Universidad Omega, N° 86
mayo 2020.
 

1.- Debemos quizás a un argentino, de apellido Sciamarella, un Himno de las Américas, cuya letra de alguna manera busca condensar un panamericanismo que imagina la articulación constructiva de las Américas y desea se cante multitudinariamente en el Día de ellas. Su letra dice: “Un canto de amistad, de buena vecindad, unidos, nos tendrá  eternamente. Por nuestra libertad, por nuestra lealtad, debemos vivir gloriosamente. Un símbolo de paz alumbrará el vivir de todo el continente americano, fuerza de optimismo, fuerza de hermandad, será este canto de buena vecindad. Argentina, Brasil y Bolivia, Colombia, Chile y Ecuador, Uruguay, Paraguay, Venezuela, Guatemala y El Salvador, Costa Rica, Haití y Nicaragua, Honduras y Panamá, Norteamérica, México y Perú, Cuba y Canadá. ¡Son hermanos soberanos de la libertad! ¡Son hermanos soberanos de la libertad!”. La letra del himno a veces ha prescindido de algún país (Cuba, por ejemplo, entre 1962 y 2009, también Canadá, quizá subsumido en el genérico Norteamérica) debería ser entonada, desde 1931 por todas las poblaciones del área. No existe un himno equivalente para el iberoamericanismo que se recuerda cada 12 de octubre y que ha tenido nombres diversos en América Latina: Día de la Raza fue el primero, pero hoy se prefiere Día de la Hispanidad, Día del Encuentro de Culturas, Columbus Day (en USA), Día del respeto a la diversidad y, con más precisión, uno de minorías: Día de la Resistencia Indígena. El último, por supuesto, no es de recibo oficial. Para los pueblos indígenas el 12 de octubre recuerda el genocidio e intento de etnocidio de sus poblaciones. No es un día de fiesta/feriado para ellos. Nada que celebrar. Quienes conmemoran la fecha lo hacen desde 1931. Es probable que el himno fuera parte del clima de la Segunda Guerra Mundial en la cual ‘las américas’ debían alinearse tras el esfuerzo bélico de EUA. Entre los años 1962-2009, Cuba fue excluida del cántico por revolucionaria y antimperialista. Para ella no existían lealtad, vecindad ni optimismo. En cambio el brutal terror de Estado (Argentina, Brasil, Guatemala, por citar tres) no saca a ningún país del himno.

2.- No es para nada insólito que un himno oficial ensalzador y público-oficial  latinoamericano cante jubilosamente lo que no existe. Transparentes y directos nunca han sido nuestros grupos hegemónicos. Suciamente opacos y taimadamente oblicuos les calza y luce mejor. América Latina como región no ha conseguido articularse constructivamente ni como área económica ni tampoco en sus dimensiones político-culturales internas. En el reciente alzamiento social y popular de Chile (a finales del 2019-inicios del 2020) el fisgoneo periodístico del celular de Cecilia Morel, esposa del Presidente, consiguió la siguiente declaración: “Estamos absolutamente sobrepasados, es como una invasión extranjera, alienígena (…) vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás”. Tomé su declaración de BBC News Mundo, no de redes anónimas. La señora, una “pituca” (personas como ella en Chile eran socialmente denominadas  pitucos”), puede escucharse grotesca, pero dice lo que siente. Aquellos a quienes el sector de opulentos al que pertenece Pituca les priva de todo son “alienígenas”, seres extraños, que ofenden con su sola existencia a quienes nacen con privilegios porque para el imaginario de éstos últimos ellos ya ganaron su guerra y son eternos vencedores. La señora, por supuesto, no dispara directamente ni suspiros. Tampoco cuenta o llora torturados, asesinados ni pauperizados. Esa realidad cargante y maligna pertenece exclusivamente a los “rotos”.

3.- La pandemia actual (2020) facilita dar otros ejemplos de las fracturas y desencuentros sociales de todo tipo que afectan a los latinoamericanos. Por contenido y forma la calamidad debió precipitar casi de inmediato la articulación constructiva de los gobiernos del itsmo y de Panamá. Los distintos países constituyen desde muchos puntos de vista una sola región con varios países. La articulación constructiva debía al menos asegurar el  tráfico comercial terrestre y evitar coordinadamente el flujo ilegal de personas. Y, si resultaba factible, avanzar una política de prevención común. Al momento (fines de mayo) existe un acuerdo puntual sobre el comercio terrestre entre Panamá y Costa Rica y un desacuerdo (acompañado de gritería xenófoba) entre esta última y todos los otros. Los gobiernos no se hablan, no discuten (no ha habido reunión regional ninguna) ni menos se entienden y llegan a acuerdos que provean menos daños para todos. Paralizar el transporte terrestre perjudica obviamente a todos. Potencia el desastre que genera la pandemia en poblaciones y economías vulnerables. El más importante canal de televisión de Costa Rica (cuyo gobierno al parecer estima que podrá salvarse sola) trasmite día con día por semanas: toda la culpa es de Ortega (el nuevo dictador de Nicaragua). Puede que lo sea, pero para que no se dañen todos hay que conversar y negociar. O sea acercarse y saludarse aunque sea con mascarilla. Separación y enconos (desencuentros) resultan fatales para las poblaciones del área. Doy otro ejemplo, ya antiguo: en la Guerra de Las Malvinas (1982), disputada por Argentina e Inglaterra, ¡Chile apoyó a las fuerzas británicas! EUA colaboró con Inglaterra porque se trata de su principal aliado en Europa. Pero el apoyo de Chile a los ingleses suena a enfermedad terminal. Igual que el silencio que sofocaba a las víctimas en el período extendido (1962-1990) de las dictaduras de Seguridad Nacional. Otro botón: EE.UU. invadió Panamá (1989-90) y bombardeó a su población desarmada. ¡Ningún país centroamericano o latinoamericano protestó! Si mañana EUA invadiese Costa Rica, sin dar razón creíble alguna por el atropello, probablemente tampoco nadie protestaría. “Hermanos” que somos los latinoamericanos.

