Foro Social, México,

Zócalo, 3 de mayo 2010.

 

      1.- Gracias por la invitación y su presencia. El título del panel es “Educación para la descolonización del imaginario”. Lo primero que habría que asumir es que para ‘descolonizar’ primero hay que estar colonizado y saberlo. Es decir, sentirlo, discernirlo y desear la liberación y testimoniarla. Esto si decidimos que “colonizar” contiene la idea de una dominación unilateral sobre una población y un territorio por alguna potencia o poder ‘extranjeros’. Porque colonizar y colonia pueden tener también otras connotaciones. Los mexicanos, al menos los de su capital, llaman “colonias” a los barrios o agrupamientos (poblamientos) de la ciudad. Y ‘colonia’ es asimismo un asentamiento humano, o sea un grupo humano que se ha instalado en un lugar al que ha humanizado (o deshumanizado, aunque entre estos polos haya otros colores) mediante su trabajo. Ahora, una ‘colonia’ urbana o un ‘asentamiento humano’ pueden contener asimismo internamente dominaciones, la de sexo-género, por ejemplo, o la generacional, o la étnico-cultural, por hacer tres referencias. Pero en esta última situación no se trata de una potencia ‘extranjera’ que coloniza, sino de algo que portan, como si fuera generada por ellos mismos, esa relación de ser ‘colonizado’ o estarlo.


    Así, el tema es menos sencillo de lo que parece cuando se anuncia, por ejemplo, que hoy debemos ser protagonistas de nuestra segunda independencia. O que esta segunda independencia será la ‘verdadera’ y definitiva. Esta manera de entender la cuestión interpela históricamente a España y Portugal (principalmente) como potencias colonialistas en América Latina, y también a Estados Unidos, en tanto centro imperialista, y a su significación cultural, pero hace referencia asimismo a la lógica interna de nuestra organización social (su estructuración cultural de clases, si se quiere, o sea el dominio oligárquico y su vínculo con el aparato clerical católico, por dar dos señas), oligárquica o neoligárquica, y a un imaginario o sensibilidad colonizada que nos afectaría a todos como factor de nuestra subjetividad. Los mexicanos se han dado la figura de la Malinche, para condensar en parte este último asunto. Aquí el tema muestra sus relaciones con los temas de las identificaciones e identidades sociales y con la noción de ‘imaginario’ que está en el título de este panel. También podemos entrever o ver su vínculo con la referencia a “educación para la descolonización”.

    2.- Dicho lo anterior, señalemos que la colonización consiste en una relación asimétrica (una trama de relaciones unilaterales) que niega a un polo de la relación la condición de sujeto. Al hacer esto, lo empobrece. Ahora, este tipo de dominación también empobrece humanamente al colonizador, o sea al otro polo. Por lo tanto la colonización contiene una relación de dominación empobrecedora. Podemos ejemplificarlo con un vínculo de la existencia cotidiana. En la relación de pareja, con unilateral dominación machista, él niega a ella su carácter de sujeto. La sujeciona a él. Con ello le quita a la mujer (o a quien ocupe este rol) estatura humana. Pero al hacerlo, se empobrece a sí mismo porque una de sus principales relaciones, la sentimental o de amor, que compromete su vida instintiva, la realiza con alguien a quien ha convertido en un objeto. No es alguien, sino una cosa. El vínculo de pareja tiende entonces a constituirse como una relación utilitaria entre deseos y cosas. El dominio machista degrada o envilece de esta manera a ambos. Cuando ella y él mueran no podrán saber cómo habrían sido sus existencias si en su relación amorosa se hubiesen reconocido y acompañado, ambos, como seres humanos. Sus existencias probablemente habrían sido muy distintas. Pero ya no lo pueden remediar. Ya las vivieron.


