y boliviano y señalé que este último tenía la “ventaja” de contar con oposición. En los procesos políticos parlamentarios, que es la situación de Venezuela y Bolivia, la existencia de una oposición parlamentaria obliga al gobierno a trabajar con ella pero también lo legitima en el mismo proceso que lo obliga a pensar, discernir, conversar y negociar. Ahora, el proceso chavista, cuyo acceso al gobierno, que no es lo mismo que la toma del poder (el poder nunca se pone a disposición de los votantes), es de 1998 (nueva Constitución, 1999) se gestó en el derrumbe de los partidos tradicionales y otras organizaciones con capacidad de incidencia en la política venezolana. Es como si aquí desaparecieran, como resultado de sus errores, venalidad y cinismo, el PLN y el PUSC y sus clientelas. Entonces el Polo Patriótico chavista pudo dominar sin contrapeso parlamentario significativo, lo que generó condiciones incluso para un intento de golpe de Estado (2002) y para una generalizado clima de agitación por parte de sus enemigos internos y externos. Mi opinión es que el resultado del referéndum sepulta parcial y temporalmente a los grupos y personalidades golpistas y hace aparecer una oposición que podría alcanzar un carácter parlamentario. Depende del gobierno qué hace con esta oposición. Que no es homogénea. Entre otros factores reunió (para el referéndum) a golpistas y no golpistas.

    Que pueda existir oposición parlamentaria en Venezuela implica la disminución de las posibilidades de un golpe de Estado y también robustece la lealtad de los militares, asunto que no puede ser visto como un apoyo metafísico. Se sigue de condiciones políticas y del trabajo político que se haga con ellos. Un Gobierno que acepta derrotas electorales y una oposición que trabaja parlamentariamente para propinárselas disminuye sensiblemente las posibilidades de un golpe de Estado. No lleva estas posibilidades a cero, pero las disminuye. Y en América Latina un proceso que desea cambiar el carácter del poder, o al menos su funcionalidad, siempre está en peligro de un golpe de Estado. En especial si no se promueve la fuerza y autonomía (protagonismo) de los sectores populares, incluidos los trabajadores, en el proceso.

    Luego, el referéndum deja al menos ese aspecto positivo. Crea condiciones para que el proceso no se rompa, para que no se profundice un proceso de polarización que puede conducir a un desastre, para que se aleje la sensación de guerra civil, intervención estadounidense o magnicidio. Todo esto le confiere nuevas responsabilidades al gobierno que encabeza Hugo Chávez, a las fuerzas sociales que convoca y a todos los actores políticos que quieran asumir efectivamente sus cuotas de responsabilidad.

    Fíjense que lo que enfatizo no ocurrió en Costa Rica. Se dio un resultado estrechísimo, un aparente empate político (si alejamos la abstención), pero el gobierno de los hermanos Arias sigue empeñado en señalar que no se puede gobernar el país si existe oposición. Y el principal medio masivo escrito continúa hablando de la conspiración de los Comités Patrióticos y del carácter metafísicamente perverso del Partido de Acción Ciudadana y de quien quiera se atreva a criticar o a plantear puntos de vista alternativos. Aquí el gobierno no saca ninguna lección de los votos del No. Decide que ganar por un voto da derecho a todo. Y a los que perdieron por un voto, les quita todo derecho ciudadano. Esto muestra una cultura política bárbara y para nada democrática. Un resultado electoral estrecho y polarizado contiene un empate político y entonces hay que entrar a discernir con sabiduría a los opositores y, si es del caso, a dialogar y negociar con elloa.. Y para quienes perdieron estrechamente es tiempo de rearticular fuerzas y seguir trabajando. Perder una elección no significa morir políticamente, aunque puede contener el principio de un fin si no se sabe trabajar la derrota electoral.

    Entonces uno desearía que en Venezuela el gobierno lea con propiedad la derrota y que los sectores populares (algunos de las cuales se autoproponen revolucionarios) reconozcan como legítimas sus diferencias y oposiciones y discutan y negocien. Y que el proceso camine. Esto haría de la experiencia venezolana actual una experiencia original, novedosa para América Latina. Y nos haría pensar que los latinoamericanos sí ingresamos cambiados al siglo XXI. Y parte de este cambio se debería a que los actores políticos aprendieron de los errores cometidos en el siglo XX.

    4.-  El último punto es más breve. Hoy se habla mucho acerca de la experiencia bolivariana venezolana. Desde sectores que se quieren de izquierda se discute si se trata de una revolución efectiva o de una experiencia bonapartista, caudillista, o cesarista, por ejemplo. En la tradición de pensamiento marxista, ‘bonapartismo’ es una categoría del marxismo original (Marx-Engels) y básicamente designa una conducción política que se pone por encima de las clases y fuerzas sociales y se apoya en algún sector social al que moviliza pero al que no representa, así como en una altísima  estatal concentración de poder que deviene personalizado por y para el ‘dirigente’ y su camarilla. De esta manera,  el gobierno de Chávez se apoyaría, y diría favorecer, a diversos sectores socioeconómicamente populares, pero en realidad estaría modernizando el capitalismo venezolano. Estaría tratando de hacerlo pasar desde un capitalismo dependiente y oligárquico a un capitalismo burgués, más moderno, aunque tal vez incompatible con las formas actuales de la acumulación global por su carácter ‘nacional’ y regional.  Ideológicamente, el 'chavismo' se legitimaría recurriendo al 'mandato popular' del que se seguiría la jerarquía 'superior' de la personalidad (Chávez) que, expresando este mandato, concentra el poder del Estado.


