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Semanario Universidad,
N° 1719, julio 2007. 

 

   En un ardor por parecer sarcástico (resultó más bien rabiótico), Julio Rodríguez se consignó "pachuco” y “corrupto” en su columna “En Vela” del 30 de mayo pasado. Corrupto él sabrá porque se conoce, pero en lo de pachuco, como siempre, desatina. Un pachuco (alguien considerado socialmente grosero y rechazado por ello) es un espontáneo, un individuo transparentemente turbio, honesto. La opinión expedida por el funcionario Rodríguez para sus patrones en La Nación S.A. es, en cambio, producto planificado, construido con cálculo que levanta, por su ánimo para excretar, aplausos y prestigios de la caverna y también en los faltos y obsequiosos de siempre. Un pachuco carece de poder, excepto el momentáneo que se sigue de su brusquedad. A los rodríguez les conceden cuotas de poder los empresarios que los utilizan (la oligarquía propietaria latinoamericana en general no escribe o escribe mal. Por ello, coopta o contrata personalidades como las de los julios  porque redactan prestos lo que les solicitan. Y por su competitividad para adoptar vilezas/odios y disfrazarlos. Los rodrígueces son obispos seculares.


   Siempre ha existido un próspero mercado oligárquico para rodrígueces en América Latina. El pachuco, en cambio, ahora y antes, es gratuito. Un pachuco quedaría perplejo si alguien le pagara por su rudeza socio-cultural. Los julios se precian de estar en planilla.


   En Costa Rica ‘pachuco’ se utiliza también para calificar a quien se juzga vanidoso u orgulloso. En este caso habría que dejar que opinen (embozados) sus compañeros de periódico con la advertencia de que las personas no ‘son’ vanidosas o altaneras sino que se comportan, en situación, petulante o neciamente. Las personas no son sino que se comportan. Por eso es posible imaginar a un Julio Rodríguez amado en el seno familiar. Allí hasta pueden valorarlo opinionista y escritor.


   En habla local, pachuco significa también “jerga de maleantes”. Gracias al tonelaje de sus patrones, los julios suelen ser ciudadanos por encima de toda sospecha. Sus exabruptos quedan impunes y pueden reincidir en ellos eternamente. Una ventaja de la función rodríguica es que no requiere de discernimiento acerca de lo que ataca o denigra. Repite lo entrevisto en algún manual o da forma estética (es un decir) a los deseos del patrón. Pero esto no los hace pachucos. Un pachuco, en su nivel, es un artesano. Materializa, cada vez, desde su autonomía. Un pachuco se va extenuado a la cama. Los rodrígueces se acuestan satisfechos de sí y de su existencia. Lengüetean sus textos adocenados en arrobados sueños y alcanzan eyaculaciones aunque nunca plenitud.


   Al pachuco le toca bailar con la más fea (y usualmente ignora este destino), pero él paga su baile. El garbo de los funcionarios de opinión oligárquica, por el contrario, puede graficarse como pisar conscientemente excremento y refocilarse en ello. La utopía de estos dependientes monótonos es una Avenida Dos rebosante de caca para agitarse sin careta en ese mar.