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Universidad, N°1883,

enero 2011.

 

    

 

     
    Todo el mundo sabe que desde que Otto Guevara hizo su campaña presidencial centrada en un varón en calzoncillos (le habían robado) y prometiendo ‘cero tolerancia’, como si hacer esto equivaliera a preparar una sopa de fideos Maruchan, el asunto de la seguridad ciudadana en Costa Rica se charraleó. Desde entonces el violento ratero, el ladrón mediano y las bandas de pillos han sido desplazados (y continúan su acción ilegal y dañina) por la necesidad de contar con fondos internacionales 'en dólares'  para combatir y derrotar el ‘crimen organizado’ (droga) sin tocar su ilegalidad ni los aparatos financieros que ‘lavan su dinero’. O sea, se pasó de la tolerancia cero (Guevara dixit) a la seriedad cero. Podría ser buena noticia porque cuando se toca fondo quizá se empiece a subir. La única esperanza mala es la que no se tiene.

    Por desgracia, hay señas de esta posible mala esperanza. Tras meses de hacer poco en este campo la administración Chinchilla envió un proyecto de ley (grava en un 15% las ganancias de casinos y juegos de azar) tan mal pensada (crea burocracia, extiende los juegos de azar tanto para grandes empresarios como para que ‘pequeños negocios’ redondeen ingresos y lesiona a la Junta de Protección Social) que el mismo gobierno decidió sacarlo de la Asamblea Legislativa. Así, la presidencia podría cumplir su primer año sin pasos firmes en este sentido.

  El punto es que no existen fondos públicos para abordar mínimamente la seguridad ciudadana y nadie quiere pagar más impuestos. En el país no existe cultura impositiva y, en tiempos de mundialización, resulta poco factible esperar que se produzca. Lo peor es que se pretende financiar la seguridad ciudadana mediante la legalización y ampliación de los juegos de azar. Si el ‘mano dura’ Guevara aspira a hacer de toda Costa Rica una Gran Zona Franca, la administración Chinchilla parece querer convertirla en un Gran Casino. “¡Qué haya ruletas hasta en las escuelas!”, podría ser la consigna. Sin duda bajaría la deserción en los Liceos.

    El sueño de financiar la seguridad haciendo del país un garito es una versión “liberacionista” de la hambrienta serpiente que se come su propia cola. No es secreto que los juegos de azar o forman parte del crimen organizado o son utilizados por éste. En Costa Rica, como en todas partes, los casinos han estimulado prostitución adulta e infantil, contrabando de licor, consumo de drogas y lavado de capitales, empresas de matones (para cobrar deudas) y sicarios (para ejecutar a quienes emplean a los matones), etc., esto sin considerar los delitos de “cuello blanco”, como fraudes. Se quiere financiar la ‘seguridad’ de la gente haciendo su entorno más inseguro o, sin chiste, más ‘azaroso’. Una política estatal para una población que se quiere decente debería ir por otro lado.

    Como si lo anterior fuera poco, el esposo de la presidenta, el señor José María Rico, se ha lanzado a publicar en la prensa materiales en lo que se supone es su especialidad: la seguridad. Hace observaciones básicas como un profesor que condesciende a ilustrar a quienes no tienen idea. No es pecado. Pero su estilo carece de todo gancho comunicativo. Además inventa muñecos de paja para castigarlos sin avanzar él tampoco en materia. Por ejemplo, le cae a una definición de la ONU sobre el crimen organizado (“cualquier grupo de individuos organizados para obtener beneficios por medios ilegales bajo un esquema continuado”). La condena porque “no permite comprender la especificidad de un tema cada vez más amplio y variado”. ¡Pero si se trata de una definición básica! (con tres núcleos: organización, ilegalidad del beneficio y esquema continuado). Rico dice que eso a él no le permite entrarle al tráfico de drogas, armas, seres humanos y órganos, contrabando, muertes por encargo, etc. (LN, 30/11/10). Pues obviamente la deficiencia no está en la definición de la ONU sino en otro lado.

    El esposo de la presidenta no había publicado antes sistemáticamente en la prensa local. ¿Lo invitaron ahora por su rango? ¿Se decidió él solito a desasnar a la población? ¿Si sus aportes son políticamente hueros no advierte que daña la imagen de un gobierno que no necesita este agujero? Y, además, él queda en calzoncillos.

   En suma, que los dirigentes andan perdidos y los expertos también. A este tranco llamarán a Otto para que instaure el “Cero Tolerancia”. Excepto para él y sus cercanos, claro. Por vericuetos como éstos es que la esperanza abandona a la gente.

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