       Ahora, no es la mejor idea tratar de pensar las experiencias latinoamericanas con categorías que querían expresar la realidad de sociedades europeas (en este caso particular la francesa). Menos cuando se está en la lucha política intentando construir fuerza en un sentido y con un carácter determinado. La categoría ‘bonapartismo’ se creó en un análisis con el que Marx no pretendía incidir directamente. Con posterioridad a él otros autores, que también se querían revolucionarios, como Gramsci y Trotsky, discutieron la categoría. Es un referente analítico de uno de los niveles de comprensión abiertos por una concepción materialista de la historia. Y esto quiere decir que hay que repensarla en las condiciones materiales particulares que ofrece un proceso singular. No es una palabra que se arroja sobre la realidad, cualquier realidad, y, sin más, la explica. Las categorías iluminan, no enceguecen. Y las condiciones particulares traen luz propia. El análisis tiene que aprender a tensionar estas luces y determinaciones que provienen de fuentes diversas.

    Vista desde fuera, es decir sin entrar en su dinámica de clases, la experiencia bolivariana se presenta en su frente propositivo como intentando construir la nación desde y para sus sectores populares. En términos internacionales, por su búsqueda de una articulación o integración latinoamericana que sirva a sus pueblos, que les de protagonismo. La experiencia bolivariana se inscribe así en un imaginario nacionalista e integracionista de inspiración latinoamericana. Los enemigos contra los que reacciona son el imperialismo (en la región es el estadounidense) y el neoliberalismo. El primero porque intenta sostener un neocolonialismo y una dependencia paracolonial o casi con la cooperación de la estructura interna de clases. El segundo porque su sostén en la lógica del mercado global disipa o ejecuta la construcción de la nación.

    A este imaginario básico, cuya mera expresión tiende a polarizar fuerzas en las condiciones latinoamericanas, la experiencia bolivariana añade al menos la referencia o tendencia a la constitución o autoconstitución de un sujeto popular, social, civil, ciudadano y cultural, o sea integralmente político. Pero también agrega la funcionalidad práctica de militares a los que estima nacionales y proclives a este sujeto popular. El proceso venezolano opera con altos precios del petróleo. Pero en este momento sufre fenómenos de inflación y desabastecimiento de productos básicos que golpean a la mayoría social y al proceso. Ahora, el proceso bolivariano no es el creador de la miseria y pobreza venezolanas. Las heredó. Su desafío es que abrió expectativas para los empobrecidos. Llamó a estas expectativas “revolución” y “socialismo del siglo XXI”. Pero también eligió recorrer el camino institucional para los cambios. Se trata en la práctica de un proceso complejo, largo, duro, nunca antes logrado con éxito. Que además no se abre en una isla, como Cuba, sino en un país que posee una riqueza natural codiciada, cuya población es despreciada por los poderes dominantes (internacionales y locales) y que tiene como uno de sus vecinos a la hostil Colombia de Álvaro Uribe.

    Entonces en Venezuela tenemos más desafíos que respuestas, porque éstas hay que construirlas. Y aunque desde la perspectiva del cambio estructural es una experiencia que recién nace, desde el ángulo de las expectativas populares va a cumplir ya diez años de movilizarse, organizarse y dar la cara. Y las expectativas son un factor de sensibilidad existencial inmediata para los sectores populares y también, a veces, para quienes quieren una revolución completa ya. Las estructuras y tendencias, en cambio, solo se conocen por sus “efectos”. No se ven con los ojos de la cara. De esta manera resultan ‘normales’ en la experiencia venezolana la impaciencia, la urgencia, el griterío y la descalificación, aunque estas manifestaciones puedan provenir de diversos afluentes. Y se olvida que un proceso de este tipo es también, y a veces sobre todo, un tipo de aprendizaje colectivo y de configuración de una nueva sensibilidad política. Construir la nación venezolana y la articulación regional latinoamericana no necesariamente pasa por un ‘desarrollo’ que favorece a las clases y sectores sociohistóricamente preteridos. Alguien podría afirmar, incluso, que no pasa de ninguna manera por allí. Entonces la experiencia venezolana reúne también los tiempos más morosos de la transformación estructural y de su cultura política con las urgencias de que la gente vea y asuma mejores condiciones de salud, educación, trabajo e ingreso y de las formas de propiedad y legalidad (racionalidad) que ellas requieren. Y esto en una política/sociedad polarizada. Y con adversarios tan poderosos como el gobierno de Estados Unidos y la jerarquía católica, por citar dos. Ahora, el resultado del referéndum, por lo que he señalado, podría bajar la tensión polarizante y facilitar avanzar mediante un reconocimiento mutuo de gobierno-oposición. Pero ello no es un efecto mecánico. Se sigue de un trabajo político. Y la pelota sigue estando en poder del equipo chavista. Habría que ver si este equipo se ha dado y reúne las condiciones de integración interna necesarias para jugar con eficacia. Hasta aquí lo que se podría conversar en este arranque que ha sido ya extenso. Gracias por su paciencia.


 

        Intervenciones

    .- Vengo de Perú. Me interesan dos cuestiones. ¿Por qué se habla tan mal de (Hugo) Chávez, tantos insultos? Y, ¿llamó Chávez al referéndum para reelegirse a perpetuidad?


    HG.- Pues sí, se le insulta mucho. En Costa Rica un “formador de opinión” lo descalifica por ser un militar golpista e hijo de profesores primarios. En lo primero, habría que preguntarse si estuvo constitucionalmente calificado para ser candidato en las elecciones de 1998 cuando fue electo por primera vez presidente. Si, como imagino, estaba legalmente calificado, pues a los ojos de la ley no se trataba de un “militar golpista”. Ese es el único enfoque democrático moderno que conozco podría darse a la cuestión. Distinto es que su candidatura haya desagradado o agradado. Pero, obviamente no se trataba de un “militar golpista”, sino de un candidato de acuerdo a derecho. Chávez no hacía entonces las leyes de Venezuela. Y tampoco podía forzar, de ningún modo, las urnas. De modo que cuando se lo califica de “militar golpista” lo único que se hace es declarar que a uno le desagrada; esto es equivalente a considerarlo un “hijo de p…”. La cuestión dice poco o nada de quien es objeto de la canallada. Habla más bien de quien la dice. Ahora, descalificar a alguien porque es “hijo de profesores primarios”, suena pintoresco. En semi broma, Chávez, ese “hijo de profesores primarios”, ha logrado ponerse a la altura de la educación del Rey de España, con ese entredicho del “¡por qué no te callas!”. Es semi broma porque la responsabilidad de los exabruptos, exasperaciones y berrinches la tuvo quien dirigía la reunión de “políticos señeros”. Pero eso es folklore.

