Universidad, N° 1853

junio del 2010.

 

     Por razones aleatorias asisto a una videoconferencia de Bernardo Kliksberg quien, entre otros prestigios, es asesor del PNUD para América Latina. Habla de los ‘escándalos éticos inadmisibles’ de la existencia actual. Menciona y da cifras sobre el hambre en medio de la abundancia de alimentos, el agua que mata por insalubre, el trabajo infantil (1 de cada seis niños es explotado en el mundo), la deserción escolar, la situación de las mujeres, la desocupación juvenil, la destrucción del hábitat cuyos efectos golpean en especial a los más pobres, la polarización social mundial (el 10% más opulento tiene el 85% del capital mundial, el 50% más empobrecido solo el 1%). Las cifras que cita son dramáticas. Pero también lo es la forma en que Kliskberg las entiende.

    Por razones de espacio daremos una mirada solo a los dos primeros “escándalos éticos” indicados por el asesor de las Naciones Unidas. A este hombre sabio le resulta “inexplicable” que, existiendo alimentos de sobra, 900 millones de personas sufran hambre y mueran directa o indirectamente a causa de ella. ¡Hay alimentos para 10.000 millones de seres humanos!, reclama. Ahora, puede que a la ONU no haya llegado la información de que esos alimentos no son primariamente ‘alimentos’, sino mercancías. Y que el hambre se produce porque los pobres no pueden pagar lo que esos alimentos cuestan. Las mercancías no ven necesidades. Ellas se casan con el dinero. Se trata de un problema de acceso, pero ligado a oportunidades en educación, empleo, distribución de la riqueza, posición geográfica, cultura… en breve, de una señal sistémica que apunta a una responsabilidad socio-política, no ‘meramente’ ética.

   Otro escándalo que reseña Kliksberg es el del agua que mata. El 17% de la población mundial carece de agua potable e instalaciones sanitarias. El factor es concausa de la muerte de 1.800.000 de niños al año. Cuando los empobrecidos acceden al agua, ella está envenenada. Sin servicios en América Latina malmueren 119 millones de personas. Sin agua potable, están 50 millones. Kliksberg, además de funcionario internacional, es argentino. Tal vez se enteró que en América Latina la cultura de los grupos reinantes es señorial. Para la visión oligárquica es ‘natural’ destinar el agua a sus necesidades (incluye campos de golf) y estimar que para pobres y miserables (que existen en lejanas barriadas o zonas rurales) el agua es un lujo que no merecen. Dios los hizo pobres así como a ellos los hizo ricos. Además ni a opulentos ni a tecnócratas les agrada tributar. Lo eluden. Y cuando se ven forzados a pagar alegan que los impuestos los asfixian y que ahuyentan los buenos negocios. Así gobierno y Estado nunca tienen recursos para asuntos como agua y servicios sanitarios para todos. También a muchos pobres la situación les parece ‘natural’. Total, a quien nace pobre Dios lo bendice mandándole hijos y luego lo castiga fregándolos con agua podrida. Igual se trata de un asunto político-cultural, no ‘meramente’ ético.

    Para la sensibilidad moderna no existe una ética vinculante (una ética ‘natural’, digamos). Lo único vinculante es la norma legal. Ya Maquiavelo habló de “éticas” diversas y complementarias: la del Estado, o pública, guiada por la eficacia. Y la privada, ligada al interés particular por la vida propia y la propiedad. Que los pobres mueran como moscas puede resultar “eficaz” para el Estado y “ético” para la lógica de opulentos y tecnócratas. A la corta y a la larga, pobres y miserables de América Latina ni producen con eficiencia ni consumen con opulencia. ¿Para qué sirven? En la Iglesia de San Ramón de Alajuela el cura les prohibió la entrada al templo (eran sucios, drogos, putas viejas). En Colombia les llaman “desechables”. No faltará quien desee enviarlos a granjas para que “aprendan a trabajar”. Por supuesto con poco o ningún salario. El trabajo, rezan en misa, dignifica.

    Ninguna de las referencias de Kliksberg constituye escándalo ético alguno. Excepto que se hable desde una “ética natural” que siempre ha exigido “intérpretes” privilegiados (Moisés o el obispo Ulloa). El escándalo efectivo es que el funcionario Kliksberg eluda pronunciarse políticamente sobre sus “escándalos éticos”. Los genera el sistema y los valora moralmente en términos de conveniencia de la acumulación global. Los mismos que producen los “escándalos” que excitan a Kliksberg son quienes pagan su salario. Achará de asesor “latinoamericano”.