1.- La referencia a que lo político, expresado en un orden/violencia disfrazado mediante una ‘naturalizada’, por ética, existencia cotidiana se encuentra ya en Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.) y calzó bien con el ethos dominante de la concepción de cristiandad medieval que añadió al imaginario aristotélico la omnipresencia sobrenatural de un pecado (Satanás, el Diablo) que tornaba subjetiva y políticamente más exigente un control autoritario de almas y cuerpos humanos. Para Aristóteles, la convivencia humana se orientaba hacia una felicidad en la que cada quien podía, de acuerdo con su naturaleza (amo y esclavo, mujer y varón, adulto y niño, etc.), materializar su racionalidad-virtud en beneficio colectivo. Este beneficio se seguía de un ejercicio intelectual o racional (captación de primeros principios y sentido final) e integración personal (que favorecía la amistad, la valentía, la generosidad y la justicia) como sensibilidad político-cultural (ethos) dominante. En relación con estos elementos podían establecerse gobiernos (monárquicos, aristocráticos, republicanos, constitucionales). La interpretación cristiano-católica medieval del ‘orden bueno’ introduce en este cuadro la figura sobrenatural de un Satán o Diablo (que se encarna en enemigo, hereje, pecador, alien, opositor, rebelde) que demanda un permanente cuido sobre almas, cuerpos y sociabilidades humanas. La vida buena en este mundo resulta desplazada por un “valle de lágrimas” que oferta una redención factible si se obedece a una autoridad inapelable. La responsabilidad por esta vigilancia político-cultural recae en la Iglesia institucional.

2.- Lo que interesa de estas descripciones es que tanto la sensibilidad que se puede atribuir a Aristóteles como la que imperó durante el Medioevo europeo (ss.  V a- XV, o siglos VIII y XV, precedidos por una Antigüedad Tardía en la que se configurarían el modo de producción feudal, la desaparición del concepto de ciudadanía romana y el establecimiento de estamentos [hombres de oración, hombres de guerra, y hombres de trabajo, o clero, nobleza y pueblo llano, donde los dos primeros podían alcanzar a un 6% de la población total], una personalización del poder y el dominio cultural de una sensibilidad teocrática) tienen en común el entender la existencia social humana como una totalidad, ya bajo una forma orgánica, ya como una producción sistémica. En ambas lecturas, que no resultan incompatibles, o la ‘vida buena’ resulta factible en toda acción humana e institución sabia o si Dios la alimenta. En el primer caso, la felicidad resulta de una existencia de todos en la virtud. En el segundo, el bien común consiste en la salvación. Es decir, se sigue de una práctica de totalidad.

3.- Las representaciones anteriores van a cambiar con la aparición de las sociedades modernas y su prolongación en las sociedades contemporáneas. El imaginario dominante en estas sociedades las desagrega en un plano privado-familiar o íntimo, un orden económico-social o mundo de negocios particulares, y un ámbito político-cultural cuyo eje es el Estado y en el cual los individuos aparecen como ciudadanos iguales y los diversos sectores sociales como ciudadanía. Los ámbitos muestran su ángulo estanco o autonomía relativa porque en ellos imperan diversas lógicas: en el familiar, el cara a cara consanguíneo y personal: no se hacen negocios o transferencias comerciales con ganancia privada; en el económico-social todos los negocios legales con ganancia privada resultan lícitos y celebrados; en el tercero, se aspira no al Bien Común sino a la felicidad para el mayor número. Así, aparecen tres componentes de la cotidianidad: la familiar, la de la calle (negocios) y la pública (estatal y ciudadana). Esta última está a cargo de profesionales. Los ámbitos se ligan mediante la normativa jurídica que emana del Estado/Constitución. Ningún ciudadano, y las autoridades públicas también lo son, está por encima de toda sospecha. La normativa jurídica es o Pública o Privada y acepta subdivisiones, cada una de ellas con sus características peculiares internas.

4.- Una legalidad desplaza de esta manera a la licitud, lo permitido por racional y justo. En Costa Rica es muy común escuchar decir a funcionarios públicos y otros ciudadanos, a quienes se relaciona con alguna acción corrupta: “Procedí de acuerdo a la ley estoy en paz con mi conciencia”. Equivale a: “Pruebe que existe delito en los circuitos judiciales. “Yo soy feliz.” La legalidad, un factor del sistema, se transforma así en ‘justicia’. El sistema, fragmentario o estanco, se explica, absuelve o condena, a sí mismo. Existe un sistema pero se lo niega. Políticamente no existe un referente ético desde el cual criticar la legalidad. Aristóteles podría preguntarse si se dan en esta época individuos buenos.
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Seminario de Filosofía Política F-7004