Universidad, N° 1842,

marzo 2010.

  
    En el mismo momento en que la presidenta electa Laura Chinchilla visitaba a quienes fueron sus opositores durante el proceso electoral e intentaba abrir con ello posibilidades de acuerdo político que la ayuden en su mandato en beneficio de Costa Rica, figuras de la agrupación electoral vencedora  reiteraban su descalificación absoluta de estos opositores. El motivo inmediato, habían “ganado” y eso les daba toda la razón todo el tiempo. Es de esperar que su éxtasis de “doña toda” actual no vuelva a manifestarse durante la administración que aún no comienza con el “pa’eso tenemos mandato’ del ex vicepresidente Kevin Casas.

   Entre los fervientes del “doña toda” destaca el legislador F. Marín. Se excita porque Ottón Solís se refirió en campaña a Óscar Arias como “uno de los dos empleados público más vagos de Costa Rica”. Le grita el diputado que ‘se creyó muy valiente justo cuando el presidente no podía contestar’. Califica a quienes votaron por Solís, un 25.06% de electores, como “locos” y “radicales” (LN: 15/02/2010). Y aplaude su retiro de la política justo en el instante en que Chinchilla lo determinaba como interlocutor político legítimo. Aunque Marín dice que “Don Óscar no necesita que lo defienda yo ni nadie” porque es “un hombre que ha dedicado su vida entera al servicio de Costa Rica y de América Latina”,  su presentación entera opone al Todo Alabado contra el despreciable indigno. Quien insulta a Arias, dice el diputado, se perjudica a sí mismo. Entonces, quien lo ensalza... Bueno, es el estilo de Marín, diputado de Arias.

   En realidad, quien habla pestes de Óscar Arias es mucha gente. De hecho, ese 53.1% que no votó por Chinchilla es la mayoría de electores y alguno de ellos algo musitará. Dentro de quienes ‘ganaron’ con Chinchilla debe existir al menos uno que no tiene gran opinión de Arias. Tendrá razones. Y sin duda un grupo significativo de abstencionistas debe repudiar a Arias y a su hermano porque los mete en el conjunto de la desprestigiada tribu de políticos de Costa Rica. Y decirle “flojo” al presidente en ejercicio fue detalle menor de la campaña de Solís, quizás la menos estridente. Y el ‘detalle’ carece de importancia porque Arias declaró hace mucho que él no se mezcla (ni habla, ni escucha, ni lee) con “caracoles”. Está por encima de eso y, en verdad, a poco que se le escuche, de cualquier realidad terrenal. Es Doña Toda. Así es él. Y no le ha ido mal con ese comportamiento. Al país quizás.


   Expulsado Ottón de la política por decirle “flojo” a Arias, el diputado Marín pasa a retratarlo. Solís no tiene ideas ni propuestas. Calumnia y difama. Es mezquino. Se cree dueño de la verdad. Mentiroso. Inventa historias. Es “perenne medalla de plata en la carrera presidencial” (ya se sabe que ésta consiste sólo en llegar primero, no en cómo se llega y qué se hace con el triunfo). Marín, exultante, vaticina el futuro de Solís: “… pasará el resto de sus días escribiendo ‘cartitas’ al gobernante de turno (el punto lo lleva a compadecer a ‘doña Laura’ quien en las horas siguientes iría a la casa de Solís para dialogar con él). En cambio “… don Óscar quedará inmortalizado en el corazón de los costarricenses”. De Otto Guevara, enunciado al inicio de su artículo, Marín no dice palabra.

   Es decir que para este representante del doña toda el conflicto es entre Ottón y Óscar. No se olvida, aunque se gane. Curiosa furia.

   La personalización de la política resulta inevitable, pero una absoluta personalización de ella (en especial bajo la influencia de Doña Toda) es negativa. Los escenarios políticos se constituyen con ciudadanos, partidos, y fuerzas sociales que articulan a distintos sectores. Sin duda en esta trama pueden existir conflictos. La sensibilidad democrática consiste en reconocer estos conflictos y su valor, ser capaz de dialogar sobre ellos y llegar, desde el diálogo, a acuerdos o decisiones. En este sentido las primeras aproximaciones de Chinchilla la muestran con talante democrático. Pero el síndrome de Doña Toda y del “Pa’eso tenemos mandato’ puede ser no inmediatamente antidemocrático pero son señales de descomposición política e institucional. En política, ganar una elección no es todo. En especial si no se tiene la mayoría, aunque el voto opositor no resulte inmediatamente articulable.   

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