F-3090 Seminario Cristianismos y marxismos

ÍDOLOS Y DIOSES

1.- En su Presentación a los dos volúmenes de "Mysterium Liberationis. Conceptos fundamentales de la teología de la liberación" (1991), Jon Sobrino indica que la “... teología de la liberación sigue siendo muy necesaria, pues la fe cristiana tiene que responder hoy con credibilidad –y teológicamente con racionalidad—a la pregunta más antigua y más actual: “Cómo decir a los pobres de este mundo que Dios los quiere” (p. 12). Las comillas se insertan porque Sobrino cita a Gustavo Gutiérrez (sacerdote diocesano y, después, dominico). En realidad, este amor se lo dicen a los empobrecidos de distinto tipo en todas las liturgias los sacerdotes diocesanos a los fieles (personas con fe religiosa cristiana) congregados por ella. O, por lo menos, deberían decírselo. En efecto, en el parágrafo 26 del Catecismo católico se lee: “La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida”. Según esto el ser humano si tiene fe religiosa cristiana (y la tiene si Dios se la ha concedido) se entrega a Dios sin pregunta alguna porque Él es/representa/significa el “sentido último de su vida”. El Catecismo utiliza la expresión ‘el hombre’ como genérico, y las empobrecidas y los empobrecidos son seres humanos. Estas empobrecidas y empobrecidos sólo se harían preguntas acerca de Dios si no tuviesen fe cristiana. O sea, si Dios no se las hubiera concedido. La fe religiosa en el Dios cristiano la concede Dios gratuitamente. O sea, Dios la da porque así lo desea y los seres así llamados por Él reciben una fe religiosa que les permite devolver esa gracia. Dice el numeral 2090 del mismo Catecismo: “Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe esperar que Dios le de la capacidad de devolverle el amor y de obrar conforme a los mandamientos de la caridad” (itálicas no están en el original). El texto, aunque breve, es claro: Dios se revela al ser humano o individuo, éste carece de la capacidad ‘natural’ para amarlo y entonces, Dios le concede esa capacidad gratuitamente y así el individuo o persona (no es lo mismo) obra “conforme a los mandamientos de la caridad”. La caridad es una virtud (teologal) cuya posesión se expresa como amor a Dios por sobre todas las cosas, por Él mismo, y a los prójimos en razón de este amor (Catecismo, #1822). Además de esta fuente de diálogo con Dios y los prójimos, fe y esperanza son las otras virtudes teologales transmitidas por el Espíritu Santo.

1.1.- Visto así, si los empobrecidos y empobrecidas de este mundo (que son de distinto tipo y la mayoría) no experimentan inmediatamente el amor de Dios es porque el Espíritu Santo no se los ha transmitido. Si los opulentos (que constituyen minoría) tampoco lo hacen, aunque se bauticen, es también porque no han recibido esos dones gratuitos. El punto es que aunque un individuo se esfuerce constantemente y con toda su energía por alcanzar estas virtudes, ellas siguen constituyendo una gracia de Dios. Sin su voluntad, y aunque la naturaleza humana las contenga embrionariamente, no se las tiene.

2.- Que la caridad no sea exactamente la virtud más extendida en la especie humana resulta fácil de constatar. El daño ambiental, tal vez hoy irreversible, muestra que los seres humanos no se experimentan unos a otros como prójimos y que tienden más bien a sentirse satisfechos como depredadores exitosos ya o como depredadores exitosos en un futuro próximo. Se podría mencionar asimismo odios y guerras. En las Guerras Mundiales del siglo XX murieron 64 millones de personas. Las guerras de Napoleón, factor de constitución de las sociedades contemporáneas solo causaron 3 millones de muertos. Después de la Segunda Guerra Mundial únicamente la Guerra de Vietnam significó unos 70.000 muertos estadounidenses y ¡más de un millón de muertos vietnamitas! en cifras occidentales. Vietnam estima sus muertos en 5.7 millones El bando occidental de la guerra se supone era culturalmente cristiano. Un analista francés nos consuela: la primera década del siglo XXI solo ha producido menos de un millón de muertos por guerras, la cifra más baja desde 1840 [https://www.infobae.com/2011/09/10/1033260-primera-decada-del-siglo-xxi-fue-la-mas-pacifica-los-ultimos-100-anos/]. Sin embargo la presión del daño ambiental podría concurrir a gestar el mayor genocidio en la historia de la especie. ¡Sobra población y escasea planeta!

3.- En este sentido, la pregunta que refiere Sobrino “Cómo decir a los pobres de este mundo que Dios los quiere”, resulta políticamente inadecuada si se desea remita a una teología (latinoamericana) de la liberación. La pregunta tendría que ser ¿En cuál Dios crees (confías, esperas), en uno que alienta vida en abundancia para todos o en un ídolo divinizado que mata? Para un tipo de interpretación teológica “ídolo” es un ‘dios falso’ cuya veneración o culto mata. En el Éxodo bíblico una lectura disputada hace que unos 3.000 judíos que adoran a un becerro de oro sean asesinados por orden de Moisés. La adoración de ídolos no requiere de iglesias, aunque puede tenerlas o crear equivalencias. La pregunta de los empobrecidos que aspiran a una integración personal y a la universalidad de la especie (interpretación factible para los cristianismos) pasa entonces por diferenciar entre dioses falsos cuyo culto mata (ídolos) y las divinidades ciertas cuyo aprecio hace al ser humano crecer en vida, ofrecerla y compartirla. Esta última podría ser, asimismo, una interpretación del cristianismo evangélico.
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   Referencias:

   La Biblia: Éxodo, 32.
   Ellacuría, I., Sobrino, J.: Mysterium liberationis. Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, t. I, UCA, El Salvador, 1991.