    A causa de este fenómeno o lógica de degradación generalizada ligada a la colonización y al colonialismo, el término/concepto ‘descolonización’ contiene factores positivos. Los procesos de descolonización se relacionan con autonomía, con autoestima legítima y con libertad, por hacer tres referencias. Cuando hablamos de descolonización del imaginario estamos teniendo a la vista una antropología de liberación y con ella un acercamiento a las determinaciones sociales e instituciones que hacen factible a seres humanos libres y responsables. Podemos decir: las señales del empobrecimiento humano gestados por la colonización/colonialismo tornan políticamente necesario el largo camino político-cultural de una necesaria descolonización o apoderamiento (empoderamiento) universal de la especie humana. Esta necesidad es más urgente si existen desafíos mundiales, como ocurre en el momento actual.

    3.- Una palabra breve sobre el imaginario. Aquí lo utilizamos como una sensibilidad social que está en la constitución misma de una sociedad que se produce a sí misma desde él. Designa por lo tanto a las instituciones sociales y a las lógicas que las animan (producciones), pero también a un determinado esfuerzo colectivo y personalizado por producirlas y asentarlas como condición de existencia social. El imaginario social se vincula con subjetividades que reproducen identificaciones inerciales (enajenadas para todas las formaciones sociales con lógicas de dominación) pero también con la virtualidad de autoproducción (creación) de identidades efectivas  procesuales ligadas a un trabajo de resistencia personal y político. La subjetividad social y personal que potencia la reproducción de las diversas formas de colonización (enajenación) se afirma, entonces, en identificaciones inerciales propuestas por el sistema social. Las identidades efectivas anheladas desde un imaginario de descolonización son, en tanto tendencia y proceso, antisistémicas.


    Un corolario de esta propuesta es que la descolonización del imaginario no posee como eje la escuela (educación formal sistemática) propuesta por el sistema ni tampoco la escuela, o ninguna otra institución, aislada de la totalidad de las tramas sociales.

    4.- Ahora, imaginemos un sistema social en el que las lógicas dominantes y básicas y sus instituciones sean colonizadoras. Es decir que ellas se orientan hacia la reproducción de los patrones que hacen deseable (buena, verdadera y bella) la existencia colonizada. Por lógicas básicas entiendo las que remiten a las necesidades de constitución y preservación del ‘orden social’ que, para muchos puede resultar, objetiva y subjetivamente, un ‘desorden’ (es decir, algo que les hace violencia). Hablo de lógicas, sociales, económicas, libidinales, generacionales, político-culturales. Todas se decantan en instituciones de dominación y producen identificaciones inerciales: padres/hijos, por ejemplo. Patrones/trabajadores. Machos/hembras. Hablantes (designadores) y escuchantes (pasivos). Bajo ciertas condiciones, estas lógicas y sus instituciones generan resistencia y luchas eventuales desde sentimientos gestados entre quienes sufren las dominaciones a los que pueden acompañar quienes se sienten convocados por esas resistencias y luchas. Es en estos procesos que se generan nuevas identidades autoproducidas y, por ello, efectivas.


    Las sociedades latinoamericanas actuales y pasadas se acercan a esta descripción ‘ideal’ de un sistema social colonizado y colonizador porque poseen, en su diversidad, un fuerte sello cultural señorial (por definición autoritario y excluyente) cuya raíz es sociohistórica y que se expresa en frentes diversos bajo las prácticas del patriarcalismo (machismo), subordinación a aparatos clericales (religiosidades de sometimiento), desprecio por los trabajadores y sumisión geopolítica que adopta las formas de un ‘capitalismo’ de endeudamiento (y por ello dependiente), un aparato estatal patrimonialista y clientelar y una alta ‘cultura’ cuya estética mira ‘hacia afuera’ y menosprecia o ignora sus raíces. Entre estas raíces que las dominaciones intentan desvanecer están las existencias de los pueblos profundos u originales del subcontinente. Son solo menciones que ustedes pueden llenar, no una determinación analítica.

    5.- Institucionalmente esto quiere decir al menos que, entre nosotros, los latinoamericanos, la familia coloniza, la escuela coloniza, la economía coloniza, la pareja Estado/ciudadanía colonizan, la división campo/ciudad coloniza, la cultura coloniza. ‘Nuestras’ sociedades, que no son nuestras, tienden a conformarse como formaciones sociales totalitarias y colonizantes, donde ‘totalitarias’ quiere decir saturantes. La cuestión se agrava o intensifica cuando el capitalismo, del que formamos parte como uno de sus específicos frentes de degradación, se torna materialmente mundial (global, dice la prensa), es decir cuando la forma-mercancía tiende a saturar todos los espacios materiales y simbólicos.

