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Revista Pasos, n° 155,

junio 2012.

 

  Presentación: Algunas dificultades para escribir un artículo sobre la realidad cubana

    Nunca ha sido sencillo escribir, desde fuera de la isla y para lectores latinoamericanos, un artículo sobre Cuba en toda la segunda mitad del siglo pasado. Es seguro que tampoco lo ha sido escribirlo desde dentro. Con la autodisolución de la Unión Soviética en 1991, precedida por las revoluciones de las ‘democracias populares’ de Europa Central o del Este, el asunto resulta todavía más complejo. La razón es que se escribe para lectores. Y, en el caso del proceso cubano, estos lectores están sólidamente dominados por estereotipos. Están en primer lugar los de quienes fieramente adversan la experiencia cubana abierta en 1959. Y, frente a ellos, los de quienes ortodoxa, y a veces disciplinadamente, la exaltan/defienden/disculpan. No importa aquí quienes son mayoría o minoría ni tampoco si entre estos polos se dan posicionamientos matizados. Estos últimos existen, pero se ven afectados por el ‘ruido’ producido por los bloques de anticastristas y procastristas. Estos últimos nombres, pro y anti castristas, son ellos mismos resultados del ruido. Se trata, en realidad de una experiencia de una parte significativa del pueblo cubano. De su mayoría. Pero es más cómodo atribuir sus caracteres, los “ruines” y los “maravillosos” a personalidades. Tal vez porque resulta más fácil aplastar brutalmente o levantar estatuas entre vítores y cantos a individuos que a pueblos.


    Escribe, desde su biografía, por ejemplo, una dama cubana, exiliada medio siglo de su país: “Confieso que por años no he sentido más que desprecio por los cubanos que permanecieron en la isla” [1]. El desprecio no es nunca un buen sentimiento, pero puede resultar brutal cuando se lo experimenta contra seres humanos. Esta mujer cubana lo suelta con transparencia porque lo afirma desde lo que siente es su existencia y su sufrimiento. Es casi seguro que muchos en el otro polo desdeñen o desprecien o a sus sentimientos y juicios o a su persona. Es el efecto de posicionarse en alguno de los bloques o anti o pro. El asunto liquida la posibilidad de escribir un artículo “científico” sobre Cuba. Según sea el título, o las primeras líneas o el nombre del autor, los “pro” o los “contra” lo repudiarán. Y algunos de ellos pasarán desde la repulsión a las opiniones y opciones de esos ‘otros’ al desprecio por la persona que las sostiene.


    Resulta útil hacer todavía dos precisiones sobre estas líneas introductorias. La primera es que este artículo se escribe para una publicación (Pasos) que circula principalmente entre personas que se consideran a sí mismas con fe religiosa. Los creyentes religiosos, en cuanto creyentes y sector social, en especial los de inspiración cristiana, que es la confesión mayoritaria en el subcontinente, han llegado tardíamente a la política en América Latina y el Caribe. El punto no es anecdótico ni se resuelve mencionando a Bartolomé de Las Casas y sus argumentos sobre la humanidad de los pueblos originarios o la presencia de curas revolucionarios en la declaración argentina de independencia (1810) o la participación del bajo clero y la adopción de lemas y símbolos religiosos en el levantamiento independentista mexicano del mismo año ni, para el caso costarricense, la temprana pero efímera aparición de un partido socialcristiano, el Reformista, en la década de los veinte del siglo pasado. Tampoco con el trabajo de los curas obreros.  Aunque con diferencias específicas, estas experiencias en contestaciones y procesos revolucionarios o socio-populares no implicaban a la cultura o sensibilidad dominante de la institucionalidad religiosa. Se rechazaban algunas de las prácticas de los conquistadores o el dominio español peninsular y se aspiraba a algo nuevo, pero no se producía, ni dentro ni fuera del templo, una transformación cualitativa de la experiencia de la fe religiosa católica ni de sus vínculos con el poder económico-político y cultural. La verdad de las cosas seguía estando en el mundo tal como Dios (o la historia del pecado) la había impreso en él y los cuerpos finitos y mortales de los seres humanos continuaban escindidos de sus almas. El advenimiento de un laicismo de manual y barraca terminó por asegurar la separación (por demás falsa), e incluso incompatibilidad, entre el César y Dios. Para los más progresistas, podía hablarse de fe (religiosa) y política, pero no de fe político-religiosa. La llegada de los protestantismos, dificultosamente legalizados en la segunda parte del siglo XIX, tampoco ayudó en exceso en sociedades escindidas y desagregadas por la Colonia y la prolongación de la dominación oligárquica conservadora o ‘liberal’. El protestantismo cooperó con la estratificación y, sin paradoja, desagregación/integrada de los sectores de menos recursos, vía servicios en salud y educación e introdujo opciones eclesiales pero, de manera también significativa, sumó  asimismo perspectivas para apreciar los desafíos sociales y la actividad de los políticos como ámbito de Satanás. De esta manera los cristianos en América Latina vivían a su Dios en los templos, los cultos y la oración y, con suerte, en sus hogares. La inserción social y política conducía al Infierno. La asamblea de fieles, en cambio, a un factible Paraíso. Para muchos sectores de empobrecidos y humillados la separación entre la existencia terrena (orden socio-político y cultural ‘natural’) y la sobrenatural (avisada por las asambleas religiosas), era un consuelo: siempre podían decirse en sus agrupaciones, y sentir, que en el Cielo ellos serían los primeros.


    Esta situación de enajenación y fetichización generalizadas de la religiosidad cristiana latinoamericana varió algo con la experiencia cubana de finales de la década de los cincuenta. En el período, y aunque mayoritariamente no fueron partidos confesionales, se generaron y asentaron partidos democristianos, más específicos que el imaginario de inspiración socialcristiano que les precedía, organizaciones que, donde pudieron, agitaron la cuestión de la reforma agraria, asunto que fue respaldado por EUA mediante una Alianza para el Progreso para toda América Latina. Con la puesta oficial en escena de la distribución racional de la tierra y la organización campesina éstas se podían entender como raíces sociales que aproximaban al Cielo en el mismo movimiento que las actitudes y acciones de las oligarquías tradicionales alejaban de él. En el caso chileno, el desempeño democristiano contuvo también su escisión en un partido con mayor perfil popular y socialista compuesto fundamentalmente por personalidades con fe religiosa: el Movimiento de Acción Popular Unitario, MAPU. Fundado en 1969, se incorporó a la campaña electoral de la Unidad Popular, una coalición amplia que incluía a marxista-leninistas, socialdemócratas, independientes, que elegiría al año siguiente como Presidente de Chile a Salvador Allende.


    Aunque aminorado por inevitables inercias clericales, el impacto del Concilio Vaticano II (1959-65), que coincidió en el tiempo con el triunfo de la experiencia político-militar cubana, también permeó aspectos de la sensibilidad tradicional de sectores católicos minoritarios que quisieron testimoniar el esfuerzo del Concilio para reinsertar a una iglesia, que parecía moverse hacia una descentralización con mayor protagonismo de los laicos, en un mundo en el que ella deseaba movilizar y servir a un universal pueblo de Dios. La historización de algunas liturgias contribuyó a acercar físicamente los servicios religiosos a la existencia de las gentes. ‘Salir del templo’, algo que habían avisado los sacerdotes obreros, ya no fue necesariamente vinculado con algo ‘raro’, pérdida de fe, estigma o pecado. El punto, salir del templo, ya practicado por sectores protestantes, permitió vincular en los complejos y demandantes frentes sociales a laicos creyentes, algunos obispos, sacerdotes, religiosos/as y pastores de diversas iglesias. En lo que aquí interesa, el éxito del proceso revolucionario cubano, combinado con el rechazo (que se extendió hasta entrada la década de los noventa del siglo pasado) que hizo su dirigencia a la participación de los creyentes religiosos, en cuanto creyentes, en la construcción de una nueva Cuba con horizonte socialista (rechazo derivado del apoyo institucional católico a un fallido intento estadounidense por invadir la isla), provocó reacciones, muchas de ellas entusiastas, entre estos cristianos minoritarios que deseaban estar en procesos como el cubano porque en ese momento, década de los sesenta e inicios de los setenta, él aparecía como respuesta a los problemas del subdesarrollo y del rebajamiento humano de un importante número de sus poblaciones en América Latina. Por supuesto, existen otras influencias, como la propuesta de Paulo Freire (su primer libro es de 1967) para la educación de adultos que, sin duda, se prolongó en el espíritu de las Comunidades Eclesiales de Base y en la Lectura Popular de la Biblia. Pero los diversos tipos de decantación de esta politización de la experiencia de fe, fogosa pero minoritaria, generaron muchos nombres que designan experiencias y procesos no necesariamente compatibles: Sacerdotes del Tercer Mundo (Argentina, 1968), Cristianos por el Socialismo (Chile, 1971), Iglesia Joven, Camilo Torres y su experiencia político-militar en Colombia que lo transforma en referencia icónica del subcontinente y mundial, Iglesia y Sociedad en América Latina (Perú/Uruguay 1961), Golconda (Colombia, 1968), la inicial Teología latinoamericana de la Liberación y hasta una expresión en el más alto nivel de la iglesia institucional en el subcontinente: la  Conferencia General del Episcopado en Medellín (1968) y sus Documentos Finales. Algunos percibieron una revolución en la iglesia latinoamericana[2] Otros, a una iglesia en explosión [3].


