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Universidad Omega, N° 90,
julio 2020.

  La segunda arremetida de la pandemia en curso en Costa Rica ha coincidido con el develamiento de “cuarterías” en la capital, San José, tanto en su área central como en barrios colindantes con zonas valoradas residenciales y reservadas solo para gente “bien”, u opulentos. Es el caso de Pavas y Rohrmoser. Las cuarterías son (o fueron) descritas en un país como Nicaragua como “casas de vecindad”, pero se trata de la hipocresía propia de los latinoamericanos cuando no quieren hablar de una realidad que ofende o hiede y que resulta mejor “no menealla”, como sostiene el Hidalgo de la Mancha. En las cuarterías efectivamente se vive (y duerme y defeca) ‘en vecindad’ pero esta vecindad ‘normalmente’ deriva del hacinamiento. Y ‘hacinar’ significa amontonar, acumular, juntar sin orden. Amontonar 6 personas en cuartos donde cabrían mal 3, por ejemplo. Y tener un baño común y pequeño con agua a veces para 3 cuartos con las características anteriores. El Chavo del 8 mostró una cuartería edulcorada de la capital mexicana construida para la televisión y comedia. Funcionó. “Los hijos de Sánchez” (1977), un film, mostró la existencia de una cuartería semejante de un modo más realista, aunque siempre con un tributo al espectáculo. En la película, el poder unilateral del macho-padre (protagonizado por Anthony Quinn) se ve atenuado por su vehemente deseo de construir y darle a su familia ampliada una casa donde todos los cuartos tuviesen una ventana. Además, su agua potable podía correr sin freno.

   La película “Los hijos de Sánchez” se inspira en los trabajos del antropólogo estadounidense Óscar Lewis (1914-1970) quien acuñó, con otros, el nombre de un campo temático hasta ese momento ignorado por la disciplina: “Cultura de la pobreza”. El calificativo indica que la pobreza se expresa como una respuesta racional (una entre otros hábitats humanos) a condiciones objetivas de impotencia/miseria generadas en las sociedades modernas y sus ciudades (Lewis estudió a los pobres en Lima, Ciudad de México, Nueva York y también en India.  Estos pobres no suelen estudiar en sitio especializado alguno). Se ve como una cultura porque puede traspasarse de padres a hijos, no de un modo mecánico. El film “Los hijos de Sánchez” muestra también esta característica. No todos los hijos siguen el ‘estilo’ de existencia del padre. Una hija al menos escapa a su ‘destino’. El mismo Jesús Sánchez (Anthony Quinn) aspira a una casa/habitación humana y la construye con su voluntad y sus manos (alimentadas por un premio de lotería) aunque sus parientes pugnen por destruirla como espacio de encuentro humano, sin saber muy bien por qué lo hacen. 'Instinto’ cultural le llaman.

   El punto es que, de acuerdo a Lewis, la cultura de la pobreza contiene algunos rasgos característicos comunes: entre ellos: rechazo e incluso odio hacia la policía y el gobierno. Respecto del último también permanente desconfianza. Fuerte orientación hacia vivir el presente y, con ello, escasa o nula planificación del futuro. Como se trata de aproximaciones conceptuales, ellas no pueden aplicarse inmediata y directamente a todos los habitantes de las cuarterías. Pero conviene recordarlas cuando las urgencias determinadas por crisis como la pandemia en curso buscan activar propuestas que podrían contener factores sistémicos que determinan su casi inevitable fracaso. Por ejemplo, cercar/sitiar a las cuarterías con policías. No ayuda, ofende. Los policías resultan los menos indicados para inducir comportamientos sanos en esos sitios. Los policías (estatales o municipales) siempre han sido hostiles con los más empobrecidos. Requisan sus mercancías (vendedores callejeros), destruyen sus escasas propiedades, los desprecian.  Les hacen sentir que no pertenecen a la sociedad y que no son portadores de derecho alguno. Quizás convendría que a las cuarterías llegasen, como enlace social, otros actores. Ciudadanos preparados por la Caja Costarricense de Seguro Social, por ejemplo. Jóvenes universitarios. Estrellas deportivas. Agentes que lleguen a escuchar, regalar comestibles y mascarillas, ropas, algunos medicamentos, a aclarar lo específico de la pandemia en curso, sus alcances y cómo evitar lo peor de ella. Estos ciudadanos podrían sugerir traslados hacia lugares previamente determinados como albergues sanos y provisorios. Albergues para personas.

