Filosofía y Sociedad,

marzo 2009.

  

   PORNOGRAFÍA, MIRADA, DESEO                                               

             17/03/2009

                                                                                          

 

  La expresión “la tiranía de la mirada” es, obviamente, ambigua. Puede significar, por ejemplo, que la mirada tiraniza (domina, clasifica, posiciona, pormenoriza). Pero también que sobre la mirada se ejerce una tiranía, que ella sufre o porta. Las miradas expresan, sin duda, producciones sociales. La mirada ‘tiranizada’ ‘produce’ (refleja, proyecta, comunica) sentido o sentidos. Vista así, la mirada no tiene la capacidad de tiranizar. Es función de relaciones sociales y de posicionamientos. Un perro observado por un campesino y un citadino de edad parecida no ‘es’ el mismo perro y tampoco se ‘comporta’ igual. Ese perro avistado por un empresario exitoso de 59 años en el mismo instante en que lo divisa una pequeña de 3 y medio de familia socioeconómicamente empobrecida no significa (porque no es apreciado) ni ‘es’ tampoco el mismo perro. Lo curioso (que no debería serlo tanto) es que el perro lo siente/sabe.

   Lo anterior es solo un argumento, entre varios posibles, de que “la tiranía de la mirada” no puede existir porque ‘la’ mirada no existe. Los ojos que ‘miran’ hablan diversamente de relacionamientos de poder, de imaginarios sociales, biográficos y de pulsiones vitales. Actúan como funciones, no como factores causales, aunque un enfoque analítico/fragmentario pueda independizarlos de sus condiciones de producción. ‘La’ tiranía ejercida por ‘la’ mirada debe ser comprendida como una abstracción tal vez útil, tal vez estéril.

   Las miradas humanas (de éstas se habla) sufren la ‘tiranía’ (es una metáfora inicial) del deseo o pulsión. Estos conceptos tienen la ventaja sobre ‘la’ mirada de no ceder a la tentación de exteriorizar su campo. Presentándolo esquemáticamente, son subjetivos, sujetivos y objetivos a la vez. Por universales situados, rechazan la abstracción. Esto solo quiere decir que son condición de existencia y situacionales. Su inevitable manera universal de existir o presentarse es al mismo tiempo una situacionalidad o singularidad también obligada. La usanza humana, en cambio, puede dejar de mirar. Lo hace en el sueño. Es posible cerrar los ojos. También nacer invidente. El ‘corazón’, contra todo refrán, ve sin mirar, resiente sin ‘ver’. Otelo pudo ser ciego. No requería “ver” la ‘traición’ de Desdémona ni un pañuelo “extraviado” para matar. Otelo es representable como pornografía del poder.

   Recurriendo a otros mitos, en el origen, narra la Biblia, fue el deseo. Y Dios vio que era bueno. En el relato patriarcal posterior, cuando Adán no desea, se aburre. El mismo Dios, al parecer, le ‘inventa’ la mujer para que, sometiéndola, la fastidie y la desee y se irrite. Así, no se aburrirán.  Se trata de una metáfora pornográfica aunque Eva y Adán vayan vestidos. Así, casi en el origen fue la pornografía. El humano libro del Génesis versa sobre el deseo y el poder prostituyéndose y prostituidos. Se organiza como un texto en línea con la tragedia de Otelo. Deseo y poder son inseparables de sometimientos frustraciones y carencias. La escenografía y tráfico pornográficos actuales lucran con estas tensiones y sus juegos. La mirada humana (esa inexistencia) encuentra en ellos, como Dios, ‘su’ mundo. En él, nunca se está solo.



