1.- En el inicio de su Introducción a “Todo lo sólido se desvanece en el aire” Marshall Berman señala los siguientes caracteres y fuentes de cambios del mundo de la existencia en las sociedades modernas: “…los grandes descubrimientos en las ciencias físicas, que han cambiado nuestras imágenes del universo y nuestro lugar en él; la industrialización de la producción, que transforma el conocimiento científico en tecnología, crea nuevos entornos humanos y destruye los antiguos, acelera el ritmo general de la vida, genera nuevas formas de poder colectivo y de lucha de clases; las inmensas alteraciones demográficas, que han separado a millones de personas de su hábitat ancestral, lanzándolas a nuevas vidas a través de medio mundo; crecimiento urbano, rápido y a menudo caótico; los sistemas de comunicación de masas, de desarrollo dinámico, que envuelven y unen a las sociedades y pueblos más diversos; los Estados cada vez más poderosos, estructurados y dirigidos burocráticamente, que se esfuerzan constantemente por ampliar sus poderes; los movimientos sociales masivos de personas y pueblos, que desafían a sus dirigentes políticos y económicos y se esfuerzan por adquirir cierto control sobre sus vidas; y finalmente, conduciendo a y manteniendo a todas estas personas e instituciones un mercado capitalista mundial siempre en expansión y drásticamente fluctuante” (págs.. 1-2).
2.- Examinamos y criticamos aspectos de su texto, publicado en 1982, con representaciones de esta segunda década del siglo XXI: no existe un lugar del ser humano en el cosmos, sino grupos humanos diversos (culturas, sectores) a los que una compleja acción y tradición dominante, o que se desea hegemónica, asigna lugares y funciones en el ‘cosmos’. Cierta modalidad ‘filosófica’, ejemplificable con el trabajo de Max Scheler, “El puesto del hombre en el cosmos” (1928), ubicada en la perspectiva de un ser humano que se da significado a sí mismo y al mundo en el que existe (el ser humano como autoproducción o como momento específico de una totalidad), abstrae y predica una naturaleza humana (un espíritu en el que la totalidad se hace autoconsciente y libre, por ejemplo) que caracterizaría a todo individuo de la especie. Este enfoque filosófico ‘resuelve’ con un discurso universalista la complejidad socio-histórica de una experiencia humana que se ha materializado desde siempre en diversas culturas y sociedades y también que estas sociedades, o sus lógicas, nunca han permitido una despliegue idéntico a todos y cada uno de los sectores sociales que las configuran (esclavos y señores, o mujeres y varones o citadinos y rurales, por ejemplo). Así, en el ‘orden’ del cosmos, se dan también humanas violencias (desorden), imperios y rebajamientos, cuando no exterminios, que impiden constatar una única naturaleza (que no sea la base biológica y la estructura de sentimientos básicos) de la especie. Por no constituir un dato de experiencia esta ‘naturaleza’ ha de trasladarse, mediante experiencias de contraste, a un factible horizonte que solo podría entreverse si estuvieran en curso las acciones y procesos político-culturales que permitiesen hablar de una tendencia a una cultura humana única pero de diversos que se reconocen y acompañan. Tal situación no existe en el 2016 y tampoco existía en 1928, fecha de la publicación del europeo Scheler, una fecha que se ubica entre la Primera y Segunda Guerra Mundiales. La cuestión puede ubicarse en el campo temático de una muerte de Dios ¿En qué consiste políticamente la existencia humana cuando el Dios judeo-cristiano ha muerto?
