III.- Las familias

 

    Y bueno. Ahora sí llegamos a las familias.

 

    En lo primero que hay que reparar aquí es en que ya no existe ‘la’ familia. Mejor, probablemente no ha existido nunca. Cuando se habla de familia, por efecto de una cotidianidad fuertemente religiosa, uno suele imaginarse al papá, la mamá y los hijos. La familia llamada nuclear. A esta familia, además, la jerarquía de la iglesia católica, la constituye oficialmente mediante el vínculo indisoluble del matrimonio. A la familia se llega por el matrimonio monogámico. Esa ha sido siempre y será la voluntad de Dios. Esta familia es célula fundamental de la sociedad porque en ella se da la procreación de las nuevas generaciones y también su socialización primaria, lo que más o menos debería querer decir que en ella los hijos internalizan su mundo moral, gestan sus valores, en el marco de un reconocimiento interpersonal querido y propuesto también en el mundo por Dios.

 

    Esta mirada sobre ‘la’ familia que acabo de describir es lo que ya no existe socialmente (y es desafiada) o existe únicamente como ideología, en tanto algunos la sostienen como la única legítima. Socialmente hoy suele reconocerse que no es la única, porque, por ejemplo, una familia no necesariamente se constituye mediante el matrimonio y porque tampoco es un espacio en el que se realice la socialización primaria de los niños, o al menos no es el único espacio ni muchas veces tampoco es el más importante (si se lo entiende como interacción con los padres). Y tampoco, como es notorio, existe una sola moral (comportamiento debido) sino muchas, mientras sus prácticas no constituyan delito. Y que Dios con su amor esté sosteniendo a esa única o variada (s) familia es con mucho una discusión.

 

    Recojamos solo algunos aspectos de esta transformación de nuestro conocimiento sobre la familia y su transformación en “familias”:

 

    a) Además de la familia nuclear, están la familia extensa, la familia reconstituida, la familia uniparental (en México existen al menos 2 millones de madres solteras y unos 10 millones de mexicanos viven en familias jefeadas por mujeres solteras, divorciadas o abandonadas), se dan las familias de parientes, la abuela con el nieto, por ejemplo, y las familias constituidas por personas que son del mismo sexo, homosexuales, o de edad parecida como las de pandillas de jóvenes (maras) que se miran a sí mismos como una familia. En pueblos profundos o indígenas de América la familia puede expresarse como una comunidad o articulación de vecinos.

Todas estas familias, a las que debe agregarse su variedad socioeconómica y cultural, su carácter urbano o rural, la calidad de su exposición a los medios masivos, tienen necesidades diferentes. Las políticas públicas y la legislación deberían atender estas necesidades diferentes. Por ejemplo, promover el empleo estable y digno en la ciudad  y el campo y evitar que los medios masivos propaguen como estilo único de existencia el tráfico mercantil y el consumo, castigar duramente el dominio patriarcal y uno de sus efectos: el imperio y violencia masculinos, el machismo, en el hogar. En un último ejemplo, que el compañero o compañera homosexual sea heredero legítimo de todos o algunos bienes de aquélla o aquél a quien acompañó y cuidó en vida.

 

    b) No todo el mundo constituye un hogar o familia mediante el matrimonio; de hecho, la tendencia hoy es que disminuya el número de matrimonios (y aumenten los divorcios). Mucha gente hoy sencillamente se asocia o junta. Y a veces es para tener hijos y en otras no, porque no pueden o porque no quieren (aunque sí podrían adoptarlos); la familia hoy ya no se entiende exclusivamente como un espacio de procreación de nuevas generaciones. Paternidad y familia pueden disociarse, o sea ir separadas.

