1er Encuentro Internacional

de la Red Latinoamericana

de Cooperación Universitaria,

Bogotá, Colombia, 2010.

 

    

Hambre y salud entre los empobrecidos


    Por razones en mucho aleatorias asisto en Bogotá, Colombia, a una videoconferencia de Bernardo Kliksberg quien, entre otros prestigios, es asesor del PNUD para América Latina. Habla de los ‘escándalos éticos inadmisibles’ de la existencia actual. Menciona y da cifras sobre el hambre en medio de la abundancia de alimentos, el agua que mata por insalubre, el trabajo infantil (1 de cada seis niños es explotado en el mundo), la deserción escolar, la situación de las mujeres (madres jóvenes, trabajadoras), la desocupación juvenil, la destrucción del hábitat cuyos efectos golpean en especial a los más pobres, la polarización social mundial (el 10% más opulento tiene el 85% del capital mundial, el 50% más empobrecido solo el 1%). Las cifras que cita son dramáticas. Pero también lo es la forma en que Kliskberg las entiende.

    Daremos aquí una mirada a los “escándalos éticos” indicados por el asesor de Naciones Unidas. A este hombre sabio le resulta “inexplicable” que, existiendo alimentos de sobra (en el 2008 se dio la mayor cosecha de la historia), 900 millones de personas sufran hambre y mueran directa o indirectamente a causa de ella. ¡Hay alimentos para 10.000 millones de seres humanos!, reclama. Ahora, puede que a la ONU, donde se alberga Kliksberg,  no haya llegado la información de que esos alimentos no son primariamente ‘alimentos’, sino mercancías. Y que el hambre se produce porque los pobres no pueden pagar lo que esos alimentos cuestan. Las mercancías no ven necesidades. Ellas se casan con el dinero. Se trata de un problema de acceso, pero ligado a oportunidades en educación, empleo, distribución de la riqueza, posición geográfica, cultura… en breve, de una señal sistémica que apunta a una responsabilidad socio-política, no ‘meramente’ ética. Remediar el hambre de miserables que no pueden pagar alimentos no es negocio, habría dicho en su momento cualquier ejecutivo de Bunge and Born (liquidada ex multinacional de gestación argentina) o de la actual Cargill, o el más modesto de los concesionarios de MacDonald’s. “Regalar alimentos a los pobres sin que los paguen arruina su empresariedad”, exhalarían a coro Margaret Thatcher, Mario Vargas Llosa y Anthony Blair. Todos ellos se consideran auténticamente éticos.  No se les concede alimentos a los miserables porque se les ama.


     El segundo escándalo que reseña Kliksberg es el del agua que mata. El 17% de la población mundial carece de agua potable e instalaciones sanitarias. Esta situación es concausa de la muerte de 1.800.000 niños al año. Cuando los empobrecidos acceden al agua, ella está envenenada. Sin servicios en América Latina malmueren 119 millones de personas. Sin agua potable, están 50 millones. Kliksberg es un funcionario internacional que nació en Argentina. Por eso antes recordamos a la monopólica Bunge and Born. Tal vez en Buenos Aires Kliksberg se enteró de que en América Latina la cultura de los grupos reinantes es señorial. Para la visión oligárquica resulta ‘natural’ destinar el agua a sus necesidades (incluye campos de golf) y estimar que para pobres y miserables (que existen en lejanas barriadas o zonas rurales) el agua es un lujo que no merecen. Dios los hizo pobres y feos así como a ellos los hizo opulentos y hermosos. Además ni a opulentos ni a tecnócratas (un rostro más reciente de la oligarquía) les agrada tributar. Lo eluden. Y cuando se ven forzados a pagar alegan que los impuestos los asfixian y que con ellos se ahuyentan los buenos negocios. Sentencian: el capital es el animal más espantadizo del mundo. Así, con pocos impuestos y corrupta o malamente utilizados, gobierno y Estado (que provienen también de la oligarquía, o la sirven) nunca tienen recursos para asuntos como agua y servicios sanitarios para todos. También a muchos pobres esta situación les parece ‘natural’. Total, al que nace pobre Dios lo bendice mandándole hijos y luego lo castiga fregándolos con agua podrida. Como se advierte, el agua que mata es asimismo un asunto de conflictiva responsabilidad político-cultural, no una cuestión ‘meramente’ ética. Y si de ética se tratara, oligarcas y políticos latinoamericanos son, por tradición y conveniencia, cristianos. Católicos, por más señas. De misa diaria. Solo que su ‘ética’ les dice que pobreza y miseria se siguen del pecado original. Y que la voluntad de Dios es que siempre haya pobres para que los seres humanos se arrepientan.

    La existencia de pobres lo lleva a uno al cielo. A los pobres mismos, en este ‘valle de lágrimas’, se los come la mierda, pero eso tampoco importa. También se irán al cielo si son humildes y aceptan comer caca en este mundo y se resignan a los peores lugares celestes en el más allá. En palcos y lunetas exclusivos se arrellanarán oligarcas, obispos, generales y otros panzones y panzonas (el Espíritu Santo no discrimina entre géneros, es modernamente metrosexual).

    Hablando de modernidad, para esta sensibilidad cultural no existe una ética vinculante (una ética ‘natural’ universal, digamos). Lo único universal o generalizadamente vinculante es la norma legal. Ya Maquiavelo (ss. XV-XVI) propuso “éticas” diversas y complementarias: la del Estado, o pública, guiada por la eficacia. Y la privada, ligada al interés particular por la vida propia y la propiedad. Que los pobres mueran como moscas puede resultar “eficaz” y “natural” para el Estado oligárquico y “ético” y para la lógica particular de opulentos y tecnócratas. A la corta y a la larga, pobres y miserables de América Latina ni producen con eficiencia ni consumen con opulencia. Además son horrorosos y hieden. ¿Para qué sirven? En la Iglesia de San Ramón de Alajuela, Costa Rica, el cura les prohibió la entrada al templo (eran sucios, drogos, putas viejas). En Colombia les llaman “desechables”. No faltará quien desee enviarlos a granjas o a Zonas Francas para que “aprendan a trabajar”. Por supuesto con poco o ningún salario. El trabajo, suele decirse en misa, dignifica.

    Ninguna de estas dos referencias de Kliksberg constituye modernamente escándalo ético alguno. Excepto que se hable desde alguna “ética natural” que siempre ha exigido “intérpretes” privilegiados (Moisés o el obispo Ulloa). El escándalo efectivo es que el funcionario Kliksberg eluda pronunciarse políticamente sobre sus “escándalos éticos”. Esos desafíos políticos los genera el sistema y sus actores dominantes los valoran moralmente en términos de conveniencia para la acumulación global. Los mismos que producen los “escándalos” que excitan a Kliksberg son quienes pagan su salario. Achará de asesor “latinoamericano”.

Trabajo infantil y deserción


    En su nominación de aquellos fenómenos que le conmueven personalmente Kliksberg utiliza reiteradamente la fórmula “escándalos éticos inadmisibles”. Ya vimos que no para todos son eso. Para la lógica de la acumulación de capital global que sufran hambre quienes no pueden pagar sus alimentos es necesario y justo. Lo escandaloso sería que alguien comiera y no pagara. La fórmula de algunos profesionales en Economía es: “No hay almuerzo gratis” (“No free lunch” atribuida a Milton Friedman). Por supuesto es indeterminada y falsa. Pero se sigue coreando como si fuera evidente para cualquier lógica económica. Además de conmoverse personalmente ante los escándalos, Kliksberg agrega que ellos han sido agravados por la crisis mundial.


