En Semanario Universidad,
N° 1733, octubre 2007.

 

  

    Decidido ya el punto del referendo, no el proceso político que subyace a la lucha por o contra el TLC, es posible hacer un balance básico de lo actuado. No “el” balance, sino un balance. La imagen central es que hay más cosas en el “debe” que en el “haber”, pero las presentes en el segundo rubro son importantes y podrían marcar un mejor futuro político para todos. Un primer hecho es que la ciudadanía y población costarricenses tienen capacidad para polarizarse respecto de un proyecto-de-país. Lo negativo es que los “polos” no han aprendido a dialogar posiciones para llegar a acuerdos que abran el camino a respuestas “a lo costarricense”. Si el fenómeno no es revertido, el país naufragará en el enfrentamiento entre opulentos y poderosos (pocos) y capas medias y vulnerables (los más). Y habrá una violencia que todos, excepto minorías en ambos bandos, declaran no querer pero que será inevitable.

 

   El punto se vincula con el estrepitoso fracaso de los partidos políticos ‘tradicionales’ ante un desafío que debió ser de su competencia. PLN y PUSC son espectros insepultos sin ideas, sin verbo, sin personalidades, sin capacidad de acción. El peso mayor del desastre recae sobre el PLN, cuyos expresidentes y  dirigentes no han podido ser indagados judicialmente porque, como indicó Álvarez Desanti, “cubren mejor sus huellas”. La muerte de estos partidos deja un vacío que amenaza llenarse con “empresarios” y “tecnócratas” cuyo sentido de la política es mercantilmente totalitaria y cuya hegemonía envenenará la pugna ciudadana y social y con ello convocará la violencia. La muerte partidaria ha reforzado las identidades políticas de instancias religiosas, universidades estatales, trabajadores organizados y grupos empresariales y posibilitó la emergencia de nuevas o renovadas personalidades públicas: un obispo retirado y un rector en ejercicio. PAC y ML, por distintas razones, retrasan la maduración que los convertiría en actores de un nuevo estadio político. La urgencia recae en el PAC por su mayor aforo electoral. En conjunto, la articulación de labilidades refuerza incertidumbres acerca del futuro democrático.

 

   Fue obvio que este primer pico del enfrentamiento crispó y descompuso a los más radicales entre opulentos y “prestigiosos”. El memorando Casas/Sánchez signó esta descompostura asentada en la convicción oligárquica de “no poder perder” ante “la chusma”. La violencia, todavía maquillada de impudor, se evidenció en la propaganda ruin e impune que manipuló a ciudadanos “notables” (Chang y Dengo) contra ciudadanos “impuros” (Merino y Vargas). Ominoso aviso para la sangre ciudadana y popular. Sus autores deben ser ciudadanamente castigados.

 

   En el haber alegre, la certeza de que los sin prestigio social y sin dinero se organizan, movilizan y proponen. En esta gente plural, y en la capacidad de los partidos políticos para dejarse interpelar por ella, se dibuja la esperanza de otra Costa Rica en la que los corruptos, venales y altaneros (y sus instituciones) pasen a ser memoria o casos y no sistema.