Universidad, N° 1912,

agosto 2011.

 

     Entre las muchas versiones que alimentan la leyenda española de Rodrigo Díaz de Vivar (El Cid Campeador, siglo XI) está la de que Dios le habría asegurado la victoria en sus empresas militares incluso después de muerto. La versión hagiográfica traduce el punto haciéndolo luchar ya cadáver pero amarrado a su caballo. Su sola presencia aterrorizaba a los enemigos musulmanes que huían en desbandada. Costa Rica tiene una historia semejante solo que poco conocida. En efecto, el que se hace llamar Partido Liberación Nacional murió hace ya mucho (quizás en la década de los ochenta), pero su cadáver sigue amarrado a los torneos electorales y a la administración pública con tal fiereza que sus opositores se fragmentan entumecidos y optan o por tratar de parecérsele (en lo de cadáveres competitivos) o por alelarse en desaires personales, pronunciamientos con la vaina vacía y reyertas bizantinas.

    Sin embargo, a diferencia del Cid Campeador (quien según la saga liquidaba moros para liberar a España), el cadáver que cabalga en Costa Rica solo derruye. Pese a ello, sigue ganando elecciones y arreando gobiernos, aunque su cadáver hieda sin que cosmética alguna pueda ya disimularlo. Desprotegidos ante el derrumbe, sin siquiera pretender entender algo, gamonales y votantes se aprestan a cambiar en el 2014 a la incalificable administración Chinchilla por el “liberacionista” Rodrigo Arias. Algunas agencias han dictaminado que Costa Rica alberga la población más feliz del planeta. Tal vez, pero en ella hay pocos o ningún ciudadano. Y el instinto de supervivencia emigró hace rato quizás a los Territorios Palestinos o alguna otra desgraciada galaxia.

   El factor nuclear de la muerte de un partido está en su inanidad ideológica. “Ideología” es término polisémico y manoseado. Aquí se trata, sin embargo, de capacidad para diagnosticar los desafíos sociales, asumirlos y proponer a la población las medidas para resolverlos o superarlos. Sin ideología, o proclamando que se está por encima de ellas, los partidos devienen argollas de poder clientelar y patrimonial, corruptas maquinarias electorales y alibabescos administradores del Estado y de los gobiernos. En el torbellino se inscriben “personalidades”. Una señal frenética y a la vez pintoresca de estos procesos es el reclamo de que “la ley molesta”, y que es hora de dejar que “el gato se ocupe en cazar ratones”. Otra, el veloz agotamiento cívico y mental de las “personalidades” en las ‘argollas’ superiores.

   Un partido que “gobierna” (es decir distribuye bienes públicos entre clientelas familiares, corporativas, tecnócratas, burócratas y sociales) después de muerto supone  una ciudadanía para nada piadosa que no lo entierra.

    Quizás el mayor crimen político que ha cometido este invertido Cid costarricense es que en más de medio siglo de tránsito, y en coyunda con sus ‘opositores’, no produjo cultura ciudadana. Sin cultura ciudadana no existen ciudadanos. Y sin ciudadanos Estado y gobierno pueden ser representados y funcionar como grandes, medianas y pequeñas maquinarias de favores, concesiones y préstamos respecto de los que no se tiene responsabilidad colectiva ni a los que debe honrarse. La población se entrega pasivamente a la fórmula “lo malo de las argollas es no formar parte de ellas”.

   En el que por ahora es su último período, el Cid tico ha visto desaparecer o languidecer a sus “personalidades” carismáticas. Fueron reemplazados por tecnócratas de a centavo, burócratas densos y soberbios, gamonales torpes y “chicas bien”. Les tocó la época de penuria fiscal y productiva en que se caen los puentes, las derruidas carreteras se saturan, el sistema mundial entra en crisis un momento sí y otro también, las instituciones sociales quedan en calzones, familia incluida, la población envejece o no quiere hacerlo, los aparatos clericales tornan esférica su estupidez hasta el cinismo, se refuerza el conflicto entre el uso de recursos naturales y el “exceso” de gentes y, para muchos, es tiempo, más que de sobrevivir, de malmorir. Tiempo de ratas. Momento para estadistas y líderes de emprendimientos colectivos.

   La población más feliz del mundo no se da emprendimientos colectivos. Tampoco constituye ciudadanía. Desagregada, trata de fijar su mirada en Zapotes fantasmales, Asambleas chillonas, medios estupidizantes. Ni Sele le queda. No se ve nada. Y lo que se entrevé, bizqueando, asquea.
   