    Aparte de lo folklórico, Chávez es una figura polémica y como ha mostrado ser tenaz y talentoso (en política hacia los trabajadores tal vez menos de lo que uno querría), pues en un medio de cultura política degradada y donde muchos lo ven como enemigo, convoca descalificaciones absolutas. Se le ataca porque afirma querer construir nación desde los sectores populares, sin discriminarlos ni excluirlos. Esto hiere a quienes no han podido ni querido construir nación en América Latina: básicamente las argollas políticas dominantes que son también los grandes propietarios en estos países. Se sienten desnudos e insultados. Tal vez ustedes no saben que el conservadurismo católico sostiene que la nación latinoamericana solo puede hacerla el catolicismo. Pues entonces, ideológicamente, la jerarquía clerical se siente  tocada por el punto. Un gobernante secular, al que se considera izquierdoso además, que pone en peligro la verdadera propiedad y la verdadera nación, la que ellos promueven. Tiene que ser un ateo insensato, un demente. Entonces, mediante estos dos ejemplos, usted empieza tener un inicio de mapa de los insultos oligárquicos: Chávez está hundiendo o perdiendo a la ‘auténtica’ Venezuela: la de ellos. Se trata de una rabia antipopular que emerge porque se estima que los sectores populares van a darse la autoestima y el poder que siempre se les han negado. No digo que el proyecto bolivariano se los vaya a impulsar o dar. Pero la oligarquía y los obispos creen que sí. Y entonces insultan. Lo que los exaspera y asusta es la posibilidad de una Venezuela popular. Nacional por popular.

    La cuestión de la construcción de una nación, de una nacionalidad, choca asimismo frontalmente con la lógica de la acumulación global, con lo que los periodistas llaman “globalización”. Para esta lógica, la forma de Estado-nación se ha tornado disfuncional y debe desaparecer para que el capital circule libre de trabas administrativas… y de trabajadores organizados. La idea nacional del proyecto bolivariano estaría obsoleta.  Sería jurásica. Chávez en esta perspectiva vuelve a resultar ‘irracional’ porque quiere enfrentar a las fuerzas del mercado global. Lo que se le exige es que pase a llamarse Smith. Chávez contesta que por qué no mejor Bush o Clinton (Hillary) pasan a llamarse Pérez. El problema es aquí que los enemigos son geopolíticamente muy poderosos y podrían considerar que los venezolanos bolivarianos están parados sobre un petróleo que les pertenece a ellos. Como el de Irak.

    El imaginario de una integración latinoamericana encuentra también enemigos de diverso tipo. Las minorías dominantes de América Latina han sacado provecho particular de las fragmentaciones falsamente nacionales mediante las que se ha constituido administrativamente América Latina. Entonces declaran estar a favor de alguna integración, pero en la práctica la adversan. O la apoyan, como en el caso de Brasil, solo si ellos la dirigen. Es decir se si se orienta el esfuerzo de todos a su beneficio particular. Pareciera tonto pero esta voluntad oligárquica y neoligárquica puede sostenerse porque forma parte de la sensibilidad cultural latinoamericana. Incluso en una región como América Central proliferan y tienen valor de verdad los estereotipos que hondureños esgrimen contra costarricenses y los que éstos esgrimen contra los nicaragüenses. Igual argentinos contra chilenos o chilenos contra peruanos o bolivianos. Si no fuésemos patéticos, sería divertido. Si hasta en guerra entramos de vez en cuando, conflictos breves porque no tenemos fuerza para guerras largas o modernas, o al menos nos mostramos los dientes, como si nuestros problemas de límites fuesen sustancialmente significativos. Esto cuando lo único que podemos llamar ‘nacionalidad’ y que nos conmueve (hoy) son nuestras selecciones de fútbol. Para todo lo demás somos pueblos fracturados y enfrentados. Aquí hay otra fuente de razones para emprenderla contra el descriteriado de Hugo Chávez que desea encabezar un proyecto de integración latinoamericana bolivariano. Y lo inicia vinculándose con “indios” y “comunistas”, es decir con los gobiernos de Bolivia y Cuba. ¡No hay paciencia!

    La idea de integración latinoamericana y nacional bolivariana choca entonces tanto con la sensibilidad oligárquica tradicional (con raíz señorial católica) como con la globalización neoliberal que se nos está imponiendo como modelo de formación social y como sensibilidad cultural. Digamos, de paso, que los “éxitos” de Chávez se deben precisamente a adversar (efectivamente o como simulacro) estos procesos que, para la gente de a pie, es obvio que vienen fracasando. Muchos venezolanos apoyan a Chávez porque creen que él va a hacer algo distinto a lo que hicieron los políticos tradicionales. Con él van a tener acceso a trabajo y casa y comida y ropa. No creo que les importe demasiado si eso se sigue de una revolución o del “socialismo”. Y, claro, si es odiado y se tiene éxito entre la gente, entonces más odio y más insultos.


    Hay que mencionar que los insultos se prodigan a través de los grandes medios masivos, incluyendo a CNN, y encuentran eco en los estereotipos históricamente acuñados por la dominación o dominaciones y, por lo tanto alcanzan resonancia, confirman identificaciones, refuerzan apetitos. Entre nosotros el dicho nazi “Desinforma, desinforma (miente, miente), que algo queda”, se transforma en “Desinforma (miente), porque esa es la verdad de la gente”. Entonces los insultos reiterados y de amplio espectro contra el proceso bolivariano constituyen un desafío político significativo. Hay que ponerles atención y determinar una contraofensiva. Aquí, como en otras cosas, habría que aprender de las experiencias del siglo XX.