    PORNOGRAFÍA, TRÁFICO, IMPUDICIA                   

                                    18/03/2009


   El término ‘pornografía’ está ligado con prostituta (porne en griego significa prostituta) y remite así a la descripción parcial de lo que hace una prostituta: copular o dar un servicio sexual material recibiendo algún tipo de bien a cambio. No cubre, en cambio, el efecto emocional y simbólico (satisfacción de deseos, acompañamiento) transmitido por la prostituta, traspaso que realiza quizás frustrando deseos propios o realizándolos también. El universo semántico inicial de ‘prostituta’ resulta de un posicionamiento inmediatamente patriarcal: una prostituta no actúa sola, requiere de demandantes o clientes varones, mujeres o transexuales, y con ello de sociedades que ‘produzcan prostitución’. El término, por tanto, al centrarse en la corporalidad de la prostituta (que puede ser un varón que actúa como tal) y en la retribución que recibe por su servicio, invisibiliza el complejo de relaciones sociales que produce tanto ‘clientes de prostitutas’ como ‘prostitutas’. Puede incluirse aquí a las mafias de hoy que hacen de la trata forzada un negocio privado y también la antigua oferta de prostitución masculina y femenina propuesta por factores clericales o ‘religiosos’.

   La reductiva relación individual entre ‘clientes de prostitutas’ y ‘prostitutas’, por patriarcal, conlleva formas unilaterales de imperio. Quien paga, determina el carácter del vínculo. Quien recibe el pago forma parte del campo de objetos de quien paga. Quien paga, recibe una  satisfacción/frustración por sus deseos y un reconocimiento cultural, pero, pasada la situación, desconoce y denigra a quien lo satisfizo. Su dinero cancela un compromiso nunca reconocido ni asumido. La degradada función de ramera, al menos en el occidente ‘cristiano’, queda sancionada como impúdica  y, en el límite, obscena, y también como necesaria para que reine un decoro oficial, el de la familia, por ejemplo, o el que hace brillar las condecoraciones de los militares, o como escapulario que resalta la castidad del cura. Se requiere de prostitución y de “bajeza” humanas tanto como de guerra y de iglesias para que el orden ‘bueno’ se constituya y reproduzca. Del mismo modo, el deseo y reconocimiento humanos que penetran el servicio sexual se esfuman tras la consideración de que el prostituto ejerce un trabajo. Como se sabe, el trabajo subordinado a la acumulación de capital es un mecanismo: carece de pulsiones. La Bolsa es un aparato que puede “volverse loco”, según titulares periodísticos, pero jamás se excita.

   En breve, desde la articulación de diversos imperios sociales, incluido el mito de la racionalidad del ‘orden’ moderno, la prostituta tiende a imaginarse como un otro impúdico. Por ello resulta posible agredirla sin mancharse ni oler mal. Las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez constituyen un culmen de este punto de vista. La ‘tiranía de la mirada’ a veces consiste en “no ver”.

   Por su etimología latina plural (pudor/putor), en castellano ‘pudor’ remite tanto a la modestia y el recato como al mal olor. La mezcla afecta a la prostituta y a la pornografía. Acaban deshonestamente hediondos. Como tales, aunque la prostituta sea una trabajadora legal, resulta, en tanto prostituta, un ‘otrodiscriminado, si bien puede aceptársela, por esos metafísicos milagros de la cotidianidad, como madre o puramente mujer. La pornografía es big bussines (esto dice algo sobre la administración de la libido en las sociedades modernas), pero se sospecha no de sus productores/negociadores, o de la sociedad misma, sino de que es ‘consumida’ por violadores potenciales o simbólicos, enfermos, impotentes y gente “sucia”. Ellos son figuras del ámbito  cochino de la sexualidad que debería ser recatada y limpia, nunca espectacular.

   Lo que hoy pasa por comercio pornográfico sí es espectacular (tamaño y brillo de los genitales influye), pero al mismo tiempo aburrido por reiterado, acartonado y reductivo. La reductiva fijación de la experiencia libidinal con penetración, eyaculación y orgasmo (prácticamente identificados por tratarse de un espacio sin tiempo y saturado de rutinas) y la escasa calidad de los actores influye. Pero lo mismo puede decirse de la experiencia sexual matrimonial monogámica católica. Se trata de un aburrido guión doctrinal por reiterado, acartonada y reductivo. Contiene también penetración y eyaculación (fijación genital), pero desaloja el orgasmo y lo ‘reemplaza’ por la producción y cría de bebés. A diferencia de la pornografía, cuya ética permanece implícita porque el mercado no reflexiona sobre sí mismo, la sexualidad católica le añade a este empobrecido coito, desgajado y enemistado con el libre deseo compartido y el goce, “valores” como la castidad (o sea recato y asepsia y, sin conflicto, culpa).

