Universidad Omega, N° 73,
mayo 2019.

 

EL RELIGIOSO QUE CONFIESA Y EL RELIGIOSO QUE ABUSA

   La prensa informa que uno de los diputados de la actual Asamblea Legislativa, Enrique Sánchez Carballo, del Partido Acción Ciudadana, propone que se aumente legalmente el número y calidad de las personas y organizaciones obligadas a denunciar cualquier sospecha razonable de maltrato y abuso contra menores de edad. Hoy solo tienen esta obligación las autoridades y personal de instituciones educativas o centros de salud públicos o privados. La iniciativa del diputado Sánchez Carballo extiende esta obligación ciudadana a  asociaciones, fundaciones o agrupaciones de carácter cultural, juvenil, educativo, deportivo, religioso o de otra índole. La iniciativa del diputado tiene buena inspiración y debería ser respaldada y mejorada para que existan en el país más posibilidades de que quienes abusan de menores sean castigados por sus delitos.

    Algunos sectores sin embargo no lo ven así. Específicamente la iglesia católica se movió toscamente en los medios para alegar que un sacerdote que recibe en confesión información sobre abuso sexual contra niños no puede informar de ello porque se lo prohíbe el Código de Derecho Canónico que señala “El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo”. El católico término “confesiones” cubre pecados como tener pensamientos fornicantes, por ejemplo, y también delitos, como asesinar a un obispo o que se intentará quemar una iglesia con cientos de fieles en su interior o dinamitar el bus que baña y alimenta y viste a quienes viven en las calles. Siempre, el confesor “calladito es más bonito”. Conceptualmente el tema remite a qué tipo de ciudadano es un cura que, pudiendo cooperar en el castigo de delitos o evitarlos, permanece inalterable y mudo porque se lo prohíbe un código privado. Obviamente este Código (Derecho Canónico) no fue inspirado por el Espíritu Santo. Atenta contra la sociabilidad básica de las gentes decentes y ésta, según Tomás de Aquino, es voluntad de Dios. De modo que habría que revisar el tal Código y preguntarle directamente al Espíritu Santo. ¿Quién lleva razón: la decencia ciudadana, Tomás de Aquino o el Código de Derecho Canónico? Obviamente, en las sociedades modernas, cuando se cometen delitos, ninguna institución o persona está por encima de la ley. Si conoce y calla estos delitos, se torna cómplice, colaborador o corresponsable. La justicia y la legislación dirán.

   Los rudos voceros públicos católicos añaden a su roca (Derecho Canónico) que el confesor escucha las confidencias en condiciones precarias (poca o ninguna luz, no identifica al pecador y delincuente, si el cura es anciano suele ser medio sordo y si joven hojea revistas científicas o pornográficas, para todo hay gusto). De manera que apenas si se entera de quien le habla y qué confiesa. Receta sus padres nuestros y aves marías, recomienda no volver a asesinar al insoportable abuelo y ya. De todas maneras no recibe sobrepaga por confesar.

    Agreguemos algo que no se les ha ocurrido todavía alegar a los curas no-ciudadanos. Si los confesores comienzan a denunciar delitos o a presentarse en los circuitos judiciales para confirmar acusaciones, los delincuentes fieles no irán a confesarse. Son brutos pero no estúpidos. De modo que por aquí no camina el burro.

  Sin embargo, el asunto podría cambiar algo. Según la iglesia católica en la confesión el pecador (aquí delincuente) se reconcilia con Dios (y con la iglesia agregan los taimados). Esto porque quien se confiesa con el cura reconoce y se arrepiente de sus pecados (y delitos). Pero la confesión supone la reparación del daño causado por el pecado o delito. En el caso del delito de abuso contra menores su reparación pasa por la confesión a la autoridad policial y judicial competente. Si esto no se hace, el cura no puede absolver a quien se confiesa. Violadores: Si no hay reparación, no hay absolución debería ser el cartel luminoso instalado en cada confesionario. Por supuesto, los violadores se irían a otra iglesia todavía más permisiva y seguirían violentando. Pero en algunas de estas otras iglesias quizás sus pastores no estén atados por inconstitucionales códigos anti-ciudadanos. Y si el delincuente feroz es creyente sincero arriesga el alma. En fin, me dicen, no hay salida perfecta (hay una: declarar inconstitucional el Derecho Canónico en todo lo que remite a delitos).

   Este artículo me lo dictó “en lenguas” el Espíritu Santo. Les recuerdo que Don Holy no puede ser objetado de manera alguna. Así que manos a la obra.