    También existe una insultadera desde las izquierdas que creen que el proceso no es revolucionario porque no va como ellas dicen, o que Chávez es un farsante y el peor enemigo de los trabajadores, que conduce al pueblo venezolano a una derrota o aplastamiento, etc. Por desgracia, esto es también, “normal” en América Latina. Nuestras “izquierdas” contienen muchos grupos pequeños que gritan, no debaten, su verdad que es “la” verdad, de los procesos (en los que muchas veces no han sido capaces de ganar incidencia), personalidades para las cuales el proceso fallará porque ellos, y sus ideas, no lo conducen o al menos asesoran con rango de Gran Visir. Esto último se acentúa en el caso venezolano porque entiendo que allí los “asesores” ganan bastante bien y, claro, además de los “celos” intelectuales, cualesquiera cosas que esto signifique, y por “prestigio”, se agregan las apetencias materiales. La tradición de sectarismo ‘de izquierdas’ latinoamericano tiene fama galáctica. De hecho las naves extraterrestres que de vez cuando aparecen por acá vienen principalmente para apreciar nuestro sectarismo fundado en la absoluta verdad de algunas formulaciones del “marxismo” o del “leninismo” o del “trotskismo”, del “anarquismo”, o del “guevarismo” o del “maoísmo”, también cualesquiera cosas que estos apelativos puedan significar. Casi, casi se puede afirmar aquí el postulado de que el sectarismo de cada grupo es proporcional a su escasa incidencia política efectiva. Por supuesto existen también grupos serios. Pero de esos no hablo porque, por definición, no insultan.

    Por supuesto el sectarismo “de izquierdas” es replicado por el sectarismo de, en este caso, los “oficialistas”. En el griterío, empleo de citas ‘sagradas’, estereotipos, etc., no hay manera de entenderse. De hecho, nadie lo pretende. Esta situación es trágica porque “las izquierdas” suelen publicar sus discrepancias, antes de debatirlas internamente (y, si se pudiera, solidariamente con otros), casi todas se valoran a sí mismas “intelectualmente geniales”, cualesquiera sea su capacidad de incidencia. Y el oficialismo replica con un discurso altisonante de unas ocho frases hechas. No es sencillo entrarle a este punto de la ‘discusión’ porque forma parte de ‘nuestra’ cultura política, lo que quiere decir que no desaparecerá por decreto ni mediante la represión o el acallamiento o la ‘conversión' de los oficialistas. El acallamiento, por supuesto, no es deseable. Y el panorama en su conjunto es lamentable. Especialmente porque los enemigos de los procesos populares suelen aprovecharse del griterío.

    Luego, la propuesta de nación atrae como enemigo al imperialismo y a la globalización neoliberal y a los aliados de clase y sectoriales pro-imperiales que existen en América Latina. La idea de una Alternativa Bolivariana para América Latina y El Caribe (ALBA) también resiente al centro imperial, a las fuerzas neoliberales e incluso a otros liderazgos sudamericanos. Finalmente existe también una ‘insultadera’ de izquierda con diversas entradas, una insultadera de antigüos chavistas que no encontraron lo que buscaban o deseaban en el proceso. Y la personalidad de Chávez es caribeña. Confrontativa, personalista. Convoca insultos. Pero éstos se producirían aunque él aunque él se comportara tímido y se apegara estrictamente al orden jurídico sin procurar concentrar poder.

    La segunda cuestión, la de la reelección eterna, es claramente ideológica. Su base es que en los países capitalistas democráticos existen reemplazos de dirigentes y que estos reemplazos se siguen de elecciones libres de la ciudadanía. Se olvida señalar que todos los candidatos elegibles resultan producción del sistema y son funcionales a él. Cambian las caras, y algunos matices, pero el sistema político, y el sistema económico, es eterno, inalterable. Por ejemplo, alguna gente cree que cuando sea electo u Obama o Hillary, entonces EUA saldrá rápidamente de Irak. En realidad cuando los eligen dejan de ser Hillary u Obama y pasan a ser presidentes de Estados Unidos de América. Entonces hacen lo que el interés y la seguridad nacional de esa potencia les exige hacer. Pero como hay cambio de figuras, la gente y la ciudadanía creen, o quieren creer, que “eligen”. Pobrecitos. Participan de un simulacro. El sistema es The Matrix. No tiene afuera ni individuos oficiales que no estén programados para reproducirlo al infinito. No se les permite.


    Pero desde esos pomposos simulacros se ataca a los sistemas de gobierno en los cuales elecciones efectivas permitirían reelegir a un mismo mandatario. Se confunde la función con la persona. Y se olvida que tiene que resultar electo para proseguir en el gobierno. Normalmente nadie discute que Francia tiene un régimen democrático de gobierno. Pero pocos están enterados que allí, y desde la instauración de la V República (1958), el presidente puede ser reelegido una y otra vez. Luego, pareciera que la reelección sin término, aunque sujeta a procedimientos previos, al menos conceptualmente, no remite a una tiranía personal o a una dictadura, sino que es compatible con instituciones democráticas. No estoy diciendo que ésta sea la situación de Venezuela, sino mostrando el carácter prejuicioso e ideológico de la tesis de que la reeelección permanente de un mandatario sea antidemocrática. Puede serlo y puede no serlo. No es la reelección permanente de un jefe de gobierno lo que define el carácter democrático o no de un gobierno.

