Universidad Omega,
N° 72, abril 2019

 

YO NO FUI, FUE TETÉ

   La decisión del actual papa Francisco de invitar, en febrero de este año 2019, a los presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo católico a un encuentro para discutir la crisis de fe (religiosa), y de la institucionalidad católica en todo el mundo, sirvió de base al renunciado papa Benedicto XVI (Joseph Ratzinger), quien declinó esta responsabilidad el año 2015, y es, desde entonces papa emérito, para redactar un texto: “La Iglesia y el escándalo del abuso sexual” en el que ofrece su versión, a quien quiera conocerla, sobre el carácter de las ilegalidades de funcionarios de la iglesia católica (y su encubrimiento institucional) que han resultado chocantes especialmente por tratarse de excesos y delitos contra creyentes menores de edad. Por desgracia ya el título de su trabajo contiene un abuso (no sexual) de lenguaje y de concepto: su “la iglesia” es en realidad solo una iglesia entre las que hoy existen. Importante sin duda para el  mundo y Occidente porque es la con más fieles (más de mil millones) y está entre las más antiguas, pero ello no la hace La Iglesia. Tendría más sentido (siendo también inexacto) decir que el Real Madrid o el Barcelona son, cualesquiera de los dos, El Club de Fútbol (con el alcance de ser paradigma para toda empresa futbolera del planeta) que hablar como hace el papa emérito de la institución católica como La iglesia. La idea de ser la única que proviene del deseo de Dios no es de recibo generalizado o universal. Más bien provoca rechazos a veces airados.

   El texto de Ratzinger relaciona inicialmente los abusos sexuales de los funcionarios católicos (y su encubrimiento hasta que se ya no se pudo más) con dos fenómenos que podemos llamar sociales o civiles: el primero es la introducción en la escuela y liceo de niños y jóvenes respecto a la naturaleza de la sexualidad. O sea, en la intervención del Estado en este campo. En principio Ratzinger habría votado por el candidato de Restauración Nacional en las elecciones costarricenses del 2018. Para los restauracionistas costarricenses de informar-formar respecto a la sexualidad deben ocuparse las familias (esto tiene algún sentido en  el caso de los carismáticos y no lo tiene para los católicos) y las iglesias. El punto de vista olvida que sobre el carácter de la sexualidad, en las sociedades actuales, “educa”, en realidad el deseo de lucro capitalista, y que no existe iglesia ni familia capaz de oponerse con éxito a esta voluntad. Por lo tanto que el Estado forme en este aspecto complejo no es la peor idea. La escuela, en sentido amplio, ya lo hace. Chicas y chicos se informan sexualmente en los baños de escuelas y Liceos, en sus pasillos y recreos, y en las animadas conversaciones  entre compinches. Aprenden sexualidad (no de erotismo y existencia emocional) de la sociedad mercantil y de su expresión en su vida diaria. Eso quiere decir que tragan sin preservativo alguno mucha violencia y desamor. Por desgracia también suelen resentir esta violencia y desamor en el seno de sus familias.

   El segundo no aporte de Ratzinger en este campo es la denuncia de una Revolución Sexual que habría ocurrido, según él, entre 1960 y 1980 del siglo pasado. Algo debe atormentarlo con este recuerdo revolucionario porque adorna la sección con un exabrupto mayúsculo: “Parte de la fisionomía (sic) de la Revolución del 68 fue que la pedofilia también se diagnosticó como permitida y apropiada”. La pedofilia (un tipo de perversión –o parafilia—sexual) sigue siendo considerada hasta hoy, 2019, signo de una enfermedad y en todo el mundo constituye delito (excepto para los poderosos que pueden pagar por no investigar u ocultar sus perversiones). La edad media de los menores violentados se ubica entre los 8 y 16 años. Entre el 65 y 85% de los abusadores es parte del círculo familiar. Las niñas son la mayor parte de las afectadas (3 a 1 en relación con los niños varones). En América Latina la edad media legal para consentir relaciones sexuales es de 14 a 16 años. En algunos países existe la figura jurídica de la ‘corrupción’ que extiende el carácter delictivo hasta los 18 años. En Costa Rica, las edades que configuran delito van desde menor de 13 hasta los 18 años. Hace algunos años el país tuvo prestigio internacional por la facilidad que tenían los “turistas” para obtener servicios sexuales de menores. Hoy existe otra legislación al respecto y esperamos que ese “prestigio” haya desaparecido. En todo caso,  la afirmación de Ratzinger constituye un exabrupto. La pedofilia es rechazada. Esto no impide que existan pedófilos.

   El papa emérito estima que la Revolución Sexual del período indicado tuvo como referente “…la libertad sexual total, una que ya no tuviera normas. La voluntad de usar la violencia, que caracterizó esos años, está fuertemente relacionada con este colapso mental” (sic). Con distinta perspectiva, otros autores describen esta movilización como combates por “…igualdad entre los sexos, el feminismo, los métodos anticonceptivos así como la contestación social y política. Muchos de los cambios revolucionarios en las normas sexuales de este período se han convertido con el paso de los años en normas aceptadas, legítimas y legales en el comportamiento sexual. La liberación sexual supuso la reivindicación y recuperación plena del cuerpo humano y su desnudez, de la sexualidad como parte integral de la condición humana individual y social cuestionando el papel tradicional de la mujer y por tanto del hombre y de la institución por excelencia, el matrimonio”. No pareciera el Infierno en esta tierra. A Ratzinger le parece.

   En todo caso, en esta sección de su artículo el papa emérito e ‘intelectual’ alemán recurre al expediente cómodo de asignar a realidades que le resultan ajenas la responsabilidad por los abusos sexuales de personal ordenado de su iglesia contra menores. En Costa Rica existe un corito que describe esta actitud. Se canta: “Yo no fui, fue Teté…”. Teté es aquí la sociedad moderna. En un segundo artículo se tratará de las responsabilidades que Ratzinger desea reconocer en la iglesia que todavía hace parte en este cruel, para las víctimas, asunto.
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Conversación

Teresa, Marta (Costa Rica).- Entonces, ¿no hubo revolución sexual en los 70s…?

HG.- Sí hubo. Lo que no existió fue el desastre que describe Ratzinger. Uno de los ejes objetivos de esta  revolución en la sexualidad humana fue la creación de anticonceptivos con efectividad de casi el 100% aplicables en ese entonces a mujeres. Por primera vez en la historia la especie podía tener relaciones genitales que no desembocaran en hijos. Es decir, relaciones sexuales como parte de afirmación de la personalidad y de autoestima compartida. No es poca cosa. Y si además se quería, se podía tener hijos. Hoy este tipo de anticonceptivos (“la píldora”) se despliega también para varones. Permitió y permite a las mujeres incorporarse en mejores condiciones al mercado de trabajo. Y amplió para todos el campo de la sexualidad al erotismo. O sea, conceptualmente, lo hizo menos bruto o al menos abrió la posibilidad de que en la relación sexual la violencia desapareciera. Va a cumplir 60 años este hito. Y a  los analistas que no se parecen a Ratzinger les permite hablar de esta revolución como la “revolución tranquila”. Por supuesto al mundo católico, o a sus autoridades, el punto les parece ir contra la voluntad de Dios pero en realidad desde una perspectiva conceptual no debería hoy nacer ningún niño no deseado. Esto abriría la posibilidad de que todos ellos fuesen efectivamente amados en el seno de sus familias. Supongo que un dios experto en amor y generosidad o interesado en estos alcances estaría de acuerdo con los alcances de esta revolución tranquila. Que no podamos celebrar todas sus posibilidades para la especie no puede achacarse al nuevo carácter de los anticonceptivos. Antes que lo olvide, los preservativos o diversos tipos de condones siguen siendo útiles para evitar enfermedades.

Teresa, Marta.- Pero, ¿existen métodos de acuerdo la doctrina católica para evitar el embarazo?

HG.- Entiendo que sí. Sin contar la castidad absoluta, que debería ser el método por excelencia, el más conocido es el método Billings que hace descansar el rechazo del embarazo o su aceptación en la motivación y autocontrol de la pareja. Probablemente funcione mejor con parejas cuya formación, sistémica o voluntaria, les facilite o potencie la constancia de una disciplina. El método supone una planificación humana centrada en la detección de los días y momentos en que la mujer puede quedar embarazada. Por ello supone una normalidad ‘natural’ en ella y también una ‘normalidad natural’ del impulso sexual. Estas ‘normalidades’ expresarían el deseo de Dios. Doctrinalmente no estoy tan seguro que el método respete la voluntad de una divinidad todopoderosa. Supongo que si efectivamente es todopoderosa entonces nadie tendrá hijos si ella no los desea. Y al revés, si desea un embarazo, él se producirá incluso sin relaciones sexuales. De hecho, cuando un portavoz católico se refiere a la fecundación asistida o “artificial” suele afirmar que si una pareja no tiene hijos es porque Dios no se los concede y aconseja la adopción de ellos. En todo caso el método Billings en condiciones de alto control no tiene una eficacia de casi el 100%. En una experiencia chilena leo que de 600 mujeres contactadas, solo 64,8% inició el proceso. De ellas completaron la experiencia solo el 67,6% y la efectividad del método de este último número fue del 94,3%. Es un buen resultado. Pero se ve que incluso en condiciones experimentales no resulta fácil para las parejas (o para las mujeres relativamente solas) asumir la disciplina. De 600 iniciales quedaron 384. Y de éstas solo finalizaron la experiencia 257. De las 600 iniciales solo 242 tuvieron éxito (quedar o no embarazadas). Entonces el método parece sencillo (la pareja o la mujer observa las características de su moco cervical que le indica la situación de su ovulación), pero su observancia en la existencia diaria es menos clara. Por supuesto, por su parte las “píldoras” exigen control médico y éste, si la seguridad social no existe o es débil, puede resultar inalcanzable para las parejas o la mujer. Entonces, métodos que satisfagan universalmente todos los requerimientos prácticos, en especial para los individuos más vulnerables, no existen. Pero esto tampoco niega que la aparición de anticonceptivos con casi 100% de eficacia no implique una revolución para la sexualidad en la especie. Que esta revolución se transforme en rasgo civilizatorio que beneficie a todos es un desafío político.
 
