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Artículo rechazado en OJO,
Junio del 2006

 

Estima el animoso presidente de la Asamblea Legislativa, Francisco Antonio Pacheco, que en el país existen dos fuerzas: una mayoritaria, optimista, que se alista para una nueva época, y otra negativa y minoritaria que busca dividir a los costarricenses en absolutamente buenos y absolutamente malos. Culmina su dicho señalando que “Antes no suponíamos la maldad intrínseca en el adversario” (OJO, Año V, N° 103). Para él, la minoría vive la política como una relación amigos/enemigos y no como aliados/opositores (él pronuncia “adversarios”, pero quiso decir ‘opositores’). En realidad, en el pasado político costarricense más próximo quien manejó esta idea/fuerza de una lucha entre El Bien y El Mal fue el candidato presidencial Miguel Ángel Rodríguez durante su enfrentamiento electoral con José María… Olsen. De hecho, la pugna metafísica entre El Bien (personificado por él) y el Mal (personificado por el otro) fue tema central de su última plaza pública. La arenga parecía hecha por Julio Rodríguez, tanto por su soberbia moral-metafísica como por su penuria política. En esos días, El Mal ganó estrecho y El Bien debió negociar cuatro años con él. Pacheco no es tan joven como para no recordar la situación.

Grupos sociales y políticos, en cambio, han denunciado y condenado lo que analistas, por ejemplo Rodolfo Cerdas, llaman PLUSC, pero no por representar al mal metafísico, sino porque sus más briosos padrinos, incluyendo expresidentes, e incontables seguidores, han contribuido contumazmente con la corrupción política (supone descomposición social e institucional) y han incurrido en venalidad (que debería estar tipificada como delito). Existe diferencia entre denunciar actos corruptos y venales (como el de la filóloga de los novecientos mil dólares) y señalar metafísicamente a otros por “ser” malos. Así, Álvarez Desanti dejó el PLN (en sus palabras) porque éste amparaba la corrupción y la venalidad y actuaba también venalmente, “aunque lo disimulaba mejor”. No habló de ‘buenos’ y ‘malos’, sino de actos de corrupción y venalidad. Los fijó en el PUSC y el PLN. Que, en principio, forman hoy parte y partecita de la mayoría “optimista” descrita por Pacheco. Curiosamente, dentro de ella milita con fervor el editorialista de La Nación S.A. quien, como se sabe, opone La Verdad y el Bien (el empleo que dará el TLC, por ejemplo) a la Mentira y el Mal (todo quien no delire de entusiasmo por ese mismo instrumento). La metafísica maniquea pareciera, por tanto, más compleja que como la ve y siente el presidente de la Asamblea.

También divisa espectros metafísicos en la política el politólogo Roberto J. Gallardo N. Se angustia por saber qué quiso decir un dirigente “del movimiento que se opone al TLC” cuando señaló a un periodista que “esos grupos llevarían su oposición hasta las últimas consecuencias” (LN: 28/05/06). Como no identifica al dirigente, éste se contagia de la neblina metafísica que afecta a los bloques negativo y positivo de Pacheco. Ya quisieran los opositores del TLC formar un único movimiento. Se trata de sectores diversos, con motivaciones diversas y formas de lucha diversas. No vale, excepto para efectos demagógicos, trasformarlos en sustancia única. La fracción del PAC, por ejemplo, ha reiterado que adversará este TLC en la Asamblea. Igual hará José Merino del Río. Sectores de la ‘minoría negativa’, tan agudamente captada por Pacheco, saldrán a la calle, harán paros, huelgas de hambre. No faltará quien escriba poemas o lance piedras.

El punto central de Gallardo es que toca a la Asamblea aprobar o improbar el TLC porque así lo establece la Constitución y porque los diputados representan a más de un millón y medio de votantes. Se puede estar disconforme con la votación de los asambleístas, incluso se puede protestar en la calle (eso sí, sin insultos ni violencia), pero siempre respetando la legitimidad de la autoridad bien constituida. Sin duda el politólogo forma parte de la metafísica mayoría “positiva” descrita por Pacheco. Aquí la dificultad es que la existencia política pasa, en parte, por las tensiones introducidas por quienes estiman que la autoridad puede estar ‘bien’ constituida pero pone en duda su legitimidad con sus comportamientos. Por eso, además de las luchas parlamentarias (como la que libró recién el Movimiento Libertario contra el plan fiscal), existen también luchas semiparlamentarias y otras no parlamentarias. Las hay famosas: la de Ghandi y su no-violencia activa contra el dominio inglés. La de Martin Luther King Jr. por los derechos de los afroamericanos. Mandela. Walesa, el sindicalista-político. José Figueres Ferrer valoró que la autoridad se comportaba nepótica y venalmente, desconoció su legitimidad y se lanzó a la guerra civil. Tal vez formaba parte de la ‘minoría negativa’ de entonces. Se puede argumentar que un TLC no justifica una guerra civil. Pero esto tendrían que aceptarlo los actores que creyesen que sí. Ninguna metafísica jurídica y política puede eliminar por decreto la resistencia social y política que se valora a sí misma justa. A uno pueden no gustarle las “últimas consecuencias”. Pero constituyen una producción social, al igual que los diputados de la Asamblea.