    Ahora, despejado ese punto, quiero decir que en mi opinión la reelección una y otra vez de un líder político no es aconsejable. Existe una razón central. Los dirigentes de alto nivel suelen generar círculos de amigos, consejeros, oportunistas, etc., que los aíslan de la realidad. Le filtran la complejidad de esta realidad y le muestran solo lo que él quiere oir. Es un fenómeno humano. Podría cambiar quizás, pero por el momento es así. Resulta entonces pedagógico que los altos dirigentes, quienes están en la dirección, retornen, si es del caso, al trabajo de base, a los frentes sociales, sin más privilegios que su capacidad de servir,, entre cuyos factores se encuentra la experiencia. Esto vale incluso para un líder excepcional de su pueblo, el cubano, como es Fidel Castro. Y la opinión no versa solo sobre los presidentes, sino también vale para los secretarios generales de las organizaciones, los dirigentes sindicales, etc. La eternización en estos cargos no parece ser positiva, aunque el desempeño sea democrático.

    Hay un corolario. Lo anterior quiere decir que si se elige una vía parlamentaria para avanzar en cambios significativos, y se gana elecciones con ese programa, una de las primeras tareas de los gobiernos ‘de izquierda’ es preparar el relevo en el liderazgo. No se trata solo de darle continuidad al proceso de cambio, como se ha señalado en Venezuela, sino de dar también testimonio de una nueva manera de estar y de hacer política. Cuando se gana una elección con un programa de izquierda hay que prepararse para ganar la próxima y dentro de esta tarea está la de preparar el relevo, ya sea para cinco o diez años. Que se advierta que lo central son los procesos, no las personalidades. La idea, para que vean que no es una ocurrencia descabellada mía, se puede encontrar en la Segunda Declaración de La Habana (1962).

    .- ¿Está viviendo Venezuela una revolución? En su intervención creo usted no se ha referido a este punto y su planteamiento me parece conciliatorio, reformista.

    HG.- Gracias por su intervención.Habría que diferenciar varios aspectos en ella. Qué sea una revolución en América Latina debería ser una discusión. Si Venezuela, o sea los sectores populares y revolucionarios de Venezuela, se enriela en un proceso revolucionario, tiene que crear las condiciones para ello, las fuerzas sociales que sean capaces de soportar el bloqueo y ataque de los enemigos de los procesos revolucionarios. Estos existen y son poderosos. Las revoluciones no se producen como actos de magia. Demandan un trabajo político. Y tampoco hay una receta infalible. Los revolucionarios rusos lograron destruir el régimen zarista pero no avanzaron hacia un régimen socialista, que era su aspiración revolucionaria. Sus dirigentes llamaron “socialismo” y “Estado de todo el pueblo” a lo que hacían. Pero su formación social no fue nunca cualitativamente alternativa para su población. No se constituyó como otra experiencia superior o más grata ni ciudadana ni humana.

    Ahora, la experiencia venezolana que dirige Hugo Chávez está ahí como resultado de procesos electorales. Se trata, al menos en el discurso, de una vía institucional y parlamentaria para avanzar hacia transformaciones revolucionarias. El camino que se ha seguido es ganar elecciones presidenciales y de representantes, convocar a una Asamblea Constituyente, aprobar una nueva Constitución y tratar de avanzar tanto desde esa nueva legalidad como desde la animación y organización popular. Pero cuestiones centrales, como las formas de propiedad dominantes, el carácter del sujeto popular y de su ejercicio del poder, la nueva sensibilidad política, por ejemplo, han avanzado poco o nada. Y el proceso es acosado interna e internacionalmente. Y ya señalamos que en este momento, abril del 2008, existen dificultades para satisfacer necesidades básicas de la población, se especula en un mercado negro y el ritmo inflacionario se ha agudizado. Es probable que también existan dentro de la administración chavista funcionarios, y quizás sectores, corruptos y venales, que están sacando ventajas particulares del desabastecimiento y del mercado negro. Para neutralizar estos fenómenos, que generan anomia y desaliento, habría que articular pequeña producción y control ciudadano y social organizado. Es una base social para ligar a la población con el proceso vía el acceso a un consumo básico mediante una cadena de distribución popular. También hay que hacer algo semejante en el campo de los servicios. Vincular positivamente a los trabajadores de esas dependencias con los usuarios. Y, por supuesto, esto no puede hacerse sin favorecer la vinculación positiva y autónoma de de los trabajadores de cada empresa y de cada frente económico, etc., entre sí.  No sé si estas cosas elementales se están haciendo. Si existe la capacidad política para hacerlo (aunque desde fuera pareciera que sí: el aparato militar puede aportar recursos humanos, el gobierno tiene capacidad administrativa legal, por ejemplo. También siguen existiendo sectores populares y de capas medias con entusiasmo). Si la gente entiende. Si quienes están a la cabeza disciernen que una polarización social, cuando se ha elegido un camino institucional, no es necesariamente revolucionaria en América Latina, entre otros factores, por razones geopolíticas. Una articulación en la base, como la que he señalado, una iniciativa popular para reactivar la producción y atacar la inflación, constituiría un factor revolucionario en Venezuela. Pero no sería ‘la’ revolución. Ni tampoco se parecería al socialismo del siglo XX. Y además estas medidas, que se orientan a crear una fuerza social multiclasista (sectores populares y grupos medios con diversas demandas, no solamente económicas), rural y urbana, que apoye el proceso en perspectiva de protagonizarlo, deben permitir pasar la prueba de las siguientes elecciones.


    No veo tampoco que exista un exceso de solidaridad latinoamericana con Venezuela, exceptuando, como siempre, Cuba. Y, por desgracia, la información que nos llega pareciera mostrar que no se han asumido las experiencias históricas que terminaron en fracaso, como la chilena entre 1970-73, que fue también una experiencia parlamentaria que quería avanzar hacia el socialismo. Fue liquidada por una conspiración que ligó a militares con empresarios chilenos y latinoamericanos, a sectores clericales y al Departamento de Estado de EUA para abrir paso a una dictadura empresarial-militar de Seguridad Nacional, conspiración cuyo ‘éxito’ contó también con los errores del proceso.

