Universidad, N° 1831,

noviembre 2009.

 

     En nota periodística que tal vez quiso ser cómica ‘dirigentes’ políticos costarricenses se valoraron “realistas” por sus propuestas para dirigir el país durante el período 2010-14 (LN: 08/11/09). Uno de los candidatos a la vicepresidencia por la continuidad de la “experiencia Arias” resumió el punto al enfatizar que sabe la diferencia entre un programa de gobierno y “un pedido al Niño Dios”. Lo malo es que el país, su ciudadanía, y sobre todo sus sectores sociales de a pie, requiere quizás más de una gran solicitud al Niño (previa anuencia de la Conferencia Episcopal) que de un planteamiento pitufo que naufragará entre la corrupción, venalidad y clientelismo internos y la vulnerabilidad de una economía rígidamente abierta a los vaivenes y conflictos propios de una mundialización ávidamente desquiciada.

    El primer irrealismo de estos ‘dirigentes’ consiste en estimar que pertenecen a “partidos” que podrían, por sí mismos, gobernar al país y dirigirlo hacia algún lugar donde no lo esperasen ni inseguridad, ni desaliento, ni frustración. El principal de estos partidos, por el número de votos que atrae, falleció hace al menos tres décadas (no se le dio mantenimiento ideológico, parecido a como sus administraciones no le prestaron atención a puentes y caminos) y su cadáver se utiliza hoy como maquinaria electoral y aparato de gestión gubernamental patrimonialista y clientelar. Su histórico asociado en la empresa mafiosa está siendo liquidado a garrotazos judiciales mientras sus dirigentes reclaman “¡Yo no hice nada!”. Alguno, más ‘realista’, gime: “¡Es que me entró el Pisuicas y vi todo dólar, disculpen, quiero decir rojo!”.

    La primera tarea política ‘realista’ del país consiste entonces en desalojar de raíz a los mafiosos e indecentes (nombres comunes para el patrimonialismo estatal, la corrupción política y los diversos clientelismos en la función pública) de sus sitiales. Y como no están en oscuras madrigueras sino que se lucen en funciones elevadas, presidencias, magistraturas, diputaciones, alcaldías, conferencias episcopales, banca, organismos “tecnocráticos”, regidurías y entidades autónomas, y esto quiere decir que amarran poder, prestigio y dinero y lo convocan, se trata de una operación larga y compleja para la cual hay que convocar a toda la ciudadanía decente de Costa Rica. Asunto político, pero también de dignidad y vergüenza. No se ve hoy a ningún ‘dirigente’ realista llamando a la áspera y difícil lucha propia de una coalición de la Dignidad y la Vergüenza Costarricenses. Lástima, porque si no se da y gana esta guerra no habrá gobierno alguno que funcione.
 
   Lema de esta guerra necesaria: Ningún sinvergüenza, público o privado, impune.

    Ese severo emprendimiento de extendido aliento (mucho más que un período de Gobierno y que por eso exige una concertación estratégica de organizaciones y sectores sociales), debe coincidir con la ejecución de otras tareas de largo plazo: refundar la Seguridad Social y refundar la Educación Pública. Esas instituciones se están cayendo a pedazos, o ya terminaron de caer, y han sido el fundamento de la experiencia sociohistórica que distingue a los costarricenses. Su refundación excede un período gubernamental (requieren de un cuarto de siglo o más y demandan un alto financiamiento). No es empeño para un solo gobierno, sino que tiene que ser sostenido por varios mandatos. Exigen una movilización social amplia y permanente en la que deberían tener cabida todos los costarricenses decentes, que son mayoría. Y los extranjeros residentes, si se les permite y lo desean.

   Cuando algún frívolo repite que los chinos abandonaron los “ismos” y adoptaron el pragmatismo (frase en sí curiosa), invisibiliza que esos mismos chinos han puesto en práctica otro ismo del que sí podría aprender Costa Rica: el “largoalientismo”. Tareas estratégicas de largo aliento que se hacen recorriendo el camino paso a paso, sin desmayar y sumando cada vez a más.

   Obviamente, de los chinos no se debe importar su indecencia social. Aquí hay suficiente.

   A contrapelo, hundidos en su realismo ‘partidario’, estos dirigentes que pretenden gobernar, cada cual solito pero macho, un país destruido por indecentes cabildeos, parecen niños náufragos flotando en un mar, esperando que alguna ola de estiércol los conduzca a mejor vida.