Izquierda y cultura política popular
Se trata aquí sumariamente de tres aspectos: a) no habrá revolución efectiva sin una reconfiguración cultural; b) la reconfiguración cultural no puede imponerse. En tanto ethos sociocultural debe construirse e internalizarse; c) la nueva cultura debe tener carácter popular y movimientista.
La imagen es sencilla: no habrá revoluciones si la gente no las quiere. Sin revoluciones, no existe izquierda en América Latina. Estas revoluciones son antisistémicas y en su particularidad deben promover, directa o indirectamente, un efecto de totalidad. No se trata de que la lucha de mujeres con teoría de género construya por sí misma la nación, por ejemplo, pero sí de que su lucha pueda articularse con lógicas e instituciones económicas que no contengan discriminación aunque expresen la tensión entre necesidades humanas (valor eje) e iniciativa empresarial. Si la gente no desea la revolución y lucha por ella, ésta tendrá que ser impuesta, o sea será autoritaria, y entonces no constituirá un proceso revolucionario.
Las gentes, en plural, no existen en el vacío. Si se comprometen a luchar lo hacen desde aquellos lugares sociales que resienten como intolerables para su identidad y existencia. El lugar socio-cultural que el sistema imperante ‘concede’ a los pueblos originarios, por ejemplo, es intolerable. También lo es la no existencia de empleo, que afecta los jóvenes. Esos lugares e instituciones poseen esas características como resultado de las lógicas de discriminación que las animan. Las gentes deben querer entender esas lógicas y para ello deben darse instrumentos emocionales y analíticos. Es la teoría popular. Los lugares sociales (esposa en la familia, obrera en la maquila, laica en la iglesia católica, etc.) no son generales, sino particulares, y las opresiones resentidas en ellos, específicas. Si se las rechaza como identificación que sujeta y oprime e impide ser persona, y se busca, con otros, liquidar esa identificación que forma parte de un sistema, entonces la lucha por la identidad autoconferida (autonomía, autoestima) se constituye como momento subjetivo, sujetivo y objetivo de una lucha revolucionaria. Aquí, la gente, o sea sectores específicos de ella, quiere la revolución, la llame como la llame. El papel de las izquierdas en relación con este proceso consiste en crear condiciones para que estas luchas despierten y en su contribución para articularlas. Este proceso sociopolítico en el que se despiertan y gestan deseos radicales de autonomía y autoestima es la base de la reconfiguración cultural popular.
Esta cultura popular de liberación es obviamente movimientista. Se da sus caracteres en la movilización (lucha social) permanente. ‘Permanente’ no implica que las gentes estén luchando todo el tiempo, sino que su testimonio irradie constantemente y sostenga el ethos cultural de liberación popular. Independientemente de sus caracteres internos (división, ideologizaciones sectarias, etc.) las movilizaciones ‘piqueteras’ argentinas no deben desvanecerse en los ritmos y calidades electorales de la política oficial o en la inercialidad de la cotidianidad y sus crisis. Bajo ciertas determinaciones, ‘piquetero’ o ‘forajido’,en Ecuador, son sinónimos de popular-liberador y ello debe ser reproducido por el habla y la práctica popular, en todas partes. Se trata de animar la sensibilidad de ‘otro mundo’, porque éste no es de liberación ni de los empobrecidos y discriminados.
Desde lo anterior, se entiende el carácter decisivo de los movimientos sociales (lo que no excluye el trabajo de los partidos). Tienen que estar peleando e irradiando autoestima no solo para sostener la sensibilidad popular de liberación sino para producirse y descubrirse en su lucha. Los movimientos sociales no constituyen una base para los partidos de izquierda. Tampoco los suplantan. Son sus interlocutores sociopolíticos. El eje del carácter de izquierda, sin embargo, pasa por ellos. Existirán partidos revolucionarios si existen movimientos sociales radicales (ciudadanos, obreros, de jóvenes, indígenas, etc.). Esta tesis no constituye ninguna novedad ya que proviene del marxismo y de otros imaginarios revolucionarios del siglo XIX. Su diferencia es que en las condiciones latinoamericanas no acepta que la gente (mujeres, campesinos, etc.) luchará radicalmente por una sola causa o eje: el socialismo o la sociedad liberada. Tal vez lo haga, pero lo hará con fiereza solo desde sus condiciones particulares: para el socialismo, pero desde las mujeres, por ejemplo. Sin esta fiereza particularizada (aunque con proyección universal), y su compleja constitución y dirección, no pueden constituirse procesos revolucionarios y, por ello no puede constituirse izquierda política. La izquierda política no se construye dirigiendo ‘desde arriba’, sino aprendiendo a escuchar a ‘los de abajo’. De hecho, la izquierda política es un lugar de ‘los de abajo’.
Uno de los efectos de la desviación politicista de intentar revoluciones ‘desde arriba’ es el actual naufragio de la experiencia en el gobierno nacional del Partido de los Trabajadores brasileño. Sin vigor, y sobre todo control, desde abajo, el PT se enreda o lo enredan en la corrupción política ‘normal’ existente ‘arriba’. Como se ha visto, el poder oficial o gobierno no corrompe sino que revela a quienes no experimentaron una transformación personal y cultural personal y orgánica durante el proceso de lucha que dieron para llegar electoralmente al Gobierno o acceder a posiciones significativas de administración del poder. Un político parlamentario ‘de profesión’ en América Latina está contaminado, por acción u omisión, con la venalidad y la corrupción inherentes a su profesión y que proviene del carácter o lógica patrimonial (no comunitario) con que se ejerce todo poder. Esta lógica permea a una organización como el PT, de extendida tradición parlamentaria [2], y aflora cuando se llega a ser gobierno. Una experiencia similar se vivió en el Chile popular de la década de los setentas. La corrupción de una parte de la cúpula sandinista (y probablemente de muchos cuadros medios) fue factor (efecto y causa) de la desmovilización cultural popular nicaragüense tras su enardecimiento durante la lucha armada insurreccional. Son ejemplos, no juzgamientos. Pero ejemplos que confirman que sin un ethos cultural popular no existirán revoluciones en el subcontinente. Y no se trata de “seguidismo” o idolatría por ‘el’ pueblo, una abstracción. Se trata básicamente de prestar atención y contribuir a la movilización de los movimientos sociales que siempre han constituido en América Latina una forma especial de ser pueblo. Y, también, de darse medios adecuados para una transformación revolucionaria.
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Notas:
(1) Ernesto Che Guevara: El socialismo y el hombre nuevo, p. 6. Siglo XXI, México, 1977.
(2) Fundado en 1980, el PT brasileño tiene un carácter parlamentario y desde la década de los noventas puede ser descrito como un partido de centro-izquierda.
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Referentes:
Gallardo, Helio: Siglo XXI: Militar en la izquierda, Arlekín, San José de Costa Rica, 2005.
Gallardo, Helio: Siglo XXI: Producir un mundo, Arlekín, San José de Costa Rica, 2006.
Septiembre, 2005.