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Solidaridad Global,

Universidad Villa María,

Argentina, noviembre 2011.

 

        

    Malas noticias: continuidades en la transición


    En tanto el capitalismo latinoamericano es un capitalismo dependiente, las transiciones económico-políticas y político-culturales en la región contienen inevitablemente factores internacionales y transnacionales. Estos factores son determinantes, en el sentido de operar como matriz, para la apreciación coyuntural en el que se expresan las eventuales transiciones locales. Por ello la coyuntura larga de la transición entre siglos se vincula con las formas actuales de la mundialización capital/imperialista, mundialización vehiculizada por las tecnologías de punta de hoy (informática, redes mundiales, ingeniería genética, esta última todavía en menor medida). La coyuntura larga tiende a coincidir en América Latina con el ‘agotamiento’ del modelo de sustitución de importaciones, el reemplazo del Estado desarrollista de ideología ‘integradora’ (cepalismo post Segunda Guerra Mundial) y con los regímenes de Seguridad Nacional, inaugurados por un golpe de Estado en Brasil (1964), que se prolongarán como guerra político-militar y cultural contra los sectores populares, en especial contra la fuerza de trabajo y las poblaciones rurales, y como ‘clima político’ generalizado y dominante (neoliberalismo) en el área desde la experiencia chilena de 1973 (golpe empresarial-militar de Estado). Por supuesto cada país/región del área posee caracteres específicos que no pueden ser presentados y discutidos en un trabajo breve. La ‘transición’ suele entenderse como el paso desde dictaduras a regímenes democráticos, desde el desarrollo al crecimiento y como la ‘naturalización’ cultural del neoliberalismo como sensibilidad de la mundialización en curso (globalización, ‘modernización’). Desde otro ángulo, también se la entiende como el final de las utopías y políticas revolucionarias (final de la Historia). Este artículo no coincide con estas apreciaciones, aunque utiliza elementos que figuran en ellas.
 
    Realicemos una referencia inicial mediante una situación en curso. Durante este año, 2011, se ha agudizado en Chile (un país elogiado como “exitoso” y “ejemplar” en el período) el conflicto entre las demandas de los estudiantes liceanos y universitarios por una educación a cargo del Estado, gratuita y de calidad, y un gobierno que se niega a reformar el statu quo. La educación chilena fue configurada por la dictadura empresarial-militar (1973-1990), y su terror de Estado, y esta configuración se ha sostenido sin cambios significativos (la legislación chilena posee un blindaje constitucional que facilita bloquear los cambios) durante los gobiernos post-dictadura encabezados por políticos civiles electos que administran el país en el marco de una legalidad neoliberal. En breve, y en el campo de la educación, el Estado-nacional desarrollista chileno fue desplazado por un Estado orientado al crecimiento económico en el marco cultural y jurídico de la acumulación mundial de capital. En este marco las necesidades educativas se municipalizan y privatizan. El desafío cualitativo de la educación es ‘resuelto’ mediante la discriminación económica: cada quien recibe la educación que puede pagar (directamente o endeudándose). La educación ‘nacional’ chilena desaparece reemplazada por escasos puntos (enclaves privados) de costosa educación de alta calidad, y puntos (municipales) de pésima o discreta calidad. Entre estos polos/puntos pueden ubicarse diversas situaciones de fraude educativo, privados, onerosos o no. El sistema funciona tanto para la acumulación global y sus centros (que hace de Chile una serie de puntos privilegiados para la inversión) como para la dominación neoligárquica interna (corporaciones y tecnócratas). Quien accede a educación costosa-de-calidad prolonga sus estudios en los centros del imperio. Quien no, engrosa el desempleo, subempleo, o es arrojado a empleos mal remunerados e inseguros. La guerra contra la fuerza de trabajo y los sectores populares, ejercida frontalmente por una dictadura de 17 años, pero que hoy forma parte de la cultura ‘mundial’, en especial en las regiones dependientes, se prolonga durante los regímenes ‘democráticos’ que cumplen ya más de dos décadas administrando el ‘nuevo’ Chile. La protesta de los liceanos y universitarios, situacional o radical, es chilena y deberá resolverse en ese país, pero el referente sistémico de la protesta es latinoamericano y global.

