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En Semanario Universidad,

N° 1730, Septiembre del 2007. 

 

    El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, aceptado por los gobiernos centroamericanos y el de República Dominicana, se inscribe en el proceso básico de reconfiguración inducida de las economías/sociedades de los países de la periferia bajo la lógica de la acumulación global de capital determinada por las actuales tecnologías de punta. Desde más de dos décadas América Latina ha consentido, sin fortuna, por lo demás no buscada, los Programas de Ajuste Estructural, el Consenso de Washington y, hoy, los pactos de ‘libre’ comercio bilaterales con EUA una vez que éste falló en amarrar un comercio ‘americano’ que debió comenzar hace un par de años.
 
   Visto así, e ignorando situaciones burdas, como el atornillamiento de la fuerza laboral y la mucha movilidad de los capitales, como si solo éstos tuviesen ánima, los pactos en curso potencian la lógica transnacional de acumulación en perjuicio de los trabajadores y materializan el vigor caótico del capitalista y polarizante mercado mundial. En el mismo giro, deprimen la rala voluntad de Estados y Gobiernos tercermundistas para paliar la polarización y, complejamente, agravan la crisis surgida de la relación entre propiedad capitalista, polarización social mundial y necesidades del planeta para reproducir la vida. Aún obviando la geopolítica, casi nada.

   Por ello, los pactos se constituyen en signos gruesos de una crisis civilizatoria mundial. Expresan tanto la ausencia de un gobierno planetario efectivo como la ceguera ásnica para asumir que el principal reto global de hoy, y desde hace rato, consiste en transitar desde la unidad biológica de la especie  a su plural autoproducción como especie político-cultural. Este desafío no está en agenda. Se vive una idiotez que vitorea el crecimiento económico, o sea las ganancias de unos pocos, mientras ese mismo crecimiento genera millones de víctimas, no solo humanas, y tiende a destruirse a sí mismo. La especie podría suicidarse en el siglo XXI sin siquiera avistar que produce su autodestrucción. Reinan “vivir la vida loca”, especular con “burbujas”, “expandir mercados” y la guerra permanente.

   El TLC actual, con su función de cuña, desagrega a la región de Sudamérica, aumenta la conflictividad entre sus pobladores, refuerza migraciones indeseadas, acelera daños ambientales ya ruinosos, sanciona la venalidad de políticos y ‘tecnócratas’, maltrata raíces culturales y consolida el dominio de las ‘cosas’ (y su espejo jurídico) sobre las necesidades humanas. Ofrece la emergencia de Shakiras y Juanes mientras socio-económicamente traza un espejismo que será destruido por la violencia social, étnica, militar y paramilitar. Da la mano, además, a la administración gringa más fulera de su historia.

   Lo nuclear no es cuántos chips o chayotes más se exportarán, sino cuánto una política internacional se inscribe, aun mínimamente, en el principal desafío actual: avanzar en la constitución de un Estado Mundial capaz de corregir la omnipresente violencia del mercado de modo que nuestros descendientes y todo el planeta puedan celebrar la vida y gratificarse. Aun siendo pequeño, cada país puede ayudar en esta tarea.

   El reto se vota también, aunque no lo parezca, en el referéndum de octubre de este país vulnerable y, debe decirse, o muy aturdido o que desea hacerse el bobo ocultándose el mundo.