Sebastián (Colombia).- Escribe usted que “desde una perspectiva conceptual no debería nacer hoy ningún niño no deseado”. En Colombia siguen naciendo. Y supongo en todo el mundo. Y el mundo de hoy tampoco es menos violento que en 1965.

HG.- Por desgracia tiene usted razón. Las posibilidades de disminuir la violencia y aumentar discernimientos y libertad personal responsable abiertas por la revolución en la sexualidad genital fue replicada por los imperios del sistema con el auge de la pornografía y, posteriormente, con la declaratoria de ‘guerra global preventiva contra el terrorismo’. Todos fuimos transportados a un siniestro nuevo estadio de ‘barbarie tecnologizada’.  El cine de masas se llenó de Rápidos y Furiosos y de mágicos héroes sobrenaturales feroces y poderosos que replican amenazas extraterrestres que siempre atacan a EUA y son derrotados con violencia extrema. La idea es llevar al máximo la sazón violenta del consumo en la cultura de masas y fijar obsesivamente la sexualidad en penes, culos y coitos en los que la personalidad de cada cual se deteriora y extingue. En Costa Rica, donde resido, el número de niños nacidos sin padre conocido aumentó en un 30% en la transición entre los siglos XX y XXI. Desde luego confluyen factores como la pésima información y educación en sexualidad y afectividad humanas, la pobreza-miseria y una civilización de ‘rápidos y furiosos’ en los diversos mercados del consumo. Se lleva a la mayoría donde nadie querría ir y además se gana más dinero que nunca. La sobrerrepresión y la idea de una amenaza permanente ante la que se debe reaccionar con temor y a la vez con confianza en la violencia de las autoridades ‘buenas’ del sistema parecen anular posibilidades y alcances de la “revolución tranquila”. Sin embargo ella sobrevive en la experiencia cada vez mayor de jóvenes urbanos que deciden vivir juntos y sin hijos y sin nexo matrimonial mientras los sentimientos que los ligan sean constructivos y los ayuden a ambos. Es poco, una avanzada, tiene sus riesgos, pero es algo. Las condiciones sexuales objetivas para otro tipo de relaciones en la especie están dadas. Económica, política y culturalmente las sociedades centradas en el miedo a las libertades personales las combaten hasta el momento con éxito.

Sebastián (Costa Rica).- ¿Cuán específicos de Ratzinger son los contenidos que están presentes en su texto y cuánto se puede considerar propio de la Iglesia católica? O bien, ¿conoce usted otras voces significativas en dicha iglesia acerca del mismo doloroso - no sólo para las víctimas directas- asunto como para saber si hay divergencias o convergencias?

HG.- Ratzinger escribe a título personal y como papa emérito (tras su renuncia). Pero también expresa a los sectores de la iglesia católica que se disgustaron con los resultados del Concilio Vaticano II. Quien recibió más prensa entonces fue el obispo Marcel Lefebvre (1905-1991). Estimó que el Concilio había roto con la tradición de la iglesia católica. Las posiciones de Lefebvre lo llevaron incluso a disgustarse frontalmente con personalidades también conservadoras como el papa Juan Pablo II y el mismo Ratzinger que coincidían en sus críticas al Concilio Vaticano II, pero no aceptaban el irrespeto que Lefebvre mostraba en ocasiones respecto a la autoridad del Papa. Ratzinger expresa a su manera a estos sectores que discrepan del valor del Concilio Vaticano II. Habrá que recordar que algunas liberalidades provenientes de ese concilio, el uso de vestimentas seculares por parte de los religiosos, por ejemplo, han retrocedido. Pero no soy ni de lejos experto en las divisiones internas de la iglesia católica y en sus corrientes de pensamiento. Pero Ratzinger no está solo, sin duda. Y pretende con su escrito tirar línea a la institución en este asunto específico. Ahora su “fue Teté” es muy débil conceptualmente y no resulta tan sencillo embarcarse en su tren. El escándalo es además significativo en EUA y Alemania. En Estados Unidos tienen muy claro que el número de abusadores es muy alto y que la institución católica ha ocultado, solo en Illinois, los nombres de 500 delincuentes. Pero aun así Ratzinger no debe estar solo en la iglesia católica. Esto porque el papa Francisco sin ser progresivo también molesta a los grupos conservadores, aunque por otros motivos. De hecho deben rezar para que se muera ya.

Sofía (Costa Rica).- ¿O sea que además del delito se esconde y protege a los delincuentes?

HG.- Sí. En Costa Rica, donde los números son menores, realizar la denuncia a la iglesia y no al Organismo de Investigación Judicial o a los circuitos judiciales ha significado retrasar significativamente los enjuiciamientos y facilitado la fuga de al menos uno de los delincuentes.

 


 
YO NO FUI, FUE TETÉ II

   En la segunda y tercera parte de su artículo “La Iglesia y el escándalo del abuso sexual” el papa emérito Joseph Ratzinger se ocupa de los efectos de la Revolución de los 60 en la formación de los sacerdotes y en sus vidas y presenta sus personales ideas para dar forma a una respuesta adecuada a la crisis. En ambos campos mantiene su criterio inicial de discernimiento: yo no fui, fue Teté. Este “yo” designa cada vez a su institución y a él mismo: no fue responsabilidad de la iglesia institucional ni de gentes como él, un obispo, consejero papal y luego papa, sino de Teté.

    Tal vez resulte útil comenzar por el tercer y último apartado de su artículo. Comienza con un “¿Qué se debe hacer?” Y de inmediato anticipa su punto de partida y llegada: no se ha de replantear la Iglesia, no hay que tocar la institución, ella nada tiene que ver: “¿Qué se debe hacer? ¿Tal vez deberíamos crear otra Iglesia para que las cosas funcionen? Bueno, ese experimento ya se ha realizado y ya ha fracasado. Solo la obediencia y el amor por nuestro Señor Jesucristo pueden indicarnos el camino, así que primero tratemos de entender nuevamente y desde adentro (de nosotros mismos) lo que el Señor quiere y ha querido con nosotros”. Como se advierte, no remite en realidad a la institución, sino a la fe (espiritualidad) que la anima y la interpretación que él hace de ella. Esa fe, en particular la suya, no ha sufrido mella, de modo que no requiere ni juicio ni cura. Básicamente esto quiere decir que cuando él ha presentado la respuesta no hay nada que discutir. Ratzinger tiende a ser ‘ligeramente’ autoritario. A su fe religiosa le habla directamente Dios.

   Ratzinger condensa el contenido de esta fe y le confiere credibilidad (una y santa) bíblica: “… si realmente quisiéramos resumir muy brevemente el contenido de la fe como está en la Biblia, tendríamos que hacerlo diciendo que el Señor ha iniciado una narrativa de amor con nosotros y quiere abarcar a toda la creación en ella. La forma de pelear contra el mal que nos amenaza a nosotros y a todo el mundo, solo puede ser, al final, que entremos en este amor”. Se entiende que la iglesia católica ha de entrar en este amor. O que ha debido estar siempre en él. Su historia no dice eso.

    El amor mismo resulta de la consumación de una guerra. Ratzinger la muestra en Juan (Apocalipsis, 12) autor que, como es sabido, escribe en un estilo peculiar. La guerra muestra inicialmente a un gran dragón colosal, escarlata, que con su cola “…arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra”. El adversario de este dragón es vástago de una mujer que “…dio a luz un hijo varón, que va a regir a todas las naciones con vara de hierro; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono”. Este hijo, advertimos, regirá a todas las naciones “con vara de hierro”. Es una versión de la letra con sangre entra. En todo caso, el Apocalipsis de Juan, o sea la narración de su esperanza, tiene 22 capítulos, versa sobre la guerra entre el Bien y el Mal y finaliza con el triunfo de Cristo Jesús y su venida: “El que da testimonio de estas cosas dice: «Ciertamente vengo en breve.» ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!”. Para Ratzinger, la iglesia católica y sus dirigentes y seguidores estarán entre quienes disfrutan, finalizada ya la guerra entre el Bien (Cristo) y el Mal (Satán) de “… un río limpio, de agua de vida, resplandeciente como cristal, que fluía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad y a uno y otro lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. Y no habrá más maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en ella, sus siervos lo servirán, verán su rostro y su nombre estará en sus frentes.  Allí no habrá más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará y reinarán por los siglos de los siglos” (itálicas no están en el  original; hay que agradecerle a Juan la paciencia y el ingenio). Ya se sabe, los abusadores de niños pertenecen a la satánica Babilonia, “guarida de todo espíritu inmundo" y “…muestra de las naciones que han bebido del vino del furor de su fornicación”. Babilona, el Mal, será derrotado. Ratzinger, en cambio, y quienes se comportan como él (“guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo”), serán sanos, salvos y beberán del árbol de la vida. En esta guerra sin tregua sagrada y metafísica hay que apostar por el Bien (el amor de Dios) y contra Satán (la concupiscente ramera Babilonia). Todo lo que se requiere entonces es que la iglesia católica se reubique plenamente en el amor/guerra de Dios. Teté es ahora Satán. ‘Yo no fui, fue Satán’. De Satán se salva solo gente de una pieza como el bíblico Job (también propuesto por Ratzinger en esta  sección). Éste acepta la voluntad de Dios en las excelentes, las buenas, las malas y las peores. Su fe en la voluntad de Dios lo hace quizás hablar en exceso, pero no vacila. Pero el protagonista de este libro bíblico, Job, no es él. Los protagonistas son Dios y Satán que, para pasar el rato, juguetean con él. A fortiori, para entender el libro de Job hay que asumir que Dios y Satán existen, pero tal vez no sean dos personas. Satán podría ser Dios aburrido. En todo caso, el libro es un script del peor Hollywood. Excepto para quienes mueren en el camino, a Job se le retorna todo lo retornable y más. Es una película ya vista: Dios sabe que ganará y Satán sabe que perderá. Job no lo sabe, pero su fe lleva a cerrar cuanto puede los ojos y se la juega. Se puede traducir que los abusos sexuales contra menores (con la complicidad de autoridades) constituyen una prueba del poder de Dios y de la tonta astucia de Satán (quien imagina ha seducido a su rival) pero que al final todo se arreglará porque el Armagedón se resolverá con una paliza final del amor sobre la iniquidad. Por desgracia esta victoria dice poco, quizás nada, a los abusados (y, en el caso de Job, muertos) y a quienes los amaron con amor humano. Esta parte tercera del texto habla de la identidad metafísica que se auto asigna Ratzinger y que extiende a su iglesia. Ratzinger ignora cómo hacer de un desafío un problema y tomarlo por los cachos. Y no desea enterarse que la sociohistoria humana ha acostumbrado  producir vulnerables que no cuentan para las narraciones metafísicas y para quienes se sienten sus encarnaciones. Job y la gente que él ama no le importan ni a Dios ni a Satán. Se arrasa su existencia humana y al final los falsos contendientes lo declaran “ganador” a Job y se le otorgan nuevas propiedades y riquezas y esposa e hijos. Para quienes se entretuvieron con él, Job no pasó de muñeco.