    De modo que los creyentes religiosos, sacerdotes y laicos, quisieron transformarse en fuerza social, o formar parte de ellas, en la segunda mitad del siglo XX, e incidir en la existencia política entendida como la que se realiza en función de los escenarios cuyo eje es el Estado. Esta incidencia podía buscarse militando en otras movilizaciones populares, electorales, sociales o político-militares, como un luchador social más, o desde su posicionamiento de fe religiosa, aunque sin hacer partido separado. Como no resulta factible discutir esta cuestión aquí en detalle, indiquemos dos situaciones. Cristianos por el socialismo, por ejemplo, decidió participar en el movimiento electoral de Unidad Popular en Chile sin hacer referencia a su fe religiosa. No era tanto su discernimiento y sentimiento religioso el que los llevaba a apoyar a Salvador Allende, sino su juicio político acerca de lo que era mejor para el pueblo de Chile. El sector camilista del ELN colombiano luchó, en cambio, política y militarmente sustentado en sus creencias religiosas y en el vínculo que desde ellas establecían con la lucha armada y la revolución popular. El “amor eficaz” de Camilo Torres que lo inspiraba tiene raíces evangélicas y sus tesis políticas poseen un alcance teológico. La violencia político-militar popular, para este enfoque, no es únicamente una opción entre otras para los creyentes cristianos, sino una obligación. Amor eficaz y violencia justa se siguen de una lectura evangélica y política de la Colombia oligárquica que se debía destruir/superar. Amor eficaz y violencia justa no permitían, por ello, seguir insertos en la institucionalidad ‘cristiana’ (específicamente en el aparato clerical católico) colombiana. Para este sector del ELN colombiano, el aparato clerical católico era parte del sistema.


    Lo que interesa aquí, sin embargo, es que ninguna de estas opciones: insertarse en la lucha popular sin darle carácter desde la fe religiosa a ella, o luchar desde la fe e imprimir desde esta fe un nuevo carácter a la lucha popular, se insertaba en un espacio político virgen, o sea sin historia. Los creyentes religiosos debían aprender a aprender velozmente esa historia, y asumirla, para ser eficaces. No interesa aquí por qué no lo hicieron o no pudieron hacerlo [4]. De este modo el carácter cristiano-evangélico-liberador de la lucha popular latinoamericana no llegó a plasmarse. Los creyentes religiosos, donde lucharon, lo hicieron solo como compañeros de camino, no como una fuerza espiritual crítica y estratégica en el complejo movimiento social popular.


    Así, en lo que quizás fue el mejor momento (por variedad y calidad) de la inserción de los creyentes religiosos cristianos en los movimientos populares revolucionarios, ella no consiguió superar la distancia entre fe religiosa y política, o establecer, como propuesta, el vínculo entre la lucha revolucionaria y el Reino. Los sucesos políticos y lo político (el orden/desorden social) siguió presentándose como algo ‘externo’ a sus mejores y más entusiastas sentimientos y espíritus. Esto no ha variado significativamente al día de hoy, aun si se considera la experiencia centroamericana y en especial la sandinista. Los creyentes religiosos, en cuanto creyentes, siguen viviendo lo político y la política como si no tuviese relación ninguna o significativa con su salvación. Y esto, dicho en breve, quiere decir que no entienden de qué se trata. Advirtamos que estamos ante una ignorancia (e ingenuidad) socialmente producida, no de una ‘culpa’ de los creyentes religiosos.


    La segunda cuestión es más breve, pero igual de importante. Hablar “tibiamente” a militantes cubanos acerca del proceso que protagonizan y exaltan/sufren, significa de inmediato no ser escuchado. No se trata de ser corregido por esa tibieza y de los errores que ella podría contener, sino no ser escuchado del todo. El punto puede entenderse y asumirse. El pueblo cubano es un pueblo que construye su actual autoestima enfrentando una agresión que tiene ya más de medio siglo. Defensa e incluso altanería se comprenden en este marco. Pero un militante cubano tampoco admite el elogio (desproporcionado o correcto, no importa) de alguien externo a su proceso. Quien no lo vive, no tiene capacidad ni derecho ni siquiera a elogiarlo. Con suerte, toca aplaudir. Si se elogia a Cuba, con buena fortuna se debe esperar que quien recibe el elogio lo escuche educadamente, pero finalmente termine por interrumpirlo y decir el mismo elogio pero que esta vez adquiere su valor efectivo porque lo pronuncia un revolucionario cubano. Puede ser el aislamiento, puede ser algún tipo especial de sectarismo o la convicción radical del carácter heroico del proceso (¡y lo es!), pueden ser muchas cosas… pero el elogio no vale si no sale de los labios y de la experiencia de un militante de la revolución. Por supuesto existen sectores de cubanos que aceptan y agradecen la solidaridad con su proceso, pero aquí se habla de militantes y de su rigidez.


    Valga esto para ilustrar parte de la dificultad contenida en la tarea de escribir un artículo sobre Cuba que va a circular principalmente entre creyentes religiosos y que quizás pueda caer en las manos de algún cubano militante. Los primeros tienen dificultades para asumir en términos no éticos y restrictivamente temáticos lo político y la política. Los segundos se han construido una coraza de ensimismamientos. Y esto solo contando a sectores ‘progresistas’. Se trata, por ello, de un encargo complicado, más si se trata de un artículo breve. Sería mejor un diálogo informado. Pero en las condiciones actuales no puede hacerse.
   
    Dos opiniones recurrentes sobre Cuba


    La prensa oficial resaltó la declaración de Benedicto XVI, hecha durante su reciente vuelo (marzo 2012) a México, acerca de que el socialismo marxista estaba superado y que Cuba debía hallar nuevos modelos [5]. Ya en Cuba, después de su visita a México, el jerarca de los católicos, moderó su planteamiento: ‘Cuba debía abrirse al mundo y el mundo debía abrirse a Cuba’. La nueva versión, una paráfrasis del discurso de Juan Pablo II, se entiende: estaba hablando en suelo cubano y principalmente a los cubanos.


    Para un contexto desinformado, el Papa, en su versión dura, decía una verdad hecha de piedra de cantera. La experiencia socialista cubana fracasó, su líder histórico morirá pronto, y el pueblo cubano ya no debe sufrir más una dictadura que no respeta derechos humanos y viola la dignidad de las personas en el mismo movimiento que produce hambre y miseria. El discurso es una versión particular de la sentencia: el socialismo no es factible: ya ven como la URSS cayó y China se pasó a un capitalismo con dictadura.


    Eso sí, en la proclama papal, se trata de piedra de cantera porosa y floja y, por ello, quizás polémica. Benedicto XVI viajó a Cuba desde México. En este último país no habló para nada de ‘modelos fracasados’. México es un país capitalista dependiente, mayoritariamente católico. Según el último informe del Índice de Desarrollo Humano (PNUD), ocupó en él el lugar 57. Cuba ocupó el 51 y la medición no la realizan funcionarios cubanos. En la región latinoamericana solo anteceden a Cuba en este cuadro Chile (45), Argentina (46) y Uruguay (52). En el índice, Cuba alcanza 0.776 y México 0.770. Costa Rica, el país con la población más feliz del mundo, ocupa el lugar 69 y su índice es de 0.744. Benedicto XVI viajaba a México. Alguien podría haberle contado que ese país se ha “abierto al mundo” (en su caso a EUA y Canadá) mediante unTratado de Libre Comercio y que algunos de sus resultados, después de más de una década, han llevado a EUA a construir un muro para bloquear el flujo de inmigrantes mexicanos no deseados por su frontera común. Es decir Canadá y EUA no desean abrirse a México, o no al menos a las necesidades humanas de su población. El capital, y las armas, sí pueden circular sin trabas. También el comercio de órganos de niños. La descomposición interna de México, debido a la corrupción empresarial y en el Estado/gobierno, precipitó una guerra que contabiliza ya unos 50.000 muertos. Los últimos dos gobiernos han sido del PAN, una secta fervorosa y fétidamente católica. Han sido tan malos estos gobiernos que la ciudadanía mexicana (que reza y marcha para que se interrumpan la violencia y la corrupción) se apresta a regresar a un gobierno del PRI. ¿Benedicto XVI no está enterado de nada de esto? Alguien debería informarle y añadirle algunos datos sobre las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, los fraudes electorales, la complicidad de los estados en el tráfico de drogas, la violencia legal e ilegal sobre los emigrantes. La situación mexicana, que algunos analistas estadounidenses ya califican como la de un Estado “frustrado” (peligroso para ellos y susceptible por tanto de ‘ordenación’), ha debilitado además la muy frágil y también cristiana América Central, hoy una de las rutas del tráfico de drogas. Retornando al ranking de desarrollo humano, los países centroamericanos se “han abierto al mundo y el mundo se ha abierto a ellos” con los siguientes resultados: Guatemala, puesto 131 (0.014), Nicaragua, 121 (0.024), Honduras, 121 (0.625), El Salvador, 105 (0.674). Todos estos países, excepto Guatemala, donde existe un sector significativo de protestantes, son devotísimos de la Virgen María y fervorosamente ‘democráticos’ (votan religiosamente por sus candidatos oligárquicos y neoligárquicos), pero sus resultados, medidos por el PNUD, son peores que los de Cuba. ¿No convendría recomendarles a ellos algo también?