    Ahora, Venezuela del siglo XXI no es Chile en 1970-73. Ningún país es políticamente otro país. La experiencia chilena en el largo plazo contenía posibilidades revolucionarias. La venezolana también. Pero que ellas prosperen depende del trabajo político de los venezolanos y de alguna solidaridad efectiva para que no se aísle su experiencia. Y de que sus enemigos internos y externos no consigan manejar una escalada de agresiones que les faciliten finalmente lanzarse a la quiebra de la experiencia. Desde fuera yo no me atrevería a decir más. Y lo que digo creo ni siquiera llega, en el vocabulario tradicional, a reformismo.

    .- No me quedó clara la relación que existe entre el dicho futbolero “Los mirones son de palo” y su aplicación al campo político.

    HG.-Todos los lemas tienen el defecto de ser esquemáticos. Exigen, por tanto, algún criterio, o criterios, de interpretación. En este caso lo que se quiso enfatizar es que si se entiende la acción política como surgiendo desde fuerzas sociales e incidiendo en ellas, entonces no se vale decir cosas como “mira qué mal lo está haciendo” o “esa no es la doctrina leninista” o “cerdo bonapartista”, etc. Sin duda se puede decir, pero corresponde también precisar qué está haciendo uno (el grupo, el partido) para que eso no se siga haciendo mal, para que se ‘interprete’ adecuadamente lo que quiso decir Lenin (esto no se puede hacer sin una lectura de estructura, situación y coyuntura de Venezuela o de cualquier otro lugar), o para contrarrestar y superar el ‘bonapartismo’. No basta indicar, juzgar. Lo que interesa es el trabajo que se está haciendo para que las cosas vayan mejor (en un sentido popular o revolucionario, etc.). Este trabajo puede ser organizativo, agitativo, de crítica ideológica, de movilización de masas, etc.… pero nunca es solamente declarativo.

    Por ejemplo, uno en Costa Rica puede señalar que algunos o muchos Comités Patrióticos parecieron caer en una resaca tras el resultado del referéndum de octubre. Pero si uno estima que esos Comités Patrióticos son un factor de aireamiento de la política tradicional costarricense, y podrían ser importantes para el próximo futuro del país, entonces no basta con apuntar con el dedo y exclamar: “Están con resaca”, sino que tiene que acompañar este diagnóstico (que habría que mejorar porque es demasiado general y, por ello, indeterminado) con acciones que conduzcan a que los Comités se reactiven como espacios populares tanto para el 2010 (hay elecciones) como para un camino más estratégico de cambio. Esto supone tener un panorama más amplio y determinado de la situación política nacional. En política, aunque la voluntad juegue un papel decisivo, no se está solamente sobre la base de deseos o de señalamientos. Por eso puede decirse que “los mirones son de palo”. Por cierto, en esa condición los mirones nunca inciden, porque pueden incidir, a favor de los sectores populares. Reman en contra.


    .- Me pareció percibir un tono pesimista en su intervención. ¿Usted cree que no hay salida para los pueblos latinoamericanos?

    HG.- Estimo que para el análisis político conceptos como “pesimismo” u “optimismo”, que son humores de las personas o individuos, a veces socialmente proyectados, están fuera de lugar. El análisis lo que busca es determinar situaciones, correlaciones de fuerzas, pensarlas en términos de tendencias en estructuras para saber qué es mejor hacer, qué no debe hacerse, qué podría intentarse porque puede abrir nuevas posibilidades. Ahora, en esto no podemos avanzar aquí esta noche, no es el lugar ni tenemos la información compartida ni el tiempo. Entonces me he limitado a realizar algunas apreciaciones básicas.

    En este mismo sentido, y si se juzga la América Latina de la primera mitad de la década de los noventa del siglo pasado, período marcado por el Consenso de Washington que prevalecía como “pensamiento único”, y miramos la realidad en este año 2008, advertimos cambios significativos y esperanzadores. La crítica armada radical del neoliberalismo tiene su momento o señal pública inicial en la insurgencia zapatista (Chiapas) de 1994. Y esta crítica se ha ampliado en movilizaciones electorales con diversa historia en Venezuela, Bolivia y Ecuador, y en la persistencia del régimen cubano. Quizás, no estoy seguro, en Nicaragua. Hoy existe, al menos, aire de enfrentamiento y este aire tiene sellos populares, de trabajadores, de ciudadanos organizados, de indígenas. Otro espacio menos radical, quizás para nada radical, lo presentan Argentina, Brasil, Uruguay. Han enfrentado al FMI, o desplegado algún tipo de política social paliativa, no han desmoronado el Mercosur. No ilusionan, pero tampoco son la peste bubónica. Y está el México que respalda a López Obrador. Y podría ganar dentro de poco una fuerza electoral progresiva en Paraguay. Y hasta en Costa Rica, donde según un escritor “desde el Bing Bang originario no pasa nada”, se construyen espacios de encuentro social para un referéndum, los Comités Patrióticos, y se da una batalla desigual pero fervorosa, una gran batalla, la mayor movilización que conozco desde que resido aquí, y se empata políticamente con el gran dinero, con los medios comerciales, con la jerarquía eclesial, con la Embajada de Estados Unidos, con CNN. Entonces si uno no se suicidó en 1993, cuando reinaba sin contrapeso el “bello Ménem” o iba a llegar a la presidencia Figueres Olsen, ¿por qué se iba a suicidar ahora cuando al menos hay “bulla” popular.

    Pero esta bulla no apunta necesariamente al socialismo. Hay ruido porque el neoliberalismo efectivamente no funciona para los sectores populares y medios y las minorías dirigentes insisten en él, aunque ya ni lo defienden ni quieren discutirlo. Sencillamente se escudan en que no hay de otra. Pero muchas poblaciones y sectores ciudadanos en diversos países, y desde ángulos distintos, están diciendo que puede que no la haya pero de todas maneras quieren de otra. Creen que podrían construirla. Este es un enfoque de izquierda.