    En el ejemplo anterior podemos distinguir en la coyuntura larga un sistema económico-político-cultural antipopular, que confirma el status dependiente del capitalismo neoligárquico latinoamericano (se daría aquí una continuidad básica con otras presentaciones), y una protesta social específica por un mejor trato (o mejor acceso al mercado de la educación o desaparición de ese mercado) que podría, o no, prolongarse como desafío antisistémico. El referente de la protesta chilena es semejante, aunque con otros actores y con diferente marco legal, a la protesta de indígenas originarios contra el gobierno de Alan García (2009) por el intento de entregar territorios de la Amazonía peruana al circuito de la acumulación mundial de capital (2009). Los “buenos negocios” de esta acumulación, ya sea por la explotación de madera, minerales o ‘capital humano’ pueden incorporar, con límites, a la neoligarquía sita en América Latina.

    Advertimos, en las dos menciones, que en esta coyuntura larga la experiencia chilena ha transitado desde un Estado nacional-desarrollista (el menos en el discurso) a un Estado que forma parte de una constelación internacional y transnacional de poder en la cual este Estado no siempre desempeña un papel protagónico. Su principal tarea ahora es la de cautelar y sancionar la acumulación global. En el área de la Cuenca del Caribe (México, Colombia, América Central), además de esta función, que se camufla y blinda mediante la ‘independencia’ de instancias (Banco Central, por ejemplo) y cuadros tecnócratas, los Estados/gobiernos militarizan los conflictos que Estados Unidos estima geopolíticamente prioritarios en la zona: narcotráfico, migraciones. Se trata de mantener viva una sensibilidad de guerra. El núcleo operativo sólido de este Estado clasista es tecnócrata y corporativo (transnacional/local). Se orienta al crecimiento económico global, no al desarrollo nacional, y el primero se obtiene con estabilidad macroeconómica, privatizaciones, desregulaciones e inversión directa extranjera con tendencia al monopolio. La lógica estatal puede ser internamente descrita como neoligárquica, patrimonial/clientelar, y concentradora/excluyente. Funciona mediante una economía que desagrega a las poblaciones, e incluso enfrenta a sus segmentos, mediante la superexplotación, el acoso del desempleo, el endeudamiento, la miseria y los desplazamientos forzados. La penuria de este estilo económico se compensa ‘culturalmente’ a través de los medios masivos y, en América Latina, con el concurso de los aparatos clericales. Se trata de la continuación del terror por otros medios, sin que se renuncie a la represión militar y paramilitar del período anterior.

    En el plano de la continuidad sistémica se dan asimismo variaciones que pueden ser cosméticas o pueden alcanzar otra significación. La práctica abierta del terror de Estado, que caracterizó a los regímenes y a la sensibilidad de Seguridad Nacional, abrió paso a la institucionalidad de los regímenes democráticos restrictivos con conducción de políticos civiles y un relativo libre juego de partidos. Sin embargo estos nuevos regímenes democráticos están amarrados por lo que el periodismo llamó Consenso de Washington. Se trata de una normativa impulsada a inicios de la década de los noventa por el FMI, el BM, el Congreso y la Presidencia de EUA, su Reserva Federal y los “expertos” corporativos en asuntos económicos. La normativa buscaba el crecimiento económico sin considerar la distribución de la riqueza y enfatizaba el mercado mundial libre como fuente universal de progreso. Traducido, esto quiere decir que los regímenes democráticos restrictivos, inaugurados en las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado, se daban una base económica que imposibilitaba la constitución de una ciudadanía generalizada o universal cuyos derechos humanos y otros referentes constitucionales constituyen un referente indispensable para un régimen democrático efectivo. En el límite, la base económica, que reforzaba la debilidad de la sociedad civil en América Latina, conducía a las protestas sociales, a la desigualdad y desagregación de hecho, y a la violación constitucional de derechos humanos. Leído desde la perspectiva de los grupos dominantes, la normativa contenía virtualmente tanto la contención ‘blanda’ (apertura ‘democrática’, la existencia como reality show, el ablandador ‘masaje’ clerical, etc.) como las masacres y los golpes de Estado.