    Dejemos en paz América Latina. La zona del mundo donde la iglesia católica crece más rápidamente es África. Y el país donde este crecimiento es más vivo es Angola. Sitio en el ranking de desarrollo humano: 148 (0.486). Lejísimos de Cuba. ¿No convendría que reconsideraran su opción clerical de fe religiosa? ¿Y que recordaran, por ejemplo, el papel de los funcionarios católicos y del aparato clerical católico en el genocidio de Ruanda (1994)? ¿Se informó Benedicto XVI que en ese genocidio concurrieron, de diversa forma, la católica Francia, el FMI, el Banco Mundial (no está clara la opción sobrenatural de estas agencias) y la iglesia católica de Ruanda? En Cuba, donde pueden coexistir todas las opciones religiosas, no se ha dado ningún genocidio. Si hubiera ocurrido, todo el “mundo libre”, es decir sus voceros dominantes, habría aullado hasta conseguir la liberación de Cuba, ojalá por la OTAN. Entonces, no ha habido genocidio alguno. Cuándo se exige al régimen y pueblo cubano “abrirse al mundo”, ¿esto incluye abrirse al genocidio? ¿O solo hay que abrirse al disfrute de mercancías, viajes al espacio y concentración de poder y riqueza en monopolios, concentración que anula al régimen democrático? Abierta a la virgen María, Cuba ya lo está. Que su ‘orden’ no permita que actores católicos den clases a niños y jóvenes es algo distinto. Pero el culto mariano puede combinarse con la devoción a orishas, la adhesión a la Regla Conga, el culto Ifá y el espiritismo, entre otras maneras de contactarse con lo sobrenatural. Por sus raíces culturales y “apertura religiosa” al mundo (judaísmo, comunidad baha’í, budismo, confucianismo, etcétera), la población cubana es muy compleja y variada en sus adhesiones religiosas. Es cierto que las iglesias protestantes no son especialmente proclives al culto mariano, pero no se trata de una decisión cubana, en sentido estricto y oficial, sino de un criterio de esas mismas iglesias.


    Consideremos un país distinto a los mencionados, un país que posee un índice de desarrollo humano muy por encima del logrado por Cuba, pero que parece compartir ciertas preocupaciones políticas con el país caribeño. Israel tiene un índice de 0.888 en desarrollo humano y ocupa el lugar 17 en el mundo en ese listado. Los dirigentes israelíes estiman que contra ellos existe una conspiración (hoy la encabezaría Irán) y que ello los obliga a defenderse de todas las maneras posibles. Para ‘defenderse’ ensancha ilegalmente su territorio (lo llama ‘colonización’), masacra palestinos y de paso a quienes simpatizan con la causa palestina y amenaza permanentemente con bombardear objetivos, incluyendo personas, fuera de su territorio. Agrega a su defensa la retaliación por los crímenes cometidos contra judíos durante la Segunda Guerra Mundial. El Estado de Israel se otorga el derecho de secuestrar o asesinar a quienes vincula con esos crímenes. Para hacer todo esto (amenazar, torturar, masacrar, violar sistemáticamente el derecho internacional), Israel posee armamento nuclear, y la clara disposición para utilizarlo, y un socio en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que bloquea cualquier acción internacional contra su Estado. Los dirigentes cubanos, por su parte, también creen que su Estado se ubica en territorio hostil y que existe una abierta conspiración contra su existencia. Estiman que quien encabeza esta conjura es EUA, la principal potencia militar del planeta y la principal economía del área. Cuba se defiende no con genocidios ni con armamento atómico ni asesinando personas en el mundo. Su defensa consiste en tratar de mantener a su población sin grietas significativas (gobernabilidad y hegemonía, son aquí los tópicos) y en medidas jurídico-políticas internas que bloqueen y desalienten las acciones de los conspiradores. Cuba e Israel consideran que contra sus Estados se libra una guerra. No viene aquí al punto discutir  si llevan razón o se trata de un sentimiento neurótico. En todo caso, se organizan internamente para no ser derrotados en esa guerra porque valoran que esa derrota les significaría el aplastamiento de su identidad histórica. Estiman que ese costo es demasiado alto.


    La prohibición para que los creyentes católicos puedan educar (fuera de sus templos) a los cubanos forma parte, por el momento y desde los años sesenta, de esas medidas internas de sobrevivencia. Pero la religiosidad católica y la institución pueden funcionar en Cuba. Lo que está vedado (y por razones históricas, no por caprichos) no es la religiosidad católica sino que el aparato clerical católico tenga incidencia político-educativa. Los dirigentes del Estado de Israel toman medidas mucho más fuertes contra sus enemigos y contra quienes sospechan lo son o lo fueron. Cuba carece de la voluntad y tampoco tiene la capacidad para hacer lo que hace Israel. Para Israel abrirse al mundo árabe puede significar su muerte. Para Cuba “abrirse al mundo capitalista”, que incluye en América Latina al catolicismo como aparato clerical, no como religiosidad, también.


    Para tratar con justicia a Benedicto XVI habrá que reconocer que las declaraciones que la prensa destacó inicialmente al parecer fueron textualmente las siguientes: “El marxismo está superado y hay que “hallar nuevos modelos””. Esto no invalida para nada la discusión anterior. Más bien la refuerza. En realidad Cuba no es “marxista”, sino que oficialmente apela al marxismo-leninismo. A Benedicto XVI se le estima intelectual. Debería comprender la diferencia abismal entre marxismo y marxismo-leninismo. Si no la entiende, debería hacer que alguien se la explique. Cuando haya terminado con ese curso, otra persona debería ponerle en claro que la experiencia cubana se ha sostenido más por su cubanía que por su marxismo-leninismo. Como europeo quizás Benedicto XVI no logre entender esto. Pero en todo caso un sector significativo de cubanos, en especial los jóvenes habaneros, podría estar irritado o crítico o incluso repudiar su camino socialista marxista-leninista, pero también con seguridad no desea renunciar a su cubanía. El isleño pueblo cubano es querendón de su historia, de su Martí, de su independencia, de su nacionalismo, de sus peleas con el imperialismo yanqui cuyas derrotas le causan satisfacción intensa. Cuba no es Polonia ni Hungría. Si le queda tiempo libre, convendría que Benedicto XVI también revisara su comprensión de este punto. No para que simpatice con el régimen cubano, sino para que lo entienda.


    Un último punto acerca de los estereotipos del Papa. Si estima que ‘el marxismo’ ha sido ‘superado’, puede que comulgue con la tesis de que el capitalismo ha triunfado. Ahora, puede que el capital (en particular el financiero) vaya “ganando” y por paliza. Pero su ‘triunfo’ se alimenta con miseria humana, o sea con rebajamiento colectivo y con uno de sus efectos: el desafío ambiental radical. Las principales víctimas en cuanto personas y sectores son los ancianos, los jóvenes, las mujeres, los emigrantes no deseados, la fuerza de trabajo y la Naturaleza. Para los niños, es la ruina. El ‘triunfo’ del capitalismo se traduce en la derrota de los seres humanos y en una posibilidad clara de acabamiento de la especie tal como la hemos conocido. Resulta obsceno que un dirigente ‘religioso’ mundial dirija palabras duras y desinformadas a la diminuta experiencia cubana, que se desea alternativa, y a sus errores, e invisibilice la crisis planetaria de civilización. El asunto no se resuelve con alguna observación menor (acompañada de guiños) al ‘capitalismo salvaje’ (hoy no hay de otro). El desafío proviene del sistema. Y quizás en la experiencia cubana existan atisbos para enfrentar y superar este desafío. En todo caso en la experiencia institucional del aparato clerical católico, y desde el Imperio Romano, no los hay.


    Abandonemos los prejuicios, ignorancias y estereotipos del pontífice ‘intelectual’ acerca de Cuba y recojamos el testimonio de una cubana de base, aunque residente desde niña en EUA. Se llama Michelle Penabaz y su testimonio lo publica el periódico La Nación, principal medio impreso de Costa Rica [6]. Confiesa que “para recordar sus raíces” regresó a Cuba, en viaje suponemos breve. Encontró lo que todos ya saben: “… derrumbe paulatino de las hermosas edificaciones, la falta de alimentos e insumos básicos, los sueldos de los profesionales ridículamente bajos, la prostitución rampante y los impedimentos para viajar (…) una economía tan destruida como sus edificios”. Como se advierte, solo estuvo en ciudades, quizás solo en La Habana. Si hubiera viajado a las zonas rurales y provincias, tal vez habría encontrado otras miserias. O quizás no [7]. En todo caso, vio lo que “quería ver”. “Lo que todos sabemos”.