 

    Si esto es así, debe reconocerse la existencia de familias u hogares cuya finalidad no es tener hijos y socializarlos, sino el de asociar adultos que se reconocen y acompañan como seres humanos sin más propósito que la gratificación y el compartir una experiencia amorosa e íntima de vida. Por supuesto, la que despierta más polémica, legal y moral, es la familia homosexual, ya sea de mujeres o de varones. Pero también una pareja heterosexual puede decidir no tener hijos y eso no disminuye por sí mismo su permanencia y legitimidad como familia; lo que ha cambiado, y para bien en este último caso, es la idea-valoración de ser mujer, la que por primera vez en la historia ya no aparece “condenada” a ser mamá. No es negativo ser mamá, pero tampoco es obligatorio; por supuesto, tampoco debería ser considerado obligatorio hoy ser padre (dentro o fuera de una relación familiar) para ser bien macho;

 

    c) La función de socialización primaria en los “buenos valores” (que deberían ser proporcionados por adultos con alguna responsabilidad familiar) hoy se ve afectada (mejorada, distorsionada, anulada, etc.) por muchos factores: en primer lugar la pobreza y miseria socioeconómicas y culturales y también por la opulencia de otros; afecta el que ambos padres en la familia nuclear o todos los componente en la familia ampliada trabajen fuera del espacio familiar; la ausencia o transhumancia de alguno de ellos; la escolarización temprana o la ausencia de escolarización; el impacto de la televisión y los otros medios masivos.

 

    Quizás hoy día la televisión, la prensa, el barrio, los amigos, la realidad social y otros adultos tienen más peso en la socialización primaria que los padres biológicos con los que se comparte no un hogar sino un techo. Esto puede generar una mayor tensión entre los padres y sus hijos y entre los educandos y quienes deberían ser sus maestros en la escuela; en un sondeo informal a los 14 o algo así pretendientes a la presidencia de Costa Rica todos ellos reconocieron que sus conocimientos sobre sexualidad no se produjeron ni en el hogar ni en la familia ni en la iglesia, sino en la calle, con amigos u otros.

 

    d) Se nos ha revelado brutalmente a los latinoamericanos durante la última parte del siglo XX que la cordial familia era seno significativo de violencia intrafamiliar abierta y también encubierta o estructural. Esta última es la violencia de sexo-género, el imperio patriarcal, que violenta a la mujer en su existencia más íntima, como pareja, como madre, como ser humano o persona, sin necesidad de golpearla físicamente, aunque puede hacerlo, pero que establece una lógica de violencia cuya sordidez alcanza con diversos matices y fuerza a niños, jóvenes y ancianos y que puede revertirse contra los varones que la ejercen.

Luego las familias, como el Estado, se constituyen hoy como instituciones socialmente plurales y polémicas, tensionadas y desgarradas, que exponen necesidades variadas. De estos desafíos, que muchos proponen como crisis, recojamos, por razones de tiempo, solo dos:

 

    La primera es la cuestión de las lógicas de imperio o autoritarias que pueden constituir la ‘espiritualidad’ de uno o varios tipos de familia. Recordemos que etimológicamente familia proviene del osco, una lengua itálica, “famel” que significaba “siervo” y que en el latín clásico paso ser “famulus”, o sea el siervo que vive bajo la dependencia de un señor en lo que respecta a habitación, vestido y alimento. Lo que quiere decir que debe el núcleo de su existencia a un amo. Constituían familia quienes convivían bajo un mismo techo bajo el imperio de un señor.

Desde esta base se configuraron ideologías sobre la familia. La más extendida entre nosotros es la cristiana católica tradicional que hace de esta asociación para la reproducción humana y la producción económica un designio divino destinado sacramentalmente al ejercicio de la castidad conyugal orientada a la reproducción y a la socialización o crianza de los hijos como servicio, en último término, a Dios. Para esta ideología, las inevitables tareas al interior de la familia, el trabajo doméstico, carecen de valor económico en tanto son portadoras de amor oblativo, o sea caracterizado por la ofrenda y el sacrificio. Uno de los efectos de esta manera de ver las cosas, en sociedades determinadas por los valores económicos de un intercambio que potencia la ganancia individual, es que el trabajo doméstico y sus personificaciones (empleadas, esposas, niños, jóvenes, ancianos) son vistos y tratados como inferiores en relación con el trabajo lucrativo fuera del hogar cuyo ingreso en dinero (salarios, ganancias) es básico para la manutención (y permanencia) de la familia. Se da así un conflicto entre un espacio familiar sin valor mercantil, y donde debería reinar la gratuidad amorosa, y los espacios exteriores a la familia donde reinan la competitividad, la eficiencia y la lucha por la existencia. Pero también ‘afuera’ de la intimidad amorosa del espacio familiar están el fútbol, el sexo orgásmico, la diversión alcohólica, el espectáculo, la política, la guerra. La televisión “soluciona” en parte esta tensión trayendo el mercado, el sexo, la violencia, el espectáculo al techo que cobija la amorosa intimidad de los padres y de sus hijos.

