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Universidad Omega,
N° 93, julio 2020.


   Exasperado o temeroso ante el incumplimiento, por parte de algunos costarricenses o extranjeros residentes, de las medidas dispuestas por la autoridad para combatir la propagación de la letal pandemia en curso, el actual obispo de Tilarán, Manuel Eugenio Salazar, sentenció a sus feligreses: “Si usted quiere morirse, muérase, pero no tiene el derecho a matar a los demás”. Al menos así lo informó un titular de La Nación S.A. del sábado 18 de este mes de julio. El juicio del obispo posee flancos doctrinales peculiares, por no señalarlos de otra manera. Lo primero es que el virus ataca aunque usted no tome precauciones. Por supuesto, si no se toman precauciones las posibilidades de resultar envirosados  son mayores. Y también no tomar estas precauciones nos hacen más peligrosos hacia otros porque podríamos llevar la enfermedad y ser asintomáticos. Los médicos no terminan de aprender los caracteres del virus. Pero aquí el punto es otro. Para la Iglesia católica, que hizo obispo a Salazar, la muerte de un ser humano se da cuando Dios así lo ha dispuesto. Si Dios estima que una señora Cárdenas o un señor Azofeifa, residentes en algún lugar del planeta, han de morir en la madrugada del 30 de julio, pues en ese amanecer fallecerán. Si por algún motivo, indescifrable para el entendimiento humano, cambia Dios de opinión, entonces no morirán ese 30, sino en otra fecha y hora. Puede ser antes o después, Dios sabrá. El principio doctrinal católico es claro en este punto. Señala su Catecismo: #2258 “La vida humana (…)  es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término”. Los seres humanos son administradores de sus existencias, pero nunca sus dueños o propietarios. Si alguien muere en un momento no dispuesto por Dios, el ejecutor es su gran rival: Satán. De esto debería seguirse que no pueden darse muertes sino por voluntad de Dios (éstas resultan inexcusables) o por la acción compleja y depravada de Satán. Ésta, en apariencia, a espaldas de Dios, porque si Dios admitiese muertes no dispuestas por él, cedería en este campo ante el Demonio, que indirectamente es creatura suya (se trata de un ángel rebelde). Que algo tan serio pueda darse sin que Dios lo advierta a tiempo o lo revierta es también un misterio.

   Así, quienes contagian alegre u odiosamente a otros de coronavirus (que puede resultar mortal), al no seguir las indicaciones de la autoridad, son agentes (inconscientes tal vez) de Satán y ofenden a Dios. Pero el punto doctrinal, hasta lo que entendemos, es que aquellos a quienes les es transmitido el virus no morirán si Dios así no lo  quiere. Si murieran, se asistiría a una victoria de Satán sobre Dios y, peligrosamente, si tal es el poder del primero, algunos podrían imaginar que un culto a Satán es equivalente al culto debido a Dios porque el primero obtiene victorias (quizás pírricas, pero victorias) a costa del segundo Y no por la vía de la ruleta de los penales sino durante el juego reglamentado de existencias. Para que se advierta la gravedad del tema, el Diablo podría, a espaldas de Dios, liquidar todas las vidas existentes, humanas y no humanas, en el planeta. Incluye la bullente vida impresa en los coronavirus.

