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Costa Rica, 13

de diciembre, 2009.

 

     
    Si se quiere hablar de la izquierda electoral en Costa Rica, inevitablemente se debe recordar que su fisonomía política actual está marcada por la Guerra Civil del 48 (siglo pasado). En esa guerra los mayormente derrotados, los únicos casi, fueron los trabajadores y su partido de clase quienes apostaron al bando perdedor, pelearon en serio por él y sufrieron el rigor de la derrota. Antes del conflicto armado, las ideas y sentimientos clasistas atraían hasta un 14% del electorado (la segunda izquierda de clase y parlamentaria más vigorosa de América Latina). El otro factor que debe recordarse en relación con la guerra, es que sus vencedores no eliminaron las instituciones sociales estatales que el país había acumulado en su historia sino que más bien las ampliaron y las llevaron a casi todo el país. De esta manera la gente se enteró que podía acceder a electricidad, servicios médicos, teléfono, educación, diversión, algo de financiamiento personal, programas para salir de la miseria o conseguir casa, a través de alguna instancia estatal y, obviamente, de la gente y los partidos que los controlaban. Así, cuando los “comunistas” retornaron a la legalidad, en 1975, se encontraron con que servían para agitar y reclamar, pero que para resolver situaciones la gente se entregaba a la gestión de liberacionistas y ‘calderonistas’ (genérico para lo que después será el PUSC).

    Este papel nominal, legal pero sin capacidad de incidencia en un Estado que llegaba a todos y que reconocía parcialmente la legitimidad de las demandas de las clases dominadas, más una cultura política conservadora y con fuerte marca clerical, tuvo efectos electorales. El mejor rendimiento de las izquierdas parlamentarias después de la Guerra Civil rondó el 5%. Poco más de un tercio de su capacidad anterior. En estas condiciones la izquierda sirvió para “probar” que el país era democrático: se podía votar incluso por los “comunistas” (a quienes en un gesto de ironía se bautizó como “a la tica”, para significar que no eran peligrosos) mientras fueran poquitos.

    Esta raleada, sindicalista, sectaria y gritona (no le quedaba más remedio) izquierda electoral tuvo un segundo momento de apaleo con el triunfo del proceso revolucionario nicaragüense y la reacción del centro imperial y de las oligarquías centroamericanas. Con el triunfo sandinista, la izquierda costarricense tradujo que se venía la revolución regional y que ella los llenaría de votos. Desde luego, el asunto era al revés. Fue semiaplastada en las elecciones de 1982. Los partidos de los grupos dominantes obtuvieron el 94.2% de los votos de un electorado asustado. Las izquierdas (Pueblo Unido), un 3.33% en la decisión presidencial. Era el comienzo del final. Éste llegaría con el triple impacto de la derrota electoral sandinista, la liquidación del mundo socialista liderado por la Unión Soviética y el pleno ingreso de la mundialización capitalista en el área centroamericana después de los “Acuerdos de Paz”, todo esto en la década de los noventa. Por supuesto estos factores condicionantes operaban sobre determinaciones internas de la izquierda costarricense, factores de los que aquí no se hablará.


     En el siglo XXI la izquierda parlamentaria y de clase, y sus organizaciones, prácticamente ha desaparecido del escenario electoral. Hoy día cuenta con un diputado, trabajador, honesto, muchas veces brillante, en una Asamblea que reúne a 57 legisladores.

    Sin embargo, la sensibilidad neoliberal que se viene apoderando consistentemente del país, y que contiene la liquidación del pacto estatal con los grupos dominados, ha generado irritaciones y resistencias sociales portadas por sectores (comunales, barriales, estudiantiles, sindicales, gremiales, espontáneos, etc.) que han propuesto formas de lucha no parlamentarias (marchas, bloqueos, ocupaciones) que, aunque sin conducción partidaria, han contado con la inserción (a veces conflictiva a lo interno) de los diferentes grupos que se consideran a sí mismos de izquierda, parlamentaria o no parlamentaria, en el país. Las más importantes movilizaciones (que pueden valorarse ciudadanas y sociales con contenido popular) se dieron contra la ley que pretendía entregar la generación de energía y las comunicaciones para su comercialización privada a los políticos de los partidos tradicionales (lucha contra el Combo del ICE, año 2000) y la que polarizó al país en torno a la aprobación o rechazo de un llamado ‘tratado de libre comercio’ con EUA. La izquierda parlamentaria costarricense recibe su oxígeno de éstas y otras luchas sociales. Pero no organizó ni controló estas luchas y no ha realizado ni el aprendizaje ni el trabajo político que la pondría en condiciones de pedir su voto a la población y ciudadanía que participó en ellas.