   Sociedades que promueven complementariamente el católico coito y el comercio pornográfico (ambos escindidos de pulsiones y necesidades personales y simbólicas) pueden valorarse como libidinalmente quebrantadas y por ello con tendencias hacia su autodestrucción (suicidio o carencia de autoestima legítima, infelicidad estructural). La violencia en los estadios y en la existencia cotidiana (esa eventual irritación “sin causa”) y el aclamado ímpetu por la guerra, por dar tres ejemplos, son señales de este quebrantamiento. También el desánimo y la banalización de toda acción. Los costarricenses acuñaron en algún momento los lemas “vale verga” y “porta a mí” (¡Qué me importa a mí!) para situarse sin cura dentro de los entornos desgraciados que producen. Las sociedades latinoamericanas (donde la brutal otredad negativa sigue siendo eje de la dominación político-cultural) constituyen una de las desdichadas muestras de habitación complementaria de pornografía mutilante (la comercial ¿podría tener otro carácter?) e hipócrita ‘castidad’ católica.



    EN EL ORIGEN FUE EL DESEO                                           

                    21/03/2009


   Es claro que, según el relato del antiguo pueblo judío, en el origen fue el deseo. La tierra estaba desierta y las tinieblas cubrían los abismos cuando Dios decidió crear cielo y tierra y día y noche y las admiró como ‘buenas’. No tiene mayor importancia que el relato del Génesis lo haya inspirado Dios mismo. Su construcción es humana y en ella deseo, apetencia y contentamiento divinos están en el origen o principio de los ‘objetos’ y ‘creaturas’. El principio es venéreo, o sea sexual. Al principio, Dios ardía de deseos. Y vio que era bueno.

   Como suponemos Dios no es masculino ni femenino, su sexo o no es genital o todo su ser es genital. Esto solo significa que su existencia entera consiste en producir (generar) vida y gratificarse por ello. La divinidad, o sexualidad, por ello, deviene libido, energía o impulso que se autogratifica, es decir ligada con una sensibilidad (espíritu) de complacencia o goce. En el inicio es la gratuita complacencia del deseo, la iniciativa, el juego. En el origen, Dios es un niño.

   Pero, aunque no se sepa si crece, deviene ‘adulto’. Cuando su impulso lo contradice, porque le demanda ser más libre, creativo y grato, es decir, crecer en y desde su complacencia, cuando, avisando la insatisfacción, contradice sus pulsiones, este Dios, humanamente descrito por los judíos, se paraliza y maldice su juego/deseo. Lo maldice precisamente en su realidad más intima: la realización y producciones de su libido gratificadora: “…malditas seas entre todas las bestias (…), maldita sea la tierra, (…) con el sudor de tu frente comerás el pan”, morirás, morirán, volverán al polvo sin deseos. Y, mientras vivas, tus deseos nunca serán plenamente satisfechos y se devolverán contra ti. Se trata de la objetivación aberrada de una sensibilidad que retorna como autodestrucción.

   El mundo así generado (pervertido) ya no será bueno. Sentirá vergüenza de su deseo, de la vida, de la complacencia. Dios, en el humano relato judío, inventa la pornografía al enajenar la vida como conciencia/sentimiento desligada del deseo, tanto en su versión de frustración como de pudor. El deseo se transfigura en cólera y odio. Ahora el mundo tendrá olores y será culpable (o culpado) por albergar un deseo que se avergüenza y arrepiente de serlo porque lo asustan la frustración y la muerte y les teme. Es un deseo que huye de sí. El mundo de la pornografía es un mundo saturado por un Dios alterado que retrocede ante la libertad del deseo que lo funda y vacila ante sus producciones. Ningún pudor pudo crear el mundo. Si aparece en él, disfraza otras cosas.

