1.- En la alegoría de la caverna (La República) enfatizábamos la debilidad contenida en la áskesis que permitía la contemplación/asunción del Bien y la Justicia. La iluminación mística del entendimiento del individuo que rechazaba el mundo de los sentidos y ascendía a una visión intelectual del sentido primero y último de lo que es no lo apoderaba para comunicar, a quienes no habían realizado su mismo esfuerzo, las certezas de su comprensión y determinaba una lógica autoritaria en la que cada individuo y sector social debía cumplir con su naturaleza y no trasgredir sus límites. Individuos o arrojados o concupiscentes no debían dirigir la polis. Atenas se había perdido/extraviado por ellos. En su diálogo Fedro, Platón presenta otra alegoría, algo menos popularizada pero también conocida. El diálogo se ocupa inicialmente de los cuerpos bellos o atractivos y se desplaza hacia lo que anima a esos cuerpos, que son las almas bellas. El alma aposentada en un cuerpo constituye su factor de animación. Todo lo que se mueve tiene un principio vital: el alma. El alma se genera y mueve a sí misma y acciona a los cuerpos cuando está en ellos. Por ingénita resulta inmortal. Ella anima a todo lo que se mueve y que, excepto los dioses, es mortal. En la alegoría, esta alma es presentada por Platón como un carruaje con alas conformado por su conductor (auriga) y dos caballos. Si es el carro de los dioses, ambos caballos son buenos, armonizan y su conducción resulta sencilla: siempre llega a su meta. Pero el vehículo de los cuerpos humanos, que mueren, animados por su alma inmortal, tiene un caballo blanco bueno y uno negro y malo. Bueno es el caballo que tira hacia el Bien, la Justicia y la Verdad. Malo el orientado por el mundo sensible y los placeres singulares que excitan al cuerpo. Si el auriga logra someter al caballo negro, las alas se fortalecerán y el alma animará al cuerpo a ascender. El auriga, un conductor racional que aspira al Bien porque lo ha entrevisto, ha de luchar entonces para lograr una justa marcha del carro. Si cumple bien, su amor por el Bien y la Belleza hará que su cuerpo mortal o retorne a la existencia en los escalones superiores de la existencia social: filósofo (que asume la dialéctica o el verdadero amor), rey (que somete su mandato a la ley natural), guerrero apto para la acción, funcionario buen administrador o negociante, gimnasta orientado a disciplinar su cuerpo o a sanar los de otros (médico) o a los peldaños últimos: artesano o labriego, sofista, demagogo, tirano (relega la ley eterna por sus deseos mudables). Con otros viles, tardará 10.000 años en recuperar un cuerpo propicio. Quien ama a los jóvenes como filósofo y reitera esta actitud en tres vidas lleva alas que lo inscriben en el mundo de los dioses. Quien insiste en rebajar su existencia reencarnará en animales no en seres racionales.
2.- Degradar la existencia se sigue de no traer a ella lo que se vio o entrevió cuando el alma formaba parte del cortejo de los dioses en el cual el intelecto asumía La Belleza y no se estancaba en las apariencias bellas que reconoce la visión sensorial. La forma literaria del diálogo tiene su principio en cómo ha de amarse a un joven. “Describe Lisias la seducción de un bello adolescente (…) y concluye que es mejor ‘interesarse en quien no se ama que en quien se ama corporalmente’. Lisias era reconocido como logógrafo y orador público.
3.- El diálogo de Platón sobre el Amor o la Belleza puede asociarse con la cosmovisión cristiano-católica histórica y actual. Histórica porque en Pablo de Tarso el mundo de la existencia es locura humana o en Agustín de Hipona la Ciudad del Hombre expresa su olvido de Dios mientras que la Ciudad de Dios, realidad y meta, es el sitio trascendente y trascendental de la justicia y la belleza. El mundo de la existencia porta así un sentido sobrenatural que le resulta obligatorio. El alma que anima al cuerpo humano participa de lo divino, que lo eleva, pero también de lo sensible, que lo pervierte. La parte excelente del alma humana conduce al Ser (Dios) y al Conocer (realidad espiritual incambiable, jerarquizada). Su parte perversa, a la muerte o aniquilación, al infierno. El recuerdo del Paraíso pervive en el alma. La presencia de los sentidos y del deseo la desnaturalizan. El carácter humano recto lo lleva a retornar a ese Paraíso (cortejo de los dioses) y a evitar la extinción del alma en el infierno. Un tratamiento de la presencia de Platón en la cosmovisión católica actual puede leerse en la encíclica Deus caritas est (Benedicto XVI, 2005).
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