II.- Sobre la ciudadanía y la sociedad civil
Detengámonos un momento sobre esta noción de ciudadanía que en México ha alcanzado notoriedad en las últimas décadas bajo la forma de “sociedad civil”.
La ciudadanía es el nombre que recibe la gente cuando sus prácticas están reguladas por un Estado y esta gente acepta ser regulada porque ello le genera seguridad, satisfacción, alegría o, al menos, disminución de sus penurias. Si es así, entonces, dicen los profesores, se da entre la gente “obediencia cívica”. La obediencia cívica se pone de manifiesto en la vida cotidiana: por ejemplo, la gente no arroja desperdicios en la calle, sino que los coloca, clasificados, en botes de basura que ha dispuesto convenientemente alguna autoridad o instancia delegada; la gente, o sea los ciudadanos, no conduce borracha, no es indiferente a la violencia delictiva en las calles, paga sus impuestos y multas con honradez, no aprovecha su posición oficial para robar, traficar y enriquecerse, rechaza indignada la violencia contra los niños, las mujeres, la discriminación contra los indígenas, y en cada caso demanda justicia aunque no haya sido agredido directamente, etc. La obediencia cívica se pone de manifiesto como una cultura política que remite a un consentimiento tácito o explícito sobre la eficacia y legitimidad del sistema social vigente, de sus instituciones y de las lógicas que la animan. Si existe esta obediencia, que es función de la eficacia y legitimidad del sistema y de su gobernabilidad, entonces ‘ciudadanía’ y ‘sociedad civil’ quieren decir aquí “gente bien portada”. Que se comporta de acuerdo a derecho y aprecia y enriquece las instituciones y lógicas (sociales) mediante las que se relaciona con los otros.
Por el contrario, si la gente pasa las cucarachas (o sea la basura) de su patio a la del vecino, si no quiere pagar impuestos y los evade con todo tipo de excusas y trucos ilegales, si consiente la violencia en las calles y cuando puede la practica, si rechaza a la funcionarios públicos no porque roban sino porque no le permiten robar a ella, y desea además impunidad para sus desafueros, como los otros, los poderosos, y por ello celebra las agresiones que quedan impunes, si los procesos electorales la dejan indiferente porque “de por sí todos los políticos son iguales…”, entonces la cultura política y la ciudadanía son de mentirillas y se expresan bajo la forma de un simulacro. La gente no cree en el orden social ni en sus lógicas, pero hace como si creyera, cuando alguien con poder lo está mirando o cuando estima que sus desafueros serán castigados porque no tiene el dinero para sobornar a la autoridad corrupta. En este tipo de ciudadanía y sociedad civil existe una tendencia a la anomia, a la descomposición social. En México, por ejemplo, alguna prensa destaca que los jóvenes (ciudadanos entre 18 y 34 años) no desean votar. La abstención en ese sector de la población llega al 70%. A inicios del siglo, cuando se eligió a Vicente Fox, esa abstención era un poco superior al 40%. En cinco años creció treinta puntos. Es una cifra que expresa un comportamiento preocupante porque cuestiona por parte de los jóvenes la eficacia y legitimidad no solo del gobierno y de los procesos electorales, sino del sistema social. Ahora, no crean que ésta sea una situación que afecta solo a los mexicanos. La tendencia a la pérdida de una cultura de lo público, de valores republicados, de desinterés por la gestación de gobiernos es un fenómeno que recorre toda América Latina, desde luego con las peculiaridades de cada caso.
Existen algunos lemas y prácticas latinoamericanas que expresan algunas de las facetas de esta descomposición social. Los argentinos inventaron y corearon “Que se vayan todos”. Muchas mexicanas y mexicanos humildes y trabajadores prefieren, con gran dolor, irse ellos.
Entonces tenemos ya una ciudadanía y una sociedad civil bien portadas y una ciudadanía y una sociedad civil de mentirillas, que vive un simulacro y que posee tendencias centrífugas, o sea de descomposición.
Existe, o mejor puede existir, asimismo, una ciudadanía y una sociedad civil emergentes. Ésta no es ‘bien portada’ porque reconoce tanto la poca eficacia de la autoridad (y con ello su ilegitimidad) como la responsabilidad que poseen en esta poca eficacia de la autoridad ciudadanos y sectores sociales (mujeres, indígenas, trabajadores, empresarios, estudiantes, familias, etc.) ya sea porque no están organizados o lo están mal, ya sea porque no se dan capacidad para lograr incidencia transformadora, liberadora. O sea, pasar desde lo peor al menos a lo malo y desde lo malo a lo regular y desde lo regular a lo bueno o excelente (y todo esto aprendiendo en el camino, creciendo). Estas sociedades civiles emergentes han sido responsables de todo lo positivo que pueden mostrar las sociedades modernas: prestigio del quehacer científico y auge de las tecnologías, derechos humanos, Estado de derecho, lógicas republicanas y democráticas, soberanía popular, autodeterminación de los pueblos, voluntad de autoconstitución de sujetos, las luchas de mujeres por alcanzar control sobre sus existencias, cautela y cura ecológicas, por citar algunas de diverso alcance y de distintas épocas. Estas sociedades civiles y ciudadanías emergentes se ponen de manifiesto como movilizaciones y movimientos sociales liberadores (la expresión más propia es “populares”, pero tal vez ella provoque en algunos de ustedes asociaciones equívocas). Estas movilizaciones y movimientos, de científicos, de mujeres, de familias (éste no existe todavía), de campesinos, de indígenas… son testimoniales, o sea ponen de manifiesto con sus prácticas una cultura o sensibilidad alternativa.
Así, tenemos tres tipos de ciudadanía y sociedad civil: la ‘bien portada’, la simulada o hipócrita y la emergente. En una determinada comunidad, y también en cada individuo, pueden coexistir las tres. Los seres humanos y nuestras instituciones somos así: complejos. Ahora, si en nuestra sociedad se dan grandes desafíos con muchas victimas y creación de espacios de alta vulnerabilidad, conviene pensar en crear o reforzar sociedad civil emergente. Cuando luchó por la alternabilidad en el gobierno, México hizo eso.
También aquí una indicación conceptual: en esta introducción a la sociedad civil y la ciudadanía utilizo siempre ambos términos (y realidades) articulados. No es que por un lado, o en un ámbito, exista sociedad civil y por otro ciudadanía. Intereses particulares legítimos y existencia pública no se dan en las gentes por separado. Pueden constituirse como una tensión, pero siempre se dan articulados. Se es y se vive como campesino u obrera o empresaria… y también como jalisciense, chihuahense o chilango y mexicano. Quiero decir que es posible imaginar que ser un buen jalisciense o jalisciensa sea una expresión específica de ser un buen mexicano y de autoconstituirse como un maravilloso ser humano, como alguien que produce mexicanamente humanidad.
El efecto práctico de entender así las cosas es que si soy padre debo portarme también como una jalisciensa o jalisciense en relación con mis hijas e hijos y esto quiere decir que parte de mi responsabilidad pasa por crearles las condiciones, en el medio familiar, para que ellos deseen ser buenos jaliscienses, y también buenos mexicanos, donde este Jalisco y este México, enormes, plurales, complejos se entienden como empresas colectivas de un proceso más amplio que es el de producir humanidad. En relación con nuestro tema específico esto quiere decir: debemos imaginar a nuestras familias, y a cada uno de nosotros en ellas, como factores de producción de humanidad. Lo usual es que esto no sea así. Y lo usual o común no es de esta manera porque solemos ver a nuestras familias como “naturales” y no como espacios de aprendizaje colectivo, de crítica, de resistencia y de organización.