F-0039 Seminario Hinkelammert
LAS LEYES DEL MERCADO Y LA FE II
1.- Hinkelammert ha establecido que la oposición entre judaísmo y cristianismo, en especial, aunque no únicamente, el católico, se sostendría en que el primero afirma que la divinidad interviene en la historia, pero no existe trascendencia metafísica y religiosa, sino que lo divino opera en relación con un “…mundo concreto y corporal de satisfacción de las necesidades”, lo que lleva al cristianismo a considerarlo materialista y asesino del Dios al que se reza en el Credo institucional católico: “Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, y subió a los cielos, está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén”. En este cristianismo existe un Dios complejo y personalizado que juzga a todos los individuos de la especie y les concede o la eternidad de la existencia individual o el acabamiento, divinidad que a la vez generó una institución “santa” que lo expresa a cabalidad y perdona pecados, un adelanto, aquí en la tierra, de la salvación trascendente. Por trascendente y trascendental (universal), la institución eclesial contiene misterios que exigen fe/adhesión total (si se quiere la salvación), misterios que se extienden al “significado” de todos los entes. Asimismo, por trascendente y trascendental, la iglesia (una institución) y su misión y mensaje resultan distintos y superiores a toda experiencia puramente humana, es decir sociohistórica. El sentido efectivo del mundo está tanto en ella (iglesia) como fuera de ella (Santísima Trinidad, ethos divino, vida eterna), siendo determinante este ‘afuera’. Se está en manos de Dios y de su iglesia. Hinkelammert estima que esta religiosidad ‘cristiana’ tiene su fundamento moderno en Anselmo de Aosta (1033-1109). Lo centra, en parte, en uno de sus argumentos sobre el cobro de deudas: “¡Y qué cosa más justa que perdone toda deuda Aquél a quien se da un precio mayor que toda deuda, si se da con el afecto debido!” (p. 4). Hinkelammert comenta: “Dios perdona deudas, si el hombre le paga. La relación con otros hombres ya no importa. Se establece una relación del hombre individuo con Dios que ya no pasa por la relación con otros hombres” (ídem, itálicas no están el original). Enfatizando, desaparece el pueblo judío y cada individuo judío u otro está solo frente a Dios. Se esfuman las relaciones sociales y cada individuo se enfrenta libremente o a Dios o al mercado. Para los judíos, a Dios se le rogaba desde relaciones sociales, como pueblo.
2.- Hinkelammert sostiene que la metafísica espiritualista fundante impresa en las interpretaciones institucionales (eclesiales) cristianas inspira una metafísica del mercado. Esta transferencia se habría producido entre los siglos XVI y XVIII. “El mercado no tiene fines; éstos los tienen solamente los individuos que participan en él. El mercado interconecta estos fines y los hace compatibles y realizables. El fin de uno es el medio del otro. Sin tener fines, el mercado los armoniza y logra armonizar así a los hombres, independientemente de los fines que tengan. El mercado transforma toda la sociedad en un conjunto de servicios mutuos. Uno sirve al otro, y cada uno recibe según lo que ha participado en el mercado. El gran medio de este logro es el interés propio. Cada uno se comporta según su interés propio, y el mercado se encarga de asegurar que el interés propio se pueda satisfacer, solamente, si satisface el interés propio de algún otro. Al hacerlo, aparece la sociedad de servicio mutuo en la cual un hombre trabaja para el otro, y al revés. Adam Smith (1723-1790) da la primera interpretación completa de esta utopía burguesa: <No de la benevolencia del carnicero, del vinatero, del panadero, sino de sus miras al interés propio es de quien esperamos y debemos esperar nuestro alimento. No imploramos su humanidad, sino acudimos a su amor propio (egoísmo) nunca les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas>” (itálicas y paréntesis no están en el original).
3.- Conviene aquí volver a la teología y a Anselmo de Aosta. En su texto, Hinkelammert llegó a Anselmo tras verificar la transformación de la oración Padre Nuestro realizada por la Iglesia católica. En la versión del evangelista Mateo, su texto decía: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu Reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mateo, 6). En Lucas 11, la versión no es idéntica: “Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben” (en ninguno de los textos existen las itálicas). En todo caso, se le pedía a la divinidad que no cobrara ni deudas ni ofensas a los seres humanos porque éstos las perdonaban en su comunidad. En cambio, desde 1988 la oración española del Padre Nuestro traduce e impone: “…perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Anota Hinkelammert que entre ‘deuda’ y ‘ofensa’ existe una distancia cualitativa: la deuda es circunstancial y legal: se contrae, se paga y el asunto termina. La ofensa en cambio implica trasgresión de una norma debida y, si se perdona se garantiza la justicia (vigencia) de esa norma. Las deudas terrenales judías cuyo perdón se ofrecía a Dios que no tenía deuda alguna con ellos, devienen así ofensas o trasgresiones inherente a las cosas y han de pagarse, aunque monetariamente aunque resulten impagables, mediante programas de ajuste estructural. El texto de Hinkelammert se publicó en 1989 (“década perdida” para América Latina, década de una “deuda impagable” pero que tenía que pagarse mediante ajustes sacrificiales). La ética del mercado sobredetermina y se combina con la ética religiosa. La metafísica ética del mercado se impone a la existencia (vida/muerte) de los seres humanos. Si quieres ser justo con el Mercado, e ir a su Cielo, paga tus deudas económicas o realiza las reformas sistémicas que evitarán lo ofensas. Las ofensas al mercado producen el infierno para quienes lo retan. Es el tema del déficit fiscal costarricense de hoy. Si no se atenúa ya, la población costarricense sufrirá como deben sufrir los judíos que mataron al hijo de Dios.
3.1.- Recordamos otra vez a Anselmo. Su Divinidad es una que envía a su hijo a la muerte. Los seres humanos lo matan. Esto los transforma en deudores eternos ante Dios. Se trata de deudores eternos porque no tienen cómo pagar su deuda. En el Padre Nuestro original, de inspiración judía, el individuo justo y relacional es aquel que perdona las deudas impagables y le pide a Dios que haga lo mismo. Anselmo transforma este individuo justo en uno que paga todas sus deudas. Como no puede pagar su deuda con Dios porque carece de los medios para hacerlo, éste envía a su hijo para que su sangre lo redima. El ser humano paga con la sangre de Cristo. La deuda está salvada. Pero, aparece una justicia “…que ya no tiene nada que ver con la justicia de la Biblia. Es una justicia del pago de lo que se debe, una justicia del cumplimiento de normas (…). Aparece un Dios horrendo, al cual el pobre ya no puede recurrir (…). Si el pobre no puede pagar una deuda, este Dios le dirá: "Yo hasta sacrifiqué mi propio hijo para el cobro de una deuda impagable, ¿y tú no quieres siquiera sufrir? ¡Anda donde mi hijo para que te dé fuerza para aguantar!” Este Dios no está al lado del pobre, sino al lado de aquél que lo expolia” (p.4). La historia humana deviene “valle de lágrimas”. Se sobreentiende la violencia. Y los campos de concentración y exterminio para judíos.
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