Un segundo punto: Berman menciona la industrialización de la producción, pero inmediatamente, el menos en la edición española, pasa a los vínculos cambiantes entre ciencia y tecnología. El enfoque es legítimo. Pero se brinca una referencia socio-política decisiva. La industrialización de la producción genera un cambio radical en las subjetividades de los grupos humanos que la encarnan. Este cambio se liga con el paso de un trabajo en el lugar donde se reside (familia), que era propio de campesinos (aunque no fuesen propietarios de la tierra que trabajaban) y artesanos urbanos a un afuera del hogar. La familia y su entorno inmediato dejan de ser el lugar del trabajo productivo. Se sale del hogar para acudir al sitio de trabajo. De paso se recogen las herramientas de trabajo (el trabajador rural) o se las encuentra en la fábrica. Los trabajadores pierden poder sobre sus herramientas. Se ha producido una enajenación de los medios de trabajo, al menos inicialmente en la ciudad. Pero lo más importante es que se provoca una escisión, no solo una cisura, entre la existencia familiar y la existencia laboral. Estos ámbitos ahora se rigen por lógicas, racionalidades, tiempos y emociones distintas y eventualmente enfrentadas. Ha nacido la sociedad civil como algo distinto a la familia y a sus relaciones cara a cara. Una sociedad constituida por dos niveles con lógicas enteramente diferentes y no intercambiables podría considerarse esquizofrénica en cuanto potencia desagregaciones y conflictos. Berman se brinca este aspecto de la cuestión. Porque se lo brinca hay que recordarlo ya que resulta decisivo para entender la experiencia humana (inevitablemente política) en las sociedades modernas. La industrialización de la producción genera una transformación en la sensibilidad de las existencias privadas al escindir espacios y tiempos de trabajo productivo (bajo un control ajeno) y hacerlos enteramente distantes y distintos (separatidad) a los de una existencia personal/familiar cara a cara haciendo al mismo tiempo de esta última una realización en el seno más amplio de una cultura del espectáculo (sin responsabilidades) y de una economía movida por deseos y no necesidades. En el mismo movimiento, esto sí advertido por Berman, las tecnologías orientadas a la producción para el mercado desplazan sensiblemente al conocimiento científico como lugar de “brillo” para la verdad y la comunicación. En este sentido lo verdadero (en su sentido de efectivo) y sus enlaces resultan medidos desde el impacto de estas tecnologías en los circuitos económico-políticos y consentidos para el flujo masivo de opiniones singulares en los escenarios del espectáculo en los que concurren sin más significación que expresar a aparentes sujetos individuales falsos e intrascendentes (WhatsApp, Facebook). El orden (lógica) que produce/determina la realidad establece una brecha insalvable con el ‘orden’ en el que las poblaciones (altamente sectorializadas) imaginan y viven su existencia cotidiana, es decir se imaginan efectivamente existentes y se entregan ‘identidad’. Los administradores de los flujos de comunicación hablan de “un mundo más abierto y conectado” para describir un mundo fragmentario y que tiende a vaciar y encapsular subjetividades. Su última novedad es una Internet de las cosas. Las mercancías no interpelan ahora solo por sus precios sino que adquieren formas de control directo sobre las gentes de modo que tendencialmente no resulta factible distinguir entre sujetos y objetos. En realidad, todos devenimos objetos del sistema. Es The Matrix. En este mundo de brechas y vaciamientos y falsos sujetos el poder se expresa principalmente mediante movimientos en los mercados determinados en último término por corporaciones financieras y empresas trasnacionales sostenidas por Estados refuncionalizados en el seno de constelaciones de poder internacional y transnacional (OTAN, OMC, TLCs). Las expresiones de estas tendencias ya eran visibles cuando se publica “Todo lo sólido se desvanece en el aire”.
Escribe Berman correctamente que el trío mercado-tecnología-ciencia, por orden de importancia, ‘crea nuevos entornos humanos’ y ‘destruye los antiguos’ aunque no trabaja este aspecto de su referencia, ‘acelera el ritmo general de la vida’ (y también su efimeridad, junto a la banalidad de muchos individuos), genera ‘nuevas formas de poder colectivo’, lo que dicho así resulta falso porque omite la generación de vulnerabilidades (impotencias) sistémicas y desagregaciones ciudadanas y socio-culturales y, añade, gesta ‘nuevas formas de lucha de clases’. En el siglo XXI es evidente que la lucha de clases ‘desde arriba’ tornó sensiblemente obsoleta la lucha de clases desde abajo. La fiereza del carácter de la lucha de clases desde arriba, o su sello totalitario, tiende, sin paradoja, anular la lucha de clases. Ésta no es una crítica al pensamiento de Marx-Engels. La lucha de clases desde abajo no es un axioma, sino un movimiento social y cultural. Puede ser derrotado, aplastado, desviado, anulado, postergado. También conviene recordar que una resistencia social sistémica en las sociedades modernas no se agota en el movimiento obrero. Otros actores podrían protagonizarla y este protagonismo funcionar como factor catalizador de cambio y revolución. Aquí solo se menciona el punto, no se lo examina.