     Tal vez Kliksberg no se ha enterado, ocupado como está en barajar cifras de escándalos éticos, que una de las enseñanzas de la crisis de la ‘burbuja financiera’ es que existen corporaciones, como Fanny Mae o Freddie Mac, que no pueden quebrar, hagan sus ejecutivos lo que hagan. Hay que rescatarlas con fondos públicos para que no se hunda el sistema como tal al pasar desde una crisis financiera y económica a una crisis política (que ojalá fuera además cultural). Lo mejor, sin duda otro “escándalo ético”, es que el rescate de estas corporaciones privadas lo pagamos todos en todo el mundo, en particular los trabajadores y los empobrecidos (en esto lleva razón Kliksberg: en efecto, los desafíos para los miserables se intensifican con las crisis, pero no son éticos, sino de sobrevivencia). Las corporaciones poderosas y sus ejecutivos, que no son malas personas, solo se interesan en lucrar mucho y en el corto plazo, porque ésa es su ética: lucrar de cualquier forma y en el corto plazo, maximizar ganancias, quedan impunes. Goldman Sachs, Morgan Stanley, Washington Mutual, ganan cuando ganan y también ganan cuando “pierden”. La lógica del capitalismo global genera actores que no pueden perder nunca.

    En bonito, estos actores pierdenunca, “transfieren riesgos” y se lavan las manos o ríen porque saben que si las cosas se tornan fétidas vendrán fondos públicos a “rescatarlos”. Obviamente no es la mayoría de gentes la que puede “transferir riesgos”. Si una persona corriente “transfiere riesgos”, o sea comete fraudes, suele terminar en la cárcel. La mayoría de la gente más bien pierde siempre. Y no sabe cuanto. Kliksberg no ve en esto escándalo político alguno. Lo suyo es denunciar inadmisibilidades “éticas”. Pero parte de lo “ético” del capitalismo es que algunos, pocos, ganen siempre y queden impunes aun si hacen trampas, y que otros, los más, pierdan siempre aunque sean más honrados que quien sigue estrictamente las instrucciones que le dan en el bote de shampoo para lavarse el pelo.

    Ahora, no puede extrañar que en un orden en el que los pocos que manejan el crédito, sin el cual no hay negocios, deciden en qué consiste este mundo y en el que sus acciones más empobrecedoras y tramposas contra la gente y sus necesidades no están configuradas como delito ni deslegitimadas, es decir en un mundo donde las apetencias de unos pocos pasan por encima de las personas como si ellas fuese cosas, haya otros, menos poderosos, que exploten niños o que los deformen para que inspiren más piedad y arrimen más dinero en el negocio de la mendicidad. Incluye comprar, vender y alquilar niños. Traficar con sus órganos. Poniéndolo en términos geopolíticos, ¿no es el mismo mundo en el que los poderosos lanzan bombas que matan y deforman a ancianos, mujeres y niños que no representan ningún peligro militar? ¿No se tortura (incluyendo su violación) a niños en las cárceles “secretas” (Afganistán, Emiratos Árabes Unidos, Indonesia, Marruecos, Pakistán y Tailandia, Europa Central, quizás) que EUA, con su ‘poder ético’ (?) ha instalado en el mundo para ganar su guerra preventiva contra el terrorismo?

    Si los poderosos e incontrarrestables dioses financieros y geopolíticos hacen esto, y quedan impunes o son elogiados, por qué no habrían de explotar y traficar niñas y niños otras creaturas humanas menos poderosas. A la larga, también a la corta, niñas y niños están entre los seres humanos más vulnerables. Y al vulnerable (a quien no maneja información, a quien está enfermo, a quien es bondadoso, a las mujeres, al anciano, al rural, al indio, al usuario o prospecto, al inmigrante indeseado y sin papeles…) hay que usarlo como cosa. ¿Por qué entonces tanta indignación preferencial porque se explota, maltrata y abuse niñas y niños? ¿No lo hacen incluso los sacerdotes católicos y las piadosas monjas? ¿Y no “rescatan” sus abusos las autoridades clericales iluminadas por el Espíritu Santo? ¿No liquidó, sin compasión ninguna, niños, Moisés, cuando familias judías objetaron su búsqueda de la Tierra Prometida y desearon retornar a Egipto? (se menciona a Moisés porque Kliksberg suele utilizar referencias al Antiguo Testamento). Estas cosas se hacen porque se tiene el poder de hacerlas y ese poder muchas veces resulta incontrarrestable.

    En la especie humana los niños siempre han sido vulnerables, atraen la violencia social de la especie precisamente porque exigen cuidado y cultivo y no pueden dárselos por sí mismos. La situación se agrava cuando el orden capitalista desagrega, excluye, estratifica, genera producciones, ciudadanos, naciones, territorios, sectores, familias, de primera, segunda, tercera o cuarta clase. En la última sección, que puede variar de país en país, están los violentamente producidos como “más vulnerables”. En todas las secciones sociales nacen niños. La lógica de violencia (impune) del sistema y las situaciones sociales específicas resuelven a cuáles niños se debe y puede explotar, matar, deformar, utilizar y botar. La misma articulación de sistema-situación resuelve si estos crímenes y violencias quedarán impunes. Sin duda los niños usados, traficados, violentados, no se merecen el maltrato, el secuestro o la muerte. Pero no castigar estos crímenes, que constituyen una producción social, es un asunto político, no ético. ¿No se hizo famoso acaso Charlton Heston personificando a Moisés, el criminal, como símbolo de tenaz esperanza para la especie humana? ¿No convendría detenerse aquí un instante para reflexionar sobre lo que hacen, con total impunidad geopolítica, los dirigentes del Estado de Israel contra niñas y niños palestinos? Otra vez: se trata de cuestiones acerca de cómo está organizado (y distribuido) el poder, no de meras reacciones “éticas”. Y, para ser más inmediato, ¿no es cierto que los gobiernos latinoamericanos dirán que la explotación y tráfico de niños o sus órganos les indigna (éticamente) pero no pueden cautelarla porque carecen de recursos para financiar las diversas policías?

    Conmueve asimismo a Kliksberg la deficiente escolaridad de los jóvenes. En el caso latinoamericano, 6 millones de niños no asisten a la escuela primaria. En muchos países más del 50% de los jóvenes no termina la secundaria. Como se advierte, la irritación ética se produce en relación con cifras de cobertura y permanencia, que son cuestiones de cantidad, y esta irritación podría considerarse un paso significativo. Pero, ¿y la calidad? ¿Qué ocurre si se tiene al 100% de niños y jóvenes, en las aulas, seis horas diarias o más, pero el servicio educativo que se presta es deficiente? La responsabilidad por la calidad puede tener como causas la inadecuada preparación y aptitud de los maestros y profesores, sus bajos salarios y el cansancio y desmotivación correspondientes, la escasa o nula articulación entre escuela y familia, una mala administración escolar (autoritaria y arbitraria, por ejemplo), una propuesta de educación centrada en la enseñanza de contenidos y no en el logro de capacidades, el exceso de estudiantes por aula, la ausencia de salas y materiales, un enfoque curricular que anula la personalidad diferenciada de los estudiantes, etc. Una mala calidad de la educación puede acentuarse si se toma en consideración la separación entre urbano y rural y, especialmente, la distancia eventual entre escuela pública y escuela privada.

    De hecho, podrían existir al menos cuatro tipos de escuelas: la pública, urbana y rural. La privada, urbana y rural. La de peor calidad probablemente sería la rural pública. Lo óptimo sería una escuela/Liceo de gran calidad (centrada en el aprendizaje y el logro de capacidades y competencias), articulada con la existencia familiar y social. Esta escuela sería o urbana o rural y pública o privada o mixta. Se trataría de una Escuela Nacional Única (incluiría a las instituciones que forman maestros y profesores) al estar centrada en experiencias de aprendizajes para el logro de capacidades y una calidad semejante de maestros, profesores y medios de trabajo. Además podría articularlas el que estuviese prohibido “hacer negocio” con la educación básica y liceana y la permanente supervisión y evaluación (autoevaluación y supervisión en el caso de las instancias educativas) del Estado y de las corporaciones dedicadas a la educación. Finlandia lo hace, con buenos rendimientos. Una escuela que no discrimina, pero que tampoco uniforma porque cada grupo de estudiantes posee diferencias que se siguen de sus historias personales y familiares.