 

    Por supuesto, se trata de un sarcasmo. Le televisión comercial no “soluciona” nada ni tampoco lo pretende. En sociedades de competitividad mercantil, sexismo, consumo y violencia, las familias expresarán, a su manera, esta realidad y su ‘espiritualidad’. La traerán al techo común el padre o madre que trabajan, los hijos desde el barrio y la escuela. La televisión, el disco, la prensa. Los medios, por ejemplo, no construyen noticias para el bienestar de la familia sino para vender su producto y acaparar avisos. Ninguna empresa televisora tiene en mente las necesidades del amor y el respeto familiares cuando programa telenovelas, series, noticieros, avisos, fútbol. Todo ello es parte de su negocio. Se hace para ganar dinero. Cualquier otro objetivo es indirecto y mediatizado.

 

    Las familias tendrían que hacer un esfuerzo consciente, entonces, y el Estado ayudarles, para no reproducir en su seno la violencia de la realidad o de su mundo. Habría que dedicar tiempo de calidad y en cantidad para lograr que la familia permanezca como espacio de gratuidad amorosa e íntima, como espacio de respeto y de crecimiento compartido orientado, sin ironía, a sobrevivir afuera, en la violencia del mundo mercantil, sexista, guerrero.

 

    Por supuesto, ese tiempo cuantitativo y cualitativo no existe y las políticas públicas en el mejor de los casos aspiran a que bajo el techo común mujeres, hombres y niños repongan energías físicas para retornar al mundo de verdad: el del trabajo, la explotación, el sexismo y la violencia generalizados. Se podría uno preguntar: ¿podrá existir la utopía de la familia en una sociedad dominada por la competitividad, la violencia, la incomunicación, la discriminación y sus contrapartes: el miedo, la inseguridad la ausencia de autoestima efectiva? ¿Serán posibles hoy día los niños?

 

    Mencioné, hace un momento, la “violencia generalizada”. Si bien las diversas familias no se constituyen necesariamente hoy por el sacramento del matrimonio, existe un tipo de espiritualidad o lógica que parece alimentarlas a todas. Se trata de la espiritualidad que se sigue del imperio patriarcal, que es un tipo de dominación o violencia que recorre estructural y políticamente todos los espacios sociales y que obviamente concurre en las instituciones familiares. No he escuchado demasiado sobre esta violencia estructural en este Segundo Congreso Internacional. Las víctimas principales e inmediatas del dominio o imperio patriarcal son las mujeres. En las familias, quien ocupe un lugar socialmente determinado como femenino atraerá autoritarismo y violencia que pueden adoptar el rostro de un cariño protector. Se trata de violencia estructural o imperio que puede prolongarse como violencia situacional (paliza, maltrato psicológico, etc.).

Pero, ¿no es acaso la madre, la “jefe del hogar”, su “reina” o “emperatriz” quien manda en la casa-familia? ¿No se la honra incluso como “santa”? Sí, pero el varón adulto, el macho sigue siendo, como declara la canción, “el Rey”.

 

    La autoridad de la madre ‘tradicional’ en la familia es una autoridad delegada por el Rey. La madre es el eje del hogar siempre y cuando reproduzca en ese tipo de familia la autoridad patriarcal. Si falla, el Rey interviene para anular lo actuado. En los hogares más tradicionales, nuclear y ampliado, la madre administra en tanto madre el dominio patriarcal, es una funcionaria o delegada de ese imperio. Como tal, asegura, con mayor o menor conciencia, su vigencia y perpetuación sociales. Sin duda debe combatirse el imperio patriarcal en todos los ámbitos sociales y de muy diversas maneras, pero si no se lo combate en el seno de la familia ‘tradicional’, no se avanzará en el logro de una cultura sin discriminación.