Menciona asimismo Berman el crecimiento demográfico que separa a las gentes de su hábitat ancestral ‘lanzándola a nuevas vidas’. Añadiríamos, también a nuevas muertes. En el siglo XXI un autor europeo habla de “población sobrante” (Z. Bauman). Pero el tema se discute desde el Informe del Club de Roma, “Los límites al crecimiento” (1972), documento que ha sido continuado por otros equipos de trabajo durante este siglo. La tesis básica es la siguiente: si el actual incremento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos se mantiene sin variación, alcanzará los límites absolutos de la capacidad de la Tierra para sostenerlo dentro de un siglo. O sea si las tendencias se mantienen, el planeta colapsará durante la segunda mitad de este siglo XXI. Unos pocos años antes de este Informe, autores menos prestigiosos habían publicado “The Population Bomb” (La bomba demográfica). El crecimiento demográfico enseña así su rostro alarmante. La población y los recursos del planeta no soportan este crecimiento. Para aumentar el desafío, la población crece más rápido en África y entre los sectores empobrecidos. Es decir, donde no debería crecer. Visto en otra perspectiva, los estilos de existencia humana deberían redeterminarse para que sigan produciéndose nacimientos deseados. Las actuales formas de anticoncepción ayudan en un programa de este tipo. Lo que existe, sin embargo es que un conflictivo crecimiento demográfico se liga con el daño ambiental hasta este momento irreversible. El crecimiento demográfico se denuncia porque se produce en poblaciones perdidas para el mundo occidental (África principal pero no exclusivamente) y entre los sectores menos integrados de las poblaciones (empobrecidos de la ciudad y del campo). Otro frente demográfico y ciudadano está constituido por las movilizaciones de migrantes no-deseados (ni en sus lugares de origen ni en los sitios de destino, tampoco en sus rutas de tránsito). Se habla, desde hace ya décadas, de población superflua, por sobrante (P. Kennedy, hoy Z. Bauman). Gentes que ni producen con eficiencia ni consumen con opulencia. ¿Para qué sirven? Además, su miseria contamina y destruye medios naturales y socio-culturales. Aunque no lo deseen (su deseo es ser integrados) ni lo sepan, constituyen un desafío político.
Berman habla asimismo de los Estados nacionales. En la transición entre los siglos estos Estados se han debilitado en cuanto nacionales y han adquirido otro carácter en el marco de la constitución de circuitos o constelaciones transnacionales e internacionales de fuerzas, como ya se ha mencionado. La burocracia pública tradicional tiende a ser desplazada por instancias tecnocráticas (a las que se presenta como independientes) que resuelven el tipo de capitalismo que debe soportar el sistema mundial. La ciudadanía queda enteramente apartada de sus poderes. Así, la lucha por conseguir algo de control sobre las existencias propias se torna referente banal: el hiperempirismo y la realidad de una sociedad sin alternativa (porque las prohíbe o las aplasta) se torna sensibilidad común aunque tensionada por la angustia y el terror o exaltaciones fugaces derivadas de las concesiones que puede otorgar el sistema (en sexualidad, por ejemplo, que multiplica actores pero se mantiene lúgubremente genitalizada y sobrerrepresiva). Se nubla así una visión de lo obvio: ya no existe lugar ni tiempo para todo ni para todos. Tampoco se crearán nuevos espacios y tiempos que reemplacen a los que están en proceso de extinción. La expansión capitalista mantiene su rutina: sus crisis se superan destruyendo lo que la resiste y concentrando cada vez más riqueza en pocas manos y tornando irreversibles, por incuestionables, los poderes fácticos, Se abren nuevas rutas que no conducen a parte alguna para sectores cada vez más amplios de la población. La modernidad no ofrece oportunidad de juicio alguno sobre su laberinto.
