Conceptos

    En relación con la imagen del Nuevo Orden hay que cuidarse de dos asociaciones inmediatas, quizás espontáneas, pero poco prudentes. La primera, es la que el término “orden” establece con “armonía”. La segunda, la identificación del “orden” con sus protagonistas o actores más importantes.

    Es posible observar estas asociaciones eventualmente próximas mediante otra imagen más cotidiana. Representemos la situación de una dama que llega de su día de trabajo y encuentra a su compañero absorto en el juego de fútbol en la televisión, concentración que acompaña con algunas cervezas, mientras los niños y el perro desbaratan ardorosamente con sus juegos la vivienda que obviamente ya no es hogar. El desastre hace pasar a la dama rápidamente del cansancio a la irritación. Por ello grita: “¡Hay que poner orden en esta casa!”. Y procede a apagar el televisor cuando se cobraba un penal a favor del equipo de su pareja, y lo manda a él y a los chicos, furibunda, primero a colocar las cosas que no se han roto en su lugar, a limpiar, y finalmente, a encerrarse en sus cuartos. Al perro, eslabón más débil, procede a cortarle los testículos.

    Si esta imagen no resulta simpática, y es seguro que el destino del perro parece cruelmente injusto, vale recordar que muchas veces juzgamos que ‘poner orden’, en clase, en la casa, en la existencia social, es necesario para poder vivir una existencia ‘normal’, o sea pacificada y conducente a fines.

    El deseo de ‘poner orden en el hogar’ muestra inicialmente lo siguiente:

    a) que la creación o constitución o restablecimiento de un ‘orden’ puede ser valorado también como violencia, injusticia y desorden por quienes sufren o temen sufrir el orden; por ello resulta poco prudente asociar de inmediato orden con armonía.

    Señalamos que en el año 1974 la Asamblea General de Naciones Unidas hizo una declaración acerca de la necesidad de un Nuevo Orden Económico Internacional y que se refería en ella a un nuevo concepto de desarrollo que comprendiera necesidades y deseos de todos los seres humanos de la Tierra, a la necesidad de reconocer el pluralismo de la experiencia humana y de resaltar el equilibro que debe existir entre las sociedades y sus entornos. ¿Quién podría ver en esta declaración violencia y desorden? En su sano juicio aparentemente nadie, excepto corporaciones y Estados poderosos que intuyen o saben que saben que sus lógicas y prácticas de poder son al menos concausa de la pobreza, hambre, analfabetismo, destrucción ambiental, explotación y discriminación imperantes en el planeta. De modo que se sintieron violentados, como el cánido del cuento, por la propuesta de este nuevo orden. Y aunque muchos asintieron, nunca la han apoyado efectivamente. Por supuesto éste es una historia más lúgubre que la del perro. Pero que nos indica, asimismo, que cuando se habla de un orden humana o políticamente producido, estamos ante una polémica eventual.

    Retornemos al punto. La imagen del ‘hogar ordenado’ nos muestra que:

    b) la dama que impone el orden se siente intérprete del “orden de las cosas”. Existe una lógica o espiritualidad propia del hogar que ella personifica o protagoniza, pero el orden está en las cosas, se sigue de relaciones necesarias entre las cosas, relaciones objetivas que suponen una jerarquía ‘natural’. Esta lógica o espiritualidad, si se desea trascendente a sus actores, es la que determina el orden. Por eso no es prudente, por ejemplo, asociar el Nuevo Orden meramente con las decisiones geopolíticas o económicas de Estados Unidos, por vigoroso que sea su protagonismo. Del mismo modo no sería prudente, para efectos de comprensión, estimar que el autoritarismo en el aula o en las relaciones con los niños y jóvenes se debe al carácter neurótico de los maestros o de los adultos..

    El ‘orden’ puede ser entendido como un sistema objetivo que posee una lógica de imperio y dominación. Obviamente, contiene asimismo sujeciones cuyo dolor o sufrimiento debe aceptarse con humildad, e incluso celebrarse, porque se sigue ‘del orden de las cosas’. Es coerción inevitable. Necesaria. Violencia ‘buena’ porque pone en el camino de los fines correctos.

    De esta manera, lo que puede aparecer escamoteado en toda imagen de un ‘orden’, sea éste Antiguo o Nuevo, de gestación histórica o divina, es que este orden contiene y expresa prácticas de poder, prácticas de poder que pueden resolverse como lógicas e instituciones de dominación. Y que ella se justifica usualmente mediante una ‘naturalización’: es que las cosas son así.

    Las lógicas e instituciones de dominación condensan prácticas de violencia contra la autoconstitución de sujetos. Cualesquiera sean las ideologías que las justifiquen (hogareñas, paternales, económicas, políticas, religiosas, geopolíticas, etc.) impiden la universalidad de la pluralmente expresada necesidad humana de ser sujeto, o sea de tener control sobre su existencia de modo de imprimirle carácter y comunicarlo, aun en condiciones que nunca podrá determinar enteramente. Todos los ‘órdenes’ conocidos han tenido en su base matrices de dominación o exclusión que eliminan o postergan (para el más allá) la voluntad de universalidad que alienta en la experiencia humana. Desde este punto de vista, un efectivo Nuevo Orden, el primero de este tipo, sería uno que empoderara a todos para tomar el control de sus existencias: niños, mujeres, campesinos, ancianos, religiosos, obreros, periodistas, capataces, monjas… generando así una experiencia de humanidad colectiva a la vez plural (diversificada) y autónoma. Todo orden que sostiene que la autoridad que bloquea a los sujetos es natural, y por ello estructural, o que funciona como si fuese natural, es un Orden Antiguo. La exigencia por un Nuevo Orden efectivo muestra de esta manera la necesidad de una movilización política transformadora que comprometa a todos. Para la experiencia humana no existen órdenes objetivos o inevitables, solo sistemas que potencian su experiencia genérica liberadora o que la niegan. El primero es el o un Nuevo Orden.