 

    Una cultura sin discriminación no admite el patriarcado, lo considera delito y persigue legalmente sus prácticas e ideologías como ofensas que castigan a la humanidad. Imaginen. La discriminación contra las mujeres, o de sexo-género con imperio masculino, declarado delito de lesa humanidad. Como la tortura, la esclavitud o el genocidio. Parece fuerte y bueno. Pero debe incluir la lucha por la transformación liberadora de la familia. Y ésta no puede darse sin la transformación del papel que hasta el momento ha jugado la mamá como administradora privilegiada, usualmente inconsciente, del orden patriarcal. Ésta es una de las tareas de ese movimiento social que aún no existe: el de las familias.

 

    Mi segunda referencia habla sobre el valor civilizatorio de la familia. Algunos autores estiman que la institución familiar no solo está en crisis sino que se encamina hacia su desaparición. Por supuesto, podrían estarse refiriendo, para bien, a la tradicional relación padres-hijos y a la socialización autoritaria de estos últimos. Pero en realidad “familia”, como concepto, no indica necesariamente esta relación autoritaria, de una sola vía, que forma a las nuevas generaciones tanto en la dominación de sexo-género como en la valoración del niño y del joven como un “menor” y no como un sujeto con capacidades, derechos y responsabilidades. Queremos entender aquí ‘familia’ como un espacio de reconocimientos y solidaridades gratuitos e íntimos entre seres humanos diversos pero todos con vocación y responsabilidad de sujetos. El padre como un sujeto humano que ayuda a la madre ser sujeto humano. La madre como un sujeto humano que ayuda al padre a crecer humanamente. Los hijos reconociendo y acompañando a los padres. Los padres reconociendo y acompañando a los hijos, no juzgándolos desde una superioridad de la que carecen. La familia como una institución que hace suya la tesis de que quien esté libre de falta o error que arroje la primera piedra. La familia como productora de humanidad y de humanidades.

 

    Tal cosa, se dirá, no existe. Las familias, como hemos discutido aquí mismo, no pueden sustraerse de sus entornos y si estos son competitivistas, violentos, sexistas… las familias serán también, a su manera (o como puedan) groseras, violentas, sexistas. Pero ahora no estoy hablando de lo que existe, sino del concepto ‘familia’ y de su valor como referente utópico, de aquello que nos alimenta como esperanza para vivir. Desde el punto de vista del concepto, no de su práctica, la familia como articulación gratuita de producción de humanidad, ya existe. Quiero dar dos ejemplos conceptuales de sus raíces y sentido.

 

    La primera referencia es lo que voy a llamar la familia globalmente tensionada y desgarrada, configurada por el emigrante o la emigrante que abandona su tierra, su lugar y se radica, muchas veces tras un itinerario cruel, en otra región o país en donde tiene empleo y un ingreso constante. Lo que la prensa y los políticos llaman cómodamente “globalización” pareciera descomponer y desagregar a muchas familias humildes, tanto en México como en América Central y otras regiones del Tercer Mundo. Pero también sabemos que muchos de estos emigrantes retornan, ahorrando desde sus pagas humildes, dinero para que sus madres, hijos, abuelos, tíos… puedan existir con su casa y su ropa y su comida y su escuela en el lugar de origen. Los ingresos por este concepto, retorno en dólares de emigrantes humildes, significan en este momento el segundo ingreso en dólares para México, solo detrás de lo que se ingresa por exportar petróleo. Y esto quiere decir que el emigrante mexicano, mujer o varón, de origen urbano o rural, aunque tenga otra pareja sexual en su nueva tierra (y quizás hijos) recompone con su trabajo y ahorro esforzado la familia original, a distancia, acompaña a sus abuelos, honra a la esposa y a sus hijos. Esta familia globalmente tensionada constituye una experiencia de aprendizaje.