   El asunto, resuelto con tanta audaz facilidad por el señor Obispo Manuel Antonio Salazar (¡muérase usted, pero no mate!), tiene al menos un corolario. Salta a la vista católica que si alguien contagia de coronavirus letal a otro ser humano, cuya muerte no fue prevista anticipadamente por Dios para cierta situación o fecha, quien ha propiciado directamente la infección es gente (lo sepa o no, reclutada o voluntaria) propia de una conspiración del Demonio. De Dios depende toda vida y de la muerte no querida por Dios (y que solo en apariencia es casual) se sigue la acción del Diablo quien actúa (precisamente porque es satánico) vía algunas personas que, hoy, “desatienden las medidas de la autoridad sanitaria”. El asunto se asemeja al campo temático de la fecundación asistida que permite el nacimiento de vidas que no fueron previstas o provistas por Dios, y que cuentan con el apoyo de Satán. Son niños que huelen a azufre. Así, se podría advertir: “Si usted quiere niños mediante fecundación asistida está agrediendo la voluntad de Dios y haciendo suya la vil ojeriza del Demonio”. También es misterio por qué Dios no bloquea toda fecundación asistida amando a todos todo el tiempo y potenciándolos para embarazarse. No se puede alegar respeto a la libertad humana porque eso abre espacio también a los satánicos que desean se infecten individuos con el coronavirus. Este deseo o es divino (cuestión dudosa porque Dios no requiere el coronavirus para matar) o es enteramente satánico. Como parece ser lo último, la vehemencia del señor obispo pierde sentido. Está hablando a seguidores del Diablo que, por fuerza, no le escucharán. Quizás sería mejor trasladar el asunto a la policía y a los tribunales de justicia: quien voluntariamente se empeñe en acciones y actividades que faciliten las acciones pestíferas del coronavirus será multado (la suma ha de ser altísima para que le duela incluso al Diablo) y además habrá dura sentencia de cárcel para aquellos casos en que se confirme la intención de delinquir contra la voluntad de Dios y su infalible calendarización de muertes. Se trataría de homicidios culposos. Quedará sin resolver el misterio de cómo podrían fallecer las personas si Dios no lo ha dispuesto así. Y también se abre un tema legal, que será agitado por quienes defienden en los circuitos judiciales a los agentes del Diablo: si murieron esos individuos se debió a la voluntad de Dios, no a la acción de nuestros defendidos. Las intervenciones episcopales a veces, sin querer queriendo, se las traen. Y los letrados defensores suelen liar las cosas deseando sacar provecho para sus defendidos.

   Conversación

Loretto, Irma (Costa Rica).- No creemos que éste sea un tema para ironizar o reírse. El obispo Salazar cumple con su obligación. Quienes andan en fiestas, bares y celebraciones atentan contra todos los costarricenses y resulta adecuado que un Ministro de Dios los deje en descubierto. Si usted no es creyente, “calladito…”.