   Se puede comparar la historia de lo que Satán y Dios hicieron con Job y lo que Freddie Mercury canta en ‘Somos los campeones’: “He pagado mis deudas una y otra vez/He cumplido mi sentencia/ Pero no he cometido delito alguno/. Incurrí en errores desgraciados/ Y recibí la  parte de arena en el rostro que me merecía por ellos”. Mercury llama a cantar su himno a quienes luchan en una socio-historia difícil en la que no se tienen sino a sí mismos. “Considero mi lucha un reto para toda la especie humana/ No voy a perder/. Nosotros somos los campeones amigos/ Y seguiremos luchando hasta el final (…)/ No hay tiempo para los perdedores”. En el posicionamiento de Mercury, los perdedores son los Satán y Dios del libro de Job. Gastan su existencia creando escenarios grotescos para entretenerse. Para ellos, Job es lo de menos. Aunque quizás no lo haya leído, Mercury escribe otro Libro de Job. Uno humano. En él, Mercury ofrece su lucha como testimonio a toda la especie. Se asemeja a Jesús de Nazaret. En su canto no existe referencia a Teté alguna. Quienes lo vitorean son llamados a luchar. Contra Satán. Y contra el Dios arbitrario que se auto valora juguetón porque se sabe inmortal.

   Ratzinger está en otra sintonía. La condensa en este párrafo: “Tratemos de desarrollar un poco más este contenido esencial de la revelación de Dios. Podemos entonces decir que el primer don fundamental que la fe nos ofrece es la certeza de que Dios existe. Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. De otro modo, ¿de dónde vendría todo? En cualquier caso, no tiene propósito espiritual. De algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí misma y el poder se convierte en el único principio. La verdad no cuenta, en realidad no existe. Solo si las cosas tienen una razón espiritual tienen una intención y son concebidas. Solo si hay un Dios Creador que es bueno y que quiere el bien, la vida del hombre puede entonces tener sentido” (itálicas no están en el original).

   Su argumento es de escuelita y, además, mal propuesto: a) “…  el primer don fundamental que la fe (religiosa) nos ofrece es la certeza de que Dios existe”. Olvidó señalar Ratzinger que se trata de la fe religiosa. En muchos casos este tipo de fe remite obligatoriamente a una trascendencia uno de cuyos factores son las divinidades, o Dios, para judíos, católicos y cristianos e islámicos. Sin embargo alguien podría tener fe religiosa y estimar que Dios es el Inicio, pero no interviene en la historia. Se trataría de un deísta. Ratzinger es teísta (Dios interviene constantemente en la historia). De modo que su razonamiento es el de un tipo específico de fe religiosa, no de toda fe religiosa; b) El ‘significado’ o 'significados' que interesa a Ratzinger podría ser provisto por los seres humanos-en-el-mundo y Dios no se enojaría porque lo que es vendría de Él, pero el significado lo pondrían las historias (responsables o irresponsables, amarradas o libres) de quienes son en esta realidad iniciada por Dios. Luego, al teísta Ratzinger se puede oponer el deísta no-Ratzinger y, porque a él le preocupa, el bien y el mal provendrían de la socio-historia (de sus tanteos) y de su eficacia relativa o relacional y no de principios eternos monopolizados por una iglesia y sus sacerdotes (que además no cumplen, los últimos, con esos principios eternos). De modo que lo que propone Ratzinger vale para una determinada forma de entender la fe religiosa y sus corolarios y no para las diversas maneras humanas, o sea sociohistóricas, de entender y dar contenido a la fe religiosa.

   Si el inicio del argumento ratzingeriano es precario en extremo, lo que sigue no será mejor. Ahora asocia el Armagedón de Juan con el libro de Job para indicar que en este último el Demonio –siempre al acecho— nos ofrece la siguiente propuesta: “Miren lo que este Dios ha hecho. Supuestamente una buena creación. En realidad está llena de miseria y disgustos. El desaliento de la creación es en realidad el menosprecio de Dios. Quiere probar que Dios mismo no es bueno y alejarnos de Él”. Denunciar el abuso sexual cometido por personal ordenado de la iglesia católica hace ahora parte del discurso de Satán contra Dios. Ahora, en el Armagedón y en el libro de Job Dios triunfa y Satán es derrotado. Este Satán pierde siempre y si fuera por el testimonio de esa literatura nadie debería preocuparse por sus incursiones en la institución católica. Los abusados resultan meros Espejismos del Demonio.

   En otro ángulo, Ratzinger desvía e invierte el sentido público  y político de las acusaciones de pederastia en el seno de la iglesia católica: “Hoy, la acusación contra Dios es sobre todo menosprecio de Su Iglesia como algo malo en su totalidad y por lo tanto nos disuade de ella. La idea de una Iglesia mejor, hecha por nosotros mismos, es de hecho una propuesta del demonio, con la que nos quiere alejar del Dios viviente usando una lógica mentirosa en la que fácilmente podemos caer. No, incluso hoy la Iglesia no está hecha solo de malos peces y mala hierba. La Iglesia de Dios también existe hoy, y hoy es ese mismo instrumento a través del cual Dios nos salva” (itálicas no están en original). En el extremo podría leerse que los curas y monjas pedófilos abusadores son agentes individuales y solitarios de un programa satánico al igual que quienes los denuncian. Añadimos que la acusación de delitos no ha incorporado el hecho (evidente, al menos en Costa Rica) que los religiosos abusadores han sido favorecidos/encubiertos por el sistema procesal de su iglesia  y parte de sus dirigentes. Todos quienes concurren en este último aspecto han de ser, asimismo, agentes de Satán. Si fuera así, la iglesia católica, o parte de su personal, requiere exorcistas y exorcismos que expulsen los demonios. Lo débil de esta fórmula exorcística es que en estos servidores de Dios opera la persona divina del Espíritu Santo. ¿Cómo es que el Espíritu Santo fue desplazado por Satán? Se  trataría de una victoria de Satán contra Dios, a diferencia de lo que sucede en la comedia del Libro de Job.

   En breve, hoy se juzga a personeros de la institucionalidad católica por delitos de abuso sexual en contra de menores. Para quien cree en ello porque está con Dios, se atribuye los hechos a la instigación de Satán. Si se es abusador cultural (porque se cree tener poder para ello) se extiende además la presencia satánica a aquellos que denuncian los delitos o los comentan. Un criterio distinto tienen quienes estiman que el abuso sexual se relaciona con el ethos que anima a las espiritualidades religiosas autoritarias que se experimentan a sí mismas por encima de la historia y superiores a ella. Este ethos potencia la producción de vulnerables y su abuso (violencia) que incluso pueden ser presentados como ‘servicio’. Curiosamente este es el sentido de uno de los ejemplos con que Ratzinger ilustra sus puntos de vista en esta tercera sección del documento. Escribe: “En conversaciones con víctimas de pedofilia (…) Una joven que había sido acólita me dijo que el capellán, su superior en el servicio del altar, siempre la introducía al abuso sexual que él cometía con estas palabras: “Este es mi cuerpo que será entregado por ti”. Una fórmula de Jesús de Nazaret que avisa la Eucaristía era utilizada como clerical expresión identitaria del abuso. ¿Satán o autoritarismo enfermo y delincuencial que no soporta cuestionarse a sí mismo? Ratzinger no duda: Teté-Satán.

   Conversación

Celia (Costa Rica).- ¿Por qué Ratzinger estima que no se debe cambiar nada en la iglesia? ¿Cómo puede proliferar el abuso sexual en el seno de esta iglesia y no iniciar una reflexión interna que lleve a cambios?

HG.- Tal vez Ratzinger experimenta a su iglesia, pueblo católico y pastores o clero, como santos y sagrados. La institución le confiere esa identificación inercial y él no desea ni puede apartarse de ella. En cierta manera la tiene cómoda porque la identificación inercial la realiza desde una historia institucional prolongada y también desde su vida en la institución. La iglesia le ha dado todo y él es fiel a ella. La iglesia es del Señor y él pertenece, con ella, al Señor. Su inserción en ella lo ciega. Y además está Satán. El Demonio-Diablo-Satán es tan omnipresente como Dios y el ser humano en su confusión (es libre pero alejado de la iglesia se confunde) elige al Diablo y no a Dios. Al elegir el pecado, como Adán y Eva, destruye la armonía y belleza de la creación divina. Satán adopta múltiples rostros. La revolución sexual. El comunismo. La homosexualidad. Expresa la corrupción universal así como la iglesia es el bien y la salvación universales porque está sostenida por el Dios creador y su fe en Él. La institución católica es santa e intérprete única de su revelación. O sea tiene el monopolio de la verdad y la autoridad legítima. Esta iglesia nada tiene que cambiar. En su desarrollo, nada tampoco tiene que aprender. Sus enemigos que, con malas artes logran ocasionalmente infiltrarla,  son personificaciones de Satán. Se trata de un punto central para el autoritarismo y la soberbia católicos. Más que una ideología se trata de una enfermedad. A ciertos enfermos resulta casi imposible convencerlos de tratarse. Atribuyen sus desafíos a un Engañador Astuto. La católica es una iglesia de dogmas: “El magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe, verdades contenidas en la Revelación divina o verdades que tienen con éstas un vínculo necesario” (Catecismo, # 88). No resulta fácil dialogar con este tipo de identificaciones.

Celeste, Ruy y otros/otras.- ¿Usted sabe que We are the champions es una canción de homosexuales?