   Debió recorrerse un camino largo, quizás prefigurado, para llegar a la producción masiva de grabados y textos que representarán al cuerpo humano, su actividad y relacionamientos. La producción masiva supone la creación primera (liberación, la llaman), o paralela, de masas que consuman. Por ello, y por un reciente pasado clerical, la acción pornográfica moderna se expresa mediante una abstracción/reducción/fijación de los cuerpos deprimidos, por solitarios/aislados, instrumentos sexuales, y por una redundancia cultural en un universo de mercancías: la ausencia de espíritu. La pornografía comercial es rutinaria y mecánica porque una época de masas que consumen (aunque hoy se disfrace el proceso como atención ‘personalizada’ al cliente) no puede expresar frontalmente ni de ninguna forma (ni siquiera como dolor) el deseo polimorfo impreso en los vivos cuerpos libres entregados al arte incierto de complacerse en apuestas libidinales. Lo obsceno de la pornografía mercantil no reside en lo que enseña (genitales brillantes, cuerpos ceñidos, máscaras de personas, actores absortos, penetraciones, eyaculaciones, gemidos, gritos), sino en lo que oculta: el especial instante en el que las totalidades singulares de existencia se involucran consigo mismas (se encuentran) para producir más y más plenas o dichosas condiciones de existencia. La pornografía comercial resulta de esta manera una nueva capilla de templos tristes y propios de un Dios alterado. Otra ritual manera de prostituir y proscribir el deseo reglamentando (escondiendo así) su energía creadora, y la grata incertidumbre (sorpresa) de sus producciones.

   Y es que los animados cuerpos materiales son el espíritu. Su disciplina y belleza, su epifanía, no pueden prescindir del deseo. Es la tierra autoprometida y eternamente ausente. El camino, encuentro, remanso e inagotable horizonte. El Moisés bíblico no sigue instrucciones de ningún Dios. La tierra prometida bulle dentro de él. Es su deseo, al igual que el camino quizás sin término que lleva y aparta, que conduce y seduce, que ensimisma y expande, como un arte.

   En este sentido, las formas técnicas del cine pornográfico mercantil, y sus restantes muestras, pueden llegar a ser didácticas, si así se lo quiere y se construyen los espacios culturales para que signifique eso, pero no pueden ser artísticas. El arte que sugiere y ‘muestra’ el deseo generador de vida (solo eso puede hacer porque se trata de una interpelación mediante un presentación singular, algo para ser comunicado, compartido) no es funcional en un mundo enajenado y culpable e incluso ‘responsable’. La expresión estética de la libido no huye de este mundo ni lo juzga, pero no comparte sus fundamentos. Su emotividad se distancia así tanto de la pornografía (mercantil o no) como del simulacro de lo erótico, sugerencia también propia de un mundo avergonzado de su espíritu y de su libertad para intentar trazar y recorrer sus propios caminos.

   El arte de que hablamos es político porque convoca la libido y la sugiere como una experiencia de vigor compartido, un espacio común inédito. La pornografía mercantil también es política porque contribuye a reglamentar, debilitar y aniquilar el mundo tornándolo hosco como una receta o medicina.



    EL CUERPO ES EL TRABAJO                  

                                                  23/03/2009


   El cuerpo, por supuesto, es el trabajo (y con él, el mundo), pero el trabajo no es el empleo. Los empleos no son libidinales, o lo son de una forma perversa, porque escinden la creatividad en tiempos estancos de actividad productiva y de ocio restaurador, ambos encadenados al eje de producción mercantil y acumulación de capital. Se trata no solo de trabajo enajenado sino encadenado. La principal producción de un mundo de empleados y obreros es sus propias cadenas bajo la forma de la ‘necesidad/deseo’ de un salario. No se trata de libido sublimada sino de pornografía en su sentido etimológico: una trata entre cuerpos fraccionados que no pueden (ni desean) decir sus nombres para no reconocerse en un mundo extraviado: eterno, ni primero ni último “tango en París”, el de siempre.

   El trabajo, en cambio, puede ser imaginado como extensión y complemento del deseo. Que esto se declare imposible (con su alcance ideológico de no factible a la experiencia humana) se sigue de cargas sociohistóricas y hoy más específicamente de la necesidad inherente a la acumulación de capital de enajenar la humanidad de los seres humanos para que puedan reinar las cosas y sus lógicas. En breve, la ‘imposibilidad’ se sigue de  formaciones sociales determinadas por la escasez relativa y de los imaginarios que ellas producen hoy articulados con los establecidos por la acumulación de capital y su reinado.

