Semanario Universidad, No. 1685
Octubre, 2006

 

El presidente de Costa Rica, Óscar Arias, no muestra un comportamiento feliz en sus salidas internacionales. El ridículo, por combinar ignorancia y humos, de sus demandas a Benedicto XVI, se sumó al fracaso de su afán por enredar al presidente de Venezuela en una ayuda económica para la que el país, geopolíticamente, no reúne condiciones. El Estado costarricense oficialmente es parte de la coalición que, al invadir Irak, liquidó el marco de relaciones internacionales que, mejor o peor, tuvo vigencia desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la proclama de la “guerra global preventiva contra el terrorismo” por la administración Bush. Si bien la carga por el error cae sobre la gestión de Abel Pacheco, mancha al Estado que tiene hoy en Arias su principal funcionario. Alarma también la invitación a políticos chilenos para que “enseñen” a los diputados locales las ventajas del libre comercio cuando lo que éstos discuten es el carácter de un TLC específico: el mal pactado a la carrera con Estados Unidos.

El dislate más sólido está en el frente cubano. Comenzó con inusuales guiños a la prensa a la que dijo usaría una reunión en Colombia con el Vicepresidente del Consejo de Estado de Cuba, Carlos Lage, para exhortar al gobierno de ese país a una “transición democrática” allí. Por supuesto el señor Lage canceló la cita objetando procedimiento (anticipar a la prensa una agenda no solicitada) y contenido, valorado como tosca intervención en los asuntos internos de su país. Lage añadió, en nota oficial, que en la torpe situación alguien había mentido: el Embajador costarricense en Colombia, el Canciller costarricense u Óscar Arias. Hablando a periodistas, Arias replicó que lo tenía “sin cuidado” que lo tildaran de “lacayo del imperialismo”, cuestión que no hizo parte sustancial del reclamo cubano. Para éste, no se trataba de calificaciones personales, sino de relaciones respetuosas entre Estados y Gobiernos.

Al turbio incidente colombiano, lo siguió un todavía más desgraciado artículo, “La hora de la democracia en Cuba”, editado en España y Costa Rica. En él, el presidente de Costa Rica se autonombra gestor de una “transición ordenada” en Cuba, con ocasión de la enfermedad de su presidente F. Castro. El tránsito es, por supuesto, a ‘la’ democracia. El asunto podría reducirse a exhibir el obsesivo vedetismo de Arias si no fuese porque rezuma desubicación e ignorancia elemental en los asuntos sobre los que pontifica. En primer lugar, para Arias existe ‘la’ democracia. Cualquier labriego sencillo sabe que durante el siglo XX se enfrentaron dos imaginarios sobre este tipo de gobierno: el que promovió una democracia formal o procedimental y el que levantó las banderas de una democracia sustancial. La última, ligada a las necesidades de los pueblos tercermundistas, enfatiza en los contenidos del oficio de gobierno: salud, educación, modernización, identidad nacional. Cuba posee un Estado de derecho y un régimen de gobierno democrático sustancial dirigido por una personalidad carismática que, a la vez, es figura central de su Partido Comunista. Se puede criticar esta realidad, pero no se la debe ignorar ni despreciar, en especial cuando se busca ser reconocido como “gestor internacional”. No menor es la pereza mental que iguala el carácter del régimen cubano con las democracias ‘populares’ del Este europeo. El régimen socialista cubano es martiano, o sea, condensa una cubanía. Esto quiere decir que es sólidamente nacional y, por nacional, popular. Rebosando ignorancia (real o fingida), Arias predica que los cubanos no poseen rasgos antropológicos ni genéticos que los diferencien de “los alemanes del Este”. Genes diversos no poseen los cubanos, sin duda. Lo distinto, tratándose de regímenes políticos y culturales, es su sociohistoria.

La rudeza mental de Arias facilita que sus globos de aire se utilicen por el gobierno ‘democrático’ de Estados Unidos. Éste ha dispuesto públicamente 129 millones de dólares para asegurar que el pueblo cubano será su rehén, como lo es América Central. A estos millones se suman los orientados a operaciones encubiertas y terroristas que buscan la desestabilización de Cuba. Se entiende de Estados Unidos. El pueblo cubano es ejemplo de autonomía digna y los irrita. Pero, ¿en qué molesta la experiencia cubana a Óscar Arias? La cuestión democrática, ya vimos, no la entiende. Y si su ideal de existencia es, como afirma, “la estabilidad política, el bienestar económico, y la justicia social”, pues Cuba pega dos de ellas más que todo el resto de América Latina. Cierto, Cuba no es liberal. Es republicana, socialista y de democracia sustancial. Y su liderazgo, como enseña el pesar por la salud de Fidel Castro, es legitimado por una población mayoritaria que, también, critica y rechaza las flaquezas de un proceso histórico agredido por alternativo. Es decir por ser cubano, tercermundista, no alineado, socialista, nacional y popular. Hablar sobre Cuba exige mente clara e intención sana. No parecen éstos hoy ser rasgos del ‘internacionalista’ presidente Arias.