Seminario de Filosofía Política

JERARQUÍA DE LAS INSTITUCIONES Y DIGNIDAD HUMANA

1.- En una presentación anterior referimos que F. Hinkelammert, en el marco de su discusión sobre los procesos de institucionalización indica: “Cuanto más les asignamos una dignidad especial a las instituciones, menos somos capaces de tomar en serio la dignidad humana. Una dignidad intrínseca tiene el ser humano, la institución no”. La referencia presenta varias dificultades que se prolongan en un corolario o asociación. Una primera cuestión es que “dignidad” referida a las instituciones, a la persona humana (o a los individuos y a su ‘naturaleza’, que no es lo mismo) tal vez peque de utilizar un mismo término o concepto de manera distinta. En español, la dignidad de las instituciones puede significar que la calificada de esta manera funciona de manera excelente o que ocupa un lugar de importancia especial en el orden/violencia social. La dignidad de una familia no autoritaria ni discriminatoria (internamente y hacia afuera) no parece atentar contra la dignidad de las personas que la conforman por mucho valor que le asignemos a la primera. Por el contrario, asignar valor a la institución familiar ‘tradicional’ autoritaria (patriarcal), discriminatoria (machista, adulto centrada, grosera con las familias vecinas, etcétera) parece llenar adecuadamente la observación de Hinkelammert. Pero no se trata entonces de ‘la’ institución, sino de las lógicas que la animan (de su ‘espiritualidad’, sin ánimo de tornar religioso este término). El tema se abre así a la lógica que anima a las instituciones, no a ellas en cuanto tales. Una segunda cuestión remite a cómo entender adecuadamente expresiones como “dignidad humana” y “dignidad intrínseca” del ser humano. El asunto puede remitir a la ideología filosófica alemana (Kant, Schiller, por ejemplo) en la que el ser humano aparece como fin y nunca como medio por su racionalidad-libertad, pero estas ideologías filosóficas son al mismo tiempo individualistas y moralizantes a priori de modo que desde ellas el socio-histórico mundo humano efectivo no puede ser traducido/comprendido excepto, en el mejor de los casos, como deseable horizonte que se supone existiría pero hacia el cual no se ofrece indicador de ruta seguro ninguno. De hecho, la intrínseca dignidad humana solo aparece cuando se la viola. Es decir el violador al menos no la considera intrínseca. Y el golpeado, violado, envilecido “siente/sabe” que no es intrínseca Y si quien golpea, viola, masacra, empobrece o desprecia, es un poderoso o un Estado que gana una guerra, nadie recuerda sus crímenes de lesa humanidad por atroces y públicos que hayan sido. Así, parece conveniente reconocer que una 'dignidad humana' sólo puede predicarse en situación y relacionalmente y que no toma la figura de un carácter intrínseco a los individuos sino que se sigue de una construcción cultural o, en el mejor de los casos, político-cultural. Hinkelammert niega del todo este carácter de dignidad intrínseca a las instituciones. Por lo expuesto, parece aquí llevar razón. Atribuirla intrínsecamente a los individuos parece un resabio esencialista. Es discutible, por tanto. Pero también su enfoque nos haría retornar a la primera consideración: en relación con la dignidad humana conviene más considerar la lógica (espiritualidad) que anima a las instituciones que su presencia inmediata o la evocación imaginaria ideal que se genera cuando se las nombra.

2.- El punto parece todavía más disputable porque en su artículo sobre Clodovis Boff Hinkelammert hace una cita larga de Marx (El capital) para mostrar que éste muestra que en la esfera de la circulación mercantil parecen reinar la libertad, la igualdad, la propiedad y J. Bentham (por su énfasis en el interés egoísta de cada quien cuya concurrencia múltiple opera en beneficio de todos o de la mayoría). Marx contrasta este ámbito de la circulación con el rostro del motor de la economía capitalista: la fuerza de trabajo asalariada: “El antiguo poseedor del dinero abre la marcha convertido en capitalista, y tras él viene el poseedor de la fuerza de trabajo, transformado en obrero suyo; aquél, pisando recio y sonriendo desdeñoso, todo ajetreado; éste tímido y receloso, de mala gana, como quien va a vender su propio pellejo y sabe la suerte que le aguarda: que se lo curtan” (pág. 260). Hinkelammert asocia este texto de Marx con la legalidad formal (ámbito de la circulación) de Pablo de Tarso, y el ámbito de la economía con la realidad que niega esa legalidad (ley del valor) que Pablo de Tarso llama ‘ley del pecado o de la carne’ que es el ‘espíritu’ (lógica) de la legalidad y que, animando desde el interior la legalidad formal (los contratos entre individuos libres, por ejemplo) lleva a la opresión y la explotación que la ley formal niega. Coexistirían así, en las sociedades capitalistas una aparente legalidad jurídica igualitaria y una efectiva (y también enteramente legal) relación económica asimetrica que diferencia a los seres humanos en grupos e individuos irreversiblemente antagónicos. La legislación liga, aunque abstractamente, o sea a ciudadanos, la economía en cambio resuelve su realidad mediante figuras antagónicas y concretas, es  decir socio-históricamente determinadas por la propiedad de medios de producción.

2.1.- La disputabilidad del punto anterior no remite a si Pablo de Tarso es un antecedente o no del pensamiento de Marx (y del pensamiento crítico), sino a si los discernimientos económico-sociales-político-culturales de Marx, centrados en procesos, relaciones y sus posibilidades de superación admitirían consistentemente una dignidad intrínseca a los individuos de la especie. La categoría de praxis (acción humana situada con autoconstitución de sujeto [individual y colectivo] procesual) no favorece una respuesta positiva.
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