Semanario Universidad, No. 1653
Febrero, 2006

 

Si los juramentados para conceder el último premio Pío Víquez se lo hubiesen otorgado a Julio Rodríguez por ser jefe en la sección editorial de La Nación S. A., el asunto tendría sentido. Igual si lo hubieran referido a su capacidad para condensar y expresar los peores rasgos del patriarcal, santulón, autoritario e hipócrita conservadurismo neoligárquico costarricense. Sería un reconocimiento procedente que no provocaría bochorno. También pudo designársele por su tenacidad por atacar a los trabajadores y a sus sindicatos y levantar con fiereza el interés empresarial, en especial el de sus patrones. Si tal hubiera sido el criterio del fallo, los costarricenses podrían admitir que, en tiempos de penuria y debilidad de las esperanzas, el realismo carcome incluso los galardones nacionales. “No hay de piña” comentarían, resignados.

Pero los juramentados se lo dieron porque “su vigoroso compromiso con las ideas ha enriquecido el debate nacional”. ¿Cuál debate? En Costa Rica el debate (excepto ante actuaciones de los árbitros de fútbol) no existe. El imaginario sobre el debate se sintetiza en la postura del candidato Óscar Arias: “No discuto nada con nadie porque voy ganando amplio”. La querella es resuelta con la grosera descalificación del otro, ninguneándolo o manipulando sus opiniones. Ruindad realizada, por ejemplo, por La Nación S.A. con el Informe de la Comisión de Notables. La ausencia de ideas y su reemplazo por creencias y sentencias es vivamente representada por Julio Rodríguez.

Los juramentados dicen que el nuevo enviquecido mantiene “una absoluta coherencia en su pensamiento” y que, al mismo tiempo, desarrolló la tesis de “la democracia como sistema capaz de resolver sus propias contradicciones”. Lo afirman de quien preguntó a quienes adversaron el “combo del ICE” si deseaban una Mano Blanca. Ahora, pensar exige informarse y Rodríguez no lee ni su periódico y cuando lo lee no lo entiende. En uno de sus extravíos agredió a un cubano que veía naves extraterrestres o algo así como un efecto neurótico del comunismo fidelista. La Nación había publicado que el sujeto salió de Cuba muchísimo antes de 1959 y era ciudadano estadounidense. El pasado noviembre Rodríguez celebró los diez años del TLC entre el Chile ‘socialista’ y EUA. El acuerdo se firmó en el 2004. Lo único fijo en Rodríguez es su elegida miopía para producir desinformación con frecuencia orientada a envilecer. Una especie de antiobispo. Desvelado porque el PAC emergió como alternativa, redactó que prefería el chorizo a la moralina. Un editorialista se juzga por sus caídas conspicuas. Rodríguez pasa en el suelo.

Rodríguez pudo asimismo merecer un premio apíado porque su arte genera discípulos. El más promisorio es R. Saborío quien, como parte de la campaña electoral, ligó al PAC con Hugo Chávez y Fidel Castro (LN: 06/01/06). Fundir poder con descaro e impunidad es parte del “debate” estimulado por el nuevo Impío.

Repulsas aparte, Rodríguez tiene intelecto medio y por ello sabe el tipo de periodismo que practica. Excepto que los juramentados vengan de otra galaxia ellos también lo saben. Sin embargo le regalan un laurel que pauperiza al Pío Víquez y, con ello, agreden a los periodistas que luchan por mantener dignidad profesional en un país que tiende al manoseo monopólico y corporativo de la información.