En Universidad, N° 1741,

diciembre 2007. 

 

    En países con cultura política áspera, por su tradición autoritaria y conservadora y el carácter excluyente de propiedad, riqueza y prestigio, como son los latinoamericanos, conviene recordar (sin buscar convencer a nadie, por la barbarie, corrupción, venalidad e impunidad imperantes) los contenidos elementales de conceptos básicos que, utilizados para promover intereses particulares, se gastan y transmutan hasta no ser sino señales de apetitos.


       ‘Democrático’ es un término genérico que puede utilizarse para designar tanto un sistema político como un régimen de gobierno. En ambos casos remite a la incidencia del pueblo en el carácter o del sistema político en sentido restrictivo (soberanía popular) o del régimen de gobierno. Este carácter popular se plasma en instituciones que condensan lógicas democráticas (el principio liberal de agencia humana y ciudadana, por ejemplo, o la libertad de oposición dentro del marco de la ley). “La” democracia como tal no existe, excepto en discursos donde, como toda representación, adquiere los caracteres que el discurso le permite. Empíricamente existen instituciones democráticas a las que se estima animadas por lógicas o espiritualidades democráticas.


    Una lógica democrática alienta la autonomía, la libertad y la responsabilidad ciudadana y humana en la existencia política (sociabilidad básica y Estado de derecho). Una ventaja de pensar lo democrático en términos institucionales es que ello facilita la crítica y mejoramiento ‘democráticos’, o sea popular/ciudadanos, de las instituciones que conforman o el sistema o el régimen de gobierno. En cambio, “la democracia”, inserta en un discurso, no es mejorable. Aquí lo polemizable es un discurso enfrentado por otro discurrir.


    Costa Rica, por ejemplo, ostenta un régimen de gobierno democrático que da la cara por un sistema político (en sentido ampliado) que no lo es. La sociabilidad fundamental, centrada en la propiedad y prestigios excluyentes y en relaciones de sexo-género discriminatorios, por citar dos referentes, proyecta un Estado ni democrático ni republicano. La ciudadanía igualitaria sirve solo para sufragar, no para darle carácter popular (o sea no concentrado y minoritario) al Estado. Un sistema secuestrado por minorías configura un Estado oligárquico o neoligárquico.


    También el régimen de gobierno admite críticas. Los partidos ideológicos han sido desplazados por grupos de presión. La ciudadanía se abstiene de sufragar en un 40%. La independencia de poderes despide perfumes de cadáver. No existe diálogo con la oposición apegada a derecho. La rendición de cuentas arranca risas. Son solo botones de muestra.


    Esta realidad deplorable se autodesigna como “democracia ejemplar”. No lo es. Nuclea codicias, temores y discriminaciones anticiudadanas. Aunque no fuese así, como realización humana es criticable y mejorable. Y sus imprescindibles transformaciones sustanciales, Satán nos libre, eran urgentes para ayer.