    El último punto resulta curioso porque el año 2001 los gobiernos del área proclamaron en la OEA su Carta Democrática Interamericana. En su gestación se reunieron el deseo de los políticos civiles de no resultar desplazados (y eventualmente asesinados) por los aparatos militares y el sentimiento de que las tesis neoliberales del Consenso de Washington resultarían factibles especialmente porque ya no existía la Unión Soviética y los sectores populares y sus organizaciones sociales y ciudadanas habían quedado sin banderas alternativas, además de aterrorizados. Muerto el ‘comunismo’, solo existía el sistema neoligárquico e imperial vigente, aparatos clericales y medios masivos incluidos. La Carta de la OEA tuvo su entierro espectacular con el golpe de Estado en Honduras (2009), apoyado por EUA, pero antes ya había existido agitación golpista en Venezuela (2002), en Haití (2004) y en Ecuador (2005). En las dos últimas situaciones los presidentes fueron removidos de sus cargos. En el caso ecuatoriano la movilización que cesó al presidente tuvo contenido ciudadano y popular. Pero el golpe de Estado en Honduras confirmó tanto la impotencia de la OEA para decretar ‘la democracia’ en el área como que los aparatos militares seguían siendo valorados por el poder imperial y neoligárquico como actores políticos que zanjan situaciones.

    En la coyuntura larga, entonces, y desde el punto de vista de los grupos dominantes, existe una base de continuidad y también transformaciones, morigeraciones e intensificaciones de lo que existía. El elemento más fuerte de la continuidad intensificada es que la acumulación mundial de capital sigue apropiándose de una parte del fondo de consumo de los trabajadores latinoamericanos a los que los grupos dominantes locales pagan por debajo de los costos que implica su reproducción (superexplotación), pero esto se hace ahora con fuerza de trabajo calificada y no calificada. Por citar una cifra, en Costa Rica el 35% de los trabajadores recibe por su trabajo menos del salario mínimo legal, ya de por sí insuficiente para satisfacer sus necesidades. Por supuesto la sindicalización en este país es sistemáticamente vetada y su resonancia cultural es negativa. Dentro de los cambios que en este continuo conviene destacar están ideológicamente la desaparición del Estado orientado al desarrollo nacional y su reconfiguración por una constelación trasnacional e internacional de poder, el ideario neoliberal transformado en sensibilidad política dominante y ‘natural’, los regímenes democráticos restrictivos, la alineación de medios masivos y de los aparatos clericales con el statu quo. Socialmente, la acentuación de la desagregación y el quebranto de los sectores medios, propietarios y no propietarios. El deterioro  y la pérdida de horizontes de esperanza para sectores significativos de la población. Económicamente, las tecnologías de punta apoyadas en los Tratados de ‘libre comercio’ generan enclaves tecnológicos orientados a la producción para la exportación (también Zonas Francas), escasa o nulamente articuladas con las tramas económicas locales y regionales. Y, por fuerza, desvinculadas de las necesidades de las poblaciones. Social y culturalmente el punto contiene una acentuación de las emigraciones no deseadas. Exportamos commodities, aprovechando la demanda en alza de algunos mercados asiáticos emergentes, y otras mercancías y capitales, y también voluntades de vida (existencias humanas). Por si fuera poco, somos parte del desafío ambiental. En otro espacio del espectro, muchas ONGs han sido gubernamentalmente cooptadas desde la década de los noventa para programar, guiar y asesorar proyectos en lugar de acompañar procesos populares de autotransferencia de capacidades económico-políticas.

    Para los grupos locales reinantes y sus políticos profesionales es tiempo de ‘buenos negocios privados compartidos’, individualismo (no individuación), ganadores y perdedores, eficiencia y eficacia sin que importe el color del gato, estabilidad macroeconómica y torneos electorales. La presunción para estos sentimientos entre los grupos reinantes es que los sectores populares ya han sido derrotados o aplastados continentalmente. Lo que muestre signos de ‘popular’ (y su derivación arbitraria, el ‘populismo’) se extinguirá (o será arrasado) sin dejar brasa porque hoy se enfrenta a una transnacionalización tecnológica y política de la existencia y ante ella no existe quite ni alternativa.