    La realidad latinoamericana no es la anterior. En un país como Costa Rica, que actualmente debería invertir el 8% de su Producto Interno Bruto en educación pública, el examen de admisión a la principal Universidad estatal es aprobado por un 40% de estudiantes que provienen de colegios privados y solo por un 21% de quienes vienen de los públicos (cifras del 2008). Los números son todavía más elocuentes si se considera que solo el 18% de quienes provienen de colegios privados pierden la prueba. Esta cifra para los colegios públicos es del 58%. Las calificaciones son también más altas para los egresados de los colegios privados, aunque con menos escándalo (la brecha es de alrededor del 12%).

    La referencia puntual sirve para recordar que en América Latina (con sus sociedades señoriales de desagregación y polarización) se tiende a encarar y ‘resolver’ el desafío de una educación de calidad creando una escuela privada (pagada y cara) paralela a la escuela pública (gratuita y mal dotada). Las escuelas privadas, además, suelen tener un fuerte componente clerical, y a ellas acuden muchos de los hijos de los sectores dirigentes. Una escuela para dirigentes señoriales (oligarcas o tecnócratas que, sin paradoja, rechazan el cambio) y otra para quienes no pueden pagar y que se desempeñarán en empleos deslucidos, irán a los niveles bajos y medios de la administración pública, o nutrirán las cifras de emigrantes, subempleados, desempleados y ejército laboral de reserva. Esta paralelismo de los servicios educativos tiene un carácter enteramente político: potencia y eterniza la reproducción de un sistema social centrado en la polarización y discriminación de sectores sociales desde un eje de dominio señorial. Coexisten, por tanto, al menos dos tipos de ética: la de los señores para consigo mismos y la de los señores para con otros. Aparece negada políticamente, es decir en la práctica, la sensibilidad de un reconocimiento universal de la experiencia humana. Dos tipos de educación, dos tipos de seres humanos (a los que habría que combinar con las discriminaciones de sexo-género, la separación campo-ciudad, étnicas, ‘raciales’, etc.).

    La deficitaria cuestión educativa en América Latina, entonces, no pasa  únicamente por cifras de cobertura y permanencia ni señala en una exclusiva dirección ética. Lo último porque ni siquiera existe una única dirección ética. Se trata de decisiones políticas que determinan la calidad del proceso educativo: si la organización de la existencia social tiene como eje la acumulación capitalista, entonces no se puede reconocer la universalidad de la experiencia humana ni el principio universal de agencia. El subsistema educativo tiene que organizarse a partir de discriminaciones y desagregaciones. En este referente matricial se inscribe el subsistema educativo latinoamericano cuyo componente señorial (autoritario y discriminador) ‘resuelve’ en la práctica el desafío de la universalidad del principio de agencia mediante la coexistencia de una educación privada (cara, aunque no necesariamente de calidad) y una educación pública (barata para los usuarios y cuya calidad resulta aleatoria). Estos subsistemas escindidos pueden resultar ‘escandalosos’ para una ética natural (que vería en los estudiantes creaturas iguales porque han sido hechas por Dios, por ejemplo), pero no lo son para una ética sociohistórica que dice a los señores que si la educación fuese de calidad para todos y centrada en la adquisición de competencias que configurarían una autonomía, entonces, en algún plazo, ellos dejarían de ser ‘señores’ en esta tierra. Pasarían quizás a ser ciudadanos sin ‘masas’, ni populacho, ni vasallos. Otro gallo, para ellos muy indeseable, les cantaría.

    La existencia de al menos dos antropologías y dos ‘éticas’ se sigue de una sensibilidad político-cultural, socio-histórica. Constituye un factor, con otros, de la habitual hipocresía latinoamericana: decir y hacer están tan distantes en ‘nuestras’ sociedades que cuando se encuentran en una esquina pasan de largo sin reconocerse. La observación es de Eduardo Galeano.

    Alguien observará, entonces si la solución es una Escuela Única, eso es totalitarismo. No lo es porque el sistema único de educación es interpelado desde sus plurales bases sociales y sus diferenciados contextos y porque busca no adoctrinar o ‘enseñar’, sino estimular el principio universal de agencia. ‘Totalitaria’ es en cambio la existencia de dos circuitos educativos en uno de los cuales se adiestra a los hijos de ‘familias bien’, y a los cooptados de otros sectores sociales con algún talento especial,  para ser señores (o defender sus privilegios), y en el otro se disciplina a quienes no pueden pagar para que obedezcan y se sientan felices obedeciendo. Y esto sí es un escándalo que debe enfrentarse políticamente. En ese enfrentamiento político sin duda se ponen en juego comprensiones antropológicas y referencias éticas.

 

La situación de las mujeres y de los jóvenes


    El susceptible aunque estanco discernimiento ético de Kliksberg lo conduce a observar la situación de ‘las’ mujeres. Por supuesto, si existe dominación patriarcal (machismo), en su conjunto ellas son constituidas como un sector social vulnerable, es decir que convoca violencia sistémica y situacional, junto a empobrecidos socioeconómicamente, étnicamente, generacionalmente (niños, jóvenes y ancianos), etc. Pero a Kliksberg no le interesan estas cuestiones de imperio y violencia, que son políticas, sino algunas de sus señales. Por ejemplo: la discriminación laboral. Usualmente las mujeres reciben menos remuneración por trabajo semejante y rendimiento igual o superior al de los varones. Las diferencias, pueden ser de un 30% a 20% cuando a las mujeres les va bien. Agreguemos, aunque Kliksberg no lo señale, que además las mujeres, en especial las más humildes, por ejemplo las de las Zonas Francas y maquileras, sufren acoso y violencia sexual en el trabajo y en la existencia cotidiana. Las mujeres en la sociedad ‘moderna’ son un sexo, los varones, aunque no indiscriminadamente, ‘personas’. Kliksberg constata que se mantiene, cuando no refuerza, la violencia doméstica y la relativa impunidad de los femicidios. Termina denunciando que solo el 8% de los altos cargos gubernamentales son ocupados por mujeres y que ninguna de ellas ha sido elegida presidente de los 27 Bancos Centrales de la Unión Europea.

    Se puede comenzar por este último aspecto del ‘escándalo ético’ kliksbergiano. En realidad, si alguna mujer llegara a ocupar una presidencia de Banco Central, lo usual sería que ejerciera el cargo como un varón. Sería un Presidento. Con independencia de cuestiones cosméticas, se comportaría tan implacablemente tecnocrática como cualquier macho que hubiera llegado allí. Y quizás más que cualquiera de ellos porque tendría que probar que una Dorotea puede ser tan ‘eficiente’ como un Wilfried. La referencia más obvia es la de “Maggie” Thatcher. O la de la actual, primera ministra alemana, “Angie” Merkel. El cargo de Presidente de un Banco Central es una posición (lugar social e institucional) producida socio-culturalmente. Se desempeña de cierta manera vinculante. Da parecido que quien llega o es puesto allí sea una ‘mujer’, un caballo o un macho. Agreguemos que ‘ser mujer’ y ‘ser varón’ son también producciones socioculturales, las ‘mujeres’ ocupan determinados lugares sociales y los ‘varones’ otros y ambos tipos de lugares contienen roles relativamente especializados. Ahora esos ‘lugares’ o posicionamientos son el resultado de tramas sociales con sus lógicas respectivas. En sociedades con principios de dominación, el patriarcal y financiero, por ejemplo, un Presidente de Banco Central debe comportarse como un Macho Tecnócrata o Faraón. Es enteramente irrelevante que tenga mamas, vulva, vagina y ovarios. Para todos los efectos, porta simbólicamente un grueso, poderoso y agresor falo. Así es la comprensible maleabilidad del mundo cultural humano en sociedades políticamente discriminadoras y violentas.