   Acercarse para servir y sugerir/aconsejar pareciera mejor que allegarse para escrutar y mandar. Y hasta a tirar golpes o detener e inmovilizar individuos. Obviamente el gobierno y las municipalidades (¿y por qué no la empresa privada y las universidades?) deben generar espacios para albergar a las gentes que hoy ocupan las cuarterías. Y las nuevas locaciones temporales en que esas gentes acepten ubicarse alojarán ciudadanos que reciben servicios estatales y privados (directos e indirectos). La pandemia es un buen momento para eliminar cuarterías que convocan todo tipo de enfermedades (incluyendo aquí maltratos policiales) y disfunciones y engordan bolsillos de quienes las “administran”.  Porque como casi todo en este mundo, existen administradores y regentes de las cuarterías que alquilan espacios, para pasar una noche, y también “arriendos” estables para sostener poblaciones vulnerables (algunas de ellas admirablemente honestas) y dedicadas al comercio informal, la mendicidad, la prostitución callejera, los hurtos menores y la producción de personas que ocasionalmente sollozan cuando se miran y resienten una permanente espiral de dolor/ausencia de la que no se sale sino con la muerte. Para muchos de los habitantes de estas cuarterías aproximarse a esta muerte tras una "fiesta” con alcohol y drogas no es la peor idea. Sacar a seres humanos de su error mediante lo que ellos resienten como soberbia y violencia de quienes no los han entendido y atendido nunca (los costarricenses deberían traer ritualmente a su memoria a la anciana enferma condenada a caminar en estos días, sin protección alguna, dificultosamente, cien o más metros bajo la lluvia torrencial, de retorno al hogar donde la esperaba su hija. No eran habitantes de cuarterías). Al personal del hospital público que la dejó allí, en la práctica abandonada, le pareció que no tocaba mojarse por una anciana que moriría pronto, de todas maneras. Este “estilo” de un sector, esperemos que muy minoritario, del personal de hospitales, es también expresión puntual/excepcional de una “cultura”. Como la relacionalidad de las cuarterías. Es la más común y generalizada, es la cultura del ‘tico’, pero rara vez se manifiesta de un modo tan grotesco. Por tanto no se requiere otorgarle un nombre propio. Es solo un error, un descuido. No lo vemos como síntoma. Nos hemos dotado de nuestras propias singulares cuarterías. Hasta santos y espléndidos jugadores de fútbol y biblias hay en ellas.
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Conversación

Omar (Costa Rica).- Soy estudiante de uno de sus cursos  y leí su texto pensando en el ensayo final. ¿Qué quiere decir con eso de “nos hemos dotado de nuestras propias singulares cuarterías”, al final del texto. A mí el artículo me gustó mucho, pero eso no lo entendí.

HG.- El texto prolonga la situación de la anciana enferma a la que personal de un hospital público deja a la entrada de la calle que conduce a su casa. Llueve. La cámara fija ubica el paso algo extraviado de la anciana sin protección alguna y en el ingreso de la calle, a su espalda, se divisa estacionada la ambulancia con el personal que la abandonó. Esos dos funcionarios del hospital, ese día, generaron su propia cuartería. Es decir un espacio social en el que la humanidad de todos resulta degradada y sólidamente, aunque agrietable, no factible. El artículo pide que abandonemos todas las cuarterías lo que incluye crear espacios para que los que hoy las habitan (que son distintos tipos de personas) sientan, como Jesús Sánchez (Anthony Quinn), que deben abandonarlas. Y, además que no hagamos de nuestras casas, cuarterías. Jesús quería una casa de habitación humana para su familia antes de ganar un premio de lotería. Con todos sus defectos y violencias, Jesús Sánchez, ejemplifica la postura adecuada, la que tenemos que seguir.