HG.- Bueno, es una pieza musical y, además, es una canción para homosexuales. Sí. La elegí por eso, para contrastarla con el ficticio escenario bíblico de Job. El homosexual que canta la canción es un enfermo de sida que sabe va a morir y canta We are the champions. Está orgulloso de sus esfuerzos en esta vida. Y de su éxito. Y de haberse asumido homosexual y tener a millones cantando sus composiciones. Ha sido feliz viviendo la existencia que le correspondió y que seguramente no fue fácil. Es buen ejemplo para todos. Ahora, la homosexualidad, lesbiana o gay, hace parte de la sexualidad de la especie. Solo que es propia de minorías. Se nace así. La iglesia católica califica la homosexualidad de práctica intrínsecamente desordenada que no puede recibir aprobación nunca (Catecismo # 2357). Espero que recojan cuerda algún día en este punto porque se trata de un exabrupto ignorante. No veo problema alguno en que gais y lesbianas tengan su sitio en el cielo. No todos porque algunos no se tratan entre sí como prójimos. Esto también ocurre entre los heterosexuales.

Ruy (Costa Rica).- ¿Usted es homosexual?

HG.- Tengo demasiada edad para interesarme en esas identificaciones. Tampoco espero llegar al cielo. Imagine, encontrarse en alguna nube con Ratzinger o el general Videla. Pinochet, el dictador chileno, también fue católico. Por ahí debe arrastrarse. Espero los buenos lo miren con asco. Gandhi, en cambio, no fue católico. No sería la peor suerte encontrarlo en el limbo o en el Infierno. Igual que a Martin Luther King Jr. Y si apagan un rato el fuego y cancelan otros espantosos tormentos hasta se podría conversar con ellos.

Marta (Costa Rica.- Quisiera citar algo de Ratzinger sobre la fe religiosa que me pareció sólido y fuerte, bueno: “Podemos entonces decir que el primer don fundamental que la fe nos ofrece es la certeza de que Dios existe. Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. De otro modo, ¿de dónde vendría todo? En cualquier caso, no tiene propósito espiritual. De algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí misma y el poder se convierte en el único principio”.

HG.- No creo que el que usted cita sea un gran texto. O tal vez lo sea porque es disputable. Afirma Ratzinger que un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. Pero eso no es lo que afirma el Génesis: en el mito de La Creación se afirma “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Pero no los creó de la nada como al parecer suele afirmarlo mucha gente y también Ratzinger. Esto porque el texto sigue, a la letra: “La tierra estaba desordenada y vacía, las tinieblas estaban sobre la faz del abismo y el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”. O sea que existía un desorden, un vacío y tinieblas. Después se sabrá que también existían aguas. “Haya un firmamento en medio de las aguas, para que separe las aguas de las aguas”. O sea el texto no afirma una creación ex nihilo, o sea de la nada, sino que existían cosas y un sentido o sentidos que a este Dios Jehová le disgustaron y deseó otro orden. Entonces hubo un significado previo y él quiso darle otro significado. Y por supuesto tuvo que luchar para que hubiese luz y no solo tinieblas y cielo y no solo aguas. Y como era su tarea lo halló bueno. Pero este todo ‘bueno’ viene de una lucha. Es lo que afirma el Génesis. Y si a Dios no le gustó lo que había es porque lo que había tenía un sentido “espiritual” que a Dios no le agradó. Y en ese sentido la luz era buena y la oscuridad mala, aunque el texto no dice satánica. Era mala porque a Dios no le agradó. Y las aguas airadas eran malas y las aguas relativamente calmas buenas. Existía un poder, o poderes, y Dios con su propio poder le dio otro carácter a lo que existe. Entonces el texto de Ratzinger se vuelve contra sí mismo: “De otro modo, ¿de dónde vendría todo? En cualquier caso, no tiene propósito espiritual. De algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí misma y el poder se convierte en el único principio. La verdad no cuenta, en realidad no existe” (itálicas no están en el original). ¿De dónde vendría todo? Del enfrentamiento o lucha entre poderes. Y los poderes poseen cada uno su espiritualidad (su ethos). Y en cuanto poderes son políticos. Y cada uno tiene estándares para el bien y el mal y el que resultó más fuerte o poderoso es el que impera. En el Génesis, el más fuerte impera y se transforma en el Bien. O lo Bueno. Su fuerza o potencia es la Verdad. O sea que el texto del Génesis va contra Ratzinger. Y no es extraño que así ocurra porque ese texto es una invención humana, una invención judía. Las cosas pueden haber ocurrido de manera distinta, pero a los judíos se les ocurrió un texto de poder contra poder. Y ganó Dios. Un Dios. Tal vez fuese mejor hubiese varios o ninguno para que ‘significado’ se lea en plural. Lea el Génesis y compruebe que no he inventado ni una letra.

Marcela, Sebastián (Costa Rica).- Una vez hecho el diagnóstico y encontrados algunas conclusiones, correspondería definir ¿qué hacer? Entiendo que la respuesta o posicionamiento y acritud será diferente para alguien de la Iglesia católica y alguien de otra iglesia cristiana y alguien no creyente y alguien sin iglesia.  ¿Cuál podría ser una clave para orientar una actitud provechosa o liberadora ante el asunto?

HG.- Lo que personalmente experimento es que todavía estamos, especialmente en América Latina, en una fase de ingreso o semi ingreso a este momento de la realidad social y humana. Hablo de América Latina porque nunca he residido por tiempos largos en Europa o África o Estados Unidos y Canadá. De Asia solo tengo estereotipos y alguna postal. Mis limitaciones entonces son gigantes. Y el tema de la sexualidad humana tiene implicaciones monumentales. No se trata de una aplicación al  mundo, sino de una transformación generalizada de las subjetividades, y con ellas de las culturas y de las seguridades y esperanzas, que se torna necesaria y factible y, a la vez, enfrenta desafíos objetivos (reincidencia en violencias, desconfianzas y guerras, una sobre presencia abrumadora de los mercados sobre las condiciones de la existencia humana, la capacidad dudosa del planeta para sostener las disfuncionalidades estratégicas y letales de la economía política hegemónica, el retraso generalizado en el carácter de la formación o educación de las nuevas generaciones en todas partes, las migraciones forzadas de poblaciones que no tienen cabida en sus sitios tradicionales, ni en los lugares por los que pasan ni menos en los ‘paraísos’ en los que sueñan con instalarse). Cada día que pasa parecemos, como rebaño, tornarnos más ciegos y estúpidos cuando las potencialidades para discernir con más sabiduría y responsabilidad están ya o se hallan a la vuelta de la esquina. La línea lírica afirma que nunca está más oscuro que cuando va a amanecer, pero probablemente los poetas han errado con este verso. Ahora, con independencia de esta consideración, me gustaría asistir a un replanteamiento de las familias, una reconsideración del tiempo de vida que los adultos y ancianos pueden dedicar a ellas, una búsqueda de un nuevo ethos para nuestros niños y jóvenes hoy día hiperpenetrados por los mercados. O sea me gustaría ver, aunque fuese un movimiento embrionario, un radical cambio de actitud planetario y esto solo puede producirse y tener éxito si transformamos la política y la educación de modo que deseemos aprender a tratarnos y a tratar a los otros, o sea a los distintos  (cada uno de nosotros es varios) con la humildad y caridad y alegría de quien trata de crecer con otros, para otros y en procesos colectivos, comunitarios. En la economía política y en las expresiones culturales. Como el punto es de sentido común tal vez ya se esté caminando en alguna parte. Si es así, quizás consiga extenderse y se transforme en el inicio de un ethos común a toda la especie. La especie nunca ha sido, ni siquiera ha intentado serlo, una comunidad de diversos. Un colectivo. Creo que hoy la producción de comunidad se ha convertido en un proyecto obligatorio. Vivimos una época de extravíos y desencuentros peligrosos. Nadie con algún tipo de poder parece deseoso de advertirlo. Iglesias, políticos y masas han devenido carga indeseable, bagaje mal oliente que avisa la descomposición y la muerte. Nótese que me refiero a iglesias, no a religiosidades. Ojalá me equivoque un mil por ciento.

 

YO NO FUI, FUE TETÉ III

   El segundo apartado del texto en que Ratzinger reflexiona sobre la cuestión de los abusos sexuales contra menores por parte de funcionarios ordenados de la iglesia católica comienza con detalles de lo que él considera una conspiración política contra el concepto cristiano de moralidad (“El proceso largamente preparado y en marcha para la disolución del concepto cristiano de moralidad”, escribe en las primeras líneas) y de sus alcances para la realidad de las instancias en que se prepara a los religiosos ordenados: los seminarios. Por supuesto, vuelve a recalcar “…la radicalidad sin precedentes de la década de 1960”. Obviamente existió radicalidad porque se trató de una revolución. Pero se trató de una revolución en la sexualidad. Solo instituciones que se centraran en la sobrerrepresión (reprobación y castigo innecesarios) de la sexualidad humana como fuente de su propia autoridad/legitimidad podían sentirse radicalmente agredidas. Ratzinger estima la iglesia católica es una de esas instituciones. Defiende por ello lo que considera el concepto cristiano (como si la iglesia católica fuese la única que se propusiera e identificara cristiana) de moralidad. Redacta inicialmente: “… el asunto de la vida sacerdotal, así como la de los seminarios es de particular importancia” y concluye: “…hay de hecho una descomposición de amplio alcance en cuanto a la forma previa de preparación”. Uno esperaría una reflexión sobre el ethos (espiritualidad: confianza, esperanza) de esos seminarios, pero su siguiente párrafo avanza una descripción de hecho:

   “En varios seminarios se establecieron grupos homosexuales que actuaban más o menos abiertamente, con lo que cambiaron significativamente el clima que se vivía en ellos. En un seminario en el sur de Alemania, los candidatos al sacerdocio y para el ministerio laico de especialistas pastorales (…) vivían juntos. En las comidas cotidianas, los seminaristas y los especialistas pastorales estaban juntos. Los casados a veces estaban con sus esposas e hijos; y en ocasiones con sus novias. El clima en este seminario no proporcionaba el apoyo requerido para la preparación de la vocación sacerdotal. La Santa Sede sabía de esos problemas sin estar informada precisamente. Como primer paso, se acordó una visita apostólica (investigación) para los seminarios en Estados Unidos” (itálicas no están el original). En apariencia un desafío consiste en los mecanismos de ingreso o de nombramiento de autoridades en los indeterminados “varios seminarios”. El texto de Ratzinger incluye (para él se trata de algo evidente) la descalificación absoluta de la práctica homosexual. Para quien algo conoce, la descalificación es obvia. Si practican, los homosexuales, para la doctrina católica, dejan de ser prójimos. Es doctrina católica y puede verse al respecto su Catecismo, parágrafos 2357, 2358 y 2359. Solo son prójimos (de segunda o tercera o…) los individuos homosexuales que no practican su opción sexual. Es decir, que ‘no son’ homosexuales. Porque una rosa que ‘no rosea’ no es rosa. Humorista y discriminatoria que es esta iglesia.