    Luego, existen mujeres que ocupan lugares sociales reservados a los machos y patriarcas y se comportan como ellos. Su sexualidad es políticamente indiferente. Y hay mujeres que no pueden ocupar lugares reservados a los machos, excepto por delegación. Una nicaragüense empleada doméstica en Costa Rica, por ejemplo, no puede ocupar ningún lugar patriarcal o de mando, excepto en la crianza de sus hijos (mujeres y varones) a quienes introduce la dominación patriarcal por encargo tácito o explícito de su (s) pareja (s) masculina, por su propia subjetividad conformada por el machismo, por su pertenencia a la iglesia católica (señorialmente machista) o por la dinámica social, enteramente patriarcal. Todo el sistema social y su expresión en la existencia cotidiana llevan a esta inmigrante no deseada a reproducir como ‘natural’ y legítimo el imperio patriarcal. Debilitarlo, en la situación latinoamericana, supone entonces la tarea política de ‘revolucionar’ al menos la familia, la escuela y la iglesia tradicionales como un primer paso para debilitar el imperio patriarcal en la economía, la vida cotidiana, la política y la cultura. Como se advierte, la discriminación contra ‘las’ mujeres no se resuelve nombrando hembras humanas en las Presidencias de los Bancos ni tampoco pagándoles salarios ‘justos’. El salario, por sí mismo, alto o bajo, contiene una relación de violencia que aquí no discutiremos.

    Dice Kliksberg que es “difícil ser joven”. En las sociedades post industriales la desocupación de este grupo social es superior al 25% y en América Latina hay 7 millones de jóvenes desocupados y el 20% de los jóvenes están fuera del sistema educativo y sin empleo. Ahora, es probable que las ‘dificultades para ser joven’ no tengan como único eje el no tener acceso a la escuela y al mercado laboral. Más bien escuela y mercado laboral son parte de las dificultades de ser joven (en especial mujer joven) en una sociedad que se proclama sí misma como “sin alternativa”. O sea donde, desde el punto de vista latinoamericano, solo se puede ingresar, para muchos, a la aleatoria escuela pública (en ella los chicos aprenden más en los baños y corredores que en el aula) y a empleos frustrantes y autoritarios cuyo desempeño implica tratar a los otros y a sí mismo como cosa.

    La repugnancia de los jóvenes (los escolarizados y los no escolarizados, los empleados y los sin empleo) probablemente tiene como referente más un eje libidinal (cuestión política y estética) que ético. Se trata de una repugnancia instintiva a insertarse en un mundo que no ofrece alternativas a la violencia, a la sexualidad permisiva pero acompañada de pecado y culpa, a la destrucción de los ambientes social y natural (y con ello al suicidio) y al solitario camino de los individuos (a lo más ligados en pareja) sin emprendimientos colectivos (como no sean el fútbol y otros cultos o clericales ensimismamientos ‘especializados’). Las sociedades modernas ofrecen a los jóvenes llegar ser como Hillary o Bill Clinton, Enrique V. Iglesias, Óscar Arias (presidente de Costa Rica), Álvaro Uribe (presidente de Colombia), Lady Gagá, Paris Hilton, Joseph S. Blatter o Benedicto XVI. Y ofrecen estas ‘personalidades ideales’ o ganadoras y espirituosas, en un mundo subsumido en los tráficos malignos, la pornografía, la guerra, la destrucción ambiental, el dominio de mafias, la hipocresía o cinismo clericales, la mercantilización de todo sueño o aspiración, la militarización y los onerosos productos de una tecnología luminosa y entontecedora. La economía del ‘conocimiento’ es al mismo tiempo la sociedad del prejuicio, la cosmética, la desagregación, el envilecimiento de todo, el individualismo y el odio. Esto no facilita ser joven, en especial si a los jóvenes no se les concede posibilidad alguna de cambiar este mundo. Se trata de un mundo de mierda y a la vez ajeno. En el que no resulta factible para casi nadie buscarse y autoproducirse pero sí es obligatorio ensuciarse. Esto sí es un escándalo, pero tampoco ético, sino político.

    Son los jóvenes mismos, sus estamentos y secciones, quienes deberían opinar y actuar sobre estas miserias. Por desgracia, el sistema los estratifica y enfrenta mediante los diversos mercados a los que acceden y los individualiza falsamente. Por lo tanto, ‘los’ jóvenes de hoy no existen, excepto como estadística muda. El ‘orden’ del mundo se determina, siguiendo la lógica de acumulación global, por estériles ancianos (por edad o espíritu) miserables y crueles. Alguna autoridad cósmica debería prohibir a estos ancianos ‘interesarse’ en los jóvenes o hablar de ellos amenazándolos con retornarlos a una impotente adolescencia. A cada joven lo han violado al traerlo a este mundo, ‘su’ único mundo.

Medio natural y polarización social


    También escandaliza hoy a Kliksberg lo que en el año 2010 son ya tópicos. La degradación del medio natural (que con seguridad sostiene la existencia humana) y la polarización social mundial. Pareciera que quiere vincularlos: “(el) Cambio Climático. La tasa de vulnerabilidad de los pobres (debido a la degradación ambiental) es 80 veces mayor (que la de los opulentos). Está causando 300.000 muertes anuales, y obligó a 50 millones a migrar.” (paréntesis nuestros). Pero es solo apariencia. Kliksberg separa en ítems lo que suele llamarse el ‘desafío ecológico’ y las “agudas brechas” (sociales y culturales). “El 10% más rico tiene el 85% del capital mundial, el 50% más pobre solo el 1%”. Cita números de la ONU. La cifra de los empobrecidos vale por sí misma. 3.000 millones de seres humanos se ‘reparten’, como los víveres tras un terremoto, el 1% de los valores de vida en el mundo, valores que de alguna manera contribuyen a crear.

    El 10% de los opulentos, en cambio amerita ser desglosado. En cifras publicadas el año 2006, se informó que el 1% de adultos más ricos poseía el 40% de los activos globales en el año 2000, el 2%, el 50%, y el 10% de los adultos, la referencia semejante de Kliksberg, cuenta con el 85% del total mundial. Para estar en este 10% se requiere un mínimo de 61.000 dólares en activos. No parece tanto. Pero para figurar en el 1%, se requiere un mínimo de 500.000 dólares en activos. Luego, la concentración de opulencia (y poder/verdad/belleza, prestigio, etc.) es muchísimo mayor que lo que señala Kliksberg. Él debería estar enterado de estas cifras porque las difundió el Instituto Mundial para la Investigación de Desarrollo Económico de la Universidad de las Naciones Unidas, como quien dice, a la vuelta de su esquina.

    Los expertos de esta universidad determinan ‘la riqueza’ como propiedad de capital. Luego, los mayores capitalistas del mundo (unas 37 millones de personas) no superan el 1% de la población mundial. Estos propietarios de capital están un 64% en EUA y Europa, un 24% en la región Asia/Pacífico (Japón, Australia) y solo un 4% en América Latina y el Caribe aunque por aquí hace sus negocios Carlos Slim, quien parece ser el más opulento del mundo: su dinero de bolsillo (no su capital) es de 53.500 millones de dólares. En Argentina, 11 millones de personas (casi el 30% de la población) sobrevive o malmuere con menos de dos dólares por día. De éstos, 4 millones solo pueden gastar un dólar al día. Por supuesto, esto no es de competencia de Carlos Slim.

    En el mundo, según cifras del Banco Mundial (2007) hay 3.585 millones de seres humanos sobreviviendo o malmuriendo con uno o menos de dos dólares diarios. Desde luego, esto tampoco es responsabilidad personal de Carlos Slim.