    6.- Se hace necesario insistir: los procesos de colonización, la colonización, no es solo un asunto de contenidos, sino una sensibilidad dominante y de dominación que posiciona contenidos. Si este posicionamiento tiende a ser saturante, se dificulta desear la liberación o, lo que es semejante, ‘descolonizarse’ puede afirmarse como prohibido tanto por el sistema como por y para las identificaciones (subjetividades) inerciales.


    La sociedad latinoamericana puede asumirse como una gran aula de colonización. Y la privación generalizada del principio de agencia (autonomía, libertad, responsabilidad desde raíces asumidas) como ‘naturalidad’ o cultura natural. Paulo Freire, a quien vi citado en la convocatoria a este panel, habló de “domesticación” a través de una educación bancaria. Pero la ‘domesticación’ en la educación formal es solo una señal específica de una generalizada domesticación social.

    7.- Existe, sin embargo, una buena noticia. Dentro de este panorama básico, las poblaciones de América Latina, personas, sectores, ciudadanía, poseen alguna ventaja comparativa que radica en el punto de partida de los procesos de ruptura inherentes a la descolonización. Apretadamente puede ser descrito así: nuestro capitalismo es oligárquico, señorial, ligado al status más que al mérito, su economía se centra en la producción de commodities con enclaves modernos y no produce empleos suficientes ni de calidad, de modo que genera pobres, miserables y precarizados, y con ello tensiones y rechazos de amplios sectores diferenciados de la población. La situación afecta especialmente a mujeres y jóvenes, pero también a quienes tienen empleo. Economía y cultura generan la disfuncionalidad de instituciones sociales básicas, “familia” y “escuela pública”, por ejemplo, lo que se traduce en conflictos sociales, de identidad y generacionales, que se articulan con los provocados por una economía que polariza y desagrega sin tregua la sociedad (ganadores y perdedores, opulentos y empobrecidos, ahítos y sobrantes, radicados y emigrantes).


    Los sectores dirigentes latinoamericanos (políticos y tecnócratas) suelen comportarse con arrogancia, fatuidad, imbecilidad e insensibilidad, excepto para con sus intereses. Son, además tramposos y, cuando toca, rabiosos, crueles y criminales. Los medios masivos promueven y difunden una realidad (mexicanos universalmente rubios, por ejemplo) que únicamente existe en las pantallas de televisión y en las páginas de “famosos”. Dirigentes y medios no escuchan más que los lenguajes, ruidos y turbulencias de su codicia. Las excepciones en su seno son aisladas, neutralizadas o liquidadas. Los aparatos clericales ofrecen, y a veces otorgan, una seguridad que no se encuentra ni en el hogar, ni en el empleo o trabajo, ni en la existencia cotidiana. Por ello reclutan y manipulan con facilidad a amplios sectores de la población. A los humildes les piden mansedumbre, respeto por los poderosos y el ‘orden’ social y les anuncian que en un metafísico Cielo se les cancelarán todas las deudas y serán felices. Otros aparatos clericales minoritarios los llaman a cerrar filas en torno a la comunidad de los salvos y a rechazar la existencia social con sus luchas y desafíos porque en ellos reina Satanás. Rezar, golpearse el pecho, anudarse de brazos, loar y cantar. Ahí está la receta para la infelicidad existencial. No pasa, pero se la olvida. La Virgen de Guadalupe los ama, Cristo los ama, Dios los ama si sufren sin chistar ni organizarse en este “valle de lágrimas”. Con los otros poderosos, los jerarcas clericales desayunan, almuerzan, comen, eructan, hacen chistes a propósito del pueblo. Ocasionalmente, conceden limosnas o derraman lágrimas de cocodrilo.


    Una existencia determinada así genera malestares, irritaciones, resquebrajamientos, resistencias, deseos de salir de este interminable valle de lágrimas y producir un mundo prohibido por los poderosos. Un mundo donde el trabajo sea valorado, los indígenas y sus culturas sean una expresión legítima de humanidad y todos ellos (y con ellos todos los diversos) reconocidos y acompañados, porque ellos, en su exclusión, siempre han estado con nosotros, son parte nuestra. Somos nosotros.