    Entonces yo no me valoro “pesimista”. Tampoco comparto el mito periodístico (entre ignorancia y mala fe) del “retorno de la izquierda en América del Sur”. Pero no compartir esa tontería no me hace pesimista. Dice únicamente que estoy un poco mejor informado que esos periodistas y publicistas. Lo que no es, en realidad, ningún merito.

    .- Usted dijo que ningún proceso que se propusiera una vía parlamentaria para transformaciones radicales o revolucionarias ha tenido éxito en América Latina. ¿Por qué?

    HG.- Habría que examinar cada proceso. Pero hay condiciones básicas que no se cumplen entre nosotros. Un Estado sólido de derecho, y una cultura política que acepte los cambios cuando ellos beneficien a los grupos preteridos y les permitan hacerse protagonistas efectivos de sus vidas y entregarles su carácter a las sociedades. O sea, una cultura política no oligárquica. Y también habría que valorar las condiciones geopolíticas y los errores de conducción, la tendencia a imitar “modelos”, por ejemplo, de los sectores populares.

    .- Retornando a Venezuela, ¿usted cree que allí se está dando una revolución?

    HG.- Desde la distancia se puede afirmar que existe un proceso parlamentario que ha logrado darle al país una nueva Constitución que habla, entre otras cosas, de un Sujeto Social y crea instituciones para tornar operativo un régimen democrático participativo. También existe una política de “misiones”, entiendo que administradas por militares, que busca dar mejores oportunidades de acceso a la población en áreas como educación y salud. Ahora este tipo de acciones y políticas no valen tanto por sí mismas sino por los procesos estratégicos (espiritualidades) en que se inscriben. Por decirlo así, en su capacidad para que la gente vaya transformando su sensibilidad política, su cultura política y se plantee ser dueña de su destino, ser protagonista. Poniéndolo con un estereotipo, si “misiones” y sujeto social popular se inscriben en la lógica del “¡A la orden, Comandante!”, entonces tal vez se den mejorías para los sectores preteridos, los miserables y más pobres, pero difícilmente existirá proceso revolucionario. El proceso tiene que inscribirse, crear y fortalecer una espiritualidad mediante la cual la gente organizada se quiera protagonista y se de los medios para serlo. Yo creo que esto es una enseñanza del siglo XX.

    Ahora, el segundo camino se dice fácil pero resulta de difícil ejecución. Primero porque estos procesos no suelen moverse exclusivamente en escenarios políticos determinados por la pareja aliado/opositor, propio de una vía parlamentaria o institucional, sino en escenarios centrales o importantes determinados por la pareja amigo//enemigo, propio de la guerra. Y el clima de guerra modifica las temporalidades, determina sus propias urgencias, potencia en los sectores humildes el “¡A la orden, Comandante!”. Y claro, si uno es Comandante, le gusta oír esto, aunque desapruebe la guerra. La segunda cuestión es que todavía no existe una experiencia revolucionaria que haya funcionado “desde abajo” ni en las condiciones latinoamericanas ni en otros lugares. Entonces hay que crear (inventar) los procedimientos. Y los enemigos acosan. Y también hay que reconocer que las oligarquías y CNN (el imperio) inciden fuertemente en los sectores medios urbanos de las sociedades latinoamericanas y que les resulta cómodo captarlos y convocarlos agitando miedos: dejarán de tener una vida con “privilegios”, la dictadura será comunista, atea, la experiencia es “imposible”, será “otra Cuba”, etc. En Costa Rica, sin existir un desafío revolucionario, ustedes han podido escuchar esta gritería y el efecto de las campañas de terror.

    Más preciso,  mi opinión es que en las actuales condiciones latinoamericanas los procesos que se inscriban en la sensibilidad del “¡A la orden, Comandante!”, no podrán arribar a efectivas metas revolucionarias, aunque tal vez alcancen otras. Esto no hace a esos procesos enemigos de los trabajadores, campesinos o grupos nacionales. Simplemente los determina como no-revolucionarios por el momento, en el corto plazo cultural. Pero en el horizonte de largo plazo cultural podría ser otra cosa. Digamos, es mejor que exista el bolivarismo con oposición parlamentaria interna y ríspida discusión “de izquierdas”, que que no exista. Lo que no es de ninguna manera mejor es que en el seno del bolivarismo, o de cualquier otro proceso que se quiere con contenido popular, existan personalidades y sectores corruptos y venales y oportunistas. La venalidad es un factor político, no solo una acción delincuencial, que bloquea la necesaria autonomía de los grupos populares. En eso sí se puede ser tajante.

   .- Usted se ha referido varias veces a los Comités Patrióticos costarricenses como algo políticamente significativo. ¿Por qué?

    HG.- Sí, dije que fueron la base de la más importante movilización ciudadana y social que yo haya presenciado en más de treinta años de vivir aquí. Y fueron atacados con furia homicida, lo que revela que los grupos dominantes se sintieron efectivamente amenazados por ellos. Y ustedes saben que esos Comités se dieron su propio financiamiento, ralo. Y saben también que todo el sistema institucional se movió contra ellos. Pese a eso dieron su pelea, la dieron bien, salieron el día de la elección y casi ganan.