    El punto es: si no se trata en lo fundamental de responsabilidad de personas o de instituciones específicas, entonces ¿quién o qué es responsable? La respuesta es: el modelo económico industrial y post industrial capitalista (sujecionado al aparato financiero) complementado por una sensibilidad de la sociedad ‘sin alternativa’ y la dogmática proclamación de una única racionalidad humana (la instrumental o fragmentaria) y sus corolarios, como la Naturaleza como ‘campo de operaciones’, la ‘guerra global preventiva contra el terrorismo’, la ‘guerra de civilizaciones’, el ‘pensamiento único’, ‘la democracia’ sin participación ni deliberación ciudadanas, los complementos clericales (con su ética natural), la reificación, el fetichismo, la idolatría y el fetichismo que sujecionan a las desagregadas poblaciones desde sus subjetividades (identificaciones inerciales).


     No se lea mal: el sistema (The Matrix) y sus escenarios poseen personificaciones, sectores sociales y personalidades. Luego, también existen responsables de carne y hueso. Activos y pasivos.

    Si se esquematiza este The Matrix desagregador, polarizador y autodestructivo (vía la creciente estupidización humana y la liquidación del hábitat natural), se puede imaginar un Triángulo de las Bermudas (donde personas y cosas desaparecen) configurado mediante un vértice que es el modelo económico-cultural, otro que es la polarización social planetaria inherente a ese modelo y un tercero que es el daño ambiental (natural y social) que esos dos vértices provocan. El vértice ‘modelo’ desciende en línea recta hacia el deterioro social y natural del planeta, pero también irradia sobre la polarización social. A su vez la polarización social (miserables y opulentos) alimenta al modelo político cultural e incide sobre la devastación ambiental. El vértice de la devastación social y natural se proyecta reforzando al vértice del modelo político-cultural y también al de polarización social. Cada vértice opera sobre el otro y lo magnifica. En el espacio interior a los ángulos del triángulo se encuentran la población del planeta y la Naturaleza. Ambas pueden desaparecer, o reconfigurarse de un modo inimaginable (sin duda para nada evangélico) tras la catástrofe, en el torbellino gestado por la interacción de los vértices.

    Éste es el ‘modelo’ autodestructivo que Kliksberg oculta bajo la imagen de su ‘indignación ética’ sin referencia o contenido político. De este sistema forma parte, por acción (Consejo de Seguridad, por ejemplo) u omisión (Asamblea General) Naciones Unidas. Es probable que sus burócratas o estimen que la violencia o el desastre no los alcanzará o que si la alternativa pasa por la resistencia de las mayorías y su eventual dominio político, entonces no es deseable. Mejor clamar porque se apaguen algunos de los dramáticos incendios, como si fuesen meras disfunciones, que enfrentar políticamente los conflictos inherentes al modelo. La ética no juega aquí papel positivo ninguno porque forma parte, como discurso e ideología, de uno de los corolarios del sistema: los poderes afirman una cosa (la universalidad de la experiencia humana) y hacen otra tan distinta, que decir y hacer no se reconocen.

 

‘Soluciones’ de Kliksberg


     Las respuestas a sus ‘escándalos éticos’ los encuentra Kliksberg en una ‘toma de conciencia’: “Para enfrentar estos dramas se requiere sobre todo tener las prioridades muy claras. La gente debe ser lo primero en las políticas públicas. Las empresas privadas deben aumentar sus niveles de compromiso comunitario”, sentencia. Ahora, quienes deciden lo que se hace en el planeta, y de paso controlan las ‘políticas públicas’, que es la situación latinoamericana, sí tienen prioridades muy claras: nada debe distorsionar la acumulación global y ésta es un asunto de beneficio privado. El asunto puede incluir  generosos “préstamos” que atan y condicionan. Se encargan de asegurar los barrotes impuestos por la acumulación el FMI y el Banco Mundial ‘de Desarrollo’. También la Organización Mundial de Comercio. Y los Tratados de Libre Ídem. Y, por supuesto, la guerra cuando es necesaria con o sin la cooperación de la ONU. ¿Y la gente? La gente tiene que acomodarse a los términos de la acumulación global. No hay almuerzo gratis. La población del planeta enfrenta a un gigantesco MacDonald’s. Quien no tiene dinero no come ni bebe ni se viste. Y tener dinero es una responsabilidad individual. Cada cual empeña, vende o transa lo que puede: hijos, culo, parcela. La gente debe tener la educación que puede pagar, la salud que puede pagar, la entretención que pueda pagar. Todo tiene propietario y supone ‘derechos de autor’. Es el mundo del capitalismo y de ‘sus’ políticas públicas. En este mundo los seres humanos son individuos que pueden gastar, que es una forma de exprimirlos. Quien no puede o no quiere gastar es una no-persona o un terrorista.

    La anterior descripción contiene una antropología, una lógica social, poderes, y la determinación de una propuesta ética no universalizable. En efecto, no todos pueden mandar. Y quienes están al mando tienen esto muy claro. Para ellos, los ‘escándalos éticos’ de Kliksberg carecen de sentido. O, mejor, los poderosos tienen la capacidad de tornarlos sin sentido. Por supuesto, la toma de conciencia propuesta por Kliksberg compromete de diversas formas a los Estados, por aquello de las “políticas públicas”. Pero los Estados que ha construido la modernidad post industrial o la periférica (situación de América Latina) no tienen ninguna pretensión de realizar el ‘Bien Común’. Poseen una razón poderosa para ello. Este Bien Común, desaparecida la Edad Media, no existe. Y en la Edad Media se lo afirmó porque quería decir ‘ganar el Cielo’, la Salvación. El Bien Común no tenía nada que ver con la existencia aquí en la tierra. Se lo publicitaba porque era un destino metafísico. La lógica de acumulación de capital no contiene “bien común” ninguno porque se trata de una relación social discriminadora que invisibiliza y destruye la universalidad de la experiencia humana (principio universal de agencia). Y esta misma lógica tampoco visibiliza a ‘las gentes’. Es a la lógica de acumulación de capital a la que habría que convencer políticamente de que ‘lo primero es la gente’… y sus necesidades.

    Ah, y cuando las empresas privadas llevan a cabo ‘compromisos comunitarios’ lo hacen principalmente como cosmética de marketing. Es consistente con su negocio. Pero la gente y sus necesidades los tienen sin cuidado.

    Como apela a la conciencia, Kliksberg ataca lo que, en su opinión, la oscurece. Los llama pretextos. Hoy día sus ‘pretextos’ son tópicos escolares: el primero, “la culpa es de los pobres”. Obvio, porque el ‘subdesarrollo’ es una condición mental. Si se quiere, se puede. Esta última es también la propuesta de Kliksberg: si se tiene la ética adecuada, se puede. Como la cuestión no es ética, sino política, pues entonces no se puede. En realidad ‘pobres’ designa también a aquellos que han sido despojados de toda capacidad (poder) de incidencia pública. Esto también es parte de la ética política de los poderes constituidos: Estado, corporaciones transnacionales, aparatos clericales católicos, por citar tres significativos en América Latina.

    El segundo ‘pretexto’ mencionado por Kliksberg es la afirmación de que “siempre habrá pobres” (olvida mencionar que los apologistas sin disfraz del sistema agregan que nunca se estuvo mejor que hoy). Refuta esa sentencia citando el capitalismo de los países nórdicos (que sería exitoso e incluyente), o sea Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia. Se trata de países alejados y muy fríos, con una población total que no llega a los 26 millones de habitantes (el planeta tiene 6.000 millones), cuyas economías son prósperas, los impuestos altos, un nivel de vida ‘superior’ cualesquiera cosas esto quiera decir, algunos de ellos son estimados por su cuidado ambiental como “países verdes”. También son pacíficos. Dan decisiva importancia a la educación formal pública. Para ellos, al menos Finlandia, ‘no se debe hacer negocio con la educación’. Esta y otra información sobre los países nórdicos indica que se trata de excepciones muy minoritarias y alejadas dentro del orden universal capitalista y que comprometen, además, a un reducidísimo número de personas. Dicho escuetamente, sin considerar sus conflictos internos (escasa protección contra el acoso sexual y violación de mujeres, por ejemplo) no constituyen experiencias capitalistas ‘normales’. Por lo tanto, no sirven como parámetro ni su existencia permite afirmar que dentro del capitalismo sin más es factible una existencia ‘humana’ de calidad para todos. Esto implica, como tendencia, la superación de todos los empobrecimientos, no solo la salida de la miseria.