3.- En este mundo, América Latina, como región, intenta permanecer en los ya inactuales, por abandonados por las políticas mundiales, tiempos del desarrollismo económico-social y políticamente se desgasta en viejas querellas. A los gobiernos no deseados por el sistema en la primera década del siglo (Argentina, Brasil, Venezuela, por citar tres) se les hace la vida imposible o se les remueve mediante el sufragio, acompañado o no por el alboroto social (Venezuela), o por los golpes ‘constitucionales’ de Estado (Brasil, Paraguay, Honduras), porque retornan los malos tiempos para economías distorsionadas y especializadas en commodities, malos tiempos que se transforman inevitablemente en peores desde el punto de vista del empleo, salud y educación para los grupos más vulnerables: empobrecidos sistémicos del campo y la ciudad, jóvenes, mujeres y un sector significativo de las capas medias. Con el desplazamiento de los gobiernos no deseables (dentro de un proyecto para que no retornen jamás) vuelven a tomar fuerza los reajustes neoliberales, los beneficios del comercio internacional sin trabas y las esperanzas de que los vasos de la abundancia derramen, por fin, riquezas para todos. Es decir las prácticas de un crecimiento económico inevitablemente desigual en la repartición de dividendos porque se inscribe en una lógica mundial asimétrica arropado por el discurso desarrollista (principalmente electoral) muerto y enterrado hace décadas. Como si semejante obsolescencia no fuese suficiente, se levantan políticamente valores democráticos (los enemigos nunca lo son) y anticorrupción sin mencionar el carácter del Estado (clientelista en su seno y hacia ‘afuera’) ni reparar en lo ridículo que resulta hablar de régimen democrático de gobierno sin Estado de derecho sólido y en ausencia de ciudadanos. Las experiencias publicitadas más dramáticas quizás sean las de Venezuela y México (si se ignora América Central). En Venezuela se jugó a polarizar a la población sin trabajar adecuadamente en la elaboración de un bloque de poder alternativo con cultura de participación ciudadana (tal vez se consideró suficiente el apoyo de las Fuerzas Armadas y el precio del petróleo) y hoy se asiste allí a una movilización no legal porque desprecia la Constitución existente y su institucionalidad, pero que obtiene legitimidad del ardor de masas mayoritarias y del gritón apoyo irresponsable de toda la caverna latinoamericana, de Estados Unidos y parte de Europa. Hasta el momento las Fuerzas Armadas apoyadas en la Constitución han bloqueado el golpe de Estado. Mañana resulta no factible prever si mantendrán esta posición. Un golpe perjudicará a todos y por un tiempo largo. En México un Estado fallido (en un sentido más amplio que el tradicional) frustrado por el agujero negro de su corrupción, venalidad, sinvergüenzura e ineptitud y las bandas criminales, parece sostenerse por la incapacidad de una población (de más de cien millones de personas) para vincularse horizontalmente como ciudanía y llevar a cabo su Gran Segunda Revolución Social y fundar su primer México para todos. Que no quiere decir igualitario, sino donde nadie sea estructuralmente discriminado o negado.
Así seguiremos, al parecer para siempre: alegando que los corruptos, venales y antidemocráticos son los otros, que tenemos la receta para liquidar miseria extrema, pobreza y ser modernos, que policías y militares están para asegurar vida y propiedad para todos los ciudadanos, que somos algún tipo de ejemplo para el mundo (Costa Rica tiene la población más feliz del mundo, etc.) y que el desarrollo con beneficio para todos ya viene. Cuando tengamos la mentalidad apropiada, digamos. Latinoamericana y moderna, para recordar a Berman.
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