2.- Revolución y violencia. Determinaciones elementales: origen ética, lucha armada.
Si violencia se entiende como una acción o conjunto de acciones que desafía y destruye un orden, entonces el carácter violento es inherente a la categoría de revolución en cuanto ésta supone la cancelación mediante la fuerza de una tradición institucional y la creación de un orden nuevo. Como necesidad y posibilidad del cambio histórico radical en las sociedades de clases y otros imperios la vinculación entre revolución y violencia resulta, asimismo, inevitable [17]. Más compleja resulta la relación, en cambio, si revolución aparece asociada con restauración. En este caso, la acción revolucionaria se ejerce para derogar un desorden que ejerce violencia, entendida ésta como la alteración de una naturaleza u orden social sustancial. La violencia resulta así introducida por un poder ilegítimo, que procede contra natura, y el ejercicio de la fuerza contra él debe entenderse como contraviolencia o resistencia legítima. Salta a la vista que esta última conceptuación reposa en algún tipo de ética natural. La violación de esta ética supondrá, por ello, siempre un disvalor absoluto. La ausencia de una ética del fin al que debe tender la ‘naturaleza’ humana, en cambio, facilitará una comprensión sociohistórica de la violencia y ella podrá ser considerada en su relación con la revolución como un instrumento del cambio histórico y político juzgable fundamentalmente por su eficacia liberadora.
En todo caso, sin embargo, cualesquiera sean los referentes éticos, la práctica revolucionaria se resolverá siempre mediante la aplicación de la fuerza contra las instituciones y lógicas de un orden que se estima económica, política o culturalmente nocivo. Lo que se pone en juego no es, por tanto, el empleo de la violencia, sino el carácter y los alcances de ese empleo. La relación entre revolución y violencia aparece así referida no sólo al derramamiento de sangre o, dicho más técnicamente, a la eventualidad o necesidad de una guerra civil. Por supuesto, una guerra civil es un evento histórico que no puede ser deducido de ninguna categoría del pensamiento político[18]. Los enfrentamientos armados entre los contingentes revolucionarios y los defensores del sistema constituyen una cuestión estrictamente sociohistórica y política determinada por las correlaciones locales e internacionales de fuerzas de los actores involucrados, sus ideologías particulares dominantes y su capacidad para movilizarse militarmente[19]. En el contexto más amplio, la práctica revolucionaria, o lo que se estima como tal, desnuda violencias económicas, sociales, políticas, intelectuales, clericales, geopolíticas, reaccionarias, porque agita contraviolencias liberadoras. La enardecida pugna puede o no desembocar en masivos o selectivos enfrentamientos armados.
2,1.- Violencia, revolución y discurso cristiano/católico
El discurso cristiano católico jerárquico global, de decisiva importancia para la sobrevivencia del opresivo statu quo de las sociedades latinoamericanas, determina la relación entre revolución y violencia mediante la introducción de una imagen: la tentación de la violencia:
Es cierto que hay situaciones cuya injusticia clama al cielo. Cuando poblaciones enteras, faltas de lo necesario, viven en una tal dependencia que les impide toda iniciativa y responsabilidad, lo mismo que toda posibilidad de promoción cultural y de participación en la vida social y política, es grande la tentación de rechazar con la violencia tan graves injurias contra la dignidad humana.[20]
Por principio, obviamente, esta instigación del Mal debe ser repelida:
Ya se sabe: a insurrección revolucionaria (...) engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas. No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor.[21]
La tesis contiene, sin embargo, su excepción:
... los casos de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y damnificase peligrosamente el bien común del país.[22]
En estos casos, la violencia insurreccional queda justificada. Se trata, como hemos indicado, de una forma de violencia restauradora[23]. Más dudoso es que la revolución popular sea legitimada mediante el mismo procedimiento, ya que violencia insurreccional y revolución no resultan identificables. Visto así, el discurso jerárquico católico global legitima, bajo ciertas condiciones, la rebelión armada restauradora, pero no la revolución popular liberadora.
La jerarquía católica latinoamericana más incisiva, sin embargo, ha construido una discusión más fina sobre el punto. El obispo Helder Cámara, por ejemplo, introdujo, en 1970, la distinción sistemática entre violencia institucionalizada, mediante la que algunos grupos privilegiados encierran a multitud de seres humanos, tanto en los países centrales como en la periferia, en una condición infrahumana, y violencia revolucionaria, acción de los oprimidos y de la juventud dispuestos a luchar por un mundo más justo y humano[24]. El obispo brasileño, aunque discierne entre estas violencias, las rechaza a ambas en cuanto ellas conducen a una escalada destructiva vía la violencia represiva del sistema. Su opción, inspirada en Gandhi, es por la violencia de los pacíficos y la presión moral liberadora que no se contenta con menos que la transformación radical de las estructuras injustas e inhumanas, es decir con la revolución. Se trata, como es obvio, de una violencia no-militar.
Distinta y más históricamente especificada esla caracterización que de la violencia revolucionaria realizó el arzobispo de El Salvador, Oscar Romero. Diferenció entre cinco clases de violencia y consideró a cuatro de ellas ilegítimas: la violencia institucionalizada, ligada con la injusticia estructural, la violencia arbitraria del Estado o violencia represiva, orientada contra la disidencia a la injusticia estructural, la violencia de la extrema derecha paramilitar, asociada a la de los cuerpos de seguridad estatales y destinada a mantener un orden social injusto, y la violencia terrorista, que causa víctimas inocentes o es desproporcionada. Un quinto tipo de violencia, la de la insurrección popular, en cambio, puede ser considerada legítima. Además de su legitimidad o ilegitimidad, Romero distinguió entre la violencia originante y la violencia de respuesta o consecuente. La violencia de la insurrección popular resultaría, de esta manera, legítima y de respuesta. Sin embargo, Romero busca inscribir esta violencia revolucionaria legítima en un proyecto de vida que rechace toda mística de la violencia y de una cultura del odio y de venganza. El propone subordinar una violencia que puede ser eficaz a un proyecto fundamental de humanización que valoriza primordialmente la justicia, la verdad y la magnanimidad. La insurrección y su violencia son juzgadas, entonces, no sólo por su eficacia político/militar, sino sobre todo por su dimensión ética[25]. Esta violencia popular manifiesta dignidad humana.
2.2.- Violencia y marxismo revolucionario en América Latina
Desde un diferente criterio de ingreso, E. Guevara valora la lucha armada revolucionaria --especialmente la de la unidad móvil combatiente o guerrilla en el seno del desarrollo de un Ejército del Pueblo-- como un instrumento indispensable no sólo para destruir un sistema de dominación que determina una condición de subhumanidad para la mayoría social, sino que también como eje de poder en la construcción de la nueva sociedad. Al no preexistir en su pensamiento una naturaleza y un orden humanos suprahistóricos, la violencia militar popular, la guerra, e incluso el odio utilizados como medios contra el opresor en un proceso liberador, pueden ser valorados como indispensables y legítimos en relación con el doble proceso articulado de destrucción objetiva y subjetiva de la opresión, y de construcción de la liberación y del ser humano nuevo. Para Guevara, la violencia revolucionaria armada en América Latina es una respuesta sociohistórica necesaria a las condiciones estructurales, situaciones e ideológico/psicológicas con que sistema imperial[26] de dominación deshumaniza, empobrece y discrimina a nuestras mayorías sociales. Sin embargo, la violencia armada del pueblo no es propuesta por él como un fin en sí misma, sino como valor al interior de un proceso radical, objetivo, subjetivo y sujetivo, de liberación.[27]