1.- Los seres humanos, personas o grupos, se dan permanentemente experiencias de contraste porque ellas se tornan factibles por su base biológica y su experiencia cultural. Nadie está nunca por entero ni permanentemente confortable en el mundo de la o ‘su’ vida. Siempre se existe en relación también con alguna disfunción, un estorbo, una secuencia ingrata o una ausencia, por hacer cuatro referencias. Por presencia excesiva se avisa o presiente una o varias ausencias. El registro largo llama a la pausa. Un desierto inmenso lleva a evocar el mar, el agua de un torrente, la palabra dicha a otro, contestada. Un texto que parece conducir a nada trae a la mente o espíritu sentencias firmes donde las cosas se afirman o niegan de una vez por todas. O a la inversa. Una propuesta lapidaria como “Donald Trump es un bruto” impulsa a la cuestión de cómo pudo ser social y culturalmente producido como candidato a la presidencia de EUA. En la novela “La náusea”, de la fase existencial de Jean-Paul Sartre (1905-1980), se narra el carácter de una mujer que desea vivir “momentos perfectos”, o sea que sobrepone a sus situaciones efectivas de existencia un modelo de lo que debería componer la escena, hasta en detalles mínimos. No es feliz si la realidad no se ajusta del todo al modelo. Este es un ejemplo satírico y literario de experiencia de contraste que permite a alguien mostrarse siempre disgustado. Pero en la mítica judía, Moisés ve en el cautiverio y esclavitud judía la presencia de un deseo divino que rechaza que esas gentes, sus gentes, experimenten el mundo de esa manera. Asumiendo la esclavitud desde una especial experiencia de contraste que para él resulta radical, inventa o asume al Dios del pueblo de Israel: el pueblo elegido. Su experiencia de contraste ha llegado como programa político-cultural hasta el siglo XXI.

2.- Existen entonces y en la práctica al menos dos tipos de experiencias de contraste: las usuales por episódicas (la generada por la presencia de una mosca fastidiosa a la hora del almuerzo, por ejemplo) y las radicales: la mítica experiencia que configura la identidad de un Moisés y con ella la historia de un pueblo, el israelita. Pese a ello, bajo determinadas condiciones, la presencia de una mosca fastidiosa puede desencadenar la emergencia de nuevas y radicales identidades. ¿Qué lleva a Ernesto Guevara (1928-1967) a inventarse como el Che? ¿O a Heráclito (535 a.C.-484 a.C.) a producirse como el Oscuro? ¿O a José Martí (1853-1895) a proponerse el proyecto de emancipación de Cuba y Puerto Rico para hacerlo extensivo después a toda América Latina?

3.- En el origen y comienzo del filosofar occidental se encuentran experiencias compartidas de contraste. Por ejemplo, la sospecha de que no son las divinidades azarosas las que resuelven el sentido (orden/violencia) del mundo y, con ello, la identidad humana en él. Se genera así una reflexión cosmológica que se interesa por la unidad de lo que existe y por la factibilidad de que esa unidad y su sentido sea conocida por el ser humano. El segundo aspecto se abrirá a indagaciones antropológicas: la condición humana, la legislación que rige esta condición y apodera una sociedad armoniosa o justa en cuanto se inscribe en el orden que es propio de todos los entes. Y, luego, una discusión sobre los usos humanos (moral) y lo que lo sostiene (ética) universalmente. Y, desde aquí, un re-encuentro con la experiencia religiosa: la reunión del ser humano con el fundamento del mundo o su verdadera realidad: Uno-Logos-Alma. Se ha recorrido y quizás cerrado un camino que se abrió en el siglo VI a.C. y tiende disolverse a inicios del siglo VI. Para entonces, ya se ha institucionalizado un cristianismo católico que se ha movido desde el Oriente próximo (donde hoy se ubican Siria y Arabia Saudí) a Roma y ha logrado erigirse, en batalla contra otros credos, en religión oficial de un Imperio decadente (Edicto de Tesalónica , 380, Teodosio): “Queremos que todos los pueblos que son gobernados por la administración de nuestra clemencia profesen la religión que el divino apóstol Pedro dio a los romanos, que hasta hoy se ha predicado como la predicó él mismo (…) creemos en la divinidad única del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo bajo el concepto de igual majestad y de la piadosa Trinidad. Ordenamos que tengan el nombre de cristianos católicos quienes sigan esta norma, mientras que los demás los juzgamos dementes y locos sobre los que pesará la infamia de la herejía. Sus lugares de reunión no recibirán el nombre de iglesias y serán objeto, primero de la venganza divina, y después serán castigados por nuestra propia iniciativa que adoptaremos siguiendo la voluntad celestial”. Finalizaba la libertad de cultos y se iniciaba un autoritarismo sagrado y clerical en el cual las radicales experiencias de contraste implicaban herejía y demencia.
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F-4003 Seminario Filosofía y sociedad