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Martes de MAÍZ,

22 abril, 2008. 

  

 

 

      Agradezco la invitación a los compañeros del Movimiento Alternativa de Izquierdas y la presencia de ustedes aquí. No haré una exposición extensa sino que realizaré indicaciones con referencia a cuatro puntos.

    1.- Es de conocimiento generalizado, aun entre quienes no aprecian demasiado este deporte, que argentinos y brasileños se desempeñan bien jugando al fútbol. Lo han hecho por años. Bueno, los argentinos acuñaron el siguiente dicho, en relación con el juego. Dicen: “Los mirones son de palo”. Remite directamente a las situaciones en que uno de los astros, defensa o delantero, comete un error garrafal, y pierde un gol o lo facilita al adversario, o también cuando el equipo en su conjunto se aprecia lento, sin dinámica y parece conceder todos los segundos balones al adversario. El dicho se puede traducir: “Hay que estar adentro para saber qué es lo que está efectivamente pasando, cómo se cometió ese ‘error’ inadmisible o se entrega, sin más, la iniciativa al adversario”. Y no solo eso: porque se está adentro, jugando, se puede incidir en corregir los errores. Desde fuera todo se ve sencillo porque no se tiene responsabilidad, entre otras cosas. Por eso, “los mirones son de palo”.

    En política también los mirones son de palo. Y esto quiere decir, pueden describir, pueden intentar explicar, pueden alegrarse o enfadarse, simpatizar o adversar, pero no inciden, y por lo tanto deben ser respetuosos en sus juicios, y sobre todo no deben transformarlos en índices acusadores: eso no es revolucionario, eso es antipopular, Chávez es bonapartista y burgués, por ejemplo. La experiencia bolivariana, la venezolana y la regional, además, precipita hoy mucha literatura polarizada; enteramente a favor o enteramente en contra. Mucha de esta literatura es, consciente o inconscientemente, propaganda. En especial la antichavista, cuyos focos centrales están en el Departamento de Estado de Estados Unidos y en los sectores neoligárquicos conservadores o reaccionarios latinoamericanos (terratenientes, empresarios, medios masivos, jerarquías clericales, etc.), tiene las características de una propaganda destinada a deslegitimar la experiencia bolivariana, la nacional y la latinoamericana, a aislarla y a destruirla.

    Mi primera observación, puesto que yo no estoy en Venezuela ni trabajo políticamente ni a favor ni en contra de los procesos bolivarianos (que en Costa Rica no tienen presencia significativa), es que haré algunas indicaciones, desde mi experiencia, sobre algunos aspectos de lo que parece ocurrir en Venezuela desde el resultado del referéndum del 2 de diciembre pasado (2007) y los escenarios que ellos avisan. Las indicaciones no pretenden ser la verdad sobre ese proceso. Y por lo tanto no buscan incidir en él. Más bien aspiran a que ustedes reflexionen sobre su propio trabajo político aquí en Costa Rica.

    2.- Mi segundo punto es recordar que los costarricenses han tenido también recientemente un proceso de referéndum. Tienen por ello fresco el tipo de campaña que hicieron los simpatizantes del , Gobierno incluido, para obtener una muy estrecha victoria electoral que fue señal de un empate político entre las fuerzas enfrentadas. Este empate político, sin embargo, es ambiguo porque la abstención fue muy alta. Pero la campaña del fue ponzoñosa, incluyó la mentira abierta, la descalificación total de las personas y ciudadanos adversarios, la intervención estadounidense, la vociferación de los medios masivos locales e internacionales y la hipócrita “ayudita” de la jerarquía católica (hoy sabemos que, además fue interesada) y la parcialidad de la institucionalidad electoral. Una campaña más que “sucia”, vigorosamente antidemocrática. Bueno, esa campaña más que sucia, de terror, también la realizó en Venezuela la oposición al Gobierno que encabeza Hugo Chávez. Y el resultado del referéndum allá fue semejante al de acá. Un resultado numérico todavía más estrecho, 50.70% contra 49.29%, que dio el triunfo electoral al No y un empate político entre las fuerzas enfrentadas en relación con los temas del referéndum. La derrota cortó el record de invicto que llevaba en justas electorales el presidente Chávez, pero la votación de la oposición solo subió en 100.000 sus votos y el gobierno perdió en cambio casi tres millones de sufragios. La abstención, más del 35%, sin duda perjudicó al Sí.

