Cátedra Eugenio Fonseca Tortós

Escuela de Antropología y Sociología 

 UCR, 7 de noviembre 2007

 

 

 

      PRELIMINAR

 

   El punto sobre el que se nos llamó a compartir esta tarde/noche es el de la política mediática, es decir la cuestión de la mediatización de la existencia pública por los medios masivos comerciales y el vínculo que este proceso guarda con el ejercicio del poder social y los derechos ciudadanos. Se trata de la incidencia de los medios masivos en el carácter de la existencia política.


    Existe en la convocatoria un subtema o una apreciación que podríamos considerar como hipótesis por parte de los convocantes:


    “Como la imagen y la aparición en los medios se volvió un asunto publicitario, lo importante es aparecer”.


    Visto así, la política contendría como uno de sus factores, en relación con los medios masivos, la propuesta y venta de imagen (forma y contenido) más que su ‘realidad’, cualesquiera cosas que esto último signifique.


    Ahora, a mí se me invitó como profesor de la Escuela de Filosofía, de modo que tal vez se espera que diga algo que nadie entienda pero sobre asuntos decisivos. El primer aspecto está garantizado en tanto es un requerimiento del status profesional. Lo segundo, que toque significativamente aspectos decisivos, es altamente improbable.


    Mi presentación se centrará en dos núcleos que he titulado Cómo Los Simpson ven televisión y Libertad de expresión y derechos humanos. Aunque están vinculados, su articulación deberán hacerla ustedes. Quien habla se limitará a realizar algún abordaje a esos núcleos.
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     1.- CÓMO LOS SIMPSON VEN TELEVISIÓN

    Lo primero por considerar es que la noción de política sobre la que se nos convoca a hablar o conversar sigue un criterio reductivo: remite al ámbito nucleado por el Estado y los actores que se determinan en relación con su eje: partidos, Gobierno, ciudadanía, personalidades políticas, fenómenos como el referéndum, encuestas, etc.


    Estimo que en términos comunicativos, y tratándose del tema del poder, o poderes sociales, sería prudente manejar una noción amplia o comprensiva de política de modo que comprendiera también la sociabilidad fundamental (relacionalidades económicas, libidinales, culturales, y también políticas en su sentido restringido). El enfoque sería entonces holístico, no reductivamente disciplinar.


    La razón para este reposicionamiento es que los medios masivos condensan una sensibilidad socio-política (o sea un ethos sociocultural) y a la vez contribuyen a reproducirla en términos de sociabilidad fundamental (sexo-género, por ejemplo). Esto tiene alcances de gestación y de forma y contenido comunicativos y también, como es de esperar, sobre la población y la ciudadanía. Este es el punto de las identificaciones e identidades.


    Existen distintos tipos de medios masivos: tradicionales y comerciales, que pueden ser grandes corporaciones (son comerciales porque en las sociedades modernas la gente quiere ‘comprar’ información y para ello se arrima a los medios masivos mercantiles; la gente no es genéticamente consumidora de información producida por los medios mercantiles, sino que es socialmente producida así), y emergentes potenciales (Internet). También la gente busca y encuentra información cara a cara y en ella, además de datos, encuentra personas, rostros, peculiaridades. En esta búsqueda de información cara a cara las personas pueden reencontrarse (o quizás encontrarse por vez primera) a sí mismas. Un medio emergente masivo como Internet puede ser utilizado en esta lógica o sensibilidad del ‘cara a cara’. Los medios masivos comerciales no. Por supuesto, pueden fingir o simular este cara a cara.


    En el reciente referendo, por el ejemplo, el trabajó principalmente con los medios masivos tradicionales, locales e internacionales. El No, en lo que respecta a los Comités Patrióticos, trabajó principalmente con Internet y sus redes y con las radios. Se podría decir que el carácter del , que es un carácter complejo y en parte conspirativo, le impedía dar la cara. Para el No, en cambio, ‘dar la cara’ era parte del proyecto. El estilo era parte del contenido.