    Si alguna vez se discutió acerca de la existencia o inexistencia de una burguesía nacional en América Latina, el despliegue actual de los grupos dominantes enseña terminantemente que la realidad de este subcontinente no clona la historia del mundo industrial o postindustrial desarrollado. En realidad, la nación no es un sentimiento/identidad/colectivo que haya sido nunca política y culturalmente construido en América Latina. Nuestro ‘orden’ consiste en comportarnos como poblaciones fracturadas y desagregadas. Nuestra cosmética ‘nacionalidad’ se constituye mediante resistencias internas, a veces inerciales a veces exacerbadas, contra ‘otros’. Sobre esta base, incluso dirigentes ‘progresistas’ promueven megaproyectos que potencien ‘nuestro’ crecimiento e incrementen el PIB. Es decir, que se inserten en la insaciable y suicida acumulación global.

 

    Noticias en el limbo: elementos nuevo/emergentes en la transición


    En los últimos doce años se ha producido asimismo un fenómeno curioso en la realidad latinoamericana. No puede ser traducido únicamente como algo positivo, en los sentidos de popular, liberador o revolucionario, pero tampoco expresa directamente el sentido básico de continuidad/cambio en la coyuntura larga antes descrita. Los torneos electorales, abiertos por diversos causales en América del Sur, América Central y México, han resultado en victorias de políticos y organizaciones rechazados por un establishment que recelaba de ellos. El primero fue el triunfo de Hugo Chávez en Venezuela (1999). Pero se le agregaron durante este siglo Néstor Kirchner en Argentina, Tabaré Vásquez en Uruguay, Lula da Silva en Brasil, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua, el casi triunfo de Manuel López Obrador en México. Más recientemente, las victorias de Fernando Lugo en Paraguay, de Mauricio Funes en El Salvador y José Mujica en Uruguay. En estos días, se produjo una arrolladora reelección de Cristina Kirchner en Argentina (2011). No se consideran en la enumeración los gobiernos de Concertación chilenos porque, en realidad, no son ‘socialistas’. Si bien no todas las personalidades mencionadas pueden ser valoradas, incluso imprecisamente, como ‘de izquierda’, son señales al menos de movilizaciones electorales ingratas para el sistema. Los tres últimos candidatos ganadores, Funes, Mujica y Kirchner, encabezaron propuestas del Frente Amplio, el Farabundo Martí para la Liberación Nacional y el justicialismo argentino. Las tres menciones pueden considerarse revulsivas para el ‘orden’ constituido. Sobre estas figuras, las fuerzas que los alientan y sus administraciones, puede realizarse al menos una primera aproximación básica: se acercarán más a una izquierda progresiva y con perspectiva revolucionaria para las condiciones latinoamericanas si potencian condiciones para la organización y expresión autónoma de los movimientos populares: indígenas, campesinos, trabajadores urbanos y rurales, jóvenes y estudiantes, mujeres populares, sectores étnicos minoritarios, etc. y para su incidencia político-cultural o ciudadana. Al mismo tiempo, si avanzan, desde estos sectores, para disminuir (ojalá anular) la dependencia sistémica de la economía/cultura y autotransferir capacidades a los Estados, gobiernos, municipalidades y otras instituciones cercanas a las bases de una nueva, por emergente y popular, sociedad civil: cooperativas, sindicatos, agremiaciones, comunidades originarias, ligas campesinas. En, síntesis, si avanzan en la conformación de poderes locales populares y sectoriales cuya articulación resulte en poderes nacionales capaces de asumir políticas públicas que resuelvan necesidades básicas sentidas y expresadas por la población y que, al mismo tiempo, se trasciendan en la configuración de un ethos socio-cultural popular dominante (hegemonía) por popular, nacional, y, también por popular, con horizonte revolucionario. Se trata de procesos de trayectoria larga y, si se ha elegido la vía parlamentaria para ellos, la primera tarea es volver a ganar las elecciones siguientes convocando más fuerzas, lo que implica alianzas y también neutralizaciones de actores eventualmente hostiles, mientras se construyen paso a paso las transformaciones institucionales y jurídicas que aseguren la irreversibilidad político-cultural de los procesos. Poder local, apoderamiento popular, políticas públicas desde este apoderamiento, avance institucional y constitucional hacia una construcción popular de la nación. Una nación sin principios, prácticas ni instituciones de discriminación. Se escribe fácil, pero se trata de muchas tareas, cada una de ellas compleja, e inscritas en entornos desfavorables y agresivos, internacionales y también locales. Pero ahí están las señales iniciales. No se han inventado. Las han puesto en el tapete movilizaciones electorales, o sea expresividades ciudadanas y parlamentarias. Menos claro es el paso desde estas movilizaciones electorales a la organización popular autónoma y ciudadana.