   Pero hoy también el reino de la escasez tendencialmente puede ser superado por las nuevas tecnologías productivas. El punto marca un horizonte. Y el empleo podría desaparecer para reencontrarse con el trabajo y su raíz libidinal, es decir con el deseo y el libre ejercicio de las facultades humanas, en formaciones sociales donde las necesidades básicas (incluyendo las de reconocimiento y acompañamiento humanos) estuviesen tendencial o universalmente satisfechas. Lo que se opone a este horizonte y lo bloquea son factores socio-políticos, o sea de imperio social y cultural, no su reclamado carácter no factible.

   Enfrentando y esquivando este marco utópico juega su papel político la focalización reductiva de la libido en los órganos sexuales (y en la penelizaciòn y vaginización de los cuerpos y sus escenarios) de la pornografía mercantil actual: la pretensión busca confirmar un imaginario de escasez, precariedad e imperios atacando hoscamente la lúdica libertad ya posible.

   La liberación factible mostró sus primeros signos en la década de los sesenta del siglo pasado. La aparición de anticonceptivos efectivos y abiertos a su utilización generalizada puso el referente material para separar, sin anular, la libido/deseo de su utilización estrechamente generadora (sexo/genital y procreación). El “parirás con dolor”, tan próximo a “ganar el pan con sudor” (empleo),  dejó conceptualmente de tener vigencia, excepto como expresión del deseo y la libertad personales o de imposiciones político-culturales ahora evidentemente fraudulentas. El feminismo de la otredad legítima, un fundamento relacional humanizante, remozó inicialmente nuevos rostros sociales en la ‘realidad’ obscena de los cuerpos humanos fragmentados y atormentados y ahora de nuevo virtualmente abiertos a opciones. Integración y expansión personales mediante el deseo recuperaron el carácter con que lo describen los primeros párrafos del Génesis y fue posible imaginar otra vez que el mundo era bueno. O el ‘podría llegar a serlo’…volvió a hacerse tan importante (o más, como matriz o fundamento) como la maternidad y la crianza sin excluirlas sino agregándoles riqueza (creatividad).

   El punto no estaba ligado al yo egoísta sino a su irradiación al “nosotros” del emprendimiento compartido en tanto personalidad integrada, es decir abierta con autoestima a otros, en la relación de pareja, colectivo social o humanidad. En este punto de llegada fue también, como narra el relato judío, el deseo.

   Contra este horizonte de posibilidades y su despliegue, una efectiva rebelión primero, revolución después, se mueve el ostensible auge de la pornografía mercantil y de la prostitución en sus diversos niveles. Magnificando mecánicamente penes, vulvas, vaginas, semen y culos, sin desaprovechar embarazos, torna profesiones, ‘razas’, opciones sexuales, edades, contexturas, en figuras falsamente corpóreas de un mismo juego que resuelve el deseo en estereotipos y operaciones que reiteran un mismo lugar común: libido e imaginación y deseo constituyentes polimorfos, creadores, han muerto. A su velorio concurren estas secuencias, sin tiempo ni historia, de violencia, frustración y muerte. Su máximo logro tecnológico está en línea con las muñecas/muñecos sexuales o con los dispositivos que simulan vulvas, orificios anales, bucales o penes gigantescos. El mercado pornográfico no contempla puestas de sol, pieles amables, sonidos ni memorias, amaneceres, las gentes preparándose el café y la comida que van a tomar como una empresa que los hará descubrirse y acompañarse para siempre, o sea mientras duren voluntad y deseo. Puesto que manifiesta la destrucción y la muerte, la frustrada petrificación del deseo, su deceso, la pornografía mercantil es políticamente reaccionaria: rechaza tajantemente buscar y crear felicidad cuando este camino, negado casi siempre, o adulterado en ‘beneficio’ de unos pocos, se ha hecho imaginaria y materialmente posible para todos.

