En Universidad, N° 1739,

noviembre 2007. 

 

    Políticamente, Costa Rica no logra salir de un difícil proceso de parto. Difuminados los míticos liderazgos carismáticos, transformados en espectros o desaparecidos los antiguos y nuevos partidos ideológicos, indagados y acusados en los circuitos judiciales algunos ex-presidentes (por desgracia no todos los que han hecho méritos) y parte de sus argollas (tampoco están todos los que deberían), interpeladas sus flacas instituciones y legalidades por el último giro brutal de la modernización capitalista, el país se ve desagregado por grupos de presión que, ante el evidente y prolongado vacío político, asaltan la institucionalidad con la ilusión de que apoderándose de ellas sus ambiciones particulares deberán ser reconocidas como un proyecto-de-país.

 

   El asalto lo encabeza hasta el momento una minoría plutócrata y tecnócrata inercial que logró cooptar, sin mucho esfuerzo, al espectro del Partido Liberación Nacional.. Es la ‘nueva’ derecha que no se atreve a pronunciar su nombre, ganadora estrecha en dos embates electorales de polémica factura y que secuestra la institucionalidad interpretándola materialmente de acuerdo a su conveniencia y exponiéndola (aprovechando ignorancia o cálculo) propagandísticamente en los medios masivos con la complicidad objetiva de aparatos culturales como la jerarquía católica, hace varias décadas carente de  espíritu profético y discernimiento ético.

 

   El símbolo de esta realidad degradada es el embozamiento de la Asamblea Legislativa para que los diputados no puedan ser interpelados por la ciudadanía. Al secuestro del espíritu histórico de las instituciones lo sigue su oscurecimiento. “Es solo una medida técnica”, explica un yes men. No. Es un símbolo. Al ocultamiento de rostros y comportamientos lo prolonga la soberbia. El Gobierno resuelve “celebrar” su triunfo en el referéndum en un teatro. “Se invitará a la oposición”, declara un jerarca. Un acto de comunión para certificar la pantomima, la apariencia, el fraude. Para colocar la noticia de la “fiesta” en CNN. En el ángulo duro, es la continuidad de la provocación: “Vamos ganando, y qué”. Surge el temor. Suspenden el acto.

 

   En la otra acera, la de quienes “van perdiendo”, están los rostro plurales de los Comités Patrióticos que hicieron suya, sin necesariamente saberlo, la idea de estar en política de otra forma, no clientelar, y de hacerla, con corazón e ideales,  compromiso. Hay mucha nueva generación allí que desea rescatar el proyecto de un país para todos y que desea producirlo. Le resulta difícil formularlo. Sabe y expresa bien lo que no quiere. Intuye el desastre que personifican los Arias-Sánchez-La Nación S.A. y sus correlatos de ‘buenos negocios’, ‘soberanías compartidas’, ‘corruptelas clientelares’ y ‘democracia perfecta’. La idea base es: “El país se pierde. Debemos, quienes quieran entregar su voluntad, reencontrarlo y reedificarlo”.

 

   Ante el descarado oscurecimiento, los Comités Patrióticos condensan e irradian luz. Para ver. Para proceder. Para nacer.