Seminario Hinkelammert

HINKELAMMERT: CRÍTICA DE LA RELIGIÓN Y MARX II

1.- En la presentación y discusión anterior veíamos que Hinkelammert, al referir la crítica política del Marx joven a la religión, encuentra en ella el germen de una transferencia entre dioses del cielo y dioses de la tierra. En alguno de estos primeros dioses el Marx joven admite una esperanza/ilusión: “La miseria religiosa es, de una parte la expresión de la miseria real y, de otra parte, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo.// La superación de la religión como la dicha "ilusoria" del pueblo es la exigencia de su dicha real. Exigir sobreponerse a las ilusiones acerca de un estado de cosas vale tanto como exigir que se abandone un estado de cosas que necesita de ilusiones. La crítica de la religión es, por tanto, en germen, la crítica del valle de lágrimas que la religión rodea de un halo de santidad” (En torno a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, 1844). Destacamos: ‘Exigir sobreponerse a las ilusiones acerca de un estado de cosas vale tanto como reclamar que se abandone un estado de cosas que necesita de ilusiones’, pero a esto último se oponen los dioses terrestres. Si existe un humanismo aquí, se trata de uno ‘ilusorio’. La tarea política consistiría, si de humanismos se trata, en transitar como ‘agentes’, desde humanismos generados por condiciones que exigen ilusiones a las colectividades humanas, a condiciones que no exigen ilusiones, mediante la crítica y transformación político-cultural de las condiciones que generan estas ilusiones. La tarea implica seres humanos situados, relacionales. Hinkelammert traza un camino distinto: a) advierte reacciones en relación con derechos humanos abstraídos y a la vez afirmados desde varones propietarios, explotadores e incluso esclavistas (Locke); b) estas reacciones se mediatizan en la exigencia de una ampliación de la categoría de ciudadanía (pág. 180). Pero la ciudadanía es una creación del Estado burgués vigente. Los límites de estos derechos humanos (y con ello su vigencia) están fijados entonces por los caracteres de este Estado y de su despliegue y su producción/reproducción de propietarios, trabajadores asalariados, desempleados, varones adultos, mujeres, jóvenes, ancianos, nacionales y extranjeros, ciudad y campo, centro y periferia, etcétera. Todas estas poblaciones diversas y complejas, que pueden o no empatar con el humanismo de la Revolución Francesa, Hinkelammert las abstrae o disuelve bajo la fórmula “humanismo del sujeto viviente”. Su humanismo del sujeto viviente reta al humanismo burgués “humanismo de propietarios en una sociedad de mercado” que, como tendencia, reconoce solo un derecho como humano “el de propiedad” (p. 180). Las prácticas de una totalización de los mercados en curso y de la propiedad privada anulan “…paso a paso, los derechos humanos resultado de estas luchas de emancipación de los últimos dos siglos. Para Hinkelammert esta “…es la crisis del humanismo en la actualidad” (p. 181). Para afirmarlo olvida lo que indicó antes: que el humanismo y la ciudadanía burguesas constituyen universalismos abstractos, no universalidades de diversos. Al no tener este último carácter, su humanismo levanta y sostiene conflictos, resistencias y luchas. No se rechaza su abstracción sino su particularidad. Las luchas tienen en común derivarse de experiencias radicales y particulares de contraste. El desafío propuesto es si todo humanismo no puede ser sino universalismo y, por ello, universalidad falsa, en las sociedades contemporáneas. Si es así, un universalismo de la praxis del sujeto viviente abstraído de sus relaciones sociales, o sea del mundo material existente, resulta también falso o no factible.

2.- La segunda propuesta de Hinkelammert  es que el paradigma de la crítica de la religión que realiza Marx (ninguna lógica de institución social alguna debe ignorar que el ser humano es el ser supremo para el ser humano) es también paradigma del humanismo. Y también del pensamiento crítico (p.184). Pero el punto ha de ser entendido como que la totalidad social que se abre a una crítica de su religiosidad, sea ésta el cristianismo o la espiritualidad del mercado total, supone una subjetividad o subjetividades que se den como exigencia esta crítica. Esta subjetividad no puede ser la de un genérico sujeto viviente, sino de los sujetos negados existentes o sea relacionalmente (socialmente) situados. La ‘vida desnuda’ no sirve de referencia política ni epistémica para humanismo alguno porque no existen seres humanos sin relaciones. Y es desde estas relaciones que emerge asimismo el pensamiento crítico. Un curioso texto de N. Bobbio (1909-2004) acerca del fundamento de derechos humanos se acerca más a esta realidad: “…los derechos humanos, por muy fundamentales que sean, son derechos históricos, es decir, nacen gradualmente, no todos de una vez y para siempre, en determinadas circunstancias, caracterizadas por luchas por la defensa de nuevas libertades contra viejos poderes. El problema del fundamento, sobre el que parece que todos los filósofos están llamados a dar su propio parecer, o mejor del fundamento absoluto, irresistible, indiscutible, de los derechos humanos, es un problema mal planteado: la libertad religiosa es efecto de las guerras de religión, las libertades civiles, de las luchas de los parlamentos contra los soberanos absolutos, la libertad política y las sociales, del nacimiento, crecimiento y madurez del movimiento de los trabajadores asalariados, de los campesinos con pocas posesiones o de los jornaleros, de los pobres que exigen a los poderes públicos no sólo el reconocimiento de la libertad personal y de la libertad negativa, sino también la protección del trabajo frente al paro, y los instrumentos primarios de instrucción contra el analfabetismo, y sucesivamente la asistencia de la invalidez y la vejez, todas necesidades que los propietarios acomodados podían satisfacer por sí mismos” (Bobbio: El tiempo de los derechos, págs. 17-18). Su peculiaridad deriva de que Bobbio siempre sostuvo, excepto aquí, que derechos humanos se seguían del pensamiento individualista de J. Locke (1632-1704). Del pensamiento de Locke no se siguen sino derechos humanos burgueses. Es decir derechos portados por una fracción determinada de los seres humanos.

3.- Hinkelammert avanza, siguiendo a Marx, desde la crítica de los dioses celestes a una crítica de los dioses terrestres. En la tierra, los dioses son denominados, por Marx, fetiches. A diferencia de los dioses celestes difícilmente experimentables, excepto por místicos, los fetiches pueden conocerse por sus acciones en relación con la Naturaleza (cuerpo inorgánico de las colectividades humanas) y por el ethos que domina sus relaciones sociales. Escribe Hinkelammert: Marx “… puede continuar su crítica de la religión en el interior de su crítica de la economía política”. Esta crítica de la economía política contiene un dictamen radical, presente en El capital: “…la producción capitalista solo desarrolla la técnica y la combinación del proceso social al mismo tiempo que agota las dos fuentes de las cuales brota toda la riqueza: la tierra y el trabajador” (Secc. IV, Cap. XV, Maquinaria y gran industria, líneas finales). Los fetiches funcionan como ídolos. El ídolo somete y mata.

4.- Hinkelammert estima que en el Manifiesto del Partido Comunista (1848) Marx (y Engels) ponen claro el criterio que marca el camino de un humanismo de la praxis: “En sustitución de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, surgirá una asociación en que el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos” (pág. 188, itálicas no están en el original)). Quizás habría que tensionar esta frase con otra, posterior, sobre una libre acción humana: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado (Marx: El 18 Brumario de Luis Bonaparte [1851-52]).
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