Universidad, enero

2013.

 

           Me preguntan si es legítimo el enunciado de la muerte del Partido Liberación Nacional si éste actúa y, además de ganar elecciones nacionales, abre una tormenta o ira política al cesar a un magistrado de la Sala Constitucional negándole continuidad en el cargo. Por supuesto quien me lo pregunta no entiende demasiado acerca de lo que debería constituir a un partido político: estima, como la mayoría de los comentaristas locales, que si uno, con los hermanillos Arias a la cabeza, se inscribe en las elecciones y triunfa, entonces existe como partido. O que si, desde el gobierno, el PLN consigue acuerdos con otros ‘partidos’, en la Asamblea Legislativa, por ejemplo, esto confirma que se trata de una organización partidaria. Tampoco mi interlocutor es sensible a la leyenda del Cid Campeador quien liquidaba moros después de su muerte. Y, más grave, no ha visto nunca una película de los Muertos Vivientes (la primera versión con perfil actual es de 1968) o su serie de televisión (2010).

   Hoy el PLN se conforma mediante “muertos vivientes”. El principal ‘muerto viviente’ es él mismo y sus personeros, pero también transforma en ‘zombis’ sin vínculo sobrenatural a la ciudadanía que vota por ellos, y, por inercia/contagio, a todo ciudadano susceptible de zombismo y a partidos que se querrían políticos, incluyendo al PAC que, en sus últimos tiempos, relegó su sello de origen para aspirar a ser “como el PLN”. O sea, desea morir antes de terminar su fase de nacimiento. El “muerto viviente” que se hace llamar PLN remata asimismo la ‘zombiedad’ virtual de sus clientelas, ya sea las internas ligadas a ‘negocios’, como la liquidación de la CCSS y su contraparte, el auge de la medicina privada y las corporaciones que se disputan el mercado de la salud (farmacéuticas y hospitales privados por ejemplo), el banquete con pocos elegidos de la energía eléctrica o la infinita minería a cielo abierto. Lo que caracteriza a los muertos vivientes del programa de televisión es un ansia/codicia irreprimible por comer carne humana, lo que precipita crisis socio-económicas, y también, desafíos de ‘gobernabilidad’ muy distintos a los que inquietan la personalidad de la sólidamente rara, en el sentido de chocante, presidenta Chinchilla.

    Los muertos vivientes del PLN no portan por su forma la misma ansia/codicia de los zombis del programa televisivo aunque su destructividad es parecida. Ello porque su infección proviene de tres tipos de procesos, todos letales para cualquier especie de vida honesta que se les acerque: uno es el hacer “buenos negocios privados” desde posiciones públicas. El otro, “ser insensibles a la opinión ciudadana” porque para eso “se tiene mandato”. El tercero “ser admirado o temido, pase lo que pase”. Los tres factores, no aditivos, rematan en el síndrome del clientelismo.

    La clientelidad es una enfermedad de doble vía. Por trochas para nada fronterizas  se es cliente, por ejemplo, de la geopolítica de Estados Unidos. Militarizar el desafío del narcotráfico, sabiendo que se trata de una guerra no ganable, y no asumirlo como ámbito de salud pública, es uno de sus frentes. Pero asimismo se puede ser cliente de transnacionales, farmacéuticas o mineras y clientelizador de sectores sociales empresariales y ciudadano/electorales. Las dos vías pueden comprender, y muchas veces articular, corrupción (en el sentido de desapropiación del carácter) y venalidad (con su alcance delictivo). La mordida siniestra de estos “muertos vivientes” acostumbra quedar impune. A juicio de un experto, bajo el imperio de los muertos que matan “… los gobiernos pierden por completo su autoridad” y rige solo la irracional fuerza del acto tras acto de los muertos vivientes. El  reciente episodio del magistrado Fernando Cruz es uno de estos actos. Irracional, torpe, sucio, propio, con su alcance de legal, de quienes llegaron a una posición de poder tras ser mordidos por la muerte que agrede e infecta. The Walking Dead, para decirlo en idioma que todos los costarricenses comprendan.
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