    No haré más literatura porque ustedes palpan día a día y ampliamente esta realidad de la necesidad y urgencia del cambio. De la necesidad popular de resistir y luchar organizadamente por una trabajosa realidad descolonizada de los distintos imperios, de la explotación, de la enajenación de la infelicidad que se nos venden como ‘naturales’. Por desgracia, y esto también se dijo, el sistema desagrega. Por ello la descolonización no puede ser solo un empeño escolar sino un trabajo político.


     Retornemos al inicio: para descolonizarnos resulta imperioso asumir (sentir, discernir, imaginar) cuan radical, subjetiva y objetivamente, es nuestra colonialidad y darnos socialmente fuerzas para producir otra cultura, otro mundo, en un proceso largo que nunca acaba y en el que todos querremos y podremos ser protagonistas. ‘Descolonizar nuestro imaginario’ puede traducirse como producirnos desde nuestras raíces sociohistóricas en tanto pueblos autónomos con capacidad para interpelar liberadoramente desde nuestra humanidad al mundo entero del que formamos parte o, al menos, del que deberíamos formar humanamente parte. Muchas gracias.

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    Conversación

    

     1.- No me ha quedado clara la idea de ‘colonización’. Parece que pudiera aplicarse a cualquier cosa. Suena como una metáfora.

     HG.- De hecho existen muchas maneras de referirse a la descolonización y, con ello, a la colonización. La más inmediata, en relación con América Latina y el Caribe, es geopolítica y hace referencia a las guerras de independencia de los siglos XVIII (Haití, contra Francia) y XIX contra España y Portugal principalmente. Esas guerras fueron independentistas pero no produjeron o integraron naciones. De esta manera dejaron una tarea pendiente y la omisión en realizar esta tarea nacional generó nuestra fragilidad ante el imperialismo estadounidense y también una estructura de clases y una sensibilidad cultural que están en la base de nuestra dependencia/subdesarrollo. Desde este relato se determina la necesidad de una segunda y verdadera independencia o descolonización, que debe ser protagonizada por la lucha de los pueblos y que es tanto antiimperialista como antioligárquica y, según quien hable, anticapitalista.


     La referencia anticapitalista facilita introducir otro contenido para la descolonización. No se abandona el referente geopolítico, pero se enfatiza el carácter colonizador (sometedor, sujecionador) de la lógica global de acumulación de capital. Podemos ser Estados formalmente (jurídicamente) independientes, pero sufrimos la invasión del “imperio de las mercancías” y de sus instituciones (corporaciones, instituciones internacionales) que tiene alcances subjetivos (reificación, consumismo, degradación) y objetivos (dependencia, subdesarrollo, sumisión geopolítica). A nuestra propia incapacidad para constituirnos como pueblos nacionales y soberanos se agrega esta presión de la economía política global con alcances de degradación cultural. La nueva ‘colonización’ (neocolonialismo) de poblaciones y territorios se acentúa en la fase actual de mundializacion capitalista centrada en tecnologías de punta de rango planetario. En este proceso, pueblos y ‘falsas naciones’ que contienen mano de obra barata y riquezas naturales, recursos acuíferos, bosques, etc., se transforman en puntos de inversión privilegiada que cuestionan o rompen los límites administrativos de los falsos Estados-nación que han constituido oligarquías, neoligarquías y aparatos clericales en la región. La descolonización pasaría por liberarnos del capitalismo transnacionalizado y financiero, de sus actores locales, y de sus instituciones humana y naturalmente depredadoras.


     Podemos advertir que esta segunda ‘descolonización’ no es desarrollista (industrialización regional autónoma) como podría ser interpretada la primera. La descolonización subjetiva y objetiva de la lógica global de acumulación del capital puede tener como referente central otra calidad de la existencia, otra cultura, una producción original, que podría incluir nuevos o antiguos ‘socialismos’. El requisito, sin embargo, es siempre que la descolonización la realicen los pueblos desde sí mismos y mediante las instituciones que emerjan desde sus luchas. Estas luchas pueden combinar cuestiones sociales y ciudadanas.