    El otro ejemplo que utiliza Kliksberg para probar que el capitalismo, incluso el de la periferia, funciona, es Chile. Señala que en este país la pobreza pasó del 40% en tiempos de una dictadura empresarial-militar (1990) a 13% hoy. En realidad la cifra oficial es del 13.7%. La indigencia, según las mismas mediciones oficiales, cayó del 13% al 3.2%. La desigualdad parece haber dejado de crecer (se había estabilizado en un 0.57 del coeficiente de Gini, muy alto) y tal vez haya iniciado una fase de retroceso. Esto, después de 20 años de gobierno ‘democrático’.

    Pero Chile hace trampa al medir su pobreza. Dejan de ser pobres quienes ingresan 40.000 pesos mensuales (menos de 80 dólares), lo que implica que una familia tiene que vivir con menos de tres dólares por día. Los precios de la canasta básica (utilizada para trazar la línea de pobreza) no se actualizan en Chile desde 1987. El resultado cualitativo es que en Chile pueden existir, quizás, unos 4 millones o más de pobres y miserables (“personas de escasos recursos” para el suave habla chileno) cuyos hijos menores de seis años (en un 74%) no reciben educación preescolar mientras los adolescentes (en un 32.8%) han desertado del Liceo.

    En otro ángulo, fue noticia internacional sobre Chile que uno de los principales conflictos de la reciente administración Bachelet fue la agitación y huelga de los “pingüinos” (llaman así a los estudiantes de Liceos públicos). Protestaban por una educación de calidad que los tornara “competitivos”. Chile hasta el momento no se interesa políticamente en una educación pública orientada a la generación de ‘capital humano’ o a dotar de capacidades a quienes no pueden pagar educación privada. Por supuesto, en Chile, la educación es negocio.

    Por último, para no extender demasiado el punto, Chile fue el país que denunció el “imperialismo ecológico” de los países capitalistas centrales y lanzó la tesis de que se reservaba el ‘derecho’ a destruir su hábitat natural hasta que alcanzase  el desarrollo. No es tampoco, por tanto, un “país verde”, como los escandinavos. La minería del cobre a “cielo abierto”, en manos transnacionales, pone su porción de envenenamiento en esto. Y ya que se menciona el cobre, su exportación constituye el 43.9% del total de éstas. Cuando era ‘el’ salario de Chile, se elevaba al 70%. Por desgracia las otras exportaciones importantes que acompañan hoy al cobre y constituyen el ‘salario’ chileno actual son madera, mariscos, frutas frescas, vino y productos químicos, lo que indica que al parecer Chile no es un país desarrollado. Y el cobre, como materia prima (Chile casi no produce productos de cobre) sigue siendo el núcleo central de su economía. Lo que muestra asimismo que ese país subdesarrollado no constituye un ejemplo de la capacidad social para erradicar los diversos frentes de producción de pobreza. Lo que hace Chile es paliar algunos de sus efectos.

    Para rematar, el ‘capitalismo exitoso’ del Chile de hoy no sería posible sin una dictadura empresarial-militar de 17 años que acorraló y destruyó la organización de los sectores populares y facilita sostener la superexplotación, la desagregación y la marginación sobre la base de una cultura de la sujeción, la indiferencia y el miedo.

    El tercer ‘pretexto’ mencionado por Kliksberg, casualmente, es el de la indiferencia. Lo enuncia así: "Yo que (sic) tengo que ver". El mandato moral, a su juicio, es claro "debemos hacernos los unos responsables por los otros". ¿De dónde obtuvo Kliksberg ese mandato moral? Proviene del Mundo Antiguo (donde por supuesto tampoco se aplicaba). Un empresario privado actual o su capataz, en cambio, no se hace responsable por sus trabajadores. Les paga un salario y ellos, los trabajadores, se hacen responsables de sí mismos y de sus familias. Lo mismo se hace con los trabajadores de servicios. El call-center contrata operadores y les paga. Como es un contrato libre, el “call” se compromete a pagar un salario y los contratados se hacen responsables de sí mismos, para bien o para mal. El ‘compromiso’ con el otro lo establece el contrato de trabajo. Más allá de este contrato legal y su legislación contextual no existe vínculo necesario alguno. Tal vez la ONU se haga responsable (seguridad social y confort) por su empleado Kliksberg y su familia, pero se trataría de un caso excepcional. Basta recordar lo que le costó a Obama la aprobación de un programa para que los impuestos de los estadounidenses financien un mínimo de seguridad social (salud) para los ciudadanos. Conviene citar que uno de los más efectivos ‘alegatos’ de los conservadores estadounidenses es “¿Por qué tengo yo, ciudadano decente (y blanco) que pagar el embarazo de una puta adolescente negra?” Se dice que los chinos inventaron la tesis de no regalar pescado (valores de uso), sino enseñar a pescar (dotar de capacidades). El Occidente ‘cristiano’ y moderno lo transformó en el apostolado del no-dar. Quien sufre es por su propia culpa (pecado, desinformación, falta de iniciativa empresarial, pereza mental, etc.) y él verá qué hace. Se le puede dar limosna, siempre y cuando ello no altere los mecanismos del mercado libre. ¿Debemos todos hacernos responsables por el terrorismo y los terroristas? Bush Jr. afirmó que no. Lo que los poderosos tienen que hacer y unilateralmente es caracterizarlos y exterminarlos como sea y donde sea. Sin piedad. Es la ética de la eficacia. ¿Alguien podría dudar de que el terrorismo es una producción de la sociedad moderna, como la minería a tajo abierto, Hollywood, el televisor de pantalla plana, los cohetes con ojivas nucleares, las acciones criminales del Estado de Israel o la pobreza? ¿Deberemos todos hacernos responsables por todas y cada una de estas cosas? Porque inserta en el sistema actual cada una de ellas contiene una degradación de la existencia. Los poderes constituidos ¿nos dejarían hacernos cargo? ¿O nos pedirían amablemente que nos fuéramos para la casa? ¿O nos declararían dementes (Tony Blair), terroristas pasivos o cómplices del terrorismo (oligarquía latinoamericana y Departamento de Estado)?

    Retornemos a un punto: en las formaciones sociales modernas el único vínculo obligatorio es el jurídico. Por ejemplo, si un Estado (o sistema de Estados), mediante una política económica determinada, produce pobreza y miseria, la mantiene y no hace nada por reparar este daño…, entonces debería existir una norma internacional que condene a ese Estado y a sus dirigentes por un delito de lesa humanidad. Podría, por ejemplo, recluírseles de por vida en una prisión, como a los criminales de guerra, o condenárseles a trabajo social con paga mínima (previa confiscación de todos sus bienes) en regiones de exclusión. Si tal cosa existiera (descuiden, no va a existir), entonces esa legislación estaría sostenida por un criterio ético (sin duda disputable) que afirmaría que no generar condiciones sociales para que todos tengan acceso (y quieran tenerlo) al despliegue de su principio personal y social de agencia es un delito grave contra la producción de humanidad. Y esto querría decir que la producción de humanidad, el principio universal de agencia humana y su determinación sociohistórica (institucional) positiva serían valores de una ética antropológica jurídicamente vinculante y sus negaciones constituirían delito. En este ejemplo, delito de lesa humanidad y por ello podría ser reclamado en cualquier circuito judicial del planeta.

    Pero en el mundo moderno, el anterior ejemplo no es factible porque las ideas básicas sobre humanidad, ser humano y principio de agencia, en tanto antropología ética, no son vinculantes (obligatorias) sino propias de particulares (personas y sectores) y por ello disputables y rehusables. La norma jurídica, en cambio, se considera (finge) ‘general’ o ‘universal’, aunque no lo sea. Igual que se finge (por algunos) que el Estado se oriente hacia el Bien Común. Pero los Estados y su legislación expresan ‘a su manera’ el dominio de los poderosos sobre los vulnerables a quienes ese mismo dominio produce como tales.