 
    LA REALIDAD PORNOGRÁFICA DE AMERICA LATINA    

                              26/03/2009


   Lo que ha caracterizado históricamente a América Latina es la obscenidad de su realidad social. No se trata del detalle de la niña o niño prostituidos, o de la madre miserable esquelética de cuyo pecho cuelga un infante que mama sangre en lugar de leche, o del ‘desechable’ que hurga en la basura mientras aparece algún verdugo, cualquiera, de los varios que están dispuestos a liquidarlo para que existan ‘la’ verdad, ‘el’ bien y ‘la’ belleza. Estos niños, estas gentes ‘marginales’, resultan del deseo de minorías constituidas y gratificadas por una voluntad que recorta, destruye y mata. Si el Dios judío hubiese sido latinoamericano, no habría hecho (creado) el mundo: se habría apropiado de él para gritar cagón y avaricioso “¡Es Mío, Mío, Mío!”. Por acá, al principio fue la mezquina Codicia Estúpida la Destrucción el Crimen.

   Pero no se reconocen como tales. Los propietarios codiciosos estúpidos destructores criminales esféricos tienen un pacto con ‘la’ iglesia ‘verdadera’ y por ello sus acciones (propuestas como ‘cultura’, ‘civilización’ y ‘buen orden’) ganan el Cielo. No es solo que sus infamias queden impunes, sino que demandan, y sacan, recompensa, y honores (los obtienen).

   En una realidad así, lo pornográfico referido a la representación de los órganos sexuales de individuos que copulan o maman es un confite. Lo pornográfico latinoamericano está en las ciudades y sus gentes que circulan y pasean por sus avenidas como si no fuesen espantajos sobrevivientes biológicos de una guerra que los saquea o ya desangró por dentro. Lo pornográfico, en tanto obsceno, o sea torpe y lascivo, impúdico, está en la escisión entre ciudad y campo avistadas desde un sentimiento que comercializa a ambos y los destruye en beneficio (?) de “terceros”. Lo pornográfico es una Naturaleza devastada bajo las formas de acumulaciones de basura inmemorial descompuesta y viva. Lo pornográfico es el sacramento católico, la estólida soledad de los machos patriarcales (que aquí pueden ser mujeres), de los señores dueños de las tierras, la insatisfacción de los grandes empresarios, su odio por los sindicatos, el infeliz acoso de los pequeños propietarios, los miserables de toda edad vistos, observados, analizados, acosados, cazados, destruidos por un deseo hecho liturgia, banda militar o, más recientemente, sonido pop o ranchera narco. La fiesta 'amenazada' por la existencia libre de 'los otros'.

   En el principio fue la torpe crueldad y la lascivia. Y la iglesia miró esa realidad degradada asqueante y la consideró buena. Se luchó contra ella. Y se estimó la lucha soberbia pecado. Garrote bala. Y se vio eran buenos.

   Con la finalidad de que el hedor pase por fragancia y corbata precisamente se estima en América Latina que es sano y santo despreciar repudiar a los órganos sexuales y sus masturbaciones. Como todos vamos desnudos de pudor vestimos túnicas santificadas y mantos sagrados rezamos el rosario nos golpeamos el pecho disimulamos los pedos metemos basura y coimas debajo de alfombras de varios miles de dólares. En América Latina la oligarquía hasta se peina.

   En este entramado (del que no pueden surgir sino extraños artistas vigorosos y narradores falsos) la exposición de órganos sexuales y coitos no se ofrece a la mirada sino a bocas mordidas labios confundidos de salivas a dientes chocantes a narices truncas a un esfuerzo recurrente por retornar a un pasado ignorado y que aterra. Una jugosa palpitante vulva tiene en América Latina el efecto de un plato de comida que se esfuma para dar paso al garrote y al cuchillo. Los fornidos penes rugen balas leyes y oraciones carcomen huequifican y asesinan a humildes desprovistos hasta de calzoncillos (durante la noche les han robado incluso el culo) y a jóvenes y niños doncellas que aspiraron a una sonrisa. Entre nosotros el chorro de semen no vivifica ni espanta ni conmueve porque sangre sudor y lágrimas de otros ni manchan ni tocan ni cantan ni duelen. Y la gente camina sin llegar a parte alguna y siente su desdicha justa.

   Es curioso, pero en las ciudades latinoamericanas que tienen otoño incluso caminar en las avenidas que los árboles han sembrado con los colores de la gratitud y un aire de melancolía con al menos el recuerdo del deseo puede teñirse como marea que no se devuelve con lo obsceno el impudor que remata en una estatua o el Te Deum.

   Entre nosotros desdichados el porno huele a utopía.
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