Universidad Omega, N° 81,
diciembre del 2019.

   “Liberal” suele tener buena prensa en los políticos medios asentados en y hacia la derecha que, no casualmente, son los dominantes en una población latinoamericana que no ha dejado de ser a su manera cristiana. El “a su manera” es golpeándose el pecho, implorando a las estampitas, y solicitando milagros personales porque las cuentas de la existencia hacen de esta tierra efectivamente, para grandes números, un “valle de lágrimas”. El amoroso trato con los prójimos no aparece a la vuelta de esquina ninguna, excepto para los empobrecidos mismos. Cuando a Jesús de Nazaret le preguntan por el cristianismo latinoamericano muestra piedad, sonríe y contesta: “Es un leopardo: manchitas y manchas, dominio de dientes, garras y ferocidad que ninguna hartura sacia”. Y añade: “Y, por supuesto, está la producción de pobreza y miseria”. Este subcontinente cristiano con mayoría católica es uno de los campeones en producir vulnerables extremos: pobres y miserables. No es campeón del planeta. Lo superan Asia y África. Pero por allá no se experimentan mayoritariamente cristianos ni esperan asentarse en sus cielos. En Asia se dan cristianos, pero un mayor número se inclina por afianzar sentimientos islámicos, hinduistas, budistas, confucianos, taoístas, etcétera. En África las mayorías son animistas y también se dan musulmanes, cultos a los antepasados y cristianismos casi siempre asociados con creencias religiosas tradicionales. Bueno, un sector significativo de nuestros grupos dominantes se valora o conservador y cristiano o liberal y cristiano. En algunas poblaciones especialmente desgraciadas, como la colombiana, se han hecho la guerra. Aparte de la codicia (que siempre divide) los conservadores estiman los cambios se siguen de la naturaleza de las cosas y los liberales predican que las transformaciones las introduce la libertad proactiva de los individuos. Los primeros piensan el Estado está para incrementar su propia riqueza/status (es parte de las buenas costumbres) y los liberales que para asegurar que los pactos determinados por el mercado libre se cumplan.

   En la última transición entre siglos aparecieron en el área local nuevos liberales (existían otros que también fueron nuevos en su momento) y se les llamó, sin mucha originalidad, neoliberales.  Los capitaneó por tiempo largo el sexi Otto Guevara, hoy algo en desgracia. Pero el intrépido y zigzagueante político había sido antecedido por la fundación, en 1969, de una Academia de Centroamérica que se ocupaba de economía y desarrollo en al área desde los intereses de una ordenada acumulación de capital. Entre sus fundadores estuvo Claudio González Vega, hoy un anciano de 79 años que trabaja para un banco español (BBVA) en su sección de microfinanzas. La Nación S.A. le dedicó a esta personalidad una entrevista de algo más de una página con foto publicada el 20 de noviembre de este año (2019). González Vega no es cualquiera.

   El diálogo fue titulado con un aspecto notorio de sus declaraciones. “Costa Rica tiene un mercado laboral de empleado asalariado”. González se muestra impresionado con las mujeres (las llama “señoras”) aymaras de Bolivia. Llegan dos veces por semana a una feria donde uno “puede ir a buscar… cualquier cosa que a usted se le pueda ocurrir”. Compara esta ‘maravilla’ con Costa Rica que “…tiene un mercado laboral muy rígido, muy formal (…) esa formalidad ha dado protección de empleo, ha dado acceso a servicios de seguridad social, estabilidad a las familias, pero le ha quitado un poco a la población ese espíritu animal de ver adónde encuentro, cómo sobrevivo” (itálicas no están en el original). Los animales, en efecto, sobreviven porque en eso consiste su existencia sin trascendencia. Los seres humanos desean y esperan algo más de su trabajo. Aspiran al contento, al reconocimiento, a la felicidad.

   La idea de que el trabajo informal tiene un potencial maravilloso y el formal (amparado por legislación mercantilista) uno negativo si es restrictivo fue propuesta en América Latina por el también economista, Hernando de Soto (n. 1941), peruano, en su libro “El otro sendero”. Básicamente sostiene que para estimular el desarrollo capitalista se ha de incorporar a millones de empresarios informales pobres que están fuera de él debido a la burocracia y el papeleo. González Vega, curiosamente, ve en el “espíritu animal” de los trabajadores informales el logro de una sociedad capitalista mejor articulada. Como se advierte, hasta entre los neoliberales se dan desencuentros y separaciones. Unos por desanimalizar la economía y otros por animalizarla. Hoy Costa Rica parece empeñarse en lo segundo. Quizás por esto a González Vega se le autoriza más de una peregrina página.
__________________________________

Conversación

   Marta, Eugenia (Costa Rica): ¿Por qué se llama “El otro sendero” el libro del economista de Soto?

   HG.- En Perú se dió a finales de la década de los sesentas y comienzo de los setentas del siglo pasado el ingreso político de un grupo escindido del Partido Comunista peruano. En una de sus reuniones iniciales instalaron para su encuentro un lienzo que decía “Por el sendero luminoso de José Carlos Mariátegui”. Los periodistas llamaron al grupo Sendero Luminoso y así se le conoció posteriormente. Mariátegui (1894-1930) fue fundador del Partido Comunista peruano y un gran intelectual de ese país y de América Latina. Sendero Luminoso se dio el carácter de un grupo político-militar muy agresivo que llegó a poner sitio a Lima a finales de los 80. En  los años 90 fue apresado su principal dirigente, Abimael Guzmán (n. 1934), y la organización perdió fuerza. Ha seguido activo, sin embargo, durante este siglo XXI. Según algunos, su guerra ha causado casi unas 70.000 muertes. Por oposición al nombre ‘Sendero Luminoso’, que aspiraba a una revolución, de Soto tituló su libro “El otro sendero”. Para él, la inscripción jurídica de los informales y el final del burocratismo estatal realizarían la ‘verdadera’ revolución peruana. Ahora, la producción de 'informales' con vibrante espiritualidad animal es una producción de los mercados capitalistas en sociedades altamente desagregadas. Esto último es un rasgo 'cristiano' de las sociedades latinoamericanas. Para mirar sin ver, los costarricenses inventaron el ideologema del "igualitico". El ‘igualitico’ no toleraba como semejantes a indígenas, mujeres, negros ni asiáticos. A los últimos tres grupos no les concedía derecho a voto. El sufragio lo alcanzaron mediado por la guerra del 48.