    Cuando Kliksberg quiere ilustrarnos sobre la efectividad de su mandato moral: “Debemos hacernos responsables los unos por los otros” recurre a una serie de anécdotas particulares. Bill Gates, quien se retiró de la dirección de Microsoft, proclama que los grandes laboratorios invierten más en la investigación de la calvicie que de la malaria porque la malaria es enfermedad de pobres (no es mercado). También Gates alega que los países opulentos no cumplen su promesa de más aportes para luchar contra la pobreza (los países nórdicos sí lo hacen). Dice que Italia no cumple con lo prometido y más bien recorta la ayuda. Para ayudar a entender estos desafíos inició una conferencia ante empresarios destapando un frasco lleno de mosquitos para que el auditorio tuviera la vivencia de lo que significa ser atormentado por mosquitos en áreas de malaria. Desde la lógica de acumulación de capital, este happening pudo llamarse El Mosquito Gates lanza mosquitos sin malaria contra Antiguos Socios del Negocio Global. Kliksberg no dice qué hicieron los empresarios tan ‘rudamente’ tratados. Sí nos dice que la Fundación de Gates perdió, durante la última crisis, el 20% de su patrimonio, pero que, pese a ello, pasó su gasto de 3.100 a 3.800 millones de dólares “porque le urge salvar a más niños”. Llega a estas víctimas a través de alianzas con gobiernos, organismos internacionales y ONGs. Se puede concluir que lo que reclama Gates es lo mismo que hemos señalado acerca de la ‘obligatoriedad ética’ que Kliksberg sostiene existe. El Gobierno de Italia (y el de EUA y casi todos) se limpia el trasero con ella. Lo mismo hacen los “grandes laboratorios”.Y todos ellos quedan impunes. Ni se sonrojan siquiera. Ayudar a los pobres no es negocio. Si alguien quiere socorrerlos, que sea con su propio dinero.


     Se puede agregar que Gates es un mosquito cuando trata de comunicar fraternidad y solidaridad a otros empresarios y un minimosquito sin malaria cuando se trata de enfrentar a la lógica de acumulación global de capital. Él lo sabe porque regentó un negocio global con mano de hierro para los usuarios de sus licencias y con abierta mala fe hacia sus competidores. Y si se afirma en gobiernos, ONGs y Organismos Internacionales perderá esta parte última de su existencia. No hace falta ser adivino: esos gobiernos, ONGs y Organismos Internacionales hacen parte del mismo sistema al que no le importa que existan seres humanos de primera, segunda, tercera o cuarta clase. Si tienen capacidad adquisitiva se les ofrecerán mercancías de primera, segunda, tercera y cuarta, etc. categoría. Si no la tienen, siempre estará a mano la malaria, la fiebre amarilla, el cólera o el exterminio por razones económicas y geopolíticas. Así es el orden capitalista, le guste o desagrade a Bill Gates  a quien debe agradecérsele, sin embargo, su actual y personal voluntad solidaria.

    Volvamos por última vez a Kliksberg. No le basta con que su inspiración ética le lleve a confiar en ‘convertir’ al sistema y sus instituciones a una solidaria indignación. Enfático, sostiene: “Hay soluciones en un mundo desbordante en nuevos conocimientos. Es hora de superar los pretextos, e impedir que los escándalos continúen”.

    En realidad este mundo se sostiene en una economía (privada) del conocimiento y la especulación. Estos conocimientos no desbordan nada. Están enraizados por derechos de autor (no éticos, sino jurídicos). La sociedad no es del conocimiento, sino de la información. Toda la gente podría acceder a la información, pero no toda la gente puede transformar esa información en conocimiento. No se existe en una cultura de la información ni menos del conocimiento, sino de la ignorancia, la cosmética y la desinformación planificada. Para los pequeños grupos que monopolizan el conocimiento/poder la finalidad es lucrar, no “solucionar los problemas del mundo”. De hecho, para ellos el mundo no es sino puntos fragmentarios en los que resulta posible maximizar inversiones con beneficio individual. Y la maximización individual o corporativa se hace, como tendencia, a costa de las gentes y de la Naturaleza.

    Aun si el punto anterior fuera ‘resuelto’, no se hace tan sencillo “superar los pretextos” como pretende el funcionario de Naciones Unidas, porque muchos de ellos, y más radicales que los que menciona Kliksberg, forman parte de las identificaciones (subjetividades inerciales) de sectores significativos de la población en el mundo post-industrial y en los mundos de la periferia. Y, en todo caso, ellos no serán superados por ‘mandatos’ éticos porque en el mundo actual no se da ni ofrece ningún principio que sea universalmente aceptado o aceptable. Por ello es que se trata de cuestiones y tareas políticas y no éticas. Son políticas porque son sociohistóricas y demandan transferencias o autotransferencias de poder y un nuevo carácter para éste. Dentro de su acción (procesos) ellas podrían configurar una nueva sensibilidad moral que podría a su vez prolongarse en nuevos discernimientos éticos. Se está ante un desafío de hoy hacia delante (“el futuro nos alcanza”, proclaman los tecnócratas, y hay algo de cierto en eso: se requiere reposicionar la cultura o no habrá futuro), y no como propone Kliksberg de hoy hacia atrás, argumentando desde una inexistente ética de la solidaridad o simpatía universal.

 

Notas breves sobre política, ética y moral


    Aunque se trata de un mal entendido, el habla cotidiana, suele identificar, al menos en América Latina, “ética” y “moral”. Para sectores con un habla especializada, como los profesores de filosofía, ‘moral’ designa comportamientos humanos (maneras de actuar o costumbres) y “Ética” es una rama de la Filosofía que determina como su objeto los comportamientos humanos. La ética, por tanto, es un tipo de discurso sobre el carácter humano y sus acciones. Por ejemplo, Gandhi (1869-1948) tuvo la convicción (sentimiento, discernimiento, imaginario utópico) política de que India y su población debían ser independientes de Inglaterra y que el carácter del relacionamiento básico de esta población debía ser democrático. Para estos logros políticos, la población de India debía autotransferirse poder. Pero la forma de lograr esta autotransformación de la población india, desde la sujeción a la independencia, era la no violencia activa (desobediencia civil, huelgas, huelga de hambre, marchas, boicot económico, gobierno paralelo, etc.). Este es un discernimiento ético (o sea sobre el carácter apropiado de las acciones humanas en tanto humanas) acerca de la lucha política independentista y democrática en la India bajo el dominio colonial inglés. Siendo coherente con su reflexión y discurso ético, Gandhi protagonizó personalmente huelgas de hambre, marchas, acciones de desobediencia civil, oraciones, y también organizó a la población para que diese fuerza política y ética universales a la no-violencia. Estas acciones (comportamientos) fueron, desde su perspectiva, morales, es decir propias de lo que él estimaba, desde su reflexión ética, era un ser humano y su capacidad para producir humanidad. Por supuesto, ofrecía su reflexión/acción política y ética a otros para crecer en humanidad. Es seguro que muchos ingleses discrepaban por completo de los puntos de vista políticos y éticos de Gandhi y rechazaban (con diversos calificativos y actos) sus acciones a las que con seguridad consideraron, en su momento, violentas.