Conversación

Raquel, Alberto, Gustavo  (Costa Rica).- Usted se hace eco de una clase política incalificable. Presentar un proyecto que demuele el sigilo de confesión que exige el Código de Derecho Canónico que todos respetamos porque respetamos el artículo 75 de la Constitución es no saber dónde se está parado. La Asamblea no puede invadir órbitas profundamente individuales ni propias del fuero interno de las personas. Además del déficit ¡es lo que nos faltaba!

HG.- No creo hacerme eco ni de la asamblea legislativa ni tampoco de la iglesia católica (ambas con minúscula, a propósito). El artículo 75 de la Constitución, que dos de ustedes mencionan, solo dice “La Religión Católica, Apostólica, Romana, es la del Estado, el cual contribuye a su mantenimiento, sin impedir el libre ejercicio en la República de otros cultos que no se opongan a la moral universal ni a las buenas costumbres”. El texto es motivo de chistes en muchos lugares porque atribuye una religión al Estado que es un aparato, no una persona. Pero lo que aquí interesa es que el artículo supone que la iglesia católica “no se opone a la moral universal ni a las buenas costumbres”. Estimo ninguno de ustedes valora el abuso de menores como “buena costumbre” ni “moral universal”. El abuso de menores descalifica cualquier religiosidad que la proteja o esconda. Luego el artículo 75 me da la razón. Si el Derecho Canónico de un grupo contribuye a la ejecución de un delito y a su  impunidad, no es lícito. Es lo que dice la Constitución. Vale para el reglamento del Colegio de Abogados y para las normas de vida que se den las Carmelitas Descalzas o el club de fútbol Saprissa. Pero además el centro de mi artículo concede lo que no se debe conceder (o sea acepta que el Derecho Canónico, una normativa privada, rija la complicidad del cura) pero también le dice al sacerdote que tiene herramientas para no darle la absolución a los delincuentes si no reparan el daño. Esto dentro de sus normas privadas. Lo hago para mostrar el ridículo e hipocresía de los funcionarios clericales que solo hablan de Derecho Canónico y no han leído el espíritu (o no quieren entenderlo) de la práctica católica de la confesión. Nadie aquí está predicando que se viole el fuero interno de las personas católicas o adherentes a la Roca del Pedernal o a los Espíritus del Achiote. Lo que se dice es que ningún código de un grupo privado puede colaborar en las sociedades contemporáneas con la comisión de delitos o exonerar del cumplimiento de las leyes ciudadanas a individuos o grupos determinados. Si los curas católicos pueden hacerlo, entonces los reglamentos de los Borrachitos del Dominó (funciona en un bar de Moravia) también pueden. Obviamente los Borrachitos no pueden. Tampoco el Derecho Canónico aunque pretenda tener origen divino y ser sagrado. Los Borrachitos también valoran sagradas sus normas antes, durante y después del juego.

Mercedes, Matías (Costa Rica).- Creemos que la confesión es  un momento de profunda humillación que nace de un examen de conciencia y del arrepentimiento del pecador que busca el perdón divino. No hay que convertirlo en un anticipo de prueba. Dejemos que Dios se encargue de la justicia celestial y demos a la ley aquí en la tierra  las herramientas correctas para detectar y castigar a los abusadores de menores.

HG.- Aunque estoy muy lejos de ser experto en el campo, me parece improbable que la confesión ante un sacerdote sea “un momento de profunda humillación” para quien se confiesa. Existe una distancia considerable entre ‘humillación’ y ‘arrepentimiento’ y “dolor por haber ofendido a Dios”. ”Humillarse” en cambio puede asociarse con sumisión, abatimiento y menoscabo de identidad. Acatamiento forzado. No estimo que un Dios (del amor y la esperanza) desee estas actitudes en un ser humano que Él creó a su imagen y semejanza. Con la confesión católica se busca restablecer la alianza con Dios porque se la ha perdido vía el pecado que en este caso específico es un delito de abuso sexual. La justicia aquí en la sociedad costarricense, y en todas las sociedades actuales, busca aliviar el sufrimiento de los abusados  y de sus familias (este sufrimiento puede prolongarse toda una existencia) castigando al delincuente y a quienes lo protegen. Decirles a los padres, hermanos y abuelos que dios hará justicia en el cielo ni siquiera alcanza para consuelo. Además por falta de testimonios y pruebas u otras razones el violador puede quedar impune. Se debe tratar de reducir esa posibilidad de apoyo inercial. Lo ideal es que el religioso confesor tenga la obligación de informar aunque no pueda identificar al delincuente. O que testifique en los circuitos judiciales que recibió la información en su momento y que ahora está seguro de poder reconocer a quien la hizo. Es lo ideal. Como los personeros eclesiales o sus fieles grotescamente alegan que se les ataca y se desea violar su normativa, mi propuesta es que el sacerdote no conceda la absolución (y por ello no se produce el reencuentro con Dios que desea vivamente quien confiesa el delito) mientras el abusador no repare daños. Esa reparación la realizará la sociedad vía los circuitos judiciales. No suprimirá el dolor de las familias y los abusados, pero es algo. Y que Dios perdone a quienes se hacen responsables de sus delitos y encubrimientos (si los reparan en la medida de lo posible) me parece excelente pero insuficiente. El delito feroz se cometió aquí en la tierra y aquí debe pagarse. Los curas confesores están en posición de colaborar con ese pago. Mi propuesta es la mínima: no absuelvan mientras no exista reparación. Como se advierte, soy generoso. Otro podría querer capturar al o a la delincuente y torturarlos. Ojo por ojo… Yo solo opino: no lo vuelvan, quienes administran ese poder, a reunir con dios mientras no repare. Estimo que a todas las divinidades debería gustarles eso.

