1.- Se ha dado una mirada a dos figuras mediante las cuales el medioevo católico (Cristiandad Medieval) dibuja y propone universalismos políticos que suponen antropologías filosóficas: un universalismo (subjetivo) del insensato, que anuncia las no-personas modernas, y un universalismo de la experiencia y del intelecto (el mundo) determinados por una fe que contrapone la institución revelada (y con ella todas las instituciones) al no-mundo o anti-mundo del hereje y del pecador. En ambos universalismos (órdenes vinculantes) el límite infranqueable contiene inevitable violencia. La noción de libertad aparece así reprimida (o sobrerreprimida) y los universalismos se muestran políticamente como totalitarismos: sociedades sin alternativa, o sin experiencias de contraste efectivas.
2.- En oposición a los imaginarios de estas sociedades de cristiandad surge en Florencia, Italia, la obra de un pensador político que anuncia factores constitutivos de la sociedad moderna occidental que, en el momento de su existencia, aún no nace: Estado, nación (italiana), ejército nacional, poder (dominación) y hegemonía (adhesión), particularidad y universalidad, en términos enteramente sociohistóricos. Es este último ‘detalle’ el que hizo del adjetivo “maquiavélico” un sinónimo de ‘engaño astuto’ en cuanto ignora la voluntad de Dios. Se trata del nacimiento de la política como ciencia. Ésta no contiene a Dios (la entidad) como factor constitutivo (aunque sí puede tener entre sus objetos instituciones religiosas) porque su carácter sobrenatural anularía los análisis. Pero Maquiavelo, como todas las figuras del Renacimiento, puede resultar deísta (en esta adhesión las divinidades no intervienen en la historia), de modo que su descalificación en el habla deviene enteramente ideológica. En todo caso, Maquiavelo en vida ignoró a Girolamo Savoranola (14652-1498), un tipo de visionario religioso regresivo, negativo-desagregador y desarmado, y adversó la figura del Papa (Alejandro VI, 1431-1503) al considerarlo factor negativo para la articulación de la nación italiana en cuanto pontífice y como cabeza de una familia centrada en acaparar poder y riqueza. En estas condiciones su universalismo cristiano resultaba ineficaz. Los medios papales no se relacionaban apropiadamente con los fines que Maquiavelo imaginaba para una todavía inexistente Italia.
3.- Aunque se atribuye a Maquiavelo el giro “el fin justifica los medios”, esta expresión no figura en su literatura. Se le asigna porque él separa la ética o moral (o lógica) del dominio político (estatal) del de las costumbres de quienes no poseen directamente responsabilidades políticas y se ocupan de sus intereses particulares. El Estado (el príncipe) no es ni bueno ni malo, sino eficaz o ineficaz. Y lo es tanto en cuanto asegura y reproduce y guía a su población nacional (o ciudadana) como en cuanto sostiene su soberanía (autonomía relativa) ante poderes exteriores (otros Estados). Estos son los fines superiores del orden político que suponen obediencia y hegemonía (adhesión vía una internalización del sistema político). Estos fines superiores determinan la lógica política. Es en relación con ellos que se es eficaz o ineficaz (se tiene virtud o no se la tiene). Los referentes morales de la gente que no tiene responsabilidades políticas directas han de ser los apropiados a la seguridad cordial de sus co-existencias y fortunas. El punto supone el establecimiento, para una comprensión de las sociedades modernas, de las categorías de sociedad civil (intereses privados ciudadanos) y sociedad política (conducción de la existencia social o nación).
4.- El título de la principal obra de Maquiavelo, “El Príncipe” puede ser interpretado como referido al dirigente político (una persona o una organización), el Estado como aparato de poder y hegemonía nacionales, o como sistema de dominación. En cuanto Maquiavelo diferencia lo que es (la circunstancia que se presenta hoy) de lo que factiblemente podría llegar a ser (proceso/programa político, con sus actores), es decir que asume la existencia política como proceso abierto a los desafíos y a lo nuevo, su marco categorial no se inscribe en el de una sociedad sin alternativa. Por ello su aporte no puede ser traducido conservadoramente. Por el contrario, su énfasis en el valor (fuerza) política de la hegemonía (internalización de lo político) permite introducir tareas político-culturales a grupos y organizaciones que buscan acumular fuerzas para un cambio sectorial o sistémico del orden vigente. Por ello ha admitido lecturas tanto del fascismo, que valora la guerra como plenitud de un pueblo, como la de Antonio Gramsci (1891-1937) que asocia a El Príncipe con la organización revolucionaria. Este aspecto se relaciona con la capacidad política de los sectores sociales populares en América Latina.
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