    Otra fuente del desafío mencionado por Ratzinger era la concurrencia en un mismo espacio de seminaristas y laicos pastoralistas casados que “a veces estaban con sus esposas e hijos”. Ratzinger promueve un espacio enteramente artificial para los aspirantes a sacerdotes. No deben ni pueden convivir con gente casada y con hijos. ¡Menos con novias! Compartir el mismo espacio, con gente normal, que da servicios a la iglesia católica, debilita la fe religiosa. El punto central de Ratzinger no es la homosexualidad, lo usó como distractor aunque la considera maldita. La inferior y hasta cierto punto perversa es la gente normal, laica, casada con hijos y ¡hasta con novias! Si hay alguien enfermo en este panorama no son los homosexuales, sino quienes sienten como Ratzinger. Esos seminaristas harán su trabajo profesional, desde su fe, con familias de distintos tipos, con laicos que creen en ellos y con ellos deberán crear o sostener sus propias comunidades. Lo único que diferencia a las gentes en cuanto a su fe cristiana es que algunos prestan servicios remunerados por ello (y, como son profesionales ordenados de su iglesia se supone están habitados por el Espíritu Santo) y los otros, arriesgan esa fe en la muy diferente complejidad de su existencia diaria. Para Jesús, todos son prójimos. Ningún sector o persona es superior al otro. Cada quien tiene su carisma. A veces algunos dan servicios y otros los reciben agradecidos y en otras los inicialmente servidores reciben servicios y, esperamos, queden sinceramente agradecidos. En eso consiste la fe de Jesús de Nazaret, y este es el núcleo de la moral (si existe) cristiana. Los ordenados, o por ordenar, no son portadores de ninguna señal que los ponga arriba, en pedestal sagrado/eterno, como autoridad permanente, de sus prójimos. Quien no practica esta solidaridad sobredeterminada, no es cristiano. Lo que tampoco es motivo de discriminación. Alguien simplemente no participa de la fe religiosa cristiana. No lo inhibe para comportarse como prójimo. Si para comportarse como prójimos todos debieran declararse católicos este mundo sería un infierno peor. Opino es suficiente con el que se tiene. Por supuesto aquí recalco el descubrimiento del agua tibia porque el asunto está clarísimo en Mateo 22. Le preguntan a Jesús, para enredarlo: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la Ley? Jesús le dijo: —<Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente>. Éste es el primero y grande mandamiento.  Y el segundo es semejante: <Amarás a tu prójimo como a ti mismo>.” Puedo invertir el orden: quien ama a su prójimo, ama a Dios. Y quien ama a Dios, ama a su prójimo. Jesús de Nazaret rara vez maldice, pero cuando lo hace, dice: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber;  fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis.” Entonces también ellos le responderán diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te servimos?” Entonces les responderá diciendo: “De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.” Es Mateo 25. Mateo acompañaba a Jesús de Nazaret. Para éste los ‘pequeños’ son los producidos socialmente como vulnerables: los hambrientos, los sedientos, los emigrantes extraños, los desprovistos de los más elemental (el vestido), los enfermos y presos a quienes no se visita/acompaña. Estos ‘vulnerables’ son prójimos. Es decir se puede asistir a la asamblea de Pablo de Tarso o a la misa de Juan Pablo II y golpearse el pecho y poner ojos blancos en ellas pero si no se solidariza con los vulnerables y castigados por la sociedad  entonces ¡al infierno! Estos mensajes ponen a temblar a Ratzinger. El suspira por una ‘moral’ para doctos. En los evangelios no la va encontrar. Ahí el amor a Dios va pegado con el amor al prójimo y éste encuentra su prueba en el amor por los producidos socialmente como vulnerables (sean homosexuales, budistas, mujeres, extranjeros, casados, solteros, adúlteras, etcétera). Así, una iglesia como la de Ratzinger, que no ama al prójimo homosexual y lo califica de ‘depravado grave’ que ‘no puede recibir aprobación en ningún caso’ (Catecismo, # 2357) irá de cabeza al infierno. Como el infierno no se hizo para las instituciones sino para las personas, sus personeros-autoridades se irán al infierno. Es advertencia de Jesús. Si a mí se me envía al infierno pediré cuarto aparte para no relacionarme ni allí con estos sepulcros blanqueados.

   En su afán de mostrar, no probar, que la sagrada institución católica no tiene responsabilidad en los abusos sexuales contra menores de sus funcionarios, Ratzinger ofrece dos referencias jocosas. Una dice: “Un obispo, que había sido antes rector de un seminario, había hecho que los seminaristas vieran películas pornográficas con la intención de que estas los hicieran resistentes ante las conductas contrarias a la fe”. Bueno, al obispo solo habría que reconocerle su ingenuidad. Los seminaristas, y prácticamente todo el mundo que lo desee, tienen acceso desde sus teléfonos, laptops, centros públicos de Internet, etc. a toda la pornografía del mundo. Y obviamente la pornografía adquiere sentido según quien la ve (y sus proyectos de existencia). La pornografía es un tipo de comunicación. El contenido aberrante o salvífico del video o película pornográficos lo pone quien los ve y juzga. Si esto no ocurriera así, los religiosos ordenados tendrían que andar hasta en la calle con los ojos vendados y los oídos con tapones. El mundo actual no tiene nada de cristiano (incluye aspectos centrales de la iglesia católica). Precisamente porque lo ven y oyen y estudian (este mundo) desde su fe pueden los sacerdotes realizar sus experiencias de contraste y ejercer sus acciones pastorales. De modo que ingenuo puede haber sido el obispo innominado (probablemente inventado por Ratzinger), pero escaso de entendimiento no. Retomando a una de las preocupaciones de Ratzinger: ¿cómo combatir a Satán si no se le conoce y discute en el seno de la comunidad de pastores, o sea de religiosos y religiosas profesionales?

   La segunda referencia es todavía más jocosa y provoca vergüenza ajena. Ratzinger pone como resultado de las maniobras de Teté (la sociedad capitalista moderna) el que sus libros, los de él, ¡ya no se leyeran en los seminarios! Se queja: “Hubo –y no solo en los Estados Unidos de América– obispos que individualmente rechazaron la tradición católica por completo y buscaron una nueva y moderna “catolicidad” en sus diócesis. Tal vez valga la pena mencionar que en no pocos seminarios, a los estudiantes que los veían leyendo mis libros se les consideraba no aptos para el sacerdocio. Mis libros fueron escondidos, como si fueran mala literatura, y se leyeron solo bajo el escritorio” (itálicas no están en el  original). Que obispos ‘rechazaran la tradición católica por completo’ suena a escándalo y debate en cualesquiera instituciones con alguna seriedad. Al parecer solo Ratzinger lo advirtió y se quedó callado. Tal vez se trata de una acusación contra el Concilio Vaticano II. Con la identidad de Benedicto XVI, Ratzinger levantó, en enero del 2009, la excomunión de obispos ordenados por Marcel Lefebvre (1905-1991). Lefebvre a su vez tuvo sus cinco  minutos de publicidad y gloria como un muy conservador obispo disidente y conflictivo quien llegó a sostener que “…no se dialoga con los masones o con los comunistas, no se dialoga con el diablo”, cuestión problemática pero no escandalosa excepto que los destinatarios de la frase sean el Concilio Vaticano II y el papa del momento Paulo VI. Como papa, Ratzinger fue generoso/amable con los seguidores de Lefebvre. Lo de que no se leyeran sus libros es, en cambio, divertido. A Ratzinger no se le pasa por la cabeza que sus libros fuesen malos o escasamente apropiados (inconducentes, mediocres, mal traducidos [si se trata de EUA] o excesivamente complejos para el lapso de un curso). Sencillamente estima que se dio una conspiración contra él. Como su observación es nebulosa por general, nada se puede añadir. Que no se le leyera en los recintos religiosas alemanes suena raro. Pero, como  siempre, la responsabilidad cae sobre los otros. Teté ordenó no leer sus libros. Es su  criterio y método.

   Se puede ahora relacionar dos eventos: se dejó de leer los libros de Ratzinger en los seminarios de formación de personal religioso y se legalizó la pedofilia, a juicio de Ratzinger. Sobre esta última versión encontré que en Alemania, Austria, Bulgaria, Estonia, Hungría, Italia, Portugal y Bulgaria es legal tener relaciones sexuales a partir de los 14 años de edad. Para el Vaticano la edad mínima que torna legal el consentimiento sexual es 14 años (igual que en Italia), pero sostener relaciones sexuales legales con individuos de esa edad no es idéntico a pedofilia o pederastia ni a abuso infantil (una delictiva acción invasiva) contra chicas y chicos. Esto último puede ser considerado tanto una enfermedad mental como un delito. La incapacidad jurídica para dar consentimiento se ubica entre los 8 y 14 años. Entre estas edades mencionadas siempre la relación sexual tipifica delito. Desde los 14 años el abuso es delito y el sexo con consentimiento se valora legal. En Croacia, República Checa, Dinamarca, Grecia, Polonia, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia, Suecia la edad mínima para sostener relaciones sexuales legales es de 15 años. Bélgica, España, Lituania, Letonia, Países Bajos, Letonia, Finlandia y Luxemburgo elevan esta edad a 16 años. Chipre e Irlanda llevan la edad mínima a 17 años. Malta a 18. Por debajo de las cifras indicadas en estos países ‘europeos’ la actividad sexual se considera delito y se pena con cárcel. Pero el abuso sexual es siempre delito. Por último, en dos países es necesario tener al menos 17 años de edad para que el consentimiento sexual sea legal: Chipre e Irlanda. En Malta, la edad se eleva a 18 años. Pero aquí  también pornografía infantil y abuso sexual constituyen siempre delitos. Los religiosos cuestionados lo son por abuso, no necesariamente por pedofilia. Desde luego pueden combinarse abuso y pedofilia. Conviene precisar conceptos porque Ratzinger tiende a utilizar los vocablos en general y, desde este empleo, falsea los conceptos y realidades. Y aquí su frase decía: “Se legalizó la pedofilia”. Es falsa.

