Semanario Universidad,
N° 1723, agosto del 2007. 

 

   Por supuesto que un ingreso de asesinos profesionales contratados por el narco (Cartel del Norte del Valle) para ejecutar a dos Ministros del Gobierno costarricense (uno de ellos, en realidad, actual regente del Estado) debe inquietar, indignar y excitar la acción eficaz de los aparatos de seguridad internos. Pero cuando cinco de los seis “sicarios” no resultan oficialmente indagados y sus acciones temibles pasan por haberse casado con costarricenses “sin conocerlas”, alojarse, algunos, en hoteles, beber cerveza y celebrar los goles de su equipo nacional en los juegos previos a la Copa América, y, peor, cuando por su “peligrosidad” son deportados a Colombia y entregados a las autoridades de allá, sin cargo alguno, resultan liberados casi de inmediato porque no tienen antecedentes ni siquiera de decir pa-labras fuertes (uno ganó en Neiva el premio al mejor boy scout de su generación), entonces el asunto huele o a despiste o a sagacidad extrema.

   La astucia parece improbable porque las autoridades costarricenses y su prensa oficial no ligaron a los “sicarios” con Hugo Chávez ni con quienes se oponen al TLC. Y hoy la “saga-cidad” va por ese camino.

   En cuanto al despiste (ni por asomo imagine bombeteo), tal vez la policía debió abrirse a otras frentes. Por ejemplo, en el período el ministro Fernando Berrocal, uno de los blancos sicarienses, luchaba con ardor en tres frentes: el trasiego de droga, la chocante actitud de jueces que liberan a narcos detenidos que de inmediato se esfuman y un heroico alegato público a favor de la candidatura del doctor Fernando Durán Ayanegui para dirigir la Uni-versidad para la Paz. No puede desestimarse ni la codicia ni el poder destructivo de la burocracia internacional o de ciertos sectores estatales “anclados en sus privilegios”, según redacta la prensa “de verdad” todos los días. ¿Por qué no indagar por allí? De repente los sicarios hablaban inglé o francé.

   Además, ejecutar al Ministro de Seguridad se entiende. ¿Pero a Rodrigo Arias? Matarlo implicaría que el Cartel del Norte colombiano, o el del Norte NacionUnidano, o local, querría dirigir el Estado, es decir constituirse aquí como una alternativa de poder absoluto. Poco probable. Para los narcos, no es su negocio: son empresarios privados. Para las burocracias, en un caso, porque tendrían que trabajar y en el otro porque ya tienen instalada y alhajada su parroquia. Para cualquiera de estas pandillas asesinar a don Rodrigo es mal negocio. Quieren lucrar, no gobernar el país. Por estas caperucitas no van esos lobos.

   Todavía un punto, intrigante. ¿La guerra local preventiva contra los sicarios incluye la intervención, sin aprobación judicial, de los teléfonos de todos los inmigrantes colombianos? Indagatoria, nos dicen, no hay ninguna. Pero los lobos feroces fueron interceptados en sus conversaciones. ¿No debería extenderse la escucha secreta a todos los ciudadanos en todo el mundo?

   Esto, digo, para que no se asesine a algún Ministro. Y lo de dejar afuera a Chávez y a los del No parece imperdonable. Así, a don Rodrigo no lo van a matar. Va a suicidarse.