    Se puede referir un ejemplo latinoamericano semejante. Ernesto Che Guevara (1928-1967). Desde su práctica revolucionaria (proceso cubano), el Che pensó (sentimiento, discernimiento, imaginario utópico) un proceso político revolucionario popular y socialista en América Latina. Estimó que la forma de este proceso, en el que los sectores populares se autotransferían poder, al mismo tiempo que cambiaban su carácter, era fundamental, pero no exclusivamente, la lucha armada (unidad móvil combatiente que se desarrolla como Ejército del Pueblo, insurrección general si es del caso). En la lucha armada se mata y se muere. Pueden resultar cruelmente castigados combatientes y no combatientes y quienes los aman. Optar por la lucha armada, proponerla y organizarla, supone un discernimiento ético, además del político. Es el comportamiento que se pide a los sectores populares como expresión propia y legítima de su humanidad (entendida como proceso que realizan en la lucha) y como oferta de producción de humanidad. Oferta que se testimonia a otros pueblos y sectores sociales para que también luchen. Consecuente con su ideario político y ético (que es además tercermundista y anticapitalista), el Che combate en primera línea (excepto en África por razones que escapan a su determinación), es herido, capturado y asesinado. Su comportamiento es moral. Al igual que a Gandhi, se le recuerda por su coherencia: lo que sentía, pensaba y decía, lo hacía. Obviamente sus críticos, enemigos y detractores no aprecian ni su pensamiento ni sus acciones. Muchos de ellos lo tildan de ‘delincuente’ o ‘insano criminal’.

    Los dos ejemplos nos muestran la especificidad de política, Ética o ética y moral. La primera, en los ejemplos, trata de autotransferencias de poder, desde la sujeción a la independencia y desde la explotación y rebajamiento hacia la creación de relaciones que permitan seres humanos ‘nuevos’, con transformación del carácter de ese poder. La segunda, la Ética o filosofía moral, es un discernimiento/discurso sobre el carácter y valor de un comportamiento que se quiere humano. La tercera, la experiencia moral, se constituye mediante testimonios, comportamientos, consistencias, hoja de vida efectiva y decantación de ellos en instituciones.

    Sobre los comportamientos y testimonios morales e instituciones, un determinado posicionamiento ético (hay muchos) puede calificarlos de impropios o propios, eficaces o ineficaces, buenos o malos, por ejemplo. Gandhi no habría aprobado la guerra revolucionaria de Ernesto Guevara y el Che casi con seguridad habría opinado que la no-violencia activa de Gandhi no lograría alcanzar sus objetivos. Gandhi probablemente habría señalado algo semejante sobre la guerra revolucionaria del Che. Sus diferencias de posicionamiento y contenido no los hacen, sin embargo, ni antiéticos o inmorales. Únicamente difieren en su pensamiento acerca del carácter de la experiencia propiamente humana en contextos específicos (India, América Latina, Tercer Mundo) que ellos debían leer/sentir/discernir/imaginar y en los cuales tenían que apostar realizando acciones y comprometiendo su existencia en ellas.

    Gandhi y el Che se asemejan en su consistencia y en la estimación de que los seres humanos pueden transformar liberadoramente sus condiciones de vida/muerte y que vale la pena conmoverlos y organizarlos para ello. Lo que sienten, piensan, imaginan, dicen, lo testimonian con toda su existencia y también con su muerte. Fueron personalidades que articularon constructivamente en sus vidas política, ética y moral. Fueron personalidades excepcionales. Sus enemigos y detractores solo pueden balbucear injurias, infundios o sarcasmos contra ellos. Pero sus posicionamientos sobre el comportamiento humano, más acá de lo básico, la transformación liberadora, fueron diversos: uno, la no violencia activa, el otro la lucha armada. No es factible ‘probar’ que uno de los posicionamientos sea ‘mejor’ que el otro. Cada uno de ellos contiene una reflexión/compromiso personal y se llevó a cabo en situaciones particulares y específicas. A Gandhi y Guevara se les recuerda no por su éxito, sino porque pusieron en práctica, con los errores e insuficiencias que ello implica, lo que sintieron, pensaron, imaginaron y comunicaron les resultaba obligatorio como indio y como latinoamericano, ambas condiciones, para ellos, formas específicas y legítimas para alcanzar una digna estatura humana y contribuir con otros a la producción de humanidad (que es un proceso no juzgable a priori).

    La situación de Kliksberg es distinta: él dice sentir una indignación ética, que en su caso quiere decir racional (por eso habla que la existencia de hambre y hambrientos cuando sobran alimentos es ‘inexplicable’), con independencia de los contextos políticos estructurales que producen y en los que se expresan lo que valora “escándalos”. Al hacerlo, supone que existe una única racionalidad humana universal, o sensibilidad, mediante la cual todo ser humano debería obligatoriamente indignarse ante situaciones escandalosas. Los conflictos se resolverían dando a conocer su solución ‘racional’: hacer llegar alimentos a quienes tienen hambre, por ejemplo.

    Pero esta solución ‘racional’ no es sino una extrapolación indebida de la sensibilidad propia de un asesor de Naciones Unidas al carácter de todos los seres humanos del planeta. Para Kliksberg todos deberían sentir simpatía por quienes sufren y todos deberían solidarizarse (ayudar) con ellos para alcanzar la eliminación de su sufrimiento. A esta extrapolación indebida, que hace de un carácter particular situado un falso carácter universal, se agrega la invisibilización del sistema o estructura cuya conflictividad sistémica produce las situaciones consideradas ‘escandalosas’.

    En relación con lo primero digamos que si toda reflexión y discurso ético se aplicara solo a las consecuencias de las acciones humanas, que no es el caso, existen diversas posiciones acerca de cuál sería la ‘mejor acción’ (o acción propiamente humana): i) la mejor acción es aquella que produce las mejores consecuencias para la mayoría de personas (utilitarismo); ii) la mejor acción es aquella que produce mejores consecuencias para quien la realiza (egoísmo moral), por ejemplo. Es posible argumentar a favor de una u otra. Aquí no interesa la argumentación, sino solo el insistir en que no existe un solo posicionamiento ético absoluto defendible en las sociedades modernas y que, por ello, ninguno puede apelar a una ‘naturaleza humana’ universal o a un imperativo ético vinculante en toda ocasión para toda la especie. Las reflexiones éticas son todas sociohistóricamente situadas y deben ofrecerse a discusión en emprendimientos colectivos y conflictivos. No existe una única doctrina ética, respaldada por un deseo divino o La Razón, por ejemplo, desde la que se pueda hablar de “escándalos éticos” vinculantes para todos.

    Si no existe una única doctrina ética desde la que se pueda obligar a todos a sentir y comportarse de cierta manera, entonces la fuerza del discernimiento ético (antropología, comprensión sociohistórica, etc.) se sigue de su consistencia o prolongación moral. Se debe hacer (testimoniar) lo que se dice, si lo que se dice es lo que se siente/piensa/imagina.

    El anterior no es el caso de Kliksberg. Primero, porque lo que él dice no se sigue de un análisis penetrante de la realidad política sistémica actual. Más bien su aproximación resulta evasiva y benevolente con los poderes dominantes (capitalismo, patriarcalismo, adultocentrismo, etc.) como si cambiar la lógica de las instituciones imperantes se siguiera solo de voluntades o deseos éticos. Pésimo diagnóstico, por tanto. Y redondea su inanidad relativa el discurso de Kliksberg porque su comportamiento es el de un burócrata de Naciones Unidas que recomienda a otros (ONGs, Gobiernos, Fundaciones, corporaciones transnacionales, etc.) hacer lo que él no hace en su propio espacio. Lo que Kliksberg hace es hablar a favor de la justicia y obtener con ello prestigio/reconocimiento internacional y dinero. Pero además de hablar, se compromete con poco o nada. Si se quiere, arriesga nada. Y, sobre todo, se niega incluso a hablar de autotransferencias de poder, tema sustancial para los seres humanos y sectores sociales que situadamente sufren injusticias. De modo que a las víctimas les harán ‘justicia’ sus victimizadores.

    Por esto último, el principal escándalo ético/moral es el discurso de Kliksberg y él mismo y no las situaciones que superficialmente describe. Pero esto no hace de él alguien particularmente perverso. Se comporta como le sale o puede hacerlo un funcionario internacional. Lo que podría irritar es que finja indignación.
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 1° de junio 2010.