    Pero también vio otras cosas. Estima que nadie habla de ellas. “De lo que no se habla es del hambre, del atropello a la dignidad humana y de la desesperanza de la gente”. Se ve que lee poco. De esto habla un día, en artículos y libros, y el otro también, por ejemplo, Carlos Alberto Montaner e infinidad de “analistas” que se le acercan. Como Penabaz quizás lee poco, tuvo que descubrirlo solita.


    Su descubrimiento lleva la señora Penabaz a mostrar sus sentimientos: “Confieso que por años no he sentido más que desprecio por los cubanos que permanecieron en la isla (…) Después de esta visita, solo siento compasión y una indignación inmensa porque, luego de tantas vicisitudes, “la revolución” solo sirvió para destrozar un país y a su gente”. Como existe distancia entre el desprecio y la indignación y la compasión, con ventaja para estos últimos sentimientos, podríamos pensar que su visita a Cuba le sirvió a Penabaz para crecer humanamente. En especial si ‘compasión’ se acerca a su raíz etimológica que apunta a “sufrir juntos”, cuestión que la acerca políticamente a la solidaridad y a luchar juntos para salir del dolor. Por desgracia, no es lo que quiere decir la señora Penabaz cuando pronuncia o escribe ‘compasión’.


    Resulta ya factible trazar un apunte crítico: ¿cómo es que el PNUD pone a Cuba en el cuarto lugar latinoamericano de desarrollo humano, si el país y su gente están ‘destrozados’. ¿Querrá decir que, después de los tres primeros, todos están destrozados y más que Cuba? Porque si es así, entonces la responsabilidad no recae sobre ‘la’ revolución. Brasil no ha hecho ninguna revolución. Paraguay tampoco. Colombia menos. Etcétera. También podría pensarse que en Cuba la revolución mata y en los otros países la no-revolución es la que liquida. En todo caso Penabaz no desarrolla las dificultades de su apreciación.  Y su ‘compasión’, como se verá más adelante, es peligrosa, no empática.


    Penabaz continúa con su testimonio: ““Esto no es un país, esto no es nada. Es solamente un experimento diabólico de Fidel Castro”, me dijo una amiga que por circunstancias de la vida tuvo que permanecer en Cuba. Es paradójico que, en pleno siglo XXI, cuando el mundo se vanagloria de los logros obtenidos mediante las comisiones de derechos humanos, se permita a una persona adueñarse de un país y cometer toda clase de atropellos sin sanción alguna”.


    Penabaz estima que Fidel es el dueño de Cuba, desde hace más de medio siglo: “Fidel, a pesar de la imagen de fragilidad que presenta, sigue siendo el que manda y el dispone. Las tales aperturas: teléfonos celulares, DVD, entrada a los hoteles y ahora la autorización de compra y venta de ciertos bienes inmuebles, son idea suya. Raúl, a quien se le atribuyen estos logros, fue y sigue siendo una figura decorativa”. Esta parte de su artículo no ayuda en exceso a pensar que su autora pueda ir algo más allá de sus sentimientos personales acerca de lo que está hablando. ¡Raúl Castro, el responsable histórico del aparato militar cubano, entre otras funciones, una ‘figura decorativa! Pero su curiosa opinión se publica destacada en el periódico de mayor circulación de un país y, nexos empresariales mediante, su texto será reproducido en diferentes periódicos del subcontinente y de Estados Unidos. Entre otras cosas, porque él abunda en “…lo que todos sabemos” sobre Cuba. Sin embargo el texto comunica asimismo otro mensaje, además del de la honestidad existencial de la señora Penabaz (si es que ella existe) y nos detendremos en él, solo para mostrar lo que algunos desean se produzca hoy en Cuba.


    El título del artículo que comentamos es “Fidel, su feudo y un mundo indiferente”.
Detengámonos en su segundo núcleo, puesto que el del feudo fidelista no parece excesivamente ilustrado. Un mundo indiferente. La premisa del argumento es que en el ‘feudo satánico regido por Fidel’ los cubanos, siguen siendo gente cálida y simpática, pero cuando recuerdan las dificultades, prohibiciones, carestías e indignidades que les impone el régimen despotrican contra él y no les importa nada porque ‘no quieren seguir viviendo así’. Gente desesperada. Que, sin encontrar salida para sus congojas, “se pone a llorar”.


    Penabaz pregunta entonces a alguno de ellos (un taxista): “¿Por qué no se rebelan y arman otra revolución?” La respuesta: “Nosotros no tenemos a nadie que nos ayude y sería un genocidio”. Ya se ve: gente desesperada, quebrada y abandonada al que su gobierno amenaza con asesinar.


    La autora termina así su artículo: “Esta es la Cuba de hoy en día y el mundo alegremente hace sus convenciones, festivales y cumbres en medio de un panorama que semeja el hundimiento del Titanic”.
Digamos, Fidel está ahogando a toda la población cubana con un infierno en el que solo él se divierte. Ante su satánica locura, nadie hace nada. ‘Un mundo indiferente’.


    Recordemos directamente, para abreviar, qué o quien se hace cargo en este inicio del siglo XXI de las poblaciones que padecen el infierno de sus dictaduras y que han sido llevadas a la desesperación y a tal nivel de postración que ni siquiera pueden iniciar una “primavera caribeña”. La respuesta es el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la OTAN (su actual brazo armado) y funcionarios de la Corte Penal Internacional. Como se advierte, la ‘compasión’ de la señora Penabaz entiende la solidaridad como una invasión y un genocidio como los que están ocurriendo en Afganistán y Libia y como se desea ocurran en Siria e Irán.


    Por supuesto aquí se regala que la señora Penabaz sea la autora del artículo y se aprovecha de mencionar, en contra de sus valoraciones, que en este momento el gobierno cubano tiene la solidaridad de la Organización de Estados Americanos (vale poco, pero es algo), con la excepción de EUA y Canadá, que no ve en ese gobierno ni en su pueblo más drama que los contenidos en una lucha por salir de sus crisis por sus medios, con cooperación solidaria y dignidad. Fracasado el embargo estadounidense de más de medio siglo en su meta de colapsar al régimen cubano, la señora Penabaz sueña con que la OTAN reivindique sus angustias personales, legítimas porque ella las vive, pero que carecen de valor objetivo porque la Cuba que describe ni es toda la Cuba que existe ni es tampoco la que ven la gran mayoría de gobiernos de América Latina y el Caribe.

    La Cuba actual: ¿al borde del colapso final?


    La situación de Cuba en el año 2012 se inscribe en un proceso de crisis abierto en la década de los ochenta del siglo pasado. Este proceso de crisis no es ‘la’ causa de todos los desafíos actuales que experimenta el proceso cubano, pero agudizó factores negativos anteriores y los articuló con los producidos por el colapso fulminante del área planetaria de economía socialista, fenómeno que se puede signar, por comodidad, con la autodisolución de la Unión Soviética en 1991 y su reemplazo por Rusia y otros Estados y la Federación Rusa (ente jurídico). Para decirlo sumariamente, la desaparición del Consejo de Ayuda Mutua Económica (Comecón) fue el principal factor de entorno del ingreso de Cuba en lo que se llamó “período especial en tiempos de paz” (1991-94). El otro factor de entorno fue el recrudecimiento del bloqueo estadounidense (Cuban Democracy Act [1992], Ley Helms-Burton Act [1996])  para acelerar la caída de una economía de la que se pensó no sobreviviría al colapso soviético. En términos más amplios, ambos factores se expresan en el marco de la defunción oficial de la sensibilidad desarrollista abierta tras la Segunda Guerra Mundial y la propuesta del Consenso de Washington que enfatizaría el ‘comercio libre’ (mundialización sin trabas del capital), el crecimiento económico, el individualismo, la existencia de ‘ganadores’ y ‘perdedores’, y una geopolítica centrada en invasiones, guerras e intervenciones ‘humanitarias’ desde tramas transnacionales e internacionales de poder.


    El colapso soviético y la desaparición del Comecon instalaron la más profunda crisis económica en medio siglo para la experiencia cubana. Después de 15 años de sostenido crecimiento económico, el producto interno bruto cayó, entre 1990 y 1992, en un 37% para las cifras oficiales. Otros cálculos la elevan al 45%. La explicación inmediata era sencilla: la economía cubana es pequeña, poco diversificada y depende del comercio exterior. Debido al bloqueo estadounidense sus importaciones provenían en más de 4/5 partes del Comecon. Y este se disolvió velozmente en la nada. La nueva Rusia, además, alteró sustancialmente las relaciones que la Unión Soviética sostenía con Cuba. Las importaciones de petróleo, por ejemplo, cayeron desde 13 millones 300.000 toneladas en 1989 a menos de dos millones en 1992. Las de fertilizantes descendieron de 1 millón 300.000 toneladas a 250.000 toneladas. Las de alimentos para animales se desmoronaron pasando de 1 millón 600.000 toneladas a 450.000. La desaparición del comercio con países socialistas hizo que Cuba volviera a depender de su comercio con el mundo capitalista. Debido al bloqueo estadounidense este comercio resulta ostensiblemente más caro que para otras economías. Los precios de pollos, leche y petróleo subieron para los cubanos un promedio del 28% entre 1989 y 1992. Sus principales productos de exportación, azúcar y níquel, bajaron en ese período una media del 24%.  En 1989 Cuba importaba 8 mil cien millones de dólares. En 1992, menos de 3.000 millones. Se esperaban problemas, pero no esta debacle que impidió la producción agrícola, resquebrajó y empequeñeció los mercados laborales, hizo crecer el mercado negro debilitando la cohesión social y disminuyó la economía en el 45% mencionado anteriormente. Pero la crisis económico-social no se transformó en crisis político-cultural. El régimen administró el desafío y sobrevivió a la penuria.