Rubén (Costa Rica).- La hija de un escritor costarricense merecidamente prestigioso escribió en redes sociales: “… si hay algo que me ha dejado traspasada en estos días es ese joven nicaragüense que se quedó encerrado en una de las cuarterías, hasta morirse del coronavirus, pero ya antes había muerto de miedo, ya antes había muerto de segregación, ya antes había muerto de marginación, ya antes había muerto de señalamiento, ya antes había muerto de soledad, ya antes había muerto de indiferencia. Sus tantas muertes nos conciernen, ¿sabemos? Le pregunto Helio Gallardo ¿cuánto de todo esto de las cuarterías le concierne al FSLN, cuánto de esta horrible situación es responsabilidad de ellos?

HG.- Como siempre, protejo las identidades de quienes escriben al sitio y tampoco menciono a quienes se cita en esos escritos porque no tengo capacidad para rastrear la veracidad de las citas. No he intentado, al referirme conceptualmente al tema de las cuarterías, ofender a gobierno alguno. Las cuarterías resultan del carácter de las sociedades-economías latinoamericanas. Como lo mencioné, existen desde México hasta Chile. También ha de haberlas en EUA. Según las situaciones las hay urbanas y rurales en AL. En apariencia esta comunicación desea culpar al gobierno de Nicaragua de la muerte terrible de este joven nicaragüense. Se identifica este gobierno con el FSLN. En realidad es el gobierno de la pareja Daniel Ortega y Rosario Murillo. El FSLN admirable y  heroico es el que derrocó a Somoza. Pertenece a la historia de Nicaragua, de Centroamérica y de América Latina. No a cualquiera historia, sino a la del antimperialismo. Me resulta admirable ese FSLN. Sin estudiarlo en detalle no creo el Gobierno Ortega-Murillo actual lo represente. En todo caso, en Costa Rica algunos lo consideran “comunista” y todos los días se le ataca. Es “nica” y por lo tanto es malo, según el estereotipo costarricense. No soy costarricense y no lo comparto. Existen nicaragüenses sandinistas, mujeres y varones, maravillosos y nicaragüenses no maravillosos. Igual hay costarricenses admirables y otros que no.  El FSLN tiene hoy día rostros diferentes y desencontrados. Incluso un hermano de Daniel Ortega, Humberto Ortega, ocasionalmente critica al gobierno nicaragüense de hoy. Así, quien habla de un solo FSLN sin más, comete error. Y también comete error quienquiera atribuir a la pareja Ortega-Murillo el monopolio de creación y mantención de las cuarterías nicaragüenses. Es equivalente a atribuirle la existencia de cuarterías rurales y urbanas a los gobiernos del PAC (inexistente este último además) en Costa Rica. Las cuarterías constituyen uno de los rostros latinoamericanos del capitalismo mundial. Tampoco son monopolio nuestro. Ha de haberlos por doquier. Me remito a los latinoamericanos porque soy latinoamericano. En este subcontinente condenamos a muchos a la miseria y a la muerte temprana. Mujeres, varones, muchachos, muchachas. Ojalá tuviéramos políticas que reconocieran el desafío, lo determinaran como problema y entraran a resolverlo. No nos las damos. Agradezco toda comunicación, pero ésta me deja dudas acerca de su intención. Si fue sana, se agradece. Si no lo fue, pues he tratado de referirme a ella sabiendo que nada que diga será juzgado apropiado. Catch 22 le llaman los gringos. Pero aquí no es asunto de lógica, sino  político.

Sandra (Costa Rica).- Vivimos en familia muchos años en México y me parece que la locación del Chavo del 8 no alude a una cuartería, sino a lo que los mexicanos reconocen como "vecindad" o "cultura de vecindad", un fenómeno ligado al crecimiento de la capital mexicana y su población en el siglo XIX. ¿Estoy en lo correcto?