Martín (Costa Rica).- Leí en un periódico que el obispo emérito Ángel Sancasimiro afirma que “La Iglesia es un lugar seguro para los niños”. ¿Usted coincide con esa apreciación?

HG.- Varios medios costarricenses (Teletica, La Nación S.A., por ejemplo) se han apresurado a hacerle una campaña de relaciones públicas a la iglesia católica en este tema (más escandaloso que el “cementazo”) del abuso sexual de menores que ha sido aceptado como muy serio (y por lo que la iglesia tiene que solicitar perdón) por el Vaticano. La entrevista al obispo ya retirado San Casimiro forma parte de esa campaña. Sin embargo el diálogo de una página con foto favorable resulta tangencial. El obispo emérito la inicia con una referencia a Agustín de Hipona: “No hay santo sin pasado, ni pecador sin futuro”. Pero la frase atribuida a Agustín no remite a instituciones sino a personas. Agustín había sido un pecador (o al menos así lo cuenta) y ahora tenía como horizonte el Cielo. La iglesia católica no es una persona, como Agustín, sino una institución mundial en la que se sitúan  muchas personas y también muchos funcionarios. Y entre esas personas y funcionarios hay abusadores sexuales, religiosos ordenados y laicos, contra niños/as y adolescentes. También, sin duda, existen en su seno personas bellísimas por cordiales y generosas. El desafío consiste entonces en responder cómo una institución que se considera a sí misma sagrada (por provenir del deseo de Dios) y enteramente al servicio de su trascendental misión sagrada, puede albergar personal tan antitético como abusadores sexuales (varones y mujeres) contra menores. Si es por hacer frases, Jesús de Nazaret les recomendaba a quienes hacían pecar a los que tenían fe en Él que se ataran una piedra al cuello y se arrojaran al mar (Mateo, 18, 6).  Si nos atenemos a los hechos, las iglesias en general no son lugares “seguros” para los niños ni sus familias. Están más seguros en un parque andando en bicicleta y bajo la mirada de sus padres o hermanos mayores que en los recintos cerrados de muchas iglesias y monasterios. Esto aunque la mayor parte de abusos contra niños provienen del circuito familiar. Pero en América Latina muchas veces los religiosos, particularmente los católicos que son la iglesia mayoritaria, suelen comportarse como “ciudadanos por encima de toda sospecha”. O sea que para ellos los deberes ciudadanos no cuentan. Los familiares de los niños no gozan de ese privilegio. En la entrevista a que usted hace referencia el mismo Casimiro vuelve a aceptar que él tiempo atrás ayudó a escapar de una indagación judicial (por abusos deshonestos) a un religioso. Al parecer le pagó una estadía en México. Lo recuerdo en la televisión  local, años atrás, espetándole a los agentes judiciales  que tenían indicios para sospechar que él sabía del paradero del prófugo: “¡Yo no soy ningún “sapo!”. Si hubiera sido un ciudadano corriente los agentes se lo llevan detenido acusado de encubridor y de falta de respeto a la autoridad. No le pasó nada y él sabía que nada le pasaría. En general las declaraciones del obispo emérito en la entrevista que usted menciona se orientan a bajarle el perfil al escándalo, aunque lamenta que los hechos escandalosos hayan ocurrido. Pero el texto en su conjunto se inserta dentro de una campaña (que estimo la iglesia no contrató) orientada a lavar la imagen de esta iglesia. Quienes la pautan quizás valoren que mejor esta iglesia que otra o ninguna. Sin embargo maquillar las desviaciones y delitos suele provocar mayores males sociales que atacarlos en su raíz. El abuso infantil en la iglesia católica se sigue de desafíos institucionales. Si no los corrigen, los abusos seguirán produciéndose. Ojos blancos y golpes en el pecho o referencias irrelevantes de Agustín de Hipona no resultan útiles ante este desafío.

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