Universidad, N° 1954,

julio del 2012.

 

     Como se sabe, el CONAVI y el Ministerio de Obras Públicas y Transportes, y con ellos la administración Chinchilla, han culpado a un tronco de árbol por el colapso de la principal carretera del país. Cualquiera otra explicación debe ser considerada antipatriótica, conspirativa, o “populista novela delirante”. Obviamente un tronco destructor, con costos millonarios para empresarios y laborales para miles de trabajadores, no es acusable por nada. Solo hace lo que podría hacer “cualquier tronco”. La versión oficial se alarga a lo obvio: ningún funcionario público ni cliente privado tiene responsabilidad alguna en las fallas/colapsos escandalosos acontecidos en carreteras, Caja Costarricense de Seguro Social, Poder Judicial, “trocha fronteriza”, fragilidad de los vice-presidentes de la República, Ministros, o en la evidente incompetencia de la Casa Presidencial.

   El “tronco” azaroso es una “señal” del carácter de la administración Chinchilla, puesta en Zapote por el Partido Liberación Nacional. Lo anticipó ella en el inicio de su gestión: ‘No busco responsables’. Una seña nuclear, por tanto, de su gobierno y también de su “partido” en este momento de su desempeño. El “tronco Doryan” fue algo fortuito, el arista déficit fiscal no podía evitarse, la destrucción de la CCSS se sigue de procesos “naturales”, la “caverna” en la ruta Bernardo Soto es algo raro, la fragilidad del ICE en un mercado competitivo no pudo preverse. El tronco fortuito, que desemboca en desgraciados troncos intragables, como las cartas de recomendación para inducir contratos, se muestra ahora como símbolo.

   Contra el símbolo político del “tronco”, imaginado por el CONAVI, surge la bandera de la responsabilidad política. ¿Se puede evitar la irresponsabilidad política? Más: ¿es evitable la irresponsabilidad política en Costa Rica? Hagamos un rodeo: ¿Cómo se llega a la situación actual de irresponsabilidad política en Costa Rica? Existen muchas rutas para arribar a aspectos de la respuesta. Una inicia con la inexistencia de ciudadanía. Si la población no hace suya una ciudadanía efectiva, ¿cómo y desde dónde exigir a dirigentes políticos, a funcionarios públicos y a empresarios clientes que se comporten como ciudadanos? Sin ciudadanía efectiva, un Estado de derecho carece de su contraparte socio-humana. O no existe del todo o se afloja vía la corrupción, la venalidad, el patrimonialismo y el clientelismo. Un Estado flojo, que en un siguiente giro será Estado fallido, se abre ebrio al dominio unilateral del gran capital, de los buenos negocios privados, a las guerras del crimen organizado y, sin conflicto, a la jerga tecnocrática, a la miope incompetencia e irresponsabilidad funcionarias, a la impune concentración de poderes. ¿Es ésta ya la situación de Costa Rica? Quienes acumulan opulencia, poderes y prestigio afirman que no. Que todo cambiará al irse Laura y llegar, voto mediante, Rodrigo, el líder de la “cara lavada”.

   Este semanario ni es opulento ni concentra poder. Su prestigio, si lo tiene, se sigue de mostrar desde su origen independencia crítica (minoritaria, por ausencia de ciudadanía efectiva). No llega a muchos el periódico e irrita, cuando lo sienten, a casi todos. Se recordará cómo se buscó criminalizar la publicación del memorándum del miedo. Luego se lo minimizó y, por fin, se lo borró de la memoria. Nunca se escribió (uno de sus autores es hoy embajador) y nunca nadie lo leyó. Se llama al lelo ciudadano a volver a votar por sus perpetradores. Esta hazaña anticiudadana ni siquiera llegó a “tronco”.

   Otra vía parte por imaginar cómo arribar a una política saneada. Si se eliminan la violencia armada y las Juntas de Notables (¿con qué agua se lavarían manos y caras?), el asunto pasa por un bloque ciudadano de gente decente. ¿Existe gente decente en el PLN? Sin duda. ¿Y en el ML? Sí. ¿Y entre la población? Probablemente es mayoría, pero no tiene cómo expresar políticamente su decencia y termina votando  por los indecentes. Por supuesto un Bloque Ciudadano de la Gente Decente debe tener un programa mínimo cuyo fundamento es la recuperación de la honestidad en la vida ciudadana y social. Dicho en breve: el sueño del Bloque de la Gente Decente eliminará, en el mediano y largo plazo, todos los “troncos” socialmente urdidos y que hoy hacen a Costa Rica el país más feliz del mundo y, en el mismo flujo, a la ciudadanía menos efectiva de las galaxias. Lo último, con excusas para Franklin Chang.
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