HG.- Elegí "El chavo del 8" porque mucha gente ha visto alguno o muchos de sus capítulos. Pero en las 'vecindades' originales las familias compartían recursos. El "lavadero" común era sitio noticioso o chismoso, o ambos. Entonces existe un vínculo entre 'vecindad' y "cuartería", pero estimo que están lejos de ser idénticos. En las 'vecindades' lo que se impone es el uso común de espacios y recursos. En el Chavo, el patio es 'común' pero los habitantes (excepto ocasionalmente los 'niños') no lo utilizan sino como espacio de agresiones. El Chavo, un huérfano al que ninguna familia acoge, normalmente pierde y se sumerge en su barril. Es su casa. Quico y su madre califican a todos los otros de "chusma". La señorita que ocupa un sitio en el alto nada tiene de "vecina" de quienes ocupan la planta baja. De alguna manera les desprecia y teme. Don Ramón no tiene empleo. Con suerte es un informal y recibe siempre las bofetadas. En las 'vecindades' las personas y familias se encuentran. En "El chavo..." impera una violencia 'cómica', el desencuentro. En las 'vecindades' podía darse la comunidad (se crearon en el siglo XIX y existía un horizonte de esperanza). El Chavo..., ubicado en el siglo XX, no contiene esa esperanza. Muestra agresiones que se ven 'cómicas'.+ porque se trata de comedia. Ahora, debo reconocer que habré visto una docena o poco más de episodios del Chavo. Y no recuerdo una película mexicana en que apareciera una vecindad. Si la vi ha de haber sido antes de los 13 años y mi memoria de esa época es muy débil. Lo que se me ocurre es que las 'cuarterías' mexicanas estudiadas por Lewis podrían tener como antecedente las vecindades, pero son distintas porque responden a un realidad mexicana del siglo XX. Las 'vecindades'  fueron constituidas en el siglo anterior y quizás todavía existen. Siempre he estado de paso en México y con muchos encuentros en sitios cerrados. Mi informacion de su realidad actual se sigue más de sus estadísticas.

En entrevista con M2, el historiador y latinoamericanista Carlos Fernando López De la Torre describe el origen de las vecindades "como parte de las transformaciones sociales del cambio de siglos XVIII y XIX", y "corresponden al avance de la urbanización en la ciudad luego del crecimiento demográfico y la especialización productiva económica." De la Torre explica que las vecindades eran espacios comunitarios donde se compartían áreas que hoy en día pensaríamos como privadas, como los baños o la cocina. Además, "en los cuartos de la planta baja vivían las personas más pobres, donde se acomodaban familias enteras en espacios reducidos, mientras que en los pisos altos solamente podían vivir las personas que tenían mayores ingresos o incluso los dueños o administradores de las propiedades." https://www.milenio.com/cultura/el-origen-de-las-vecindades-en-la-ciudad-de-mexico
En entrevista con M2, el historiador y latinoamericanista Carlos Fernando López De la Torre describe el origen de las vecindades "como parte de las transformaciones sociales del cambio de siglos XVIII y XIX", y "corresponden al avance de la urbanización en la ciudad luego del crecimiento demográfico y la especialización productiva económica." De la Torre explica que las vecindades eran espacios comunitarios donde se compartían áreas que hoy en día pensaríamos como privadas, como los baños o la cocina. Además, "en los cuartos de la planta baja vivían las personas más pobres, donde se acomodaban familias enteras en espacios reducidos, mientras que en los pisos altos solamente podían vivir las personas que tenían mayores ingresos o incluso los dueños o administradores de las propiedades." "La vida familiar y social de los vecinos se desarrollaba alrededor de un patio central que también era un espacio de convivencia y esparcimiento, la vida transcurría en los patios, los lavaderos y los pasillos que conectaban las habitaciones", explica el también profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. https://www.milenio.com/cultura/el-origen-de-las-vecindades-en-la-ciudad-de-mexico
En entrevista con M2, el historiador y latinoamericanista Carlos Fernando López De la Torre describe el origen de las vecindades "como parte de las transformaciones sociales del cambio de siglos XVIII y XIX", y "corresponden al avance de la urbanización en la ciudad luego del crecimiento demográfico y la especialización productiva económica." De la Torre explica que las vecindades eran espacios comunitarios donde se compartían áreas que hoy en día pensaríamos como privadas, como los baños o la cocina. Además, "en los cuartos de la planta baja vivían las personas más pobres, donde se acomodaban familias enteras en espacios reducidos, mientras que en los pisos altos solamente podían vivir las personas que tenían mayores ingresos o incluso los dueños o administradores de las propiedades." https://www.milenio.com/cultura/el-origen-de-las-vecindades-en-la-ciudad-de-mexico


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