   En algún momento anterior señalamos que los planteamientos de Ratzinger se ubicaban probablemente como crítica extemporánea del Concilio Vaticano II (1959-65), encuentro que antecedió al papado de Juan Pablo II. Conviene ahora dar una mirada más atenta a ese juicio. Escribe Ratzinger, añorando tiempos pasados y, en principio, en proceso de superación: “Hasta el Concilio Vaticano II, la teología moral católica estaba ampliamente fundada en la ley natural, mientras que las Sagradas Escrituras se citaban solamente para tener contexto o justificación. En la lucha del Concilio por un nuevo entendimiento de la Revelación, la opción por la ley natural fue ampliamente abandonada, y se exigió una teología moral basada enteramente en la Biblia (itálicas no están en el original). Ratzinger hace este comentario a su propia concepción del Concilio Vaticano II: “Al final, prevaleció principalmente la hipótesis de que la moralidad debía ser exclusivamente determinada por los propósitos de la acción humana. Si bien la antigua frase “el fin justifica los medios” no fue confirmada en esta forma cruda, su modo de pensar si se había convertido en definitivo”. El giro “el fin justifica los medios” suele ser atribuida a Maquiavelo (1469-1527) (en realidad es una anotación de Napoleón Bonaparte [1769-1821]) y se la interpreta antojadizamente como ‘todo vale’ si se tiene éxito. Obviamente quienes hacen esto no han leído a Maquiavelo. Su libro “El Príncipe” indica existen principios que no son circunstanciales aunque sí son sociohistóricos y sistémicos. El Estado moderno (ilustrado con la imagen de El Príncipe) ha de velar por la constitución y reproducción de la sociedad moderna y de su economía política porque ellas son su fundamento material. Sin ellas se pierde el principio sociohistórico de orden (Batman, digamos), propiedad y convivialidad modernos. Contra este carácter del Estado, nada ni nadie. Napoleón Bonaparte, quien llevó mediante guerras las instituciones modernas y burguesas a gran parte de Europa, hizo la anotación porque comprendió el criterio político sólidamente sociohistórico de Maquiavelo. El cielo en esta tierra es el orden capitalista. Si hay Dios en esta tierra, es el capital. Se lamentan quienes sostenían, hasta las revoluciones burguesas, que Dios en esta tierra era la Iglesia, propietaria sólida medieval, pero no capitalista. En las sociedades modernas las instituciones eclesiales pueden ser socias menores del Capital-Estado, pero nunca rectoras de su orden. En ellas la Ley Natural (Derecho natural, iusnaturalismo en sentido estricto) tiende a resultar desplazada por la ley positiva (sancionada finalmente por los circuitos judiciales) nacional e internacional. Si Dios no está de acuerdo con este orden, peor para él. La justicia de Dios deberá esperar hasta que el ciudadano se aparezca por el Cielo. Las iglesias, si desean tener poder efectivo, deben plegarse al Estado (iglesias de cristiandad) como socias menores (propiedad) de su orden. Pueden asimismo jugar un papel importante en las crisis de legitimidad del sistema. En América Latina, con fuerte peso ideológico e identificación católica, este último es su papel político-cultural. Cooperar con el consentimiento a una existencia cotidiana miserable y ayudar a salir de los pantanos que podrían generar sublevaciones y revoluciones. Y, cuando se dan aplastamientos y matanzas, mirar para otro lado, lamentarse y consolar de los labios para afuera y celebrar Te Deums con los gobernantes.

   Conviene ahora dar una mirada a la construcción que hace Ratzinger de la moralidad cristiana. Por supuesto la ubica metafísicamente en el Derecho Natural Antiguo y, además, como constataremos de inmediato, en el Antiguo Testamento bíblico: “La doctrina moral de las Sagradas Escrituras tiene su forma de ser única predicada finalmente en su concreción a imagen de Dios, en la fe en un Dios que se mostró a sí mismo en Jesucristo y que vivió como ser humano. El Decálogo es una aplicación a la vida humana de la fe bíblica en Dios”. Pero el Decálogo pertenece al Antiguo Testamento, cuando Dios era el Dios de los judíos. No resulta letra perdida, pero no contiene precisamente la idea de Jesús de Nazaret. Escribe el evangelista Mateo en un texto que gusta mucho a Juan Pablo II y debería gustar por tanto a Ratzinger: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna? Él le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno: Dios. Pero si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Le preguntó: — ¿Cuáles? Y Jesús le contestó: —No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio.  Honra a tu padre y a tu madre. Y amarás a tu prójimo como a ti mismo. El joven le dijo: —Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?  Jesús le dijo: —Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.  Al oír el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (Mateo, 19). La perfección, según el texto, se sigue de no tener un afán excesivo por las riquezas. El joven se marcha porque portaba este afán excesivo. Era codicioso. La codicia contemporánea va acompañada de poder: lograr que otros me tributen y no corresponderles de manera semejante. El joven no mataba, era sexualmente estable y sereno, no desposeía  ilegalmente a otros de sus bienes, no mentía o al menos no deseaba hacerlo. Son la codicia y el poder que significa la riqueza los que lo desagregan del programa de Jesús. Si buscamos los ejes de la respuesta de Jesús encontramos dos: no matarás (adulterio, robo, mentira son formas de matar) y ama a tu prójimo como a ti mismo (projimidad: los padres son prójimos, como el hijo, como todos y cada uno). No existe un decálogo. Dos mandamientos: no mates, ama a tu prójimo. Ambos son comportamientos sociohistóricos. En la economía ni mates ni rebajes. En la familia, ni mates ni rebajes, en la existencia cotidiana, ni mates ni rebajes. Esto no está en el texto, pero se lo supone: que tu religiosidad ni mate ni rebaje. En esto consiste el comportamiento moral según Jesús de Nazaret. Como el joven no quería renunciar a la codicia, a la gula y al poder que de ellos puede derivarse, se marcha. Resulta propio enfatizar que comportarse codicioso o no codicioso, ser devorado por la gula o despreciarla pueden resultar ilegítimos o legítimos para un creyente en cualquier Dios o para alguien que no cree para nada en divinidad alguna, la de Israel o la católica.

   Conviene observar que el texto de Mateo parece contener una inadecuación: el joven inquiere: “¿… qué bien haré para tener la vida eterna?” y Jesús contesta: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno: Dios”. En la traducción de la Reina Valera esto se debe a que el joven interpela a Jesús con un “Maestro bueno”. La réplica inmediata “¿por qué me llamas bueno?” resulta aquí pertinente. Pero un texto católico cambia la traducción: “«Se le acercó uno y le dijo: "Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?". Él le dijo: "¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno” (Juan Pablo II: Veritatis splendor, # 6). La ruptura es aquí clara. El joven no le pregunta a Jesús por el Bien (lo Bueno), sino por la acción buena. Esta acción buena, sociohistórica, es el criterio de moralidad. Lo Bueno Perfecto es solo Dios. Lo humanamente bien hecho consiste en acciones cuyo telos ya hemos enfatizado: no mates ni rebajes; ama a tu prójimo: tú eres uno de ellos. El criterio de projimidad resulta axial.

   En su Veritatis splendor Juan Pablo II ofrece una interpretación enteramente diferente del texto de Mateo: “En el joven, que el evangelio de Mateo no nombra, podemos reconocer a todo hombre que, conscientemente o no, se acerca a Cristo, redentor del hombre, y le formula la pregunta moral. Para el joven, más que una pregunta sobre las reglas que hay que observar, es una pregunta de pleno significado para la vida. En efecto, ésta es la aspiración central de toda decisión y de toda acción humana, la búsqueda secreta y el impulso íntimo que mueve la libertad. Esta pregunta es, en última instancia, un llamamiento al Bien absoluto que nos atrae y nos llama hacia sí; es el eco de la llamada de Dios, origen y fin de la vida del hombre. Precisamente con esta perspectiva, el concilio Vaticano II ha invitado a perfeccionar la teología moral, de manera que su exposición ponga de relieve la altísima vocación que los fieles han recibido en Cristo, única respuesta que satisface plenamente el anhelo del corazón humano” (# 7). Juan Pablo II anula desde un inicio al joven específico o singular que es claramente un individuo en situación. Lo reemplaza por la fórmula “…todo (cualquier) ser humano que formula la pregunta moral”. Es decir, de un joven específico transita, sin  más a un universalismo (una moral especie humana) o sea a una falsa universalidad. En cambio Jesús entiende que está ante un joven-en-situación y que no  debe aceptar que le llame, sin más, ‘bueno’. Será ‘bueno’ si puede contestarle en situación. Como se sabe, su respuesta completa será juzgada por el joven como no buena o impropia para su situación: decide libremente no abandonar sus riquezas. Previamente ha establecido, sin embargo, que él cumple formalmente todos los mandamientos que Jesús le enumera. Cumple con mandamientos, pero no sigue a Jesús. Éste, sin embargo, no lo condena. Solo cuando el joven ya se ha marchado pronuncia una de sus frases más repetidas y a la vez malinterpretada: “De cierto os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.  Otra vez os digo que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios”. En situación el joven cumple con la formalidad de las normas judías. Pero también en situación no cumple con su contenido. Por sus riquezas, si fuera del caso, mataría, cometería adulterio, robaría, mentiría, traicionaría a su padre y madre. Esto porque desde sus haberes nunca ha amado a sus prójimos como se ama a él mismo. El es su mundo de propiedades/riquezas. Se agota en él. Jesús le pide algo, trascender aquí este mundo, cosa que al joven no le resulta factible.