    Podría decirse que, con todas sus dificultades y errores, las experiencias de gobierno en Bolivia y Venezuela, más la primera que la segunda, aunque la venezolana posee hasta el momento respaldo militar interno, son las que resultan más alentadoras en relación con las tareas y procesos enunciados. No es demasiado, pero es algo y en las condiciones imperantes quizás mucho. Conviene estudiarlas en sus visiones y también en sus realizaciones. Interesa asimismo que sus protagonistas se analicen políticamente a sí mismos y busquen evitar los errores de experiencias de corte similar fracasadas en el siglo XX. La idea es ser también radical en aprender de los errores.

 

    Lugares sociales de la esperanza revolucionaria aunque no necesariamente de o en la transición


    En el período largo se han dado asimismo luchas sociales populares, sin vínculo electoral directo y en ocasiones principalmente reivindicativas, que poseen alcance antisistémico o que podrían autoconferirse ese alcance. Están las de pueblos originarios (México, Chile y Perú, por ejemplo), cuya más alta señal política ha sido la movilización zapatista mexicana en el 1994 y años siguientes. Es la más alta porque enfatizó que la lucha popular revolucionaria se articula mediante testimonios catalizadores que contienen la transformación del carácter de los poderes vigentes. El punto está tomado de la visión de mundo del proceso revolucionario cubano (no necesariamente de su institucionalización) y significa un recuerdo teórico-práctico de primera importancia porque desplaza el tema de la ‘unidad’ de las fuerzas revolucionarias hacia el de su necesaria (aunque polémica y compleja) articulación, y porque enfatiza no la toma del poder (el punto eso sí no queda eliminado), sino la imprescindible transformación revolucionaria de su carácter. Este es un factor ideológico popular de la ‘transición’ que no debería ser sepultado ni disminuido, con independencia de la suerte del zapatismo en México, asunto este último que no resuelve unilateralmente la calidad de los aportes del espíritu o pensamiento a la resistencia/insurgencia y lucha popular continental.

    Una segunda mención debe hacerse con la persistencia y evolución del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra brasileño. (MST). Aunque inicialmente se tuvo expectativas significativas, internacional y localmente, acerca de lo que podría realizar el gobierno de Lula (primera administración 2003-06), principalmente por las promesas explícitas de éste como candidato, y también por su trayectoria como dirigente popular, su estrategia presidencial consistió en buscar para Brasil, y en menor medida para las regiones subdesarrolladas, un lugar más significativo en el mundo e, internamente, en consonancia con los gobiernos brasileños anteriores, en favorecer a las grandes corporaciones monopólicas y a las tesis del crecimiento económico global (aunque él resulte insostenible). Acompañó estos lineamientos políticos básicos con asistencialismo social (educación básica y universitaria, salud, propiedad urbana, principalmente) financiado o con préstamos internacionales o mediante el traspaso de recursos de todos los brasileños, o sea públicos, hacia los sectores en miseria, hacinamiento y pobreza. También la administración Lula dejó de satanizar las movilizaciones sociales. Pero en su conjunto el balance para los sectores populares resultó deficitario, incluso sin considerar la intensa corrupción que acompañó a la administración de Lula. El MST brasileño respondió a la ‘derechización dependentista’ de Lula (el asistencialismo no resuelve los desafíos del subdesarrollo brasileño) manteniendo relativamente su apoyo electoral al Partido de los Trabajadores, pero en el marco de un escepticismo creciente de lo que se puede trabajar con los políticos ‘oficiales’ (tengan o no extracción sindical) y también esperar de ellos sin haber creado, en este caso, desde la autonomía de la organización social campesina, una fuerza social hegemónica, o sea político-cultural, que no puede ser únicamente campesina. El MST lleva 25 años en ese proceso de combinar sus luchas campesinas con el proyecto de un nuevo Brasil. Y persiste en ello, tras las dos administraciones de Lula, sin desaliento ni frustración. Tampoco cierra puertas. Lucha y fortalece su tradición de una lucha en la que cree y que la hace vislumbrar victorias finales para todos los brasileños. El MST es otro de los signos relevantes y persistentes de una posible transición con carácter popular. No es poca cosa en América Latina asumir que las transformaciones revolucionarias, y una reforma agraria campesina en Brasil lo es, demandan una sensibilidad ‘nacional’ plural hacia ella y que ningún partido político que carezca de control social popular la encabezará.