    Ahora lo que interesa aquí no son los medios como aparatos de contenidos ideológicos, vehículos de ideologías, sino su propuesta de un estilo o estética de realidad a los consumidores de medios: en lo que respecta a los medios masivos comerciales, la gente quiere adquirir información y termina (o empieza) comprando los medios. En lo que llamé medios emergentes, la gente busca información y puede terminar encontrándose a sí misma como proceso o proyecto social. Como emprendimiento colectivo, digamos.
Una referencia exótica y hasta cierto punto melancólica: no se trata solo de que José Miguel Corrales sea porque aparece en los medios, sino que el ciudadano cree que José Miguel Corrales es porque aparece en los medios. Puede que sea, pero la imagen de José Miguel Corrales es producida para el consumidor o, en este caso, para el rechazador de su consumo: se compra a Corrales como información para estar en contra de él. Cuando los medios masivos desean que sus usuarios confirmen que algo es negativo o ineficaz, entonces entrevistan o conceden espacio a JMC para que hable a favor de él. Es una información-objeto cuyo rechazo permite tragarse, es decir consumir a otros. El medio es un posicionador jerarquizado de objetos. Digamos, es un filósofo que vende un producto que el consumidor estima ‘real’. Ahora, lo real consiste en ser producido como teniendo un efecto de ‘realidad’. El consumidor de medios tiene poca o ninguna defensa ante este tipo de realidad, primero porque no quiere defenderse, y segundo porque aunque quisiera no dispone de los instrumentos y capacidades.
A este fenómeno de ingenuidad inducida e inercialidad de los consumidores carentes de proyecto ante medios masivos comerciales que sí lo tienen, voy a llamarlo hiperempirismo y afecta no solo a la política en el sentido restrictivo de la convocatoria, sino a la sociabilidad fundamental a que me he referido.


    El ciudadano recibe/consume producciones (es decir intencionalidades) y las estima verdaderas (en el sentido de que así es el mundo) porque las ve, escucha o lee. Ahora, el mundo no es necesariamente así. Puede ser producido como se ve y escucha o lee por intereses particulares que deberían ser conocidos y discutidos, desde percepciones propias para transformar esas producciones en conocimiento y luego avanzar hacia la sabiduría. Es el tema del emprendimiento colectivo (los emprendimientos colectivos humanos son obviamente conflictivos).


    El problema es si nuestras sociedades y sus poderes, no se debe olvidar en ningún momento los poderes, cada uno de ellos y su conjunto o sistema, necesitan o desean ciudadanos informados y sabios. Y cuánto podrían los medios masivos (en forma y contenido) colaborar en este propósito, es decir contribuir a producir asociaciones, intercambios, acuerdos o desacuerdos de saberes (si se quiere, diálogo y comunicación, una forma de avanzar).


    Mi consideración, tal vez equivocada, es que las sociedades modernas, o sea su organización de poder actual, no necesitan ciudadanos informados y sabios. Requieren más bien de helios gallardos algo o mucho brutitos y ojalá contentos que tiendan a experimentar la política, en sus dos alcances y sus vínculos, como un reality show en el que se interviene, por ejemplo, votando como en Bailando por un Sueño o en el referéndum. Ahora, si esta sospecha vale para las sociedades modernas lo hace con más razones todavía en las formaciones sociales  latinoamericanas que suelen poseer altísimas y excluyentes concentraciones de poder y prestigio, portar mayoritariamente un imaginario católico, es decir ligado al realismo o naturalismo ético, y comportarse oligárquica o neoligárquicamente. Entre latinoamericanos consideramos que la realidad está o reside en las cosas y las cosas las miramos en televisión o las escuchamos por radio o las leemos en un texto impreso. O las hemos visto con los ojos de la cara. En el Chile donde viví una parte de mi vida el espectador de fútbol solía llevar una radio para saber si el partido era bueno o malo. Me imagino que hoy llevará televisor no solo para apreciar las repeticiones sino para poder “ver” realmente el juego.


    Ahora viene la parte de Los Simpson, la única importante. Lo anterior era únicamente para llenar el tiempo.