   Algunos quieren interpretar la línea “…difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos” mediante un texto que le sigue. “Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible”. En esta interpretación Dios hace pasar al camello por el  ojo de una aguja y también hace entrar al rico al reino de los cielos. Lo que resulta o prohibido o no factible para los seres humanos lo hace Dios porque no requiere dar cuentas a nada ni a nadie: su hacer es ser. Se trata de un Dios autoritario que se complace en serlo. Pero la frase quiere decir que Dios salvará a quien le escuche y cambie, o sea se convierta. Jesús le pide al joven su conversión. El joven rehúsa escucharlo. No se convierte. El final del episodio narrado por Mateo confirma esta interpretación: “Entonces, respondiendo Pedro, le dijo: —Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos? Jesús les dijo: —De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.  Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna”. Vosotros ‘que lo habéis dejado todo y me habéis seguido’, ustedes que se han hecho parte de la fe de Jesús recibirán la vida eterna.
   Lo anterior, tan directo y sencillo, lo transforma Juan Pablo II en una metafísica institucional de la salvación: “En efecto, ésta es la aspiración central de toda decisión y de toda acción humana, la búsqueda secreta y el impulso íntimo que mueve la libertad. Esta pregunta es, en última instancia, un llamamiento al Bien absoluto que nos atrae y nos llama hacia sí; es el eco de la llamada de Dios, origen y fin de la vida del hombre. Precisamente con esta perspectiva, el concilio Vaticano II ha invitado a perfeccionar la teología moral, de manera que su exposición ponga de relieve la altísima vocación que los fieles han recibido en Cristo, única respuesta que satisface plenamente el anhelo del corazón humano” (itálicas no están en el original”). Jesús ha resuelto esta cuestión con una práctica situada: ‘…vosotros que me habéis seguido” (ni su familia consanguínea lo ha hecho) y que hacéis parte de mi fe, recibiréis la vida eterna”. La fe de Jesús consiste en que el ser humano es divino y prójimo y que por ello ninguna institución debe intentar rebajarlo. Que sea divino quiere decir que es libre y creador. Juan Pablo II desea amarrar la creatividad y libertad de los seres humanos a una institución y poder que mata. De la projimidad ni se acuerda. Él está, como Ratzinger, entre los primeros por su poder/jerarquía. Para ellos es la sentencia final del episodio narrado por Mateo: “… Muchos primeros serán últimos, y los últimos, primeros”. Es la versión de la opción por los empobrecidos que Ratzinger y Juan Pablo II, desde su autoridad institucional, prohibieron a los cristianos latinoamericanos y del mundo en 1984.


   Ratzinger no saca ninguna lección especial del texto de Mateo. Para él, el martirio “… es la categoría básica de la existencia cristiana”. En español, “mártir” y “martirio” indican que alguien llega hasta la muerte en defensa de su religión, o de convicciones de cualquier tipo, o es una persona que se sacrifica en el cumplimiento de sus obligaciones. La percepción católica del “mártir” y el “martirio” lo extiende al testimonio de un testigo que llega hasta la muerte por su creencia en Cristo: “El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe porque el mártir da testimonio de “Cristo muerto y resucitado al cual está unido por la caridad” (Catecismo de la Iglesia Católica, # 2473). Conceptualmente Jesús de Nazaret no resultaría un mártir porque, según la leyenda, resucita. Se puede discutir si un muerto que resucita ha verdaderamente ‘muerto’. Especialmente si resucitar es su testimonio verdadero (es lo que interpreta Pablo de Tarso). Sin embargo, las características de su muerte testimonian. El testimonio mínimo que ofrece la existencia de Jesús es que el poder asimétrico (autoridad romana y judía) mata. Para Pablo de Tarso ningún cristiano con fe efectiva muere porque todos serán acogidos en la segunda venida de Cristo y vivirán para siempre. La iglesia católica suele considerarse perseguida y martirizada pero no lo es en Occidente y menos en América Latina. Entre nosotros esta iglesia hace parte del sistema de poderes efectivos y difusos (es desde ellos que, principalmente, se martiriza) y resulta, sino admirada, al menos temida. La iglesia católica y sus funcionarios pueden hacerles cosas a las personas comunes que esas personas no pueden hacerle a la iglesia católica o a sus representantes. Ratzinger en particular nunca ha sido mártir. Aunque sirvió en el ejército alemán nazi (era obligatorio) desertó de él cuando vio la guerra perdida (era poco más que un niño y se entiende) y después quiso ser Papa y lo consiguió para renunciar poco después de ocho años en el cargo. Juzgó no tener fuerzas para desempeñar el cargo. O sea que las fuerzas lo acompañaron solo para postularse para Papa y conseguir los votos. De ‘mártir’ ni una gota. Nunca. Y nadie resulta mártir por autocalificarse de tal.

   En lo que nos interesa directamente, en cuestiones morales (y el abuso sexual contra menores y adultos hace parte de decisiones morales) Ratzinger sostiene que “… hay un mínimo conjunto de cuestiones morales que están indisolublemente relacionadas al principio fundacional de la fe y que tiene que ser defendido si no se quiere que la fe sea reducida a una teoría y no se le reconozca en su clamor por la vida concreta”. Si se refiere solo a los creyentes católicos no inerciales (hay muchos de estos últimos) lleva entera razón. Si se refiere a todos los ciudadanos de alguna nación o a toda la población del mundo, no la lleva. La palabra “católica” y sus derivados se asocian con ‘universal’, pero la iglesia católica no lo es. Desea serlo, pero no lo es. La mayor parte de la población humana del planeta no profesa la fe religiosa católica.  Así el “mínimo conjunto de cuestiones morales que están indisolublemente relacionadas con el principio fundacional de la fe” católica carece de valor universal. Si la iglesia católica dominara hoy religiosamente el planeta tendría que imponer esos valores ‘naturales’ a la mayoría de la población. Se darían oposiciones duras y revueltas todavía más duras. Y quizás guerras. Pero Jesús de Nazaret opinaba de manera que alguien podría asociar con la disparatada tesis de Ratzinger. Se puede proponer principios fundacionales universales de la coexistencia humana. Para él esos principios fundacionales de la coexistencia humana eran la projimidad y el no matar. Ninguno de ellos es ‘naturalmente’ religioso. Son enteramente situacionales. O sea sociohistóricos. Se puede observar la projimidad y el no-matar y no creer en el Dios judeo-cristiano o en ningún Dios o en otro e internalizar la projimidad y el no-matar.  Un alienígena, siempre que no haya leído Marvel Comics, puede perfectamente tener como criterios morales la projimidad y el no-matar. En el planeta Tierra esto tornaría muy vulnerable al alienígena y quizás terminase mártir en un sentido laico y no trascendental. Esto porque en el planeta no se observan ni la projimidad ni el no-matar. Jesucista no es (o no ha sido nunca) la especie humana.

 

   Ratzinger resume así su posicionamiento: “La doctrina moral de las Sagradas Escrituras tiene su forma de ser única predicada finalmente en su concreción a imagen de Dios, en la fe en un Dios que se mostró a sí mismo en Jesucristo y que vivió como ser humano. El Decálogo es una aplicación a la vida humana de la fe bíblica en Dios. La imagen de Dios y la moralidad se pertenecen y por eso resulta en el cambio particular de la actitud cristiana hacia el mundo y la vida humana. Además, el cristianismo ha sido descrito desde el comienzo con la palabra hodós (camino, en griego, usado en el Nuevo Testamente para hablar de un camino de progreso)". El decálogo a que hace referencia fue una producción del pueblo judío y es parte importante del Testamento antiguo. Pero aquí se habla de la Buena Nueva de Jesús de Nazaret que es humano y Dios. Y Esta Buena Nueva dice que en la experiencia humana no es obligatorio tener un Dios sino que hay que ponerlo de manifiesto en la existencia: compórtate como prójimo y no mates. Si lo haces, y si así quieres creerlo, ahí estará dios. O sea que ciertos testimonios tornan a los seres humanos en dioses. No mueren. Viven para siempre porque construyen memoria humana buena. Y para que esto se produzca no se requiere de iglesia ni religión alguna ni tampoco de dioses trascendentales (aunque las personas que así lo deseen puedan proponérselos). Sabio y rupturista que fue Jesús de Nazaret. Como también fue judío resultó relativamente sencillo –ni tanto—transformarlo en religión institucional. Desde entonces divide, mata y abusa. Entre los griegos antiguos ekklesía designaba la reunión de ciudadanos que discutían asuntos relativos a la convivencia (asuntos políticos). ‘Iglesia’ hoy puede designar un aparato de poder ‘santo’ que discrimina, rebaja y castiga a quienes no obedecen (pecadores). También puede orientarse a aplastar a otros (herejes, paganos, deicidas). Lástima la historia de la palabra. De designar la necesidad de discutir y reflexionar sobre una convivencia entre diversos pasó a ser el nombre de al menos una institución que desea imperar sobre los espíritus de los seres humanos oprimiéndolos en nombre de una fe religiosa verdadera que su divinidad concede discrecionalmente. Patético.

   Para quien desee un resumen. Aquí se ha discutido el desafío que suponen los escándalos masivos (Europa, Estados Unidos) de los abusos sexuales de personal religioso católico contra menores y otros. Alguien que ocupó la más alta dignidad católica en el planeta argumenta que la responsabilidad por estos abusos recae sobre la revolución sexual del siglo pasado, sobre los homosexuales y sobre la sociedad contemporánea. Añade además que no se leen sus libros. El tema sería cómico si sus contenidos no acarrearan tanto dolor a sus víctimas y familias y, por extensión, tanto dolor e incredulidad a las personas sanas que constituyen la mayoría de la población mundial. Argumentar que la responsabilidad recae enteramente sobre “Teté” resulta brutalmente ofensivo por su descaro que queremos creer ingenuo. Las responsabilidades deben buscarse y discutirse, por ejemplo, en la obligación del celibato para buena parte de los funcionarios religiosos de la institución católica. Se ha de analizar seriamente la paranoia doctrinal e institucional católica respecto a la polimorfa sexualidad humana. Uno de sus alcances es la discriminación y rebajamiento de las mujeres en su seno. Se torna indispensable para esta iglesia avanzar en despejar o remover su autoritarismo (verticalismo) institucional que ella justifica alegando representar la voluntad de Dios sobre el planeta. El tema puede introducirse así: si hay Dios universal, la historia de la iglesia católica y su institucionalidad no lo representan. Los temas son importantes para los latinoamericanos y para toda la población del mundo. Ya que no conseguimos avanzar en el campo del desafío ambiental ni en el de la población “sobrante”, por hacer dos referencias dramáticas, avancemos en el campo de las religiosidades que pueden ayudar pero que hasta el momento dividen y generan crueldades y hostilidades que nos perjudican a todos.