    Precisamente el referéndum sobre el TLC (2007) es la movilización que incide más directamente en el rostro de la izquierda parlamentaria actual. Se trató de una movilización social, ciudadana y electoral de base que, en condiciones adversas de escándalo que llegaron al fraude, casi gana en las urnas y sin duda logró un empate político. Lo más importante, la lucha de resistencia y propositiva rural y urbana creó nuevos instrumentos de participación, organización e incidencia social y mostró signos de que Costa Rica podría, desde los Comités Patrióticos, ir hacia la conformación de una sociedad civil democrática y popular. Por supuesto, un proceso de acercamiento y simpatía de sectores y clases de esta magnitud crea temores entre los poderosos y también apetencias electorales (sectoriales y personales) al interior de los grupos ‘de izquierda’. El punto para los últimos era claro: cómo atraer a la gente del NO y movilizarla electoralmente para llegar a tener protagonismo nacional. Por supuesto, planteada así esta cuestión es una estupidez. Pero las cosas suelen presentarse de esta manera en Costa Rica.

    Entre quienes se montaron en el “patriotismo” de la movilización por el NO (que en realidad articuló a muchos y diversos sectores sociales y ciudadanos de la ciudad y del campo con intereses específicos) hubo espacio hasta para inventar un partido: el Partido de la Alianza Patriótica. No es de izquierda ni de derecha ni de centro: ofrece una “revolución de la esperanza” materializada en un listado de todo lo que se espera pueda recoger un voto: desarrollo comunal, conciencia social y ecológica, seguridad, igualdad de género, regeneración moral, gobierno de los municipios, reivindicación de la ruralidad, apoderamiento deportivo y desmasificación de las comunicaciones. No faltan promesas específicas: endurecer los controles migratorios (ingresan en exceso nicas, colombianos y chinos), pagar salarios a las ‘dueñas’ de casa, y conectar gratuitamente a Internet a los más pobres. Esta propuesta de botica convoca, a inicios de diciembre, a 0.8% de los electores, que, con el margen de error, podría llegar al 3.8%. Este partido, que no es de izquierda pero se propone “patrióticamente revolucionario”, tiene sin duda problemas de financiamiento pero su mayor déficit es político. Transformar la base social del NO en una movilización electoral demanda un trabajo político y transferencias sociales de poder efectivas que no pasan ni siquiera por la imaginación de sus dirigentes. En estas condiciones la Alianza Patriótica hace un poquito de ruido, entibia nada y contribuye a trizar el escenario electoral (en esta elección “compiten” solo 9 candidatos; suelen ser más) sin realizar ni un trabajo de educación política a futuro ni ponerse en condiciones para ser actores menores después de la derrota.

    A diferencia de la Alianza Patriótica, el partido Frente Amplio se autocaracteriza como de izquierda. Una izquierda de valores (solidaria y contra la corrupción, defensora de derechos humanos), de lucha comprometida con las reivindicaciones de los sectores y clases que soportan discriminación y explotación, y una izquierda de gobierno con un proyecto alternativo de sociedad, de Estado y de nación. Este último aspecto lo liga directamente con la intención de superar la escisión entre lucha social y lucha política y entre organizaciones políticas y movimientos sociales y con la tesis de combatir todo el tiempo desde los sectores populares y de procurar e institucionalizar transferencias o autotransferencias de poder hacia ellos. Hasta aquí los pronunciamientos. Desde un punto de vista más anecdótico, el Frente Amplio es también de izquierda porque su principal dirigente político es José Merino quien ha sido histórica e incorruptible y honestamente de zurda toda su vida.

    Este Frente Amplio convocaba todavía menos votación que los “patriotas” en los sondeos de inicios de diciembre (0.5%, que podría extenderse a 3.5%). Sin embargo, a diferencia de ellos su votación tiende a ser la de un electorado minoritario constante que podría darle otra vez un diputado (la pretensión del Frente es llegar a tres o cuatro). En cuanto a su actitud política resulta de más difícil transmisión. Pese a su intención de superar fragmentaciones y escisiones, sus diversos sectores internos (sindicalistas, movimientistas, partidarios y ciudadanos) no logran sentarse a discutir sobre el carácter de la cultura política que podría articularlos. En el Frente Amplio es sólido todavía un sesgo electoralista que se pone de manifiesto en su selección de un candidato presidencial que podría atraer votos pero a costa del planteamiento político y social de fondo y también en sus tempranas rupturas internas derivadas centralmente por diputaciones que podrían resultar elegibles.

    Por lo demás, sería absurdo solicitar, en la enrarecida cultura política de Costa Rica, una izquierda parlamentaria madura, con capacidad de convocatoria y surgida, casi casi, de la nada. Pero el Frente Amplio podría iniciar un camino. Por desgracia las elecciones del 2010 exigen más que eso.


    Existen, como es normal, pequeñas agrupaciones ‘de izquierda’ no parlamentarias. Las menos desorientadas creen estar todavía en las condiciones políticas de la década del sesenta. Lenin las salve.


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