     Ahora, ‘descolonización’ no forma parte solo del discurso y práctica de los sectores populares (entendidos como quienes sufren discriminaciones estructurales y lo saben). Los grupos dominantes hablan, desde que se hizo público y dominante el discurso neoliberal latinoamericano, de que ya no existen “imperialismos” y de que no podemos culpar a esos ‘fantasmas’ de nuestros males. Lo que hay es libre comercio y debemos aprovechar las oportunidades que nos brinda. El subdesarrollo, declaran, es una condición mental. Se nutre del resentimiento doctrinal ‘comunista’ y de sentimientos falsos, autoindulgentes, el del “pobrecito”, el del ‘imperialismo’, el del ‘nadadito de perro’. Debemos abandonar esas taras mentales (subjetivas), dejar de culpar a otros por nuestros fracasos, y ser proactivos. Ustedes conocen este discurso porque en el fútbol, cuando las Chivas o el América van perdiendo 23 a 0 y restan tres minutos de juego sus fanáticos todavía gritan “¡Si se puede!” Los goles en contra están en la mente de los jugadores. Si ellos quieren, si verdaderamente lo desean, remontarán el marcador, empatarán y ganarán humillando a sus rivales. El ¡Sí se puede! es un lema inspirado en el neoliberalismo y por desgracia ha infectado algo o mucho la imagen inicial del Foro Social “Otro mundo es posible” (un aviso: por eso preferimos transformarla en “Otro mundo no es posible, pero igual vamos a hacerlo”).


     Como puede apreciarse, aquí también la ‘descolonización’ consiste en un cambio de mentalidad en los individuos. Hay que depurar de doctrinas cada mente, en especial las 'populistas' y ‘comunistas’. En México ustedes podrían añadir ‘agraristas’.


     Este punto de vista capitalista, oligárquico y tecnocrático tiene un corolario: todas las ideologías y doctrinas habrían muerto. Ya no hay lugar para los “ismos”. El mundo ‘descolonizado’, para políticos y tecnócratas dominantes, sería pragmático: “No importa de qué color sea el gato, lo que importa es que cace ratones”. Por supuesto el mundo pragmático resulta ser capitalista, racista, oligárquico y neoligárquico, antipopular, depredador de las poblaciones y de la Naturaleza, sin sensibilidad social ni ambiental… y, sobre todo, no se puede cambiar. Se prohíbe cambiarlo. La referencia central de esta ‘descolonización’ es prohibido cambiar este mundo. ¡Cuidadito con imaginar que lo cambia!


     Más cercano en el tiempo apareció el discurso de la interculturalidad que, en su versión más ideologizada, puede encontrar su fuente en el invento con que se intentó acallar las protestas populares contra la celebración del “Descubrimiento” de América en 1992. Por ahí se reunieron los ‘académicos’ y acordaron proponerle a la autoridad que la Conquista, Masacre y Colonización se llamase “Encuentro de Culturas”. Desvergonzados que somos algunos latinoamericanos. Después se ha venido inventando y promoviendo el diálogo entre culturas que ignora las relaciones de poder e imperio no solo entre culturas (las de los pueblos profundos de América y las mestizas urbanas, por ejemplo), sino en el seno de las diversas y conflictivas formaciones sociales que portan determinadas culturas. Machos y hembras, rurales y urbanos, adultos y jóvenes, empresarios, políticos del PAN, incluyendo el presidente Calderón, y trabajadores mexicanos de la electricidad (SME), obispos católicos y homosexuales masculinos y femeninos, tropas de ocupación y afganos, emigrantes y patrullas fronterizas en la frontera entre EUA y México, resolverán sus diferencias mediante diálogos horizontales, democráticos, sin ruidos ni conflictividades mayores. Aquí, para esta ideología de la benigna y racional mundialización, la descolonización pasa por una aptitud para el diálogo, o sea para el reconocimiento y acompañamiento mutuo y entre todos. No es mala idea, pero para descolonizar así se torna necesaria una larga lucha para crear primero las condiciones (autotransferencia de capacidades) para que esta posibilidad de diálogo, este ‘encuentro’ social y de culturas sea factible. Y hasta podríamos llamarlo ‘interculturalidad’. La anti Torre de Babel. Pero, por favor, no hagamos de la 'interculturalidad' uno de los apoyos de la actual ‘libertad de comercio’ que amenaza mortalmente a la Naturaleza y trata como objeto a la población mundial.