    Ahora, la importancia de esos Comités Patrióticos no estuvo en que “casi” ganan, porque de repente ganan y no hubieran sabido qué hacer con el triunfo. O ganan y del proceso se apoderan los Trejos, las Andreas Morales y otras estrellas de cine. Creo que su importancia está en que esos Comités se constituyeron como espacios de encuentro social, espacios de conversación y debate y espacios de movilización. El encuentro y reconocimiento se dio, por ejemplo, entre estudiantes y pobladores, entre sectores rurales y luchadores sindicales, entre ecologistas y grupos de barrio, entre adultos, ancianos y jóvenes y menos que jóvenes. Entre mujeres y varones. Entre profesionales y otros sectores sociales. Muchos de estos sectores no se habían encontrado social y políticamente cara a cara durante muchos años. Y esta vez comenzaron a recorrer un emprendimiento colectivo. Puntual, es cierto, votar No, y con razones, en el referéndum. Pero una cuestión puntual que tenía, y tiene, valor estratégico para Costa Rica. Y que enfrentaba a los Comités con los grupos dominantes tradicionales y con las “grandes” figuras y su prensa “independiente” y sus trucos. Fue una gran pelea.

    Dicho sea, de paso, este es el primer país latinoamericano y del mundo donde una movilización ciudadana y social ligada con una acción parlamentaria obliga a un referéndum para aprobar un TLC. Ocurre en el país donde, según algunos, “nunca pasa nada”.


    Entonces los Comités Patrióticos sí son una muestra importante de lo que los ciudadanos y sectores sociales de Costa Rica pueden y quieren hacer. Tal vez no sean “la” respuesta, pero son una parte importante, sino decisiva, de esa respuesta.

    Y ustedes ven que los partidos mayoritariamente van por otra parte. Desde luego los que todavía se llaman a sí mismos PLN y PUSC. Pero tampoco el PAC se organiza ni muestra disposición para debatir con los Comités Patrióticos o para afirmarse en ellos y robustecer su crítica (si es que todavía la tiene, más allá de su posición ante un mal pactado TLC) al statu quo. Esta hostilidad y negligencia de los partidos hacia los Comités Patrióticos habla bien de estos últimos. Los partidos actuales son uno de los factores que desprestigia al régimen democrático de Costa Rica. No son, por tanto, buena compañía. Tendrían que reconvertirse si desean serlo.

    Ahora, los Comités Patrióticos, dentro de sus dificultades, la tuvieron “fácil”. Había una tarea clara en una plazo fijo, era No o , y todos o casi todos empujaban parecido. Hoy la tarea es distinta. Se trata de testimoniar una manera de ser y de estar en política. Y de alcanzar mayor incidencia. Se trata de que hay una elección el 2010 cuyo resultado sellará el proceso de neoliberalización (o centroamericanización) costarricense y  esto se da en un momento en los hermanos Arias y quienes los sostienen parecer irlo ganando todo. Una elección, todos sabemos, despierta apetitos electorales. Aparecerán los nuevos autodesignados para presidentes, como Trejos, y los antiguos, como Corrales o Araya. Se pedirá un frente amplio y una elección primaria. Cuando se realice, quienes pierdan se retirarán porque esa coalición la querían para ellos. Para elegir a otro, no les sirve. Es probable que el PAC, con razones, no quiera participar de un frente y tampoco acepte una elección primaria. De todo este ruido quiero destacar que los Comités Patrióticos, desde su autonomía necesaria, deberán definirse tanto en relación con los partidos como en relación con la coyuntura electoral. Aunque quieran sustraerse a ella, no podrán. Luego, tendrán que “ensuciarse” o “lavarse” las manos con la política electoral aunque no se agoten en ella.

    Y por otro lado tienen que determinarse a sí mismos como algo más, mucho más, que espacios de encuentro y movilización electoral. Tendrán que aprender a discernir sus inquietudes en términos ciudadanos, civiles, sociales y culturales.. Deberían existir Comités Patrióticos con referencia geográfico-administrativa, comunal, cantonal, provincial, etc. Y también Comités Patrióticos ciudadanos, interesados en la transformación del régimen político y de la condición ciudadana, Comités Patrióticos civiles, ocupados en denunciar y organizar a los individuos y sectores que sufren discriminaciones específicas, Comités Patrióticos sociales, reivindicativos de tramas sociales y situaciones resentidas,, como el posicionamiento de los pequeños agricultores, una educación básica y secundaria pública de calidad, etc.Comités Patrióticos culturales denunciando las sensibilidades actuales y testimoniando otra manera de estar vivos y en sociedad, en emprendimiento humano. Esto significa encontrarse, darse identidad, debatir, organizarse en tareas, incidir. Crear una nueva cultura política. Y extenderla. Y deben hacerlo sin financiamiento, más que el que se provean, con los medios masivos llamándolos “terroristas” y los oportunistas intentando seducirlos para que se conviertan en su base electoral.

    Y todo esto, y más, tiene un plazo de menos de dos años porque los Arias se encargaron de abrir la coyuntura electoral al designar, al menos en principio, a dedo, a la futura presidenta, Laura Chinchilla. Podría tratarse de un funeral de lujo, pero abre oficialmente las apetencias electorales. Lo que indica que los Arias estiman que con el TLC ya cumplieron su misión. Es tiempo de cobrar y que otros consoliden.

    Entonces como posibilidad, los Comités Patrióticos son atractivos. Y también como desafío y tarea. Sin el vigor autónomo de ellos, por ejemplo, el principal partido electoral opositor, el PAC, acentuará su languidecimiento. Y los más tradicionales, los que se llaman todavía a sí mismos, PUSC y PLN, reirán a mandíbula batiente mientras hacen sus negocios. Seguirán siendo Los Reyes. Para terminar con una referencia lúgubre, recuerdo que Calderón Fournier, indagado en los Tribunales, hace en este momento campaña presidencial. Y que existen grupos o voraces o confundidos que desean una nueva presidencia de Figueres Olsen. Y están en su tenebrosa  tarea.

    Bueno, comenzamos hablando de fútbol y de Venezuela y terminamos conversando sobre cuestiones políticas específicas de Costa Rica. Me parece bien, creo que, pese al cansancio, debemos felicitarnos.Excepto porque uno de nosotros habló demasiado.
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