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Semanario Universidad, N° 1679
Agosto del 2006

 

Muchos latinoamericanos estamos agradecidos, y siempre en deuda, con el pueblo de Cuba. Nos ofreció, hace ya medio siglo, su gesta revolucionaria y popular convocándonos a querer aprender cómo dar cuenta de nuestra identidad personal, social, nacional y hemisférica, para que irradiaran dignidad y autoestima. Desde su economía difícil y agredida en un Caribe discriminado y empobrecido nos regaló, y sigue regalando, respaldo profesional y humano espléndidos. El pueblo de Cuba ha sido resguardo para innúmeros sufrimientos bajo las formas del asilo, atención médica, refugio familiar ante el acoso y el odio, espacios para el estudio y aprendizaje. Pueblo admirable. Cálido, generoso, dulce. Irónico y también orgulloso y fuerte ante quienes lo subestiman y le ofertan una mano envilecida por la arrogancia del dinero y el desprecio racial y cultural.

La experiencia cubana animó la Teología latinoamericana de la liberación, la Teoría de la dependencia, el redescubrimiento de nuestra literatura como ethos cultural popular y, por desgracia, como negocio editorial. Entre los creyentes religiosos tuvo interlocutores como Pablo Freire, Hélder Cámara, Pedro Casaldáliga, Frei Betto y a millares que aprendieron del pueblo de Cuba que la fe es algo que se testimonia todos los días con organización y trabajo. La Teoría de la dependencia, con Bambirra, dos Santos, Marini, contribuyó tempranamente a cuestionar el mito del desarrollo al insistir en la ausencia entre nosotros de una ‘burguesía nacional’. Lo que fue hipótesis analítica es hoy presuntuosa proclama corporativa y tecnócrata, tenebroso lugar común globalitario. Constituir sociohistóricamente la verdad de lo “imposible”, el asalto popular y armado al cielo, es punto de toque de la estética de la violencia y el silencio (Rulfo) y de un realismo mágico (García Márquez) que conflictúa la realidad oficial desde la imaginación, la memoria y el deseo. Con las hazañas del pueblo de Cuba los latinoamericanos todos nos hicimos durante el siglo XX, sin merecerlo, especie humana.

A este pueblo alborotador y bravo que nos ha abierto tantas posibilidades a los latinoamericanos, algunos lo estiman aterrado, enfermo, nostalgioso de los “métodos de fuete y mayoral” oligárquico e imperial. Ansioso por lamer la bota de los amos disfrazada de blanca lógica del mercado. Abierto de piernas para desempeñar el papel prostituto que, ‘en el orden de las cosas’, le corresponde, como ‘al resto’ de América Latina.

Del vientre, discernimiento y corazón de este pueblo complejo y sabio, sufrido y alegre, de su historia, surgió el liderazgo de Fidel Castro. Sin pueblo de Cuba, no hay Fidel. Fidel campeonizó con dignidad en todas las batallas porque condensó y expresó a su pueblo. Fidel pudo crecer y convencer fuera de sus fronteras porque, previamente, su pueblo lo había forjado en estatura humana. Pueblo campeón en América Latina el pueblo cubano. Campeón Cuba. Campeón Fidel. Campeones de la dignidad, por primera vez hecha gobierno perdurable, de los más humildes. Viva el pueblo de Cuba. Viva Fidel. Estas cosas nunca mueren si usted lucha organizado para que existan.