    Debe mencionarse entre las señales, asimismo, la resistencia social, popular y ciudadana, al golpe de Estado en Honduras. No alcanzó el carácter masivo permanente que le hubiera permitido paralizar y polarizar el país, pero fue plural, heroica y tenaz. Los diversos sectores, carentes de liderazgo político y creando organización sobre la marcha, defendieron el Estado de Derecho y el régimen democrático de gobierno y avanzaron consignas no solo por el castigo de los golpistas sino que por la liquidación del neoliberalismo hondureño. Tomaron las calles y se batieron contra un enemigo militar que desplegó contra ellos los mecanismos abiertos y también clandestinos de la guerra contrainsurgente. Sus movilizaciones, en las que figuraban muchos espontáneos, resintieron la represión de años anteriores. Pero, sobre todo, carecieron de solidaridad regional y subcontinental hacia su lucha. Pelearon solos lo que debió ser una pelea de muchos en todo el subcontinente. La gran prensa tendió a invisibilizarlos o a disminuirlos/caricaturizarlos como “simpatizantes de Zelaya”, el presidente derrocado. Fueron, en realidad, militantes de sus propias e irritadas causas. Por una Honduras sin corrupción, sin gamonales ni oligarquías, sin aparatos clericales criminales e hipócritas, sin desempleo. Por una Honduras sin instituciones pomposas y a la vez espurias. Por una Honduras donde se reconociesen y respetasen derechos humanos. Por una Honduras digna donde tuviesen cupo todas las personas laboriosas y decentes. Por una Honduras sin amos internos ni externos y amiga de todos los pueblos del mundo y de sus luchas. Por una Honduras donde los crímenes de los poderosos no queden impunes. Mujeres y hombres sindicalistas, activistas de derechos humanos, periodistas, taxistas, escritores y artistas, maestros y profesores, jóvenes y estudiantes, campesinos, pelearon con valentía, pero solos. Ahora se quiere utilizar su coraje, y también a sus mártires, como referente electoral. La autonomía y vigor de su lucha fue una gran señal. Su mezquina utilización electoralista, cuya definición no cambiará lo que siempre ha sido urgente cambiar, sería una muy mala noticia. Los pueblos latinoamericanos no deberían separarse ni abandonarse unos a otros porque en su aislamiento resultan derrotados o utilizados. Toda América Latina debió pararse para condenar, expulsar y castigar a los golpistas hondureños. No era un presidente lo que estaba en juego. También se jugaba el sistema.

    Valgan entonces estas señales materiales, zapatistas, emesetistas y popular-hondureñas, como adelanto de una transición deseada y necesaria, pero aún solo insinuada y que rema contra corriente, en América Latina y el planeta. A ver si se la construye con un trabajo político de reconocimiento y acompañamiento permanentes desde, con y para las mayorías. Solo con carácter popular y revolucionario existirá transición efectiva, por liberadora, en América Latina.
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    Referencias:

 

    Avui: Entrevista a Pedro Casaldáliga, http://www.redescristianas.net/2008/02/28/entrevista-a-pedro-casaldaliga-la-iglesia-no-son-solo-los-obisposmarc-serena/
    Borón, Atilio: Invisibilizando golpes de Estado: lo que la teoría hegemónica en la ciencia
política no quiere ver, http://www.cubadebate.cu/opinion/2010/01/04/invisibilizando-golpes-de-estado/
    Gallardo, Helio: Abisa a los compañeros pronto, Perro Azul, San José de Costa Rica, 2000.
    Gallardo, Helio: América Latina/Honduras: Golpe de Estado y aparatos clericales, desde abajo, Bogotá, Colombia, 2011.    
    Marini, Ruy Mauro: Dialéctica de la dependencia, Era, 11ª reimpresión, México, 1991.
     Osorio, Jaime: América Latina hoy. Entre la explotación redoblada y la actualidad de la revolución, http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-35/
    Wikipedia: Consenso de Washington, http://es.wikipedia.org/wiki/Consenso_de_Washington