    Los Simpson, como ustedes saben, se sientan inicialmente a ver los Simpson a través de la televisión. Al parecer si no vieran televisión no se reconocerían (carecen de cotidianidad inmediata; todas las cotidianidades son mediadas e inducidas) Los Simpson ven televisión para ver cómo son ellos mismos. Ahora, en un segundo momento, los Simpson, como grupo familiar, o sea como emprendimiento colectivo, suelen criticar sus identificaciones en la televisión: para ello no se miran en la serie que los representa sino que penetran en ella reemplazando la serie que va a aparecer por su propia producción (práctica) material, por su propia dinámica y acción. Son críticos/transgresores. Hacen lo que José Miguel Corrales no sabe, no puede, no quiere o no lo dejan hacer. Lo que Los Simpson dicen-hacen es: las identificaciones sociales (cuyo primer momento es inercial) son falsas si no son criticadas materialmente en tanto producciones sociales, es decir en tanto configuradas por poderes y contrapoderes. Por ello sus prácticas autosustentadas y políticas llenan cada episodio de la serie. Si usted no puede (incluyendo que no quiera, o sea que sus sentimientos resulten de haber sido inducidos e internalizados) percibir los juegos de poder/contrapoder estructurales o sistémicos, entonces usted no está informado y su realidad se parece (o es idéntica) a la que expresa la película The Matrix: un hiperempirismo cuyas claves de producción de sentido no pueden tocarse humanamente. Una sociedad saturante o totalitaria. Nada muy novedoso.


    Los Comités Patrióticos al parecer se inspiraron en Los Simpson. De hecho muchos comenzaron a tomar tinte amarillo de piel y las damas pelo azul. Es que la familia Simpson no compra los medios que ofrecen la producción Los Simpson. Ofrecen desde sí mismos su información que combina la historia de Estados Unidos, la de la humanidad y la de sí mismos. Transgresores que son los Simpson. Sociohistóricos. Portadores de una nueva manera de estar en el mundo y en relación con los medios. Quizás como los Comités Patrióticos.


    Bueno, propaganda aparte, lo latinoamericanamente novedoso es que estas sociedades ‘nuestras’ sistémicamente cerradas son neoligárquicas. A la violencia estética e imaginaria (coacción o inducción mercantil de los medios, donde se puede, y en Costa Rica sí se puede) se agrega la violencia material (represión material) internalizada por la gente (consumidores) como “decencia” y “merecido castigo”. Incluye la objetivación del otro (previa constitución de los “otros”, o sea de los obscenos), la invisibilización del otro, sin paradoja también su persecución, su destrucción simbólica, su liquidación biológica. Nada tampoco muy novedoso en América Latina.


    Para Costa Rica, si desean ejemplificar, tenemos el acoso y persecución mediático material y simbólico de Abel Pacheco (se imaginan los titulares y editoriales si un vicepresidente de Pacheco y su único diputado, Toledo, hacen una memorandumcito como el de Casas/Sánchez) y la actual persecución y eventual destrucción de Hugo Chaves, pero también del sentido o sentidos de la campaña del No durante el proceso de referéndum. Digamos, en algunos medios el mundo es o fue noticia a través del acoso a Abel Pacheco, la destrucción de Hugo Chávez y el sinsentido absoluto del No. El antídoto para esto es que los medios nos hablaran tanto de la producción social de un Abel Pacheco como de los acosos que recibió, etc.


    Pero no existe espacio para esto, no es noticia, la gente cambiaría de canal, o daría vuelta la página, etc. La noticia, despojada de sus condiciones sociohistóricas de producción, se vuelve entonces propaganda, venta de imágenes, distracción. Un consumidor hiperempírico a quien se le ofreciera información para que la transformara en conocimiento se sentiría extraño y engañado y probablemente cancelaría su suscripción al medio. Él no está comprándose problemas, busca productos digeridos que pueda estimar e identificar ‘verdaderos’.

    2.- LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y DERECHOS HUMANOS


    Esto es más breve y quiero iniciarlo con un documento (para que no se diga que invento estas cosas). Es La Nación, el periódico, del 15 de octubre pasado. En la página 40A, Ottón Solís recurre a las normas legales para que el periódico se retracte de haberle atribuido el no reconocer el resultado electoral del referéndum. Califica la atribución de enteramente falsa. En efecto, lo fue. El periódico acepta la falsedad, pero no lo dice. En lugar de eso reproduce su editorial y agrega ‘otras’ declaraciones de Solís que no cuestionan el resultado electoral sino el procedimiento que normó el referéndum. Falacia de énfasis, le llaman los entendidos. Mañas de quien quiere tener siempre la razón, aunque se le sorprenda mintiendo, dirían otros. Carece de importancia. Lo curioso es que en la página anterior del periódico, el mismo día, se publica un artículo de una dama (economista y relacionista internacional) que, afirmándose en la falsedad del editorial cuestionado, califica a Solís de “cáncer en nuestra democracia…”. Como se sabe, los cánceres deben ser extirpados.


    Uno podría atribuir esto a negligencia de quien organiza la página editorial. O a mala fe. Bueno, no tiene mucha importancia, aunque artículos y cartas que enjuician a Solís por lo que el periódico le inventó han seguido publicándose hasta el día de hoy. Esto tampoco tiene mayor importancia. En Costa Rica existe libertad de expresión y cada cual sabrá lo que hace con ella. Son opiniones, orquestadas o espontáneas, en páginas de opinión.


    El problema que nos ocupa es cuando la mentira o desinformación se sale, como por ósmosis, de las páginas de opinión y penetra las páginas periodísticas, o sea de información. Entonces sí hay una complicación y que afecta, según veremos, centralmente a los periodistas profesionales aunque ellos no quieran ocuparse del asunto. Hasta aquí, por el momento, el documento-ilustración. Vamos al punto.


    Se ha alegado, los medios masivos comerciales han alegado, que los tres días de abstención (o prohibición) de propaganda dictaminada para el referéndum no incluyen la línea editorial de los medios masivos comerciales que orquestadamente apoyaron el porque ello constituiría una violación de la libertad de expresión.


    Ahora, en Costa Rica esta libertad de expresión no es solo constitucional, sino que existe, en el sentido que se da. En este salón, por ejemplo, podríamos avivar la existencia de las suegras o de Satán y dar porras por la felicidad de Óscar Arias y no pasa nada. Igual si criticáramos a suegras, satanaces o ariasces. Serían expresiones de particulares que, con alguna tipificación legal (que podría cambiarse), pueden darse. El asunto no pasa por lo tanto por la libertad de expresión, sino por la dificultad que ella establece en relación con los medios masivos comerciales cuanto éstos procuran ser saturantes. Aquí el desafío propiamente no es la libertad de expresión sino si las expresiones “libres” comunican o más bien son expresiones atadas o cautivas las que “informan” o “comunican” en esos medios.


    Se trata entonces de por lo menos dos problemas distintos: la capacidad social para comunicar, o generar efectos comunicativos, que no pareciera ser universal o generalizada (es la cuestión del poder, de la propiedad y de sus lógicas institucionales) y el que la libertad de expresión de los medios masivos comerciales sea información atada o cautiva y no libre.


    Como quien habla es jurásico voy a describir un medio comercial como conteniendo al menos tres ámbitos: el de publicidad, el editorial o de opinión, y el informativo que debería estar a cargo de periodistas profesionales. Se trata de ámbitos con lógicas distintas y que establecen también con la libertad de expresión relaciones diversas. La publicidad busca ganar dinero y hacer que otros lo ganen. Para ello puede engañar, tergiversar, exagerar, etc. No se le juzga por ello sino por delitos tipificados en los Códigos de Comercio. Digamos que la publicidad mercantil tiene su ‘espiritualidad’. El ámbito editorial, igual. Busca convencer, crear opinión, parcializar. Tiene también limitaciones jurídicas contenidas en la Constitución y otros documentos con valor de ley. El informativo procura informar, qué novedad, y la información debe contribuir a generar un ‘efecto de conocimiento’ en el lector, escucha, o televidente.. En este sentido la comunicación del informador profesional, o periodista, difiere de la ‘comunicación’ del propagandista y opinionista. Ahora, si los intereses de publicidad (que examinamos someramente en el primer apartado en tanto estética) y los intereses editoriales (que son intereses de propietarios excluyentes) invaden el ámbito de los periodistas que buscan informar, entonces tenemos libertad de expresión “atada” o “cautiva” y los periodistas ven violados tanto sus derechos profesionales (a informar buscando un ‘efecto de conocimiento’) como humanos: libertad de expresión.


    Ustedes dirán si en Costa Rica algunos medios, uno en especial, no traspasa la lógica del ámbito editorial, propio de los propietarios, y el publicitario, propio del mercado capitalista, al ámbito informativo. La porosidad de los límites es todavía más marcada en televisión y radio donde la producción interesada de la “información” alcanza un grado mayor de invisibilización para el consumidor de ella. Digamos, se acentúa el efecto hiperempírico mediante el cual la “información” pareciera sostenerse a sí misma porque la dice un presentador legitimado. Pero lo que nos interesa aquí es la autonomía profesional y humana de los periodistas.


    El desafío para ellos se agrava si el campo de trabajo es reducido, si existe una tendencia al monopolio o a la orquestación de medios… porque entonces el periodista no tiene salida: o ejerce su profesión rigurosamente y se pone en riesgo de ser despedido y no ser contratado por ninguna empresa, o inhibe su profesión y su derecho humano de expresión y se somete. Más grave: esta disyuntiva se palpa y conoce desde el momento en que se comienza a estudiar universitariamente periodismo o comunicación. En estas condiciones, la libertad de expresión y la libertad de producir información no son datos de esta carrera.


    Estas condiciones tristes, casi llorosas, para los profesionales de la información, poseen antídotos: todos ellos suponen la autonomía del ejercicio del periodismo (informa y busca comunicar) en un medio masivo y comercial. Esto quiere decir poner a los periodistas fuera de las presiones de los publicistas y de los empresarios y de sus empleados de confianza. En otros países y en algunos periódicos se dan un manual de ética de la información. Y el medio lo publica para que sus usuarios lo conozcan y juzguen. Y, más importante, contratan un Defensor de los Lectores o Usuarios pagado por la empresa pero que ataca y duramente la información/comunicación que ofende los criterios periodísticos. Y los medios están comprometidos a darle a este Defensor un espacio relevante.


    Llevemos el asunto al límite: propietarios, empresarios y políticos pueden saturar las páginas de opinión. Para eso hay libertad de expresión. Pero no deben determinar ni controlar ni manipular el ejercicio del periodismo informativo por parte de sus periodistas. Les pagan por informar, no por someterse a órdenes e intereses manipuladores o conspirativos. Esto debería estar cautelado por ley, porque es necesario para la salud social. Y la parte informativa de un medio debería estar en control total de la asamblea de periodistas. Los directores, que son personal de confianza de los empresarios, pueden servir de puente. Pero la información la manejan desde sí mismos los periodistas, como los Simpson manejan sus existencias.


    Estas cosas, sencillas, no suelen discutirse en Costa Rica ni siquiera (o en especial) por los periodistas que son los grandes perjudicados. Si se menciona estos temas, de inmediato se lanza una ofensiva que califica la pretensión de regular las cosas protegiendo el ejercicio del periodismo profesional de ataques a la libertad de expresión. En este país esta libertad existe, para empresarios y ciudadanos. Lo que no existe es la capacidad universal o generalizada para comunicar socialmente esas expresiones. Y tampoco existe la autonomía que requiere el periodista profesional para informar con ‘efecto de conocimiento’. Por ello Costa Rica es un país con poco o ningún debate y con muchos “otros” a los que se agrede o intenta silenciar no cuando se expresan (se considera tienen un socializado derecho al “berreo”), sino cuando se ponen o desean ponerse en condiciones de comunicar. Para los periodistas y para el periodismo esto resulta letal.


    Retorno al ejemplo de Ottón Solís: sus críticas al TSE, admitidas aunque en otros términos (los adjudica a deficiencias legales) por el Presidente de ese mismo Tribunal, es vista y valorada por la línea editorial e “informativa” de La Nación S.A. como parte de una “conspiración” contra la democracia. Para este medio masivo, el TSE es perfecto. Quienes lo critican, para mejorarlo, no para destruirlo, son el “otro”, ese perverso a quien no debe dejarse comunicar ni mucho menos gobernar.


    Ustedes, como los Simpson, seguramente querrán ponerse a hacer algo (meterse dentro del televisor o de La Nación, por ejemplo) para cambiar esto. Les deseo coraje y suerte. Muchas gracias.
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    Participan en la Mesa Redonda Alberto Cortés, politólogo, Víctor Ramírez, consultor, y Ana Isabel Porras (coordinadora). La Cátedra versa sobre "Medios de Comunicación, Poder y Derechos Ciudadanos".