HG.- En realidad, en tiempos difíciles para todo el mundo, no está demás distraerse, aunque sin contagiar a nadie. Es más, estimo que el obispo Salazar se distrajo en parte de su credo al decir lo que dijo. Esto porque el centro de mi comentario es que si Dios no quiere que la gente muera, pues no morirá “porque Él no le fijado el momento de su muerte”. Esa doctrina no la inventé yo. Es idea institucional católica. Cuando un obispo de esa iglesia reta a algunos diciéndoles que si ellos quieren morirse, pues que se mueran pero que no anden por ahí infestando y matando a otros parece que su emoción (con la que probablemente desea salvar a muchos) lo hizo olvidar su doctrina a la que estudió por años. Nadie morirá si el Dios Católico no lo ha dispuesto así. De modo que la emoción del obispo puede impresionar a quienes lo escuchan o leen, pero es doctrinalmente impropia. Nadie morirá si Dios no lo dispone. Y si quienes andan infestando mueren es porque Satán no puede ponerlos fuera del alcance del poder de Dios. Y éstos, que irritan al obispo, irán de cabeza al Infierno después de morir porque sirven al Diablo. Entiendo esto podría seguirse de la doctrina católica. En este frente el obispo Salazar no parece estar errado doctrinalmente, aunque pastoralmente podría estimarse que su voluntad de sentenciar excede con mucho su deseo de convertir y salvar. Y, por supuesto, no me burlo de esta doctrina católica porque mucha gente cree sinceramente en distintos aspectos de ella (o en todos). Lo que afirmo es lo que señala esa doctrina: nadie morirá si Dios no lo quiere. Vale y dramáticamente para el suicida frustrado y también vale para quienes andan en irresponsable jolgorio y para quienes comprometidamente siguen las indicaciones de la autoridad sanitaria y, pese a ello, resultan contagiados y mueren. Estimo ustedes resintieron mi forma de decir u ordenar estas cuestiones doctrinales y ello las llevó a no detenerse, o a detenerse poco, en el contenido, y a molestarse. Están en su derecho. Además al obispo Salazar sus amonestaciones lo transformaron en personalidad nacional. ¡Apareció unos minutos, de la mano de Ignacio Santos, en la versión de mediodía del noticiario de Canal 7! Pienso que meses de pandemia, además, nos aproximan sensiblemente a todos a la irritación y otras emociones ante las que los referentes doctrinales palidecen. Por supuesto les deseo salud con todos a los que ustedes quieren y que las quieren. Es mi lema personal para esta época que, imagino igual que ustedes, deseo termine y con la menor cantidad de fallecimientos que sanas disposiciones humanas y político-económicas puedan brindarnos. Esto porque al parecer solo vacunas eficaces impedirán, cuando aparezcan, que muramos por miles. Estas vacunas serán resultado del trabajo humano de muchos (una parte de ellos sin duda animados también por su fe religiosa). Y mi deseo es que todos los Estados/Gobiernos del mundo, en especial los más poderosos y en donde se concentran las familias y sociedades que ingresan más riquezas, se tornen proactivos ante las eventuales pandemias futuras para que éstas no sorprendan a la población humana del planeta que debe aprender a coexistir con ellas. “No estamos solos” no se deriva exactamente de la doctrina católica (aunque la ‘projimidad’ de Jesús de Nazaret es parte de ella) pero es buen lema. Lo cantaron los Beatles en 1969: “All Together Now”. Religiosos que eran estos ingleses.

Loretto, Irma, Felipe y varios más (Costa Rica).- Seguimos pensando que usted le debe una disculpa a monseñor Manuel Eugenio Salazar, obispo de Tilarán. Él solo quiso lo mejor para todos los costarricenses. Es parte del compromiso de su fe.

HG.- No me cabe duda que el señor obispo habla desde su fe. Pero no la conoce bien o, conmocionado por las muertes, la olvidó. Ya señalé que después de sus declaraciones  contra los agentes del Demonio, el periodista Ignacio Santos lo llevó a su programa. Pero solo presentó, en la edición del medio día, muy brevemente algunas de sus declaraciones. En realidad, el señor obispo se mostraba poco entrevistable. Se le hacía daño mostrándolo a los televidentes de este canal católico. Con motivo del día especial de celebración de la Virgen  de los Ángeles el mismo canal presentó un bonito corto (creo que producido por la UACA y el Canal 7) donde se mostró la posibilidad de hacer la romería a distancia. Ahí apareció también unos pocos segundos (un poco sin venir a cuento y tal vez no hacía parte del documento central) el señor obispo de Tilarán. Se le vio excitado y pidiendo al presidente de la República que la policía dejara de vigilar los templos católicos y que mejor se metiera con las paradas de buses y los moteles. Gritaba. Ahora, la policía no vigila a los templos, vigila que las personas cumplan con los protocolos que ayudan a no infectarse. También se presenta esta policía en los estadios cuando juega Saprissa contra Alajuela. También ahí intenta prevenir que los protocolos que buscan salvar vidas se cumplan. De modo que aquí también me pareció desatinado el señor obispo. Nadie espía o vigila las iglesias. Se previene, la autoridad previene, que en los sitios donde tradicionalmente se reúnen muchas personas se cumplan los protocolos. Me volvió a parecer, esta vez a la vista, sobre excitado e imprudente su proceder. Y culpar al presidente del país de la acción de policías muestra que tampoco entiende mucho de la organización del Estado y el Gobierno. Su sobreexcitación personal y su deseo de hacer el bien (o su rango de pastor) no lo disculpan. Así que excusas de mi parte, no.
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