Universidad, N° 2000,

julio 2013.

 

          Por fin el “menos malo”, Luis Fishman dixit, de los columnistas fijos de La Nación S.A., asumió lo evidente: en Costa Rica los partidos políticos están en la lona; el gobierno yace en nocaut técnico y la sociedad civil ni siquiera sabe que está en un ring (J. Vargas Cullel, LN: 27/06/2013). Por supuesto, el acierto de la descripción base se acompaña con lo impropio del detalle. Los partidos solo estarían ‘debilitados’ en la lona, “desconectados de la ciudadanía”. No. No existen. Y esto por lo menos desde la década de los setenta del siglo pasado. Tampoco el costarricense posee una cultura ciudadana. Voraces aparatos electorales y foscos regentes de los intereses y fondos públicos medrando ya por medio siglo producen su contraparte: una ciudadanía inexistente. La gangrena es tal que cuando nace una organización que pudo llegar a ser partido, el PAC (2000), logra en tiempo record su situación actual: podrido por una de las “galletitas” que comenzó denunciando: la personalización de la pseudo política.

   Siguiendo con ‘el menos malo’, el gobierno de Chinchilla “…estaría en la lona agobiado por escándalos semanales y abandonado por su propio partido”. Insuficiente. En primer término, carecía de méritos para subir al ring. Segundo,  un partido inexistente no puede abandonar cosa alguna. El plan fiscal fue hundido por “su propio” ‘partido’. Tercero: lo que noquea a la administración Chinchilla es la combinación de una herencia de acumulado clientelismo ‘liberacionista’ con la patética mediocridad del círculo de las amistades presidenciales a las que debe sumarse las recientes. La mediocridad funcionaria, piénsese en el MOPT y la CCSS, por citar dos desgracias, es un efecto sistémico de los partidos inexistentes, en especial el PLN, aunque clientelar y administrativamente “vigentes”.

    Lo erróneo de Vargas se torna aún más patente cuando pone en la misma lona a la sociedad civil debido a que “La suma de enojos organizados alcanzó para marchas y bloqueos pero la ciudadanía se quedó sentada en la cerca viendolos (sic) pasar. No hubo golpe contundente”. Ya sabemos que ‘la’ ciudadanía ni se sienta en la cerca ni muestra el puño porque, como los partidos políticos, tampoco existe. Para que existiera, el Estado tendría que haber promovido, desde siempre, una cultura ciudadana. En lugar de ciudadanía existen sectores sociales desagregados que no dan la talla ni siquiera como grupos de presión. Tiran jabs, pero la mayoría queda en el aire o choca contra la soberbia/impudicia estatal/gubernamental y, desde luego, no pueden impactar a una ciudadanía sorda y ciega por inexistente.

   Por eso una de las llegadas del opinionista menos malo no es de recibo: “Es claro que no solo el sistema político (gobierno y partidos) está fragmentado y erosionado, la sociedad civil también//. En política, pues, padecemos una “trinidad infecciosa”: gobierno, partidos y sociedad civil desacreditados”. No hay tal trinidad, aunque sí existe un miasma que puede llevar a todos al colapso. El fracaso de Chinchilla es parte de la culminación de un proceso de degradación política suicida. El nocaut de los inexistentes partidos es señal específica del proceso anterior y podría ser revertido a poco se tome en serio la propuesta de poner fin a la corrupción, al patrimonialismo y al clientelismo (“galletitas”, “confites”, “trocha”, “otitos”, “doctorcitos”, el hijo de la señora Olsen, etcétera). Sin embargo esta reversión supone una alianza nacional y sangre, sudor y lágrimas. Refundar la política y la república se puede, pero no es tarea de un iluminado ni tampoco fácil o express.

    En cuanto a la sociedad civil, en países como Costa Rica, ‘siempre está naciendo’. Por lo tanto su fragilidad para conseguir resonancias, que sí puede existir, no es señal de acabamiento sino de nacimiento y proceso con horizonte de vida. No se la puede comparar a la agotada mediocridad inevitable del aparato estatal y gubernamental o al espectro de apetitos públicos y privados que quieren pasar por partidos. El menos malo haría bien en preguntarse qué ha hecho el periódico en el que escribe para alentar y respaldar a esta sociedad civil (en la última varia protesta ¡novedad! algún Canal de televisión apostó por su legitimidad). Porque de ella depende, en último término, que quienes con justicia están desparramados en la lona, reciban la cuenta final y sean sacados, ojalá para siempre, del cuadrilátero.
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