    Esta penuria tuvo costos sociales dramáticos: cada cubano adulto perdió entre 5% y un 25% de su peso corporal entre 1990-95 al descender la ingesta de calorías de 2.845 kilocalorías por día a 1.863 kilocalorías. Pero el gobierno impidió la hambruna. Y, entre otras medidas, privilegió la alimentación de los niños.


    Para la Canadian Medical Association, hostil al proceso cubano, el período trajo un aumento del 60% en la tasa de mortalidad materna ocasionada por complicaciones obstétricas comunes y un 43% en la tasa de la mortalidad materna total. Añade su publicación que la tasa de mortalidad infantil en Cuba fue aminorada por una disminución en la tasa de natalidad debido a la pobreza, aumento de abortos no oficiales, mayor distribución de anticonceptivos y un nivel de atención preferencial dado por el sistema de salud cubano a los lactantes.


    El final del ‘período especial’ puede ubicarse entre 1995 y 1997. Pese a su rigor, superarlo saliendo de él fue ya un logro. Pero existieron asimismo situaciones positivas. Cuba logró mantener sus indicadores en educación y mortalidad infantil, por ejemplo, que la sitúan en el primer lugar de América Latina y con cifras comparables a las del Primer Mundo. Sin duda se trata de un fenómeno político. El período especial sirvió además para que Cuba, con apoyo australiano e iniciativas locales, se orientara hacia un uso más responsable de sus recursos (equilibrio entre producción energética y recursos naturales), diera pasos hacia la diversificación de su producción agraria y enfatizara la producción cooperativa y los pequeños negocios privados.


    Que el drama económico-social vivido durante el período especial en tiempos de paz no se transformara en una crisis política en Cuba se sigue de varios factores. Entre los principales está el que el proceso expresa sociohistóricamente una cubanía popular (mayoritariamente afrocubana y mulata) que se encuentra cómoda pese a las dificultades, y muchas veces entusiasta, con el liderazgo sólidamente antiyanqui personificado, más que por el Partido Comunista y su marxismo-leninismo, por Fidel Castro. Las raíces cubanas del liderazgo fidelista lo proyectan hasta finales del siglo XIX y la experiencia frustrada de José Martí. El fracaso de la gesta independentista encabezada por el martiano Partido Revolucionario Cubano ha sido replicado por el triunfo revolucionario encabezado por Castro en el inicio de la segunda mitad del siglo XX. Junto a José Martí, Fidel Castro ocupa un lugar central en la sensibilidad popular cubana. Ahora, quien hizo fracasar la experiencia revolucionaria de Martí fue Estados Unidos. Castro reivindica a Martí en el imaginario popular al luchar por Cuba y contra el imperialismo yanqui. Y los gobiernos estadounidenses de la segunda parte del siglo XX y de la primera década de este siglo XXI, con la excepción menor de la administración Carter, han sido enemigos de la gestión cubano-castrista de liberación nacional. En su enemistad han cometido asimismo otro error: han apoyado una alternativa política, desde fuera de Cuba, y para los cubanos, que encabezan blancos opulentos tan ‘cubanos’ como cualquiera de las falsas burguesías nacionales que configuran parte de los sectores dominantes en América Latina. La experiencia castrista resulta así legitimada por su cubanía y por su carácter popular. Lo del socialismo, para los sectores populares, podría discutirse aunque este socialismo cubano les ha dado educación, salud y autoestima que nunca antes poseyeron. El marxismo-leninismo les resulta lejano, porque el régimen (que golpea a los enemigos y a quienes parecen estar a cercanos a estos enemigos) tiene perfiles tanto doctrinales como nacionales y pragmáticos, al menos bajo la conducción de Fidel Castro. Desde estos factores, la estabilidad política ha sido un rasgo permanente de la experiencia cubana. Su liderazgo, forjado en una guerra, y la institucionalidad que se ha seguido de él, son vistos como cubanos y populares. Tanto, que el archienemigo en el imaginario popular, Estados Unidos, lo adversa brutamente. Muchos cubanos, quizás todavía la mayoría, tienen una concepción heroica de lo que han llegado a ser y significar para América Latina y el mundo moviéndose y aportando en su proceso revolucionario. Se sienten así y pueden dar razones para sus sentimientos. Y lo que faltaba para llenar el vaso cubano-popular: el archienemigo yanqui ha sostenido durante más de medio siglo como principal alternativa política a su proceso revolucionario a la Fundación Nacional Cubano-Americana, un aparato que opera fuera de Cuba y que es dirigida por blancos enriquecidos que desprecian a los cubanos humildes contra los que han perpetrado incluso actos terroristas que las instituciones de Estados Unidos (ejecutivo, judicial) respaldan y dejan impunes.


    Como se advierte, la legitimidad de la dirección política cubana se sigue de su peso en el imaginario popular y también de los errores de sus enemigos. Por el momento esta legitimidad nunca ha sido puesta efectivamente en cuestión. Como tampoco la institucionalidad ‘democrática’ del plutócrata Estados Unidos ha sido cuestionada efectivamente nunca por la mayoría de los estadounidenses.


    Todavía un punto, para intentar no ser excesivamente malentendido. En Cuba existen opositores. Pero son básicamente individuos o grupos pequeños y aislados. Son reprimidos. Sufren ellos y con ellos quienes los quieren bien. Obviamente a su sufrimiento personal, ni a sus convicciones, porque muchos las tendrán, no les sirve la excusa o explicación de que el proceso atraviesa desde su origen mismo por una o muchas guerras y que el enemigo no es solo el sector criminal del exilio cubano y los gobiernos que lo amparan, sino que es una civilización y una manera de estar/asumir el mundo y que suele llamarse capitalismo. Hay muchas formas de capitalismo, pero el que enfrenta y amenaza a Cuba es el más brutal y el más vistoso. La experiencia popular cubana lo enfrenta, quizás mal o pésimo y sin duda cometiendo errores, pero lo enfrenta desde raíces. Y no ha sido derrotada en más de medio siglo. Es más de lo que ha hecho nunca ningún pueblo latinoamericano o caribeño. Si esta experiencia de dignidad nacional y humana colapsa, habrá que retenerla y cuidarla en un lugar privilegiado de la memoria y espíritu de quienes luchan y lucharán para que otra humanidad, diversa y planetaria, sea factible.

    Cuba: sucesos recientes y lucha por una hegemonía popular y civilizatoria
 
    El ‘período especial’ cubano se pudo considerar entrando a su fase económica final en los años 95-97 del siglo pasado. Los costos político-culturales no se disipan al mismo ritmo que los procesos económicos ni debe esperarse que su resolución se siga causalmente de ellos. La dinámica global de las sociedades contiene varios ‘tiempos’ interconectados. Contribuyeron desde un punto de vista sistémico a la superación de la penuria económica dos factores: el paso desde un instrumento único de planificación económica a una planificación general descentralizada y el acabamiento de la propiedad socialista sobre los medios de producción para radicarla básicamente en los medios fundamentales de producción. Esto favoreció la dinámica de los mercados internos en moneda local y extendió la difícil captación, debida a las restricciones estadounidenses, de inversión extranjera. La legalización parcial del dólar dinamizó asimismo la integración a la economía cubana de las remesas desde el extranjero, fortaleció la industria del turismo y tornó más efectivo el cálculo empresarial para pequeñas empresas agropecuarias, fabriles y artesanales. En el campo se dio un proceso de desestatización de la propiedad y la creación de cooperativas. El sistema bancario fue descentralizado. El sentido de estas transformaciones puede contener una mayor participación y responsabilidad de la población organizada en el manejo económico-social del trabajo y de los productos de él. En su frente negativo, pueden significar una burocratización más especializada y corrupta y procesos de degradación socio-cultural derivados de una mayor presencia del tráfico mercantil.


    Por el momento los indicadores económicos cubanos indican una sostenida recuperación (previsible por la severidad de la caída y porque no se produjo un colapso) que llevaron a Cuba en el año 2006 a tener el mayor crecimiento de América Latina (12,6%, según CEPAL). Si se considera este año, 2006, como referencia eje de crecimiento económico, en relación con él se inscriben dos eventos particularmente significativos. Uno lo antecede: el triunfo electoral en 1998 del Polo Patriótico en Venezuela, encabezado por Hugo Chávez, y otro posterior: el retiro de la vida política pública de Fidel Castro debido a su edad y salud precarias (2006-08) [8].