¿Qué podemos aprender de esta familia globalmente tensionada que se esfuerza por seguir siendo familia? Desde luego, solidaridad. Basta compararla con la de aquellos que se casan disponiendo un contrato que asegura que las ganancias de los uno de los cónyuges no pueden ser tocadas por el otro, si las cosas se ponen difíciles o van mal. Pero también la voluntad de recomposición, morosa y fatigosa de tramas sociales hoy, cuando resulta tan cómodo para muchos divorciarse. Si se lo desea, efectiva entrega, amor oblativo, tan unilateral en la doctrina católica. Responsabilidad, autoestima. El emigrante es más familia porque lee y aprecia sus raíces aún bajo las condiciones más hostiles y los tratos más duros. Cuánto amor y calidez humana, cuánta generosidad para aprender y crecer en las familias reconstituidas por las remesas de las y los emigrantes. Y es gente humilde.

 

    Esta primera referencia tal vez les haya resultado grata por emotiva y heroica. La segunda referencia quizás les resulte más polémica. Pero recuerden que hablo del concepto, no de la práctica, de lo que efectivamente se vive. Decía que la familia como articulación gratuita de producción de humanidad ya existe. Una de sus presencias está en la familia homosexual. Desde el punto de vista del concepto, este tipo de familia vincula íntimamente a adultos que voluntariamente desean y procuran reconocerse y acompañarse en sus necesidades y capacidades para crecer como seres humanos. No aspiran a tener hijos ni criarlos. Buscan sin egoísmo, aunque su referente sea sexual, y con honestidad, la plenitud humana y la autoestima que puedan producir como pareja que acomete una empresa común. Ya sé que ésta no es la forma común de entender la relación homosexual. Pero hablo del concepto. Y vista así, la familia homosexual se presenta como una institución culturalmente estimulante de la que la familia heterosexual tradicional (que hoy tampoco está forzada a tener hijos) podría aprender. En breve, ¿qué aprendería? Desde luego humildad: necesitamos a los otros. No es el “yo puedo” aunque sea pisoteando a los demás, o sometiéndolos, sino el “con otros, podemos”. Aprendería horizontalidad: la pareja homosexual enseña una vocación universal de sujeto: ninguno es más que el otro: cada cual en la relación da y crece en autoestima para compartir. Este último es el valor de la gratuidad. Testimoniar gratuidad. Darse la identidad o subjetividad más íntima mediante la gratuidad. Tan diferente a “si tú no me das algo, ya no te quiero”. O “Yo que empeñé tanto (dinero, amor) en educarte, y ahora te vas con el primer conferencista que aparece”, que es lo que suele reprocharse a las hijas cuando eligen como el amor de sus vidas a alguien que su madre o padre estiman inferior, un “bueno para nada”. Humildad sin pérdida de autoestima legítima, horizontalidad, uno de los fundamentos de derechos humanos, entrega gratuita y valiente como criterio para crecer en humanidad productiva y generosa que siempre aprende. Confianza. Fe antropológica. ¿No les parece que ya no una familia sino una sociedad movilizada así, con este espíritu, sería de admirar por amable, por solidaria, por carecer de temor en su inevitable relación de valiente aceptación de los otros? Pues esta sociedad humana específica y universal no será posible sin una transformación radical de las identidades que se construyen día a día en las familias de todos nosotros (que, dicho sea de paso, son asimismo construidas y reproducidas por todos nosotros). Hlabo de una transformación radical que nos exige emigrar de nuestra espiritualidad conformista y asumir la familia como un desafío, como una lucha social, como una apuesta por cuyo éxito nos comprometemos, nos hacemos responsables

 