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Conversación

   Lizbeth, Hortensia, Sonia (Costa Rica).- Nos resulta pertinente la observación crítica que hace Benedicto XVI al ambiente confuso que empezó a existir en los espacios de formación sacerdotal. Jóvenes que se preparan para el sacerdocio, un oficio sagrado, y laicos con sus novias y esposas conviviendo, no hacen buena mezcla. Cada cosa tiene su lugar y los sacerdotes se han desposado para siempre con la Iglesia y con Cristo.

   HG.- La de ustedes me parece una opinión bien intencionada aunque al mismo tiempo centrada en un ‘sentido común’ alejado de la realidad. Religiosos y religiosas, con algunas excepciones, tienen que dar su servicio en este mundo y a personas laicas, con fe religiosa semejante a la de ellos pero con desafíos de existencia muy distintos. Aquí se dan dos retos distintos: el carácter de la fe es el mismo en ordenados y laicos. Lo que varía son sus elecciones de existencia. Tanto laicos como religiosas/religiosos se preparan de distinta forma para enfrentar sus elecciones. Entonces tienen elecciones que los distinguen y elecciones que los diferencian. Pero concurren por igual en situaciones sociales y también en tanto individuos de una misma especie. La sociedad laica y política se da comportamientos sexuales porque resultan inevitables en la especie. Algunos de esos comportamientos están institucionalizados y otros son creados por los individuos, parejas y grupos y pueden resultar incluso ilícitos para la sociedad e inmorales para una determinada fe religiosa. El coito anal entre mujer y varón, por ejemplo. Una parte del desafío consiste en que los laicos pueden expresar abiertamente su sexualidad (exceptuando la que se dictamina jurídicamente ilícita) y los religiosos/as se comprometen al celibato. Es decir individuos de una especie que ha probado ser dúctil o plástica en relación con su comportamiento sexual se impone (o le es impuesta) una norma difícil de cumplir y que no procede de ninguna divinidad o texto sagrado sino, en lo que aquí compete, de la institución religiosa (Concilios de Letrán, 1123 y 1139). Si fue propuesta por concilios, podría discutirse en otro concilio y cambiarse. Suele afirmarse que el celibato sacerdotal se sigue de una “íntima consagración total a Dios” (Catecismo, # 916), pero la decisión inicial de este celibato (y de la poco factible castidad) fue por razones enteramente sociohistóricas. La autoridad papal (Calixto II) y el emperador del momento (el alemán Enrique V) se pusieron de acuerdo en aceptar el segundo la libre elección de los obispos (investidura clerical en el templo y no designación por el rey) y el primero en reconocer que el poder feudal (y del emperador) tenía el control de los poderes temporales incluyendo las riquezas. Se prohibió el matrimonio a los sacerdotes, diáconos, subdiáconos y monjes y también la permanencia en sus casas de mujeres (esposas y concubinas) no dedicadas a tareas domésticas. La razón básica de este acuerdo fue limitar el poder económico de la iglesia vía las herencias de funcionarios. La riqueza material dependería ahora de las donaciones de los señores. Con el predominio actual del capital financiero la existencia de un Banco Vaticano (Instituto para las Obras de la Religión) puede despertar polémicas, pero no es extravagante. En cambio celibato y castidad deberían ser reconsiderados y propuestos como opciones para los religiosos.


Celia (Costa Rica).- Me pareció de mal gusto mencionar que Ratzinger formó parte del ejército nazi y desertó. Es un ataque a la vida de la persona y nada tiene que ver con su desempeño posterior en la iglesia.

HG.- La mención no buscó para nada la descalificación o calificación personal de Ratzinger. Eso lo hará el Dios en el que él cree en los juicios respectivos. La información que utilicé la tomé de un texto hagiográfico sobre él. Era un texto de criterio polemizable. El joven Ratzinger probablemente no pudo escapar al reclutamiento durante la Segunda Guerra Mundial. Y si hizo abandono de sus responsabilidades como soldado alemán fue porque no quería ser asesinado por el Ejército Rojo y como parte de una guerra en la que él no creía o rechazaba del todo. Cualquiera hubiera hecho lo mismo o algo parecido. Es humano. Al huir se expuso además a ser descubierto y castigado como desertor. Normalmente, durante las guerras, se fusila a quienes el código militar suele llamar “prófugos”, no desertores. En todo caso, mencioné esa historia porque a la distancia Ratzinger parece tener una personalidad que no soporta presiones extremas. Ello lo inclinaría a juzgar mediante códigos predispuestos (como el Derecho Natural clásico) que evitan tomar decisiones personales libres. Es una manera particular curiosa de aproximarse al cantito “Yo  no fui, fue Teté”. En todo caso, mi disculpa por incomodarla.

  Silvia (Costa Rica).- No me parece que la castidad sea algo extremadamente difícil para alguien con fe religiosa y concentrada/o en su tarea de acompañar y servir a los fieles.

HG.- Es una discusión nada fácil de resolver desde fuera de las personas. Comienza por la iniciativa que se supone ‘libre’: la elección de una vida consagrada al servicio religioso. El grado de libertad de esa decisión puede verse afectada por presiones familiares o de entorno. La decisión misma puede parecer racional, dadas las circunstancias, pero la sexualidad humana no constituye algo que se piensa sino que es algo que se tiene, de lo que se es portador. Se manifiesta como un impulso o tensión que se ha de resolver. Benedicto XVI, en su primera encíclica, Deus caritas est, acepta esta realidad: “Los antiguos griegos dieron el nombre de eros al amor entre hombre y mujer, que no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano” (# 3, itálicas no están en el original). En la aparición de ese impulso juegan papeles el cuerpo propio, la imaginación, los cuerpos ajenos, la alimentación, etcétera. Por supuesto puede controlarse (de otra manera las gentes pasarían abalanzándose unas sobre otras permanentemente), pero el deseo viene con nosotros desde que nacemos. Hace parte de nuestra vida instintiva. Incluso personas con religiosidad alta han solido volverse ermitaños y solitarios para evitar o eludir incontinencias. Pero la soledad alimenta la masturbación y también la imaginación sin masturbación. Si dejamos de lado a los ermitaños y monjas recluidas el mundo actual muestra figuras muy carnales y movimientos muy genitalizados de modo que tampoco ayuda. Igual las vestimentas. La iglesia católica suele recomendar pobreza y castidad (Catecismo, #  2053) pero la primera es menos difícil de observar que la segunda porque su cercanía con la vida instintiva está más mediada y porque una pobreza digna atrae, en cambio la castidad resulta invisible. Solo la aplaude y celebra quien la practica. De modo que entre castidad impuesta obligatoriamente (que puede conducir a desafueros como el abuso contra niños) y castidad asumida voluntariamente hay distancias a favor de la segunda opción. Una existencia sexual sana hace mejores personas y los curas y monjas son personas. De modo que los religiosos deberían poder elegir e incluso la elección no debería comprometerlos para siempre. No siempre nos sentimos la misma persona el viernes que el lunes anterior, por decirlo con los días de la semana. Estimo que nadie perdería con esta capacidad de elegir. Todos ganaríamos. Ahora, si se estima que la práctica sexual bajo cualquiera de sus formas se asocia con Satán entonces, por supuesto, no se puede. Pero ese tipo de asociaciones resultan arbitrarias. El apóstol Pedro del que se siguen todos los papas era casado y entiendo engendraba hijos.

Silvia, Norma (Costa Rica).- Pero, ¿es que hay alguien que pueda asociar la sexualidad entre hombre y mujer casados con el Diablo?

HG.- Pues es más corriente de lo que uno se imaginaría. Aquí un pastor evangélico fue defendido por su familia ante la acusación de abusos sexuales señalando que ‘a veces se le metía el Demonio’ y entonces hacía lo que hacía. En la tradición católica el Diablo es una omnipresencia y, por supuesto, se mete en la cama con los esposos para tentarlos con el pecado. Acabo de mencionar a Ratzinger cuando se firmaba como Benedicto XVI. En la misma Deus caritas est hace la siguiente observación en relación con el mundo antiguo: “Recordemos el mundo precristiano. Los griegos —sin duda análogamente a otras culturas— consideraban el eros ante todo como un arrebato, una « locura divina » que prevalece sobre la razón, que arranca al hombre de la limitación de su existencia y, en este quedar estremecido por una potencia divina, le hace experimentar la dicha más alta. De este modo, todas las demás potencias entre cielo y tierra parecen de segunda importancia: « Omnia vincit amor », dice Virgilio en las Bucólicas —el amor todo lo vence—, y añade: « et nos cedamus amori », rindámonos también nosotros al amor. En el campo de las religiones, esta actitud se ha plasmado en los cultos de la fertilidad, entre los que se encuentra la prostitución « sagrada » que se daba en muchos templos. El eros se celebraba, pues, como fuerza divina, como comunión con la divinidad” (# 4, no todas las itálicas están en el original). Pues, si había fuerza divina en la sexualidad humana y sus orgasmos (éstos harían que quien los experimenta se sienta dios), entonces también tiene que haberse hecho presente Satán. De hecho es la opinión de Ratzinger.

Silvia, Norma, Pablo (Costa Rica).- ¿Cómo así?

HG.- El argumento básico es que al amar sexualmente a otra persona olvidando que Dios nos amó primero a nosotros (o sea sin el cuidado que el alma ejerce sobre el deseo del cuerpo) podemos, vía el orgasmo, experimentarnos dioses. En el sexo orgásmico palpita la idolatría, la suplantación de Dios, el deicidio, lo pagano. Es Satán. Imagino que en Alemania son así las cosas. Dichosos. Por acá cuando la gente alcanza orgasmos, sonríe, ríe o llora, duerme algo, se ducha y a otra cosa, conejo. Para entender este punto hay que leerse toda la primera sección de la encíclica. Están invitados. A ratos se encuentran pasajes cómicos o trágicos, según el ánimo de quien los lea.

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