    Ahora, la movilización electoral dio el triunfo en Venezuela a la oposición y el gobierno aceptó la  derrota. No sé si en Costa Rica se hubiera dado tan fácilmente esa aceptación. No se ve cómodo que los hermanos Arias y los empresarios y Estados Unidos reconozcan una derrota que podría bloquear por completo su carrera hacia los “negocios compartidos” del mercado global, dinámica que, además, borrará a grupos de presión como los sindicatos, los trabajadores de servicios, los jóvenes, los pequeños campesinos y los nacionalistas. Por decir algo. Aquí probablemente se habría montado un alegato con acusaciones falsas y descalificaciones sin posibilidad de réplica, alegato orientado a un fraude abierto mientras hipócritamente se habría alegado ‘la’ democracia perfecta, los curas habrían llamado a ‘la paz’, y esparcido agua bendita y algunos círculos empresariales y ‘periodísticos’ como siempre, habrían caído, ojos en blanco, en diversos tipos de éxtasis.

    Luego, la institucionalidad venezolana soportó bien la experiencia del referéndum. No hubo señales por parte del gobierno para desconocer la derrota electoral. La frase básica fue “Por el momento no hay de piña”. Y ese reconocimiento del triunfo de la oposición da fuerza y legitimidad a una administración en la que Hugo Chávez será presidente (si no lo asesinan) al menos por los próximos cinco años. Y también da fuerza a la actual composición del Estado venezolano. No es poca cosa para una experiencia a la que sus enemigos califican de “totalitaria” y “demencial”.

    Ahora, existen elementos diferenciadores entre el proceso de referéndum venezolano y el que se desarrolló aquí. Allá los Comités Patrióticos, por decirlo así, deben haber tenido financiamiento abundante, directo e indirecto. Y si bien la oposición venezolana, es decir el No, es fuerte en los medios masivos comerciales, quienes buscaban la aprobación de las transformaciones constitucionales propuestas por el Gobierno, tienen también capacidad para organizar y hacer sentir sus mensajes. No es, como fue en Costa Rica, pelea de tigre suelto contra burro amarrado. Visto así, la derrota del bolivarismo contiene algunos desafíos políticos. Se acostumbra decir que el proyecto chavista tiene una línea, que parece dominante, de manejo vertical, populista-autoritario, cesarista o hiperpresidencialista, si se quiere. Pero que también se esfuerza, o por lo menos algunos se esfuerzan, por construirse desde abajo, desde la organización popular autónoma. En cualquiera de los casos, algo falló, no funcionó. Si se adopta el criterio de que el proceso se construye desde arriba, entonces falló la organización, el aparato organizativo que ni captó adecuadamente la sensibilidad de la ciudadanía y un liderazgo que ni supo, o quiso, convocar ni organizar para el día electoral. Si el criterio que se elige es el de desde abajo, lo que falla es una cultura política (sensibilidad, espiritualidad) que hace que muchos de los “de abajo”, más de un 35% del padrón, no sientan la necesidad de movilizarse electoralmente, aunque se les informe y existan los medios para esta movilización. Esto es algo que tienen que considerar, analizar y discutir los actores de la política venezolana. Entonces sí puede decirse que existieron fallas, seguramente potenciadas por factores del mismo proceso y del entorno específico, en el bando del , deficiencias en organización y comunicación. No se dio ni el mensaje adecuado ni en los espacios correctos. Y faltó organización. Ahora, ¿por qué ocurrió esto? Desde aquí no podemos saberlo, aunque sin duda se vincula con las relaciones de clase en la Venezuela actual.

 

    3.- Hace ya algún tiempo una gente me pidió que bosquejara algunas ideas sobre el proceso boliviano que encabeza el presidente Evo Morales. Aproveché el pedido para hacer una comparación inicial entre los procesos cubano, venezolano y boliviano y señalé que este último tenía la “ventaja” de contar con oposición. En los procesos políticos parlamentarios, que es la situación de Venezuela y Bolivia, la existencia de una oposición parlamentaria obliga al gobierno a trabajar con ella pero también lo legitima en el mismo proceso que lo obliga a pensar, discernir, conversar y negociar. Ahora, el proceso chavista, cuyo acceso al gobierno, que no es lo mismo que la toma del poder (el poder nunca se pone a disposición de los votantes), es de 1998 (nueva Constitución, 1999) se gestó en el derrumbe de los partidos tradicionales y otras organizaciones con capacidad de incidencia en la política venezolana. Es como si aquí desaparecieran, como resultado de sus errores, venalidad y cinismo, el PLN y el PUSC y sus clientelas. Entonces el Polo Patriótico chavista pudo dominar sin contrapeso parlamentario significativo, lo que generó condiciones incluso para un intento de golpe de Estado (2002) y para una generalizado clima de agitación por parte de sus enemigos internos y externos. Mi opinión es que el resultado del referéndum sepulta parcial y temporalmente a los grupos y personalidades golpistas y hace aparecer una oposición que podría alcanzar un carácter parlamentario. Depende del gobierno qué hace con esta oposición. Que no es homogénea. Entre otros factores reunió (para el referéndum) a golpistas y no golpistas.