4.- En este sentido, la pandemia actual también ha dado señas de lo que podríamos llegar a ser. Costa Rica ostenta una población muy levemente barnizada de ciudadana. Ciudadanos, lo que se dice ciudadanos con derechos y obligaciones, hay pocos. Pero la pandemia ha excitado solidaridades étnicas amplias entre pequeños propietarios (y también algunas grandes) y sectores más vulnerables de la población. Quizás no todo está perdido. Mientras los que pueden gritar por la prensa aúllan por liberalizar todo a las patadas, otros se han acercado a “ofrecer y entregar su corazón”. Tal vez no todo está perdido. Gracias Fito Páez.
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Pablo José (Costa Rica).- “Cree el ministril vanidoso que el mundo entero es su aldea”. Michael Soto, Ministril de Seguridad, en conferencia de prensa del 28/05/2020 afirmaba, según él por todos los costarricenses, lo siguiente: “En este momento quisiéramos tener una barrera de contención sólida física (en la frontera con Nicaragua), como un muro, no tenemos una frontera que sea infranqueable.” Ese muro no debería perjudicar el tránsito de mercancías, ojalá transportadas por trenes tele operados para que ningún hijo de vecino (alienígena) aterrice en la “excepcional” isla de Costa Rica (nunca comprendieron a Steven Spielberg) donde todos somos hermaniticos… No, Ministril, muchos costarricenses antes de ser costarricenses somos centroamericanos y antes de ser centroamericanos somos latinoamericanos y antes de ser latinoamericanos, somos americanos, y antes, sí todavía antes señor ministril, somos humanos, somos vida y por ello hermanos. Qué sabe de “ofrecer y entregar su corazón” este pueblo cristiano que no se levanta por estas degradantes declaraciones pero sí para ver sobrevolar a la virgencita que su gobierno puso por los aires del territorio nacional. No, señor Ministril, queremos políticas de mutua cooperación porque la vida no conoce de fronteras. Que también los hay quienes tienen a bien ver a la virgencita volar por los aires para ser conducidos a un horizonte de compasión y solidaridad. De esperanza lo llaman. Porque sí, hay cristianos que antes de ser cristianos son neoligarcas costarricenses, así como hay cristianos que lo que los hace ser cristianos es ser primero, permanentemente y de último, humanos. Estos últimos ven en su vecino a un prójimo, porque todo ser humano lo es. Llama la atención de la letra de Fito, la palabra entregar, pues contiene una fuerza mayor que no la tiene ofrecer. Curiosamente, en realidad la letra de Fito no dice entregar, lo que no quiere decir que no lo cante. Por ahí, otro cantante latinoamericano, Rubén Albarrán dice que todas las luchas son una misma lucha. Cuando una lucha no ha comprendido que su lucha es la universalización de la experiencia humana, entonces aún no conoce la radicalidad de la misma y en realidad solo cambia el barniz de la dominación. Ofrecer y entregar el corazón es abrir la propia vida al dolor de los otros, al dolor de la vida, es comprender que el propio dolor se resuelve en el dolor del prójimo y de la naturaleza, es permitir que tras esa muerte se reconfigure las propias coordenadas de nuestros sentires y pensares, de nuestro andar y nuestro danzar para salir de la aldea e ir “De regreso a la inmensidad” (Olita de Altamar, Café Tacvba).