    El presidente Chávez nunca ha ocultado su admiración por la significación hemisférica del proceso revolucionario cubano, admiración que extiende a sus dirigentes. Consecuentemente, en octubre del año 2000 se firma el primer Convenio de Cooperación entre los gobiernos de Cuba y Venezuela. El segundo se compromete en él a suministrar a Cuba el petróleo crudo y productos derivados que ella requiere a precios calculados según regulaciones específicas [9] mientras Cuba aportará los servicios y tecnologías que estén a su alcance para respaldar el programa de desarrollo económico y social de la República Bolivariana de Venezuela. Un  punto especial del convenio se dedica la oferta cubana de servicios médicos, especialistas y técnicos en salud para trabajar en las zonas elegidas por Venezuela y cuyos salarios serán cubiertos por Cuba. Igualmente este personal cubano entrenará gratuitamente a personal venezolano del área, a petición del gobierno de ese país. El acuerdo de cooperación se inscribía en la idea más amplia de una Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América que vio su nacimiento en La Habana (2004). Sin duda el aporte venezolano vino a resolver un desafío estratégico para la reorganización de la economía cubana.


    La edad y enfermedades de Fidel Castro, y su abandono a causa de ellas, de sus cargos de Presidente de Cuba, Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe, levantaron, como era de esperar, rumores y presagios de todo tipo acerca o del ahora sí colapso de la experiencia cubana (no podría sobrevivir sin su principal dirigente) o hacia su desplazamiento, lento o rápido, hacia ‘la’ democracia y el capitalismo [10]. En términos básicos estas discusiones singulares se inscriben en el imaginario, que debería haberse superado, de la Guerra Fría [11]. Hoy día el capitalismo no encara a la URSS (o China) por un imperio planetario, sino que enfrenta las crisis que agudizan las tensiones tensión entre acumulación de capital, empleo de la fuerza de trabajo y migraciones no deseadas, control sobre los recursos del planeta y sobrevivencia del planeta, y entre capitalismo y democracia e inclusión ciudadana y humana. Las cuestiones culturales parecen ‘resueltas’ por la planetaria circulación fetichizante de las mercancías suplementada por el empleo de la fuerza militar y la concertación de la información de masas. Para la específica identidad cubana, estos conflictos centrales se ponen de manifiesto principalmente como una batalla por la preponderancia y hegemonía interna de los valores de solidaridad humana incluidos en su propuesta popular. La experiencia cubana, con sus errores, continúa siendo una alternativa para el planeta y su población.


    Con independencia del juicio anterior e internamente los desafíos actuales de Cuba se presentan en muchos frentes. Debe mencionarse la imposibilidad de transferir el carisma del líder que biológicamente se marchita hacia su hermano Raúl o hacia la dirigencia e institucionalidad del Partido Comunista. En el seno del partido se debe enfrentar el inevitable y conflictivo traspaso generacional en un aparato verticalmente organizado. Ninguno de estos frentes puede desatenderse porque ellos pasarían a constituirse en factores de debilitamiento de la lucha por sostener la identidad cubana y civilizatoria del proceso popular. Ayudaría, en cambio, a trabajar en estos frentes una diversa manera de entender la lógica democrática en el interior del aparato partidario de modo que efectivamente puedan escucharse en él, y atenderse, muchas voces diferenciadas facilitadas por procesos de desconcentración de poder sin desarticulación de la disciplina y eficacia internas. Las transformaciones con tendencia descentralizadora en la organización de la economía favorecen procesos de este tipo. Pero el principal cambio, puesto que afecta una trayectoria histórica, es el que podría lograrse por una diversa articulación entre el partido que dirige el proceso y su vinculo tanto con la ciudadanía cubana como con la población. En la evaluación de los procesos sociales (que contienen la efectividad del funcionamiento partidario) el peso decisivo (no las respuestas técnicas) debe recaer sobre la ciudadanía y la población organizadas. Un partido que asume a su población como fuerza viva y participativa, no solo como presencia de masas, puede resultar decisiva para un proceso que debe reinventar el carácter de un régimen democrático en sociedades de grandes números. Se trata de tareas de largo aliento y complejas, sin recetas en cuanto se trata de esfuerzos inéditos, pero el proceso revolucionario  tiene experiencias, exitosas y frustradas, en este tipo de desafíos que, de acometerse, renovarían sustancialmente el programa socialista y su capacidad de convocatoria.


    No debe olvidarse que estas observaciones se hacen desde fuera del proceso cubano. Internamente ningún cambio debe desatender la lucha por el fortalecimiento de la experiencia cubana como propuesta político-cultural civilizatoria en la que América Latina y el mundo pueden tener un interlocutor válido para intentar una salida a la actual crisis de civilización. En este sentido el fortalecimiento de la hegemonía (legitimación del proceso) de los sectores populares y revolucionarios es un frente estratégico de lucha. En él se resuelve el carácter de los ‘triunfos’ (aciertos) y de las ‘derrotas’ (errores).


    Aquí, y volviendo a uno de los campos temáticos del inicio de este artículo, la petición de Benedicto XVI para que se abra más espacio a los católicos y a la institución clerical en Cuba (‘ampliar su labor social, incluyendo el ámbito de la educación’) debe ser rechazada debido al alcance de los términos de la propuesta. Para lo que interesa, hay una enorme diferencia (y hasta conflicto) entre el aparato clerical católico y la asamblea de fieles que constituye (con su autoridad vertical o pastores) la iglesia católica. La religiosidad de los fieles católicos no tiene problemas para expresarse en Cuba como tampoco los tiene ninguna agrupación cristiana o que exprese otro tipo de religiosidad. El aparato clerical católico es otra cosa porque se trata aquí de un aparato de poder que ha optado, a veces vergonzantemente, por el capitalismo y que, en América latina, se integra al dominio oligárquico y neoligárquico. O sea, es claramente antipopular y concederle ventajas públicas equivale a reforzar un frente agresivo y significativo en una lucha político-cultural en la que mundial y regionalmente la opción cubana es minoría. La concesión colaboraría con una voluntad de suicidio. La cuestión de no conceder ventajas al aparato clerical católico no tiene nada que ver con el principio universal de agencia humana que es el que sostiene tanto la efectividad y reclamo de derechos humanos como el régimen democrático (en sus diversas formas) de gobierno. Y el aparato clerical católico no acepta, como parte de su visión de mundo, este principio universal de agencia. Conceptualmente no existe aquí mucho que discutir. Y, en la práctica, cederle espacios públicos de poder cultural al aparato clerical católico (que abra escuelas y colegios, por ejemplo) puede contener un efecto más pernicioso y destructivo para la experiencia cubana que los desafíos que plantea a esa misma experiencia la desaparición física de su principal dirigente y, si no se acometen, que los necesarios cambios que debe emprender en su seno su dirigencia partidaria.
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     Notas

      [1] Michelle Penabaz: “Fidel, su feudo y un mundo indiferente”, en La Nación (periódico), 11 de mayo del 2012.
     [2] Hugo Latorre Cabal: La revolución en la iglesia latinoamericana, Joaquín Mortiz, México 1969.
     [3] Pedro Miguel Lamet: Arrupe, una explosión en la iglesia, Temas de hoy, Madrid, España, 1989 [una última versión lleva como título Arrupe, testigo del siglo XX, profeta para el siglo XXI, Temas de Hoy, Madrid, España, 2007].
     [4]Aunque se deba mencionar, al menos, que la posibilidad de nutrir la lucha política popular con el sentimiento de fe religiosa debió enfrentar, cuando recién nacía, a las dictaduras de Seguridad Nacional y la extensión de su sensibilidad política en el subcontinente.
     [5] AFP: <El marxismo está superado y hay que “hallar nuevos modelos”, afirmó el Papa>, reproducido por La Nación (periódico), 23/03/2012, San José de Costa Rica.
     [6] M. Penabaz: “Fidel, su feudo y un mundo indiferente”, La Nación, periódico, 11/05/2012, San José de Costa Rica.
     [7]En el campo, quizás, hubiera podido reparar en la nueva agricultura orgánica y en los esfuerzos de diversificación. También en el auge de las cooperativas. Pero quizás estas cosas la habrían disgustado porque no forman parte de “lo que todo el mundo sabe”.
     [8] Fidel Castro transfirió provisoriamente sus responsabilidades de gobierno a su hermano Raúl Castro en julio del 2006 y definitivamente a todos sus cargos en febrero del 2008.
     [9]Fijadas en el Acuerdo Energético de Caracas.
     [10]También se menciona su copia de un ‘socialismo de mercado’ (capitalismo con dictadura partidaria) que sería el modelo chino.