    Que pueda existir oposición parlamentaria en Venezuela implica la disminución de las posibilidades de un golpe de Estado y también robustece la lealtad de los militares, asunto que no puede ser visto como un apoyo metafísico. Se sigue de condiciones políticas y del trabajo político que se haga con ellos. Un Gobierno que acepta derrotas electorales y una oposición que trabaja parlamentariamente para propinárselas disminuye sensiblemente las posibilidades de un golpe de Estado. No lleva estas posibilidades a cero, pero las disminuye. Y en América Latina un proceso que desea cambiar el carácter del poder, o al menos su funcionalidad, siempre está en peligro de un golpe de Estado. En especial si no se promueve la fuerza y autonomía (protagonismo) de los sectores populares, incluidos los trabajadores, en el proceso.

    Luego, el referéndum deja al menos ese aspecto positivo. Crea condiciones para que el proceso no se rompa, para que no se profundice un proceso de polarización que puede conducir a un desastre, para que se aleje la sensación de guerra civil, intervención estadounidense o magnicidio. Todo esto le confiere nuevas responsabilidades al gobierno que encabeza Hugo Chávez, a las fuerzas sociales que convoca y a todos los actores políticos que quieran asumir efectivamente sus cuotas de responsabilidad.

    Fíjense que lo que enfatizo no ocurrió en Costa Rica. Se dio un resultado estrechísimo, un aparente empate político (si alejamos la abstención), pero el gobierno de los hermanos Arias sigue empeñado en señalar que no se puede gobernar el país si existe oposición. Y el principal medio masivo escrito continúa hablando de la conspiración de los Comités Patrióticos y del carácter metafísicamente perverso del Partido de Acción Ciudadana y de quien quiera se atreva a criticar o a plantear puntos de vista alternativos. Aquí el gobierno no saca ninguna lección de los votos del No. Decide que ganar por un voto da derecho a todo. Y a los que perdieron por un voto, les quita todo derecho ciudadano. Esto muestra una cultura política bárbara y para nada democrática. Un resultado electoral estrecho y polarizado contiene un empate político y entonces hay que entrar a discernir con sabiduría a los opositores y, si es del caso, a dialogar y negociar con elloa.. Y para quienes perdieron estrechamente es tiempo de rearticular fuerzas y seguir trabajando. Perder una elección no significa morir políticamente, aunque puede contener el principio de un fin si no se sabe trabajar la derrota electoral.

    Entonces uno desearía que en Venezuela el gobierno lea con propiedad la derrota y que los sectores populares (algunos de las cuales se autoproponen revolucionarios) reconozcan como legítimas sus diferencias y oposiciones y discutan y negocien. Y que el proceso camine. Esto haría de la experiencia venezolana actual una experiencia original, novedosa para América Latina. Y nos haría pensar que los latinoamericanos sí ingresamos cambiados al siglo XXI. Y parte de este cambio se debería a que los actores políticos aprendieron de los errores cometidos en el siglo XX.

    4.-  El último punto es más breve. Hoy se habla mucho acerca de la experiencia bolivariana venezolana. Desde sectores que se quieren de izquierda se discute si se trata de una revolución efectiva o de una experiencia bonapartista, caudillista, o cesarista, por ejemplo. En la tradición de pensamiento marxista, ‘bonapartismo’ es una categoría del marxismo original (Marx-Engels) y básicamente designa una conducción política que se pone por encima de las clases y fuerzas sociales y se apoya en algún sector social al que moviliza pero al que no representa, así como en una altísima  estatal concentración de poder que deviene personalizado por y para el ‘dirigente’ y su camarilla. De esta manera,  el gobierno de Chávez se apoyaría, y diría favorecer, a diversos sectores socioeconómicamente populares, pero en realidad estaría modernizando el capitalismo venezolano. Estaría tratando de hacerlo pasar desde un capitalismo dependiente y oligárquico a un capitalismo burgués, más moderno, aunque tal vez incompatible con las formas actuales de la acumulación global por su carácter ‘nacional’ y regional.  Ideológicamente, el 'chavismo' se legitimaría recurriendo al 'mandato popular' del que se seguiría la jerarquía 'superior' de la personalidad (Chávez) que, expresando este mandato, concentra el poder del Estado.