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HG.- Recién, hace unas 24 horas (hoy  es 3 de junio) se arregló algo o mucho (es temprano para decirlo) del bloqueo en las fronteras que dificultó/paralizó el comercio intrarregional de América Central y Panamá. El principal medio escrito periodístico costarricense dedica algo más de una página al tema de este comercio. Antes, solo se enfatizaba el espectáculo de las trabas y básicamente se atribuía toda la responsabilidad a Nicaragua y a su dictador Ortega. Cuando empiezan a resolverse las dificultades (obviamente mediante el diálogo entre todas las partes), la historia toma otro giro. Primero, se dan cifras respecto a lo que estaba en juego. El comercio intrarregional legal mueve unos 19.816 millones de dólares (en cifras del 2018, última fecha de los datos oficiales). Bloquearlo obviamente no favorecía a estas economías (ninguno de esto países puede  darse el lujo de desperdiciar unos cientos de miles de dólares. ¡Imagínense 20.000 millones!) y la principal responsabilidad por el lío la tuvo Costa Rica. Afirma un experto en Comercio Multilateral y profesor de la Lead University. El campus de esta universidad está en Costa Rica, de modo que para este comentario el especialista resulta insospechable: “A la crisis sanitaria se ha sumado  una crisis comercial, y por la forma unilateral de hacer las cosas, Costa Rica la transformó en una crisis política. Esto ha sido exacerbado por la falta de balance en nuestro gobierno entre la toma de políticas sanitarias y políticas de comercio exterior. Esta grave situación no parece encontrar solución en el corto plazo” (LN, 03/06/2020. El especialista tiene como nombre Ronald Saborío).  O sea que el principal responsable del atasco fue el Gobierno de Costa Rica que pensó unilateral y torpemente en la salud de su población (hacerlo sin torpeza es maravilloso, actuar como gallina loca, inconveniente) y los políticos del área retrasaron hasta el sábado 30 de mayo una decisión cuyo protocolo debía ser automático para las situaciones que califican de catástrofe regional como es la amenaza de esta pandemia. A las medidas de Costa Rica se añadieron las “reciprocidades” que tomaron otros gobiernos del área. Y las obvias presiones de los transportistas varados al norte y sur de las fronteras de Costa Rica. Las presiones de estos trabajadores resultaron decisivas para que las autoridades políticas se reunieran y lograsen un acuerdo. A la catástrofe eventual de la pandemia pudo sumarse una catástrofe económica. Esto, por no prever (o por prever ignorar que se ha previsto) y no dialogar.


Pero hay todavía una cereza en el pastel. En la misma publicación del periódico un ex Ministro de Comercio Exterior de Costa Rica, de apellido Mora, estima que la solución para estos desafíos está en restarle peso al comercio intrarregional y abrirse al mundo: “Hay que hacer un mayor esfuerzo por ‘descentroamericanizarse’ por la inestabilidad de los socios que tenemos (…) Lo ideal sería vender los excedentes en Centroamérica, pero no vender mi producto base, debido a la incertidumbre sobre las estrategias económicas”. Es decir, en lugar de activar y mejorar los acuerdos que ya existen, colocar los productos costarricenses en el cosmos (donde son muy apreciados) y vender las ‘sobras’ a los vecinos. Curiosamente, Costa Rica exporta 2.268 millones de dólares a sus vecinos e importa solo 1.132 millones. De hecho, es la economía del área que muestra la mejor relación en el rubro exportaciones/importaciones. Si desea colocar solo sus “excedentes”, o sea lo que sobra porque nadie lo quiere, entre sus socios actuales, quizás éstos podrían rechazarlos y distribuirse los mercados regionales que actualmente maneja Costa Rica. Esto sin considerar que exportar fuera del área es más costoso y la competencia más exigente. Pero el patrón se reitera: los responsables son siempre los “otros”, nosotros somos los mejores, cambiémonos de barrio.

Róger (Costa Rica).- Creo que los dos términos mencionados, solidaridad (solidaridades) y ciudadanía están presentes de forma muy marcada en sus trabajos y reflexiones. Con mucha frecuencias capto el sentido general que les das en esos escritos. Sin embargo, me gustaría algunas precisiones conceptuales de tu lado. Recién leí en un un  texto tuyo la referencia a "solidaridad étnica", que me hizo recordar mi propia experiencia familiar en la crisis de los años 80s, mi niñez- adolescencia. Y luego la crisis de los noventa, mi paso por la Universidad y rendir la beca.
 
Ya viejo como estoy, veo claro que eso de ciudadanía a (casi) nadie le interesa.  Derechos, los del consumidor tal vez. Reclamar derechos laborales da miedo (a uno le puede ir peor por hablar alto). Denunciar  algo que parece irregular es (casi) estéril. De eso, nada figura en agendas de partidos políticos o asociaciones de profesionales (ong) no sindicatos. Y de solidaridad, sólo espontánea y puntual.

Uno pensaría que solidaridad y sentido de ciudadanía podrían germinar y crecer en la escuela de la vida que llaman. Mas, y me gustaría tu criterio sobre el punto, quizás debería ser un esfuerzo mejor organizado; pero, ¿dónde, cómo, con qué?
Me dijeron hace unos años, que en Europa la gente cotiza a ONGs para tareas ciudadanas y de solidaridad. ¿Sería un camino a seguir? ¿O habría que reconstruir iglesias?
Escribo también para de nuevo enviarle una palabra que exprese mi gran sentimiento de estima. Ojalá pronto vuelva a escuchar sus charlas y comentarios.

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