Universidad, N° 1837

febrero del 2010.

 

    El inicio del siglo XXI se presentó políticamente promisorio para Costa Rica. La debacle ‘final’ de los políticos-empresarios, legales e ilegales, pareció consolidarse con las pesquisas judiciales contra tres expresidentes de la República, y la posterior elevación a juicio de dos de ellos. Se quebraba así el vínculo entre los sectores mafiosos existentes en los mal llamados partidos Liberación Nacional y Unidad Social Cristiana. En la elección presidencial del 2002, tres candidatos se pronunciaban, desde ángulos diversos, por el adecentamiento de la vida política: Abel Pacheco, Ottón Solís y Otto Guevara.

   La purga de los traficantes de la política (PLUSC) abría el camino para un cambio en la cultura política costarricense. Se hacía factible su adecentamiento y también la necesidad de dialogar y concertar con transparencia entre varias organizaciones para ofrecerle al país respuestas en la coyuntura larga de la mundialización y sobre los desafíos locales más urgentes como el deterioro de la seguridad social y ciudadana, el abandono de la infraestructura y la inanidad de la educación pública, en particular la primaria y secundaria, la proliferación y acentuación de las brechas sociales y el vigoroso ingreso del crimen organizado.

   Lucía como que un adecentamiento de la existencia socio-política podría sostener una nueva cultura. El diálogo quizás conduciría a gobiernos de concertación (varios partidos y sectores) que erradicarían los vicios del patrimonialismo estatal y la venalidad clientelar.

   Por desgracia, un factor de la antigua cultura política, la del aislamiento sin diálogo público, campeó durante la administración Pacheco. Y se acentuó con el triunfalismo que despertó en las filas clientelares del que dice llamarse Partido Liberación Nacional la muy jalada candidatura de Óscar Arias. Éste se declaró por encima de toda fauna terrestre y Capitán Único de la nave que debía ser llevada a buen puerto. Gobernaría con su hermano, amigos, yes men y secretarias ejecutivas. Contaría, cuando hubiese beneficio mutuo, con el apoyo de los grandes empresarios y el más importante de los medios escritos. Cooptaría o daría atolillo con el dedo a aliados circunstanciales. Ningún diálogo con opositores a los que juzgaría o resentidos o enemigos. En breve, un  retroceso canalla que polarizó a la ciudadanía y al país en al menos dos elecciones.

   En este contexto, las elecciones del 2010 expresan otro retroceso. En ausencia de un avance en una cultura de diálogo y concertación, la escena electoral, si es que los sondeos tienen alguna verdad, se movió groseramente hacia la derecha. El que dice llamarse PLN es hoy un agrupado de intereses privados, tal vez legales, pero políticamente suicidas. Un típico aparato de derecha. Y el aspirante dos, un oportunista tenaz que desea el éxito personal más que ninguna otra cosa en el mundo. La típica personalidad cooptable por los grandes intereses económicos. Una figura, nunca un líder, de derecha. El vuelco hacia la derecha hace que en la elección compitan el gran dinero contra la gente, con pocas oportunidades para la última.

   Moverse unilateralmente hacia la derecha en América Latina, y Costa Rica no es excepción, presenta el problema de acentuar un despreocupado cinismo por la gente de a pie y fortalecer los caracteres señoriales de autoritarismo, corrupción y venalidad ya tradicionales de ‘nuestra’ cultura política.

   Entonces, en lugar de la persistencia del adecentamiento vislumbrado, la prolongación de la corrupción y la venalidad, esta vez, fortalecida por la concentración de poderes y actores displicentes debido a una casi enteramente segura impunidad. Y en lugar del reconocimiento y diálogo democrático entre partidos vitales, las ominosas señales del autoritarismo.

   Deseamos estar equivocados porque el país parece carecer de respuestas para estos desafíos. Y si no lo estamos, la piadosa Virgen encuentre a todos confesados.


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