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    Arturo Gómez (Costa Rica).- ¿Qué se entiende por "cultura ciudadana"?

 

   HG.-  En el imaginario de las sociedades modernas el único referente colectivo vinculante, es decir obligatorio, es la legislación que expresa y sostiene al Estado. Todo está permitido mientras no exista  transgresión jurídica o se incurra en ella. La contraparte humana del Estado es la ciudadanía. Esta tiene capacidades y obligaciones jurídicas. Capacidades son, por ejemplo, derechos humanos. Obligaciones, el respetar la vida y propiedad ajenas. Pero el Estado debe proveer asimismo que la legislación sea querida no solo por ser obligatoria (vinculante), sino legítima (en un sentido ético y nacional). El Estado debe hacer que el ciudadano sienta la legislación como apropiada y la legitime. La adhesión a su 'orden' social se sigue de este vínculo emocional con dos frentes: uno positivo (la legislación responde a las inquietudes, desafíos y necesidades de la coexistencia ciudadana) y otro de temor (si no cumplo la norma jurídica podría ser sancionado).

   

    La ciudadanía contiene por ello un vínculo emocional. Los políticos y el Estado/gobierno, los funcionarios y la burocracia estatal y gubernamental, deben cautelar y promover constantemente este vínculo de modo que el comportamiento ciudadano se siga no solo del temor a a la sanción sino que tenga también un carácter emocional positivo. En Costa Rica, no se da ninguno de estos dos aspectos. El Estado carece de medios (y de voluntad) para hacer cumplir las leyes. No se paga el salario mínimo a más de un tercio de los trabajadores y no pasa nada. Se aprueban leyes del tránsito pero no hay suficientes policías para que la ley se aplique en todo el país. Se aprueba un impuesto para las casas suntuosas y no se paga. Un individuo declara a la prensa que su hermano no cree en la CCSS y que por ello no asegura a sus trabajadores y que el asunto carece de importancia porque a inspectores y abogados de la Caja no les interesa cobrar (excepto sus honorarios y salarios, supongo). El ICE compra un edificio que no cumplía con los requisitos exigidos (ascensores) y el gerente pertinente dice que en los documentos firmados por "tecnicos especialistas" se aseguraba que todo estaba perfecto. El punto es que en el caso de los salarios, de los ascensores y del no pago de seguridad social, etc., el Ministerio Público o la autoridad ministerial no inicia una investigación de oficio para castigar a los responsables. Y si a la autoridad pública, a los funcionarios y a los burócratas, no les interesa la ley y tampoco les interesa hacerla cumplir.... pues es de imaginarse la adhesión al Estado de derecho que tendrá la ciudadanía y las identidades existenciales que se obtendrán de ello. El resultado es la tendencia a una nula adhesión por la cosa pública y por el emprendimiento colectivo que debería constituir parte significativa de la historia de Costa Rica. Y el principal responsable de que esto ocurra es el llamado PLN que es el que ha llevado al límite el carácter deficitario, clientelar y patrimonial del Estado. Ha deseducado ciudadanamente con la complicidad del PUSC y de otros aparatos, como los clericales.

 

    Esta deseducación se advierte no solo en los 'grandes acontecimientos', como la concesión de obra pública, sino en la existencia diaria. Destrucción o robo de las señales viales, exhibición de la basura, permanente desinterés o, peor, irritación, por la seguridad de los peatones o de otros conductores, nula capacitación a los empleados públicos que deben atender necesidades sensibles de la población, etc.

 

   Podría añadirse que el Poder Judicial (pomposo en sus altas esferas y para nada transparente) se ha venido también haciendo, por decir lo menos, sospechoso para un sector significativo de la población que lo estima atado a grupos políticos, personalidades y familias, y, en el último período, sensible a la corrupción del crimen organizado. Se está así ante variados y profundos deterioros y no se puede culpar a la gente por carecer de sensibilidad ciudadana. La corrupción, que no es idéntica a la venalidad, aunque la alimenta, baja densa desde el Estado y el gobierno y sus ´personalidades. Y la población se desentiende de mentirillas, poses y habladas. Pero tampoco se organiza para cambiar algo o al menos exigir decoro. Un buen numero de 'ciudadanos' vota porque cree poder sacar algo que le interesa privadamente de su sufragio. El conjunto de estas cuestiones constituye un tema amplio, dramático y penoso, pero aquí queda al menos introducido.

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