    Para quienes esta referencia resulte remota, piensen en las actuales sociedades latinoamericanas. Saturadas, desde Chile a México, por discriminaciones brutales y odiosas que nos enfrentan a unos contra otros, que nos obligan a emigrar aun cuando permanezcamos en el mismo sitio y que nos hacen soñar con una seguridad imposible para nuestras familias y nuestros hijos. De cualquier lugar puede surgir un ataque: del asesino, del violador, del patrón, del cura, del policía, del magistrado, del vecino, del futuro. Del conferencista. Entre tanta incerteza, codicia y precariedad nos asalta el deseo. En mala hora, este deseo es pecado o implica agresión, codicia. Lo satisfacemos porque en ello creemos nos va la vida o por cualquier otra razón. Y experimentamos entonces culpa, remordimiento, soledad. Y si no satisfacemos este deseo, nos frustramos y amargamos, bebemos, nos sentimos miserables. Con suerte, nos refugiamos en la intimidad de nuestra familia. Allí hay una abuela, o una tía, o un primo o un pequeño de dos años que siempre nos acoge o reconforta. Tal vez la memoria de uno de nuestros muertos. En realidad, éstos que nos quieren nos tienen lástima o solidarizan con nosotros algo instintivamente. Construimos sociedades de la inseguridad, la culpa, el pecado, la codicia y la conmiseración pero podríamos construir, en cambio, sociedades amables, generosas, cálidas, irradiando autoestima. Mi opinión es que estas últimas hablan bien de las necesidades y deseos de las gentes, de su subjetividad más íntima, en especial de las más humildes.

 

    Se podría objetar: pero si las sociedades, o sea los poderes existentes, no cambian ¿cómo podrían cambiar las familias? Cierto. Sin embargo, no fueron los poderes reinantes en México los que cambiaron su sistema electoral de modo que las elecciones fuesen más limpias y seguras. Lo cambiaron ustedes bajo la forma de un tenaz movimiento social ciudadano. ¿Y cuál es el ámbito más cercano que tienen como hijos, esposos, padres, amantes, parientes, para ejercer poder liberador tenaz si  no el de sus relaciones familiares? Si las familias de la gente sencilla, de las víctimas, no avisan y preparan nuevas sociedades es casi seguro que propietarios, empresarios, curas, cientistas, deportistas famosos, artistas, militares, y sus empresas… no las constituirán. Este es el tema de un movimiento social por la reivindicación social y humana de las familias. El tema de las políticas públicas vista desde las necesidades de las gentes. Como se advierte, no tiene nada de clerical. Es un empeño político y cultural. Soberbiamente humano.

 

    Y hoy día este empeño soberbio parece obligatorio puesto que el siglo XXI probablemente asista al desaparecimiento de la especie humana autodestruida por su codicia y estupidez. Quienes primero emplearon el término ‘familia’, en la antigua Italia, se la representaban como un espacio de servidumbre inevitable. Hoy es posible y necesario imaginarla como espacio de autoproducción de seres humanos, de sujetos. El sujeto mujer, el sujeto varón, el sujeto joven, el sujeto niño, el sujeto anciano. En sociedades que cultivan la servidumbre asalariada, la servidumbre de sexo-genero, la servidumbre cultural que habla y entiende un discurso único, la servidumbre de quienes solo aspiran a ser incluidos (aunque sea en el salvajismo de la guerra)… aparece la necesidad y posibilidad (porque de alguna manera depende de cada uno de nosotros) de transformar liberadoramente y para tareas de liberación, a las familias.

 

    No es raro que las políticas públicas que expresan al Estado y que administran los gobiernos no estimulen familias liberadoras que empoderen a cada uno de sus miembros como efectivos sujetos humanos. Su espiritualidad no sería funcional para este mundo de sórdido brillo mercantil, de lujosa violencia, de brutales discriminaciones. Contra ellos, e interpelando a un Estado que potencia o empodera condiciones para ser interpelado, el movimiento social por la reivindicación de las familias como espacio de aprendizaje y crecimiento colectivo y de autoproducción de humanidad. Contra ellos y a favor de todos y de cada uno, la producción de la familia humana que, articulada con otras luchas, puede hacernos individuos gratificados y responsables, jalisciensas y jaliscienses, mexicanos con estatura de efectivos seres humanos, seres humanos. Y pese su innegable dificultad, esta tarea y compromiso está aquí, en nuestras manos. En las suyas.

 


 

Referentes:

 

Memoria. Primer Congreso Internacional de Familia, Guadalajara, Jalisco, México, Gobierno de Jalisco, Dirección de Publicaciones, Guadalajara, Jalisco, México, 2005.

NuevAmérica: Familia/Familias, N° 107, septiembre del 2005, Rio de Janeiro, Brasil.

H. Gallardo: Siglo XXI: Producir un mundo, Arlekín, San José de Costa Rica, 2006.