       Ahora, no es la mejor idea tratar de pensar las experiencias latinoamericanas con categorías que querían expresar la realidad de sociedades europeas (en este caso particular la francesa). Menos cuando se está en la lucha política intentando construir fuerza en un sentido y con un carácter determinado. La categoría ‘bonapartismo’ se creó en un análisis con el que Marx no pretendía incidir directamente. Con posterioridad a él otros autores, que también se querían revolucionarios, como Gramsci y Trotsky, discutieron la categoría. Es un referente analítico de uno de los niveles de comprensión abiertos por una concepción materialista de la historia. Y esto quiere decir que hay que repensarla en las condiciones materiales particulares que ofrece un proceso singular. No es una palabra que se arroja sobre la realidad, cualquier realidad, y, sin más, la explica. Las categorías iluminan, no enceguecen. Y las condiciones particulares traen luz propia. El análisis tiene que aprender a tensionar estas luces y determinaciones que provienen de fuentes diversas.

    Vista desde fuera, es decir sin entrar en su dinámica de clases, la experiencia bolivariana se presenta en su frente propositivo como intentando construir la nación desde y para sus sectores populares. En términos internacionales, por su búsqueda de una articulación o integración latinoamericana que sirva a sus pueblos, que les de protagonismo. La experiencia bolivariana se inscribe así en un imaginario nacionalista e integracionista de inspiración latinoamericana. Los enemigos contra los que reacciona son el imperialismo (en la región es el estadounidense) y el neoliberalismo. El primero porque intenta sostener un neocolonialismo y una dependencia paracolonial o casi con la cooperación de la estructura interna de clases. El segundo porque su sostén en la lógica del mercado global disipa o ejecuta la construcción de la nación.

    A este imaginario básico, cuya mera expresión tiende a polarizar fuerzas en las condiciones latinoamericanas, la experiencia bolivariana añade al menos la referencia o tendencia a la constitución o autoconstitución de un sujeto popular, social, civil, ciudadano y cultural, o sea integralmente político. Pero también agrega la funcionalidad práctica de militares a los que estima nacionales y proclives a este sujeto popular. El proceso venezolano opera con altos precios del petróleo. Pero en este momento sufre fenómenos de inflación y desabastecimiento de productos básicos que golpean a la mayoría social y al proceso. Ahora, el proceso bolivariano no es el creador de la miseria y pobreza venezolanas. Las heredó. Su desafío es que abrió expectativas para los empobrecidos. Llamó a estas expectativas “revolución” y “socialismo del siglo XXI”. Pero también eligió recorrer el camino institucional para los cambios. Se trata en la práctica de un proceso complejo, largo, duro, nunca antes logrado con éxito. Que además no se abre en una isla, como Cuba, sino en un país que posee una riqueza natural codiciada, cuya población es despreciada por los poderes dominantes (internacionales y locales) y que tiene como uno de sus vecinos a la hostil Colombia de Álvaro Uribe.

    Entonces en Venezuela tenemos más desafíos que respuestas, porque éstas hay que construirlas. Y aunque desde la perspectiva del cambio estructural es una experiencia que recién nace, desde el ángulo de las expectativas populares va a cumplir ya diez años de movilizarse, organizarse y dar la cara. Y las expectativas son un factor de sensibilidad existencial inmediata para los sectores populares y también, a veces, para quienes quieren una revolución completa ya. Las estructuras y tendencias, en cambio, solo se conocen por sus “efectos”. No se ven con los ojos de la cara. De esta manera resultan ‘normales’ en la experiencia venezolana la impaciencia, la urgencia, el griterío y la descalificación, aunque estas manifestaciones puedan provenir de diversos afluentes. Y se olvida que un proceso de este tipo es también, y a veces sobre todo, un tipo de aprendizaje colectivo y de configuración de una nueva sensibilidad política. Construir la nación venezolana y la articulación regional latinoamericana no necesariamente pasa por un ‘desarrollo’ que favorece a las clases y sectores sociohistóricamente preteridos. Alguien podría afirmar, incluso, que no pasa de ninguna manera por allí. Entonces la experiencia venezolana reúne también los tiempos más morosos de la transformación estructural y de su cultura política con las urgencias de que la gente vea y asuma mejores condiciones de salud, educación, trabajo e ingreso y de las formas de propiedad y legalidad (racionalidad) que ellas requieren. Y esto en una política/sociedad polarizada. Y con adversarios tan poderosos como el gobierno de Estados Unidos y la jerarquía católica, por citar dos. Ahora, el resultado del referéndum, por lo que he señalado, podría bajar la tensión polarizante y facilitar avanzar mediante un reconocimiento mutuo de gobierno-oposición. Pero ello no es un efecto mecánico. Se sigue de un trabajo político. Y la pelota sigue estando en poder del equipo chavista. Habría que ver si este equipo se ha dado y reúne las condiciones de integración interna necesarias para jugar con eficacia. Hasta aquí lo que se podría conversar en este arranque que ha sido ya extenso. Gracias por su paciencia.