     Todavía podría agregarse, en términos más puntuales, que el tránsito desde una conciencia mágica a una conciencia crítica en el primer Paulo Freire tiene caracteres de un proceso de descolonización. Pero él no centraba este proceso en la educación formal, o sea en la que proporciona y promueve el sistema. Ésta, más bien, ‘coloniza’. Por lo tanto hay que enfrentarla y superarla con otro tipo de ‘escuela’ cuya peculiaridad consiste precisamente en no ser ‘escuela’, o sea un 'aparato de enseñanzas'.


     2.- La imagen de toda la sociedad como ‘una gran aula’ me parece utópica. Debemos afirmarnos en la realidad.

     HG.- El planteamiento de toda la sociedad como “aula” descolonizadora en realidad apunta hacia la idea todavía más utópica de que todas las lógicas, tramas e instituciones sociales puedan constituirse como experiencias de aprendizaje. Lo que se quiere enfatizar es la necesidad de pasar desde una existencia social determinada por vínculos jerárquicos unilaterales y fijos entre algunos que enseñan y otros que aprenden (los maestros y los estudiantes, por ejemplo, o el partido y las masas) a una existencia social determinada por experiencias de aprendizaje, en la que todos aprenden porque cada uno aporta desde sí mismo a esa experiencia bajo la forma de un emprendimiento colectivo. Estoy describiendo la experiencia ‘cultural’ de la descolonización, que se sigue o acompaña al trabajo político de descolonizar. Es una materialización de la tesis de Freire de que ‘nadie enseña a nadie…’ y de que ‘todos nos educamos mutuamente’. Que cada instancia o situación social, tomar un bus, por ejemplo, sea un factor de crecimiento humano. Por supuesto se trata de una utopía. Pero no en su sentido negativo, de algo que no puede realizarse, o de neuróticos sueños de bobos, sino en su alcance constructivo de referencia que orienta, guía, que potencia el caminar… como ha escrito Galeano. En América Latina existe abundante literatura sobre este carácter constructivo de las utopías.


     Ahora, la descolonización tiene su eje en un proceso popular y de liberación que, bajo ciertas determinaciones, pueden ser consideradas sinónimas. La descolonización tiene como eje la lucha popular y el pueblo, sus diversos sectores, se va dando identidades descolonizadas (proceso de descolonización) en este proceso de lucha. Mi opinión es que no resulta una buena iniciativa o idea suplantar este protagonismo popular porque él contiene las respuestas que impiden que pueden impedir que un determinado colonialismo, el del capital, por ejemplo, sea reemplazado por otro tipo de dependencia o colonialismo que genere otra jerarquía de discriminaciones y sujeciones.


     Estas cuestiones se inscriben todas en la necesidad de no fijar o focalizar excluyentemente en la escuela y en los maestros las tareas descolonizadoras. La pregunta obvia es aquí ¿Y quién descoloniza a los educadores? La respuesta de catecismo es: el pueblo los descoloniza. Y ellos quieren descolonizarse porque forman parte de ese pueblo en lucha.


     Y volviendo a la utopía, ella es factor imprescindible en la fe antropológica que hará llegar hasta el final las luchas populares. Lamento discrepar y, sobre todo, lamento el esquematismo, pero mis opiniones se expresan desde la más firme voluntad de cooperar con las luchas que ustedes dan en México. Ninguna idea puede sustituir este trabajo de ustedes.
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     (*) Participan  Azael Chepe Santiago (Oaxaca, México, Sección XXIII  de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación), Marcos Tello (México, Movimiento de Liberación Nacional). Modera Corelia Pérez Cabañas (México, DF, Centro de Estudios Ecuménicos).