    [11] También en el del 'final de la Historia', pero esto no se desarrollará aquí.
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    Referencias: en este artículo se han utilizado materiales de los siguientes artículos o libros:
 Benedicto XVI: “El marxismo está superado y hay que hallar nuevos modelos”. Embajada en Cuba de la República Bolivariana de Venezuela: Convenio Venezuela-Cuba (http://www.venezuelaencuba.co.cu/venezuelacuba/convenio.html)
Gallardo, Helio: Crisis del socialismo histórico Ideologías y desafíos, DEI, San José de Costa Rica, 1991. Lamet, Pedro: Arrupe, testigo del siglo XX, profeta para el siglo XXI, Temas de Hoy, Madrid, 2007.  Latorre, Hugo: La revolución en la iglesia latinoamericana, Joaquín Mortiz, México, 1969). Penabaz, Michelle: “Fidel, su feudo y un mundo indiferente”. Piñeda Buñuelos, Gilberto: Las reformas económicas en Cuba. De un modelo de planificación centralizado a la planificación descentralizada. 1959-2000, Universidad Autónoma de Baja California Sur, México, 2001.  Wikipedia: Período especial (http://es.wikipedia.org/wiki/Per%C3%ADodo_especial) Zimbalist, Andrew: Cuba, compás de espera en La Habana (www.revistas.uchile.cl/index.php/REI/article/.../15378/15833).
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Mayo, 2012

 

 

 

 

       Conversación

    Cristian (Cuba).- Usted señala que la experiencia religiosa en América Latina está dominada por dos factores: la fe religiosa es un fenómeno que se experimenta dentro del templo y que no se proyecta políticamente fuera de él, a la existencia diaria. Y también indica que en la década de los sesenta se dieron condiciones para que esto cambiara, pero la posibilidad no se materializó. ¿A qué atribuye usted este segundo fenómeno?

    HG.- En el texto se resaltan esos factores, pero existen otros quizás más centrales de los que no se habla por razones de oportunidad. En cuanto a su interés específico se podría decir lo siguiente. En los sucesos sociales concurren muchos procesos y por lo tanto cuando se habla de ‘fenómenos latinoamericanos’ lo primero en que habría que reparar es que se está haciendo una invitación a estudiarlos región por región, país por país, sector por sector. Con esto quiero decir que 'lo' latinoamericano es una abstracción cómoda que permite realizar hipótesis generales o apreciaciones iniciales pero que dudosamente resultarán explicativas en cada sitio/situación específica. Ahora, el texto contiene una apreciación general acerca del interés suyo: la inexperiencia en política de los creyentes cristianos (y quizás de los grupos religiosos no cristianos) en relación con los caracteres de los espacios políticos y de las maneras eficaces y necesarias de insertarse en él y, quizás de un modo más dramático, de algunos de los requerimientos exigidos por estos espacios. Mencionemos dos: el requerimiento de una bandera identitaria. En un conglomerado de fuerzas complejas, como son las populares y revolucionarias, cuál será mi identidad de lucha, cómo la siento y articulo en relación con los fines estratégicos de la lucha. El segundo es una organización relativamente autónoma que facilite tanto aportar a los fines básicos de la lucha popular como a los requerimientos de comunicación entre los diversos que militan en esa lucha y a la consistencia interna del grupo específico que lucha. Los dos aspectos los juega el partido de cuadros en la tradición leninista. Para los creyentes religiosos cristianos esto quizás pudo traducirse en las Comunidades Eclesiales de Base y algún tipo de Mesa de Trabajo provincial o nacional para coordinar e integrar (cohesionar) y también para difundir. No tengo información de que esto último se haya propuesto en alguna parte. Tampoco es que lo haya investigado.

    Lo que ocurrió en algunos lugares fue que se dieron Comunidades Eclesiales de Base, por un lado, y una dirigencia que configuraba, por ejemplo, la mesa o la cúpula de Cristianos por el Socialismo, por otro. Esta última podía incluso ser democrática, pero intentaba ejercer una conducción ilustrada sin nutrirse significativamente de las raíces sociales y sin capacidad para comunicarse con ellas y que, tanto o más  peligrosamente, coexistía con la conducción burocrática institucional de las dirigencias de los aparatos clericales sin enfrentarlas radicalmente. Es el peor de los mundos posibles: débiles vínculos con las bases y flojedad o lenidad ante los dirigentes del bando enemigo. En la práctica esto equivalía a que se podía ser cristiano por el socialismo y dominico o diocesano o católico sin mayor conflicto. Esto por supuesto envía un mensaje a las bases. Faltó un proceso elemental de “quema de naves” por parte de los grupos dirigentes y esto tuvo probablemente costos organizativos y también en las ideas. Las bases, por su parte, ‘quemaban naves’ apresuradamente, sin siquiera haber avistado la costa o, peor,  creyendo ya estaban en tierra firme y que no habría retorno. Probablemente, digo, porque no creo que sea algo que se haya estudiado y cuando ocurrió quien esto opina no estaba particularmente interesado en la emergencia de los creyentes religiosos, en cuanto tales, y en su participación en las luchas populares. Además, en los sesenta y setentas del siglo pasado los tiempos se comprimieron y muchas cosas debían resolverse, bien o mal, sobre la marcha. El costo más alto es que no se acababa de discernir si lo resuelto estaba bien o mal. Lo de los creyentes religiosos era una cosa nueva para todos. Y lo siguió siendo por mucho tiempo. En la práctica no se resolvió nunca. Acabó languideciendo y extinguiéndose.

    En todo caso se constituyeron islas con insuficiente comunicación entre sí. Y del otro lado, de los sectores con mayor experiencia política, tampoco hubo un exceso de comprensión ni amabilidad. Se tuvo que escuchar, por ejemplo, que se enfatizara que “en la revolución no había creyentes religiosos, sino solo revolucionarios y contrarrevolucionarios” (Fidel Castro). Después se van a dar otras opiniones, en Fidel y la religión (“Hay más coincidencias entre el cristianismo y el marxismo, que entre el cristianismo y el capitalismo”), por ejemplo, pero la que esfumaba a los creyentes religiosos en cuanto tales de las luchas revolucionarias fue la inaugural. La frase no habría tenido el alcance que tuvo si del lado de los creyentes religiosos hubiera existido mayor consistencia. Pero del lado cristiano podía escucharse asimismo que de la fe cristiana no podía seguirse una manera de hacer la reforma agraria, ya que ese era un problema técnico y político. Entonces sectores de ambos bandos no tuvieron mucha claridad sobre el punto ni se dieron tiempo para hacérsela y esta ausencia de discusión para clarificar no favoreció mejores procesos. Un libro como Fidel y la religión, de Frei Betto, es de la mitad de la década de los 80. Tardío, por decir lo menos.

    Y quiero añadir algo: si en los evangelios existe un programa de reforma agraria, capitalista o campesina, por referir dos formas factibles, creo es una cuestión polémica. Es cierto que en ninguna parte de los evangelios sinópticos se habla de cómo hacer una reforma agraria. Pero que la economía, que se compone de instituciones humanas, no debe impedir la vida humana plena sí está en los evangelios. Es la cuestión de si se debe o no trabajar el día sábado (prohibido por la norma mosaica) y la tajante afirmación de Jesús respecto de que si para la vida de los seres humanos es necesario trabajar en sábado, entonces es bueno trabajar. Ninguna institución, económica o política, debe llevar a los seres humanos a la muerte o producir víctimas. El sábado (la institución, la norma) fue hecho para el ser humano y no el ser humano para el sábado. Ninguna institución, ni ‘la’ familia, por ejemplo, está por encima de la existencia de los seres humanos. Entonces usted tiene en los evangelios un criterio económico básico para reorganizar la propiedad de la tierra, las formas de la posesión y la distribución de los bienes que procura o su articulación con el conjunto de la economía. Por supuesto una reforma agraria se sigue también de criterios técnicos, pero los evangelios posibilitan y posicionan asimismo un frente de discusión. En relación con la reforma agraria es factible proponerse un criterio cristiano que versa sobre las instituciones y sus lógicas y también sobre las personas. Pero no solo sobre la ética de las personas. Entonces, hay una línea política. No se trata de que una visión de creyentes prevalezca todo el tiempo sobre la percepción técnica, o que se anule una para privilegiar la otra…, ambas están ahí y la decisión política tomará de las dos para avanzar en ese proceso complejo que es una reforma agraria. Pero insisto en que se trata de discusiones que no se dieron con la fuerza requerida en los momentos en que debieron darse.
    
    Cristian (Cuba).- Me llama la atención la observación sobre la reforma agraria. ¿Existe entonces una reforma agraria cristiana?

    HG.- No existe una reforma agraria cristiana. Pero en los procesos de reforma agraria, que desde un punto de vista popular, son procesos no solo económicos sino también político-culturales y complejos, como también lo sería una reforma urbana en las grandes ciudades para resolver el flujo de personas y vehículos, están comprometidos, por decir algo, políticos, técnicos y también cristianos. Muchos campesinos son cristianos. Y también pueden serlo algunos políticos y técnicos o muchos de ellos. Políticos, técnicos y campesinos se involucran en procesos de reforma agraria desde racionalidades diversas que están alimentadas por sentimientos también diversos. Esta es la realidad humana, socio-humana. Los campesinos no pueden dejar sus sentimientos religiosos de lado para entrar en una reforma agraria porque esos sentimientos religiosos comprometen, por ejemplo, su existencia familiar. O deberían comprometerla. Y un político no puede dejar de lado sus sentimientos nacionales y populares-latinoamericanos para entrarle a una reforma agraria porque ella se inscribe en una visión estratégica de la construcción nacional independiente de su país. Y el técnico (no el tecnócrata, que es un derivado del capitalismo), no puede dejar de lado los sentimientos positivos que lo llevan a calcular el uso racional de los recursos y los movimientos de población y su organización en el corto y mediano plazo en términos de relación óptima de costos/beneficios o vinculados, por ejemplo, con la producción de alimentos para consumo interno o para la exportación. En la referencia, bastante abstracta, asocié campesinos con fe religiosa, políticos con fe nacional y popular y técnicos con fe racional, pero estas asociaciones excluyentes son arbitrarias, solo valen para el ejemplo. El campesino es a la vez cristiano y político y maximizador racional. Es las tres cosas a la vez. La situación le dirá cómo articula estas tres concurrencias en una sola persona. Y algo parecido vale para el político y para el técnico. La persona humana no se divide en estancos separados, siempre se es alguien integral pero las situaciones, entre ellas la división social del trabajo y la historia personal, pueden exigir énfasis o jerarquizaciones.


   Alicia (Colombia).- A mí, a diferencia de la primera intervención del compañero cubano, me interesa la primera parte de este campo temático, o sea la observación de que en América Latina fe religiosa es un fenómeno que se experimenta dentro del templo y que no se proyecta políticamente fuera de él, a la existencia diaria. Creo entender el punto, pero me asalta la duda de si él no contendrá potencialmente un integrismo, un confesionalismo que haga de la fe religiosa intocable un deber ser político, estatal, una teocracia, para exagerar el alcance de la sospecha que me sobreviene. Yo me inclino por un Estado laico.

    HG.- Estado ‘laico’ es un término situacional. Habría que examinar cuán laico es el Estado moderno y específicamente el latinoamericano. Pero su sospecha es importante. No estoy presentando ni proponiendo ninguna concepción política fundamentalista cristiana o del catolicismo ni un Estado teocrático o confesional. En las sociedades modernas tener creencias religiosas o participar en iglesias son opciones privadas que deben coexistir con las opciones privadas de quienes ni tienen convicciones religiosas ni participan de iglesia alguna. Ambos tipos de opciones pueden tener expresión ciudadana, pero no se pueden imponer criterios públicos sectarios no religiosos ni religiosos a los ciudadanos, ni a las minorías. Un ejemplo de hoy sería el imponer un criterio de moral ‘natural’, derivado de una doctrina clerical, a las minorías homosexuales. Los homosexuales son ciudadanos y no deberían ser discriminados de ninguna manera por su opción sexual porque ella es una opción personal y privada que no configura delito. Igual las adhesiones al culto católico no deben generar discriminación pública porque se trata de opciones privadas que no configuran delito. Ahora, discriminar públicamente desde opciones privadas debería constituir delito.

    De lo que se habla entonces es que la opción de fe religiosa parecería ser una forma de ‘estar en el mundo’ que ciudadanamente tiene que convivir con formas no religiosas de estar en el mundo, entre ellas las opciones ciudadanas. Estas formas tienen que aprender a dialogar y a participar de los emprendimientos comunes. Habría que considerar también que ser ‘cristiano’ puede asumirse de muchas maneras. Desde el cristianismo institucionalizado puede defenderse a muerte el latifundio y la miseria/marginalidad del obrero agrario. Pero también desde el cristianismo puede afirmarse la justicia inherente a una reforma agraria y la necesidad de que los trabajadores rurales estén organizados.

    Alicia (Colombia).- Pero precisamente eso es lo que ocurrido en Cuba. Se ha discriminado a los creyentes católicos separándolos de las funciones educativas.

    HG.- Pero eso tiene una historia política y un referente constitucional. La iglesia jerárquica cubana optó por la contrarrevolución a inicios de los sesenta y perdió. Y el Estado que surgió del proceso revolucionario se dio una Constitución que en su capítulo I, artículo 6 entrega a la Unión de Jóvenes Comunistas un papel rector en educación, cuestión que se redondea en su Capítulo V, artículo 39, mencionando al ideario marxista y martiano como fundamentos de la tarea educativa y declarando a la educación función exclusiva del Estado. La determina asimismo como orientada a una formación patriótica y comunista de las nuevas generaciones. Aquí no tiene cabida el aparato clerical católico cuya cosmovisión no es marxista y, después de apoyar una invasión organizada por EUA, su patriotismo, al menos para los dirigentes revolucionarios cubanos, es polemizable. Ahora, por errores de su jerarquía (y también por su historia en América Latina) pagan todos los católicos y por más de medio siglo. Pero, desde el punto de vista conceptual, si un católico decidiera formar parte de un aparato educativo basado en los avances de la ciencia y la técnica, el ideario marxista y martiano y la tradición pedagógica progresista cubana (que es lo que dice la Constitución), no se ve la dificultad para que se incorpore a la docencia. El desafío aquí sería si logra hacer compatibles su subjetividad católica con el ethos que debe imperar en escuelas, liceos y otros recintos cubanos. Obviamente la iglesia católica institucional  no puede participar porque tendría que renunciar a aspectos básicos de su plataforma dogmática: menciono el teísmo y su ética naturalizante. Otro camino sería cambiar el texto constitucional. Pero no creo que el proceso político cubano acepte esta última transformación. Sensatamente demandaría al menos una previa conversión de la iglesia católica jerárquica a los valores del proceso revolucionario. Si esto es factible, se trata de otra discusión.

    Alicia (Colombia).- Sí, se trataría de otra discusión. Ojalá pudiera llevarse a cabo. Sin embargo, mi duda inicial se mantiene: cómo llevar la fe religiosa a la vida diaria y a la existencia política y escapar a la tentación de un régimen de cristiandad, por ejemplo.

    HG.- Algo habíamos avanzado en esto, creo. Lo que se lleva a la existencia diaria no es directamente la fe religiosa sino una religiosidad, y uno de los efectos de esta distinción es que esa fe religiosa puede adoptar prácticas muy variadas: revolucionarias y contrarrevolucionarias, por ejemplo.


    Ahora, cuando hablo de que la religiosidad es propia del templo y no se lleva a la existencia diaria estoy criticando que se la viva más como rito y liturgia que como forma de existencia, como compromiso para toda la persona todo el tiempo. Si el ‘templo’ es toda la persona u ocupa a toda la persona, o sea es una actitud constante de una personalidad integrada, no fragmentada, y no un mero espacio físico donde se ora y comulga y canta (cánticos que no forman parte de la experiencia diaria), aunque ello incida poco o nada en las relaciones con otras personas y en las instituciones que no son las iglesias, entonces eso me hace dudar de la radicalidad e integralidad de la fe religiosa. Conviene aquí distinguir espacios o niveles: mi opinión es que fe religiosa se dice de un sentimiento que busca ligar, de alguna manera, lo natural con lo sobrenatural (en el catolicismo latinoamericano, a la persona con un Dios personal, por ejemplo). Ese sentimiento debe manifestarse situacionalmente (los seres humanos no tienen alternativa en este aspecto). A esto lo llamo ‘religiosidad’. Es la fe religiosa, pero cultural y socialmente situada. Las religiosidades pueden o no manifestarse en el seno de una asamblea de fieles. Éstas son las iglesias con sus formas de organización, a veces muy abiertas pero rígidamente jerarquizadas, a veces menos abiertas e internamente más flexibles. Entre religiosidad y adscripción a una asamblea de fieles no existe una relación directa o causal. Se puede ser religioso sin estar adscrito a ninguna iglesia y se puede estar adscrito a una o varias iglesias sin tener fe religiosa. Existe una última categoría para buscar entender el fenómeno religioso y su vivencia que debe ser entendida como experiencias sociales: la de aparato clerical. El aparato clerical no es una iglesia (asamblea de fieles), sino factor del sistema de dominación, como la educación formal, o los medios masivos. Aparatos clericales y medios masivos no son el Estado pero funcionan como agregados a él, como extensiones de él, aunque puedan presentarle discrepancias y conflictos situacionales. El aparato clerical lo configuran las jerarquías de las iglesias, no lo fieles. Esta jerarquía a su vez se expresa hacia ‘adentro de la iglesia’,  bajo la forma de su lógica institucional y hacia ‘afuera’ de ella, asistiendo al Estado en la reproducción del sistema. En este sentido no puede hablarse, en América Latina al menos, de un Estado laico, en el sentido de ‘independiente’ de nexos religiosos. Tampoco puede hablarse de un Estado laico que no posea posicionamientos básicos, es decir una plataforma dogmática (creencias no discutibles, aunque permeables y variables en el tiempo).

    La experiencia cubana, por razones propias, ha separado al aparato clerical católico y sus prolongaciones en el catolicismo de la legitimidad revolucionaria. Permite sin embargo las asambleas de fieles católicos (y de otras denominaciones) como expresión de fe privada. La fe pública es la martiana, la socialista, la marxista y la marxista-leninista. Podría decirse que estas últimas operan como una religiosidad pública que se esconde o cobija bajo al menos dos fachadas: la ciudadana y la racional. Todos estos factores podrían discutirse en especial si resulta factible ser a la vez católico ortodoxo y ciudadano socialista o marxista-leninista o si por el contrario la pareja es cristiano revolucionario y marxista-leninista revolucionario versus cristiano contrarrevolucionario y marxista-leninista contrarrevolucionario. Esto porque el marxismo solo se puede vivir situacionalmente, de manera semejante a como se vive el cristianismo. Y proclamarse cristiano no quiere decir que se lo sea. Como tampoco proclamarse marxista tiene un alcance práctico único.

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