En Universidad,

N° 1735, octubre 2007. 



   El resultado electoral del 7 de octubre no sólo no canceló la discusión sobre el tipo de sociedad y de gestión política que los costarricenses querrían para los próximos cincuenta años (nudo que sostuvo tanto la polarización como la abstención sobre el TLC), sino que tampoco emitió señas adecuadas sobre la cuestión de la credibilidad de los partidos, Gobierno e instituciones vinculadas, como el Tribunal Supremo de Elecciones, por ejemplo. El punto de la confianza está asociado con el tema de la gobernabilidad y la legitimidad y, desde aquí, con eventuales crisis de ingobernabilidad. Avisa riesgos para las instituciones democráticas (en ninguna parte perfectas, pero a las que la ciudadanía puede conceder alto aprecio) e incluso, restando agentes geopolíticos, para el sistema de dominación.

   El reto es expuesto por autores de diversa inspiración en La Nación del domingo 14. J. Gamboa escribe: “Gozamos del autobombo mientras, en realidad, cada día crece más entre nosotros el bando de los que dicen “esto no es conmigo””. Alude a la abstención. Cuatro de cada diez ciudadanos no votan y los restantes están polarizados. R. Cerdas señala: “El referéndum mostró abismos de inequidad electoral, por abuso de poder y dinero y satanización de la protesta y el descontento. Esto debe corregirse”. Si no, advierte: “Remember Venezuela”. C. Sojo, se pregunta si el resultado del domingo será una segunda oportunidad para que Óscar Arias se aboque a “un plan de paz para la política”.

   Contra estas voces, nada sectarias, se escucha a quienes sacralizan el resultado como prueba de un “mandato absoluto”, o como éxtasis metafísico con las instituciones. Un editorial del diario que reúne los textos anteriores reza: “El prestigio electoral de Costa Rica se mantiene intacto, el TSE ha agregado un blasón más a nuestras glorias y los mensajes antipatrióticos de algunos hacia el exterior se los ha llevado el viento” (LN: 13/10/07). Si esto fuera efectivo, y no lo es, lo importante politicamente es que no toda la ciudadanía lo siente (y resiente) así. El editorial sugiere castigar crítica y oposición con indiferencia e hilaridad. Propone el suicidio.

   En el período se dibujan en Costa Rica tres formas de oposición al gobierno y, eventualmente, al sistema. La parlamentaria institucional, expresada por el PAC y el Frente Amplio; la social, de los Comités Patrióticos y otras formas de organización, y la abstención, una especie de plural y complejo “agujero negro”  que combina quizás inercia y agresividad extrema. La inercia no aporta a la gobernabilidad. Tampoco la agresividad radical.

   ‘Construir la paz política’, o sea su revitalización mediante el diálogo, la negociación y enfrentamientos honestos, no es hoy fácil en Costa Rica. Están en juego el modelo económico y su eficacia tensionados con la equidad social, y también una ‘manera diferente de estar en política y de hacerla’. Es la bandera parlamentaria del PAC que algunos quieren despreciar como moralina de Ottón Solís. Es un planteamiento serio. No busca señalar malhechores, sino dotar a la sociedad de un servicio público inclusivo, eficiente, probo, transparente y responsable. Versa sobre confianza y gobernabilidad.

   El reto, diagnóstico y propuesta, no es cómico. Implica determinar si Costa Rica se